GANADERÍAS DE ANDALUCÍA
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TOROS EN JAÉN
T
emporada 1999

Andújar Baeza  Cazorla  Jódar  La Carolina  Linares  Porcuna  Puerta de Segura  Úbeda  Villanueva del Arzobispo  Villacarrillo
Proyecto de Tren taurino Madrid-Vilches

PLAZA DE JAÉN
Datos de la plaza
Feria de San Lucas 1998

TEMPORADA 1999
El club Tendido Uno concede a Antoñete el galardón a "La Mejor Faena" de la feria de San Lucas 1999


Feria de San Lucas
Carteles y resultados

Domingo, 10 de octubre. Representación de la Ópera Carmen (Salvador Távora), con la lidia de un toro por el rejoneador Álvaro Montes.

Lunes, 11 de octubre. Toros de Guadiamar (desiguales de presentación y juego), para José Luis Bote (ovación tras aviso y silencio tras aviso), Vicente Bejarano (ovación tras aviso en ambos) y Juan Muriel (silencio y oreja). Crónica del Diario de Andalucía

Martes, 12 de octubre. Toros de María Luisa Dominguez (bien presentados, fueron muy bravos y de juego excelente, con la excepción de los dos primeros, que pecaron de sosería. Los dos últimos, premiados con la vuelta al ruedo, fueron extraordinarios. Nota muy alta también para el tercero y cuarto), para Pepín Jiménez (ovación; aviso y silencio), Juan Carlos García (aviso y silencio; dos orejas) y Eduardo Dávila Miura (aviso y oreja; dos orejas). Tarde lluviosa. Un cuarto de entrada. Crónica del Diario de Andalucía..

Miércoles, 13 de octubre. Por la mañana. Novillada sin caballos, homenaje a la mujer jienense. Erales de Centeno Guerra, para Omar Guerra (vuelta y ovación), Manuel Ocaña El Sombrerero (oreja y ovación) y Antonio Sutil (palmas en los dos). Manuel Ocaña, fue atendido en la efermería de un palotazo que sufrió al matar. Por la tarde, espectáculo cómico-taurino "El Toronto".

Jueves, 14 de octubre. Toros Teófilo Segura (bien presentados, encastados y de buen juego en líneas generales), para Emilio Muñoz (silencio y oreja), Pepín Liria (ovación y oreja) y Juan Carlos García (ovación y oreja). Crónica del Diario de Cadiz, , Crónica del Diario de Andalucía.

Viernes, 15 de octubre. Toros de Gabriel Rojas (presentados y deslucidos), para Espartaco (silencio y ovación), Juan Carlos García (dos orejas y ovación) y El Juli (ovación y dos orejas). Lleno en tarde lluviosa. Crónica del Diario de Cadiz, Crónica del Diario de Andalucía.

Sábado, 16 de octubre. Dos toros de Jaralta (manejables), para el rejoneador Álvaro Montes (dos pinchazos y medio rejón -una oreja-; y rejón -palmas-), y cuatro de Victoriano del Río (aceptablemente presentados y de muy buen juego. Todos aplaudidos en el arrastre y el tercero, premiado con la vuelta al ruedo), para Antonio Chenel Antoñete (estocada contraria y descabello -silencio-; y estocada y dos descabellos -dos orejas-) y Curro Romero (estocada contraria -una oreja con petición de la segunda-; y estocada casi entera -palmas-).Un cuarto de entrada en tarde nublada. Crónica de Efe, , Crónica del Diario de Cadiz, Crónica del Diario de Andalucía.

Domingo, 17 de octubre. Toros de Jandilla (sin fuerza; 1º y 6º, mansos; 4º, noble, con casta, premiado con vuelta al ruedo),  para  Tomás Campuzano que se despidió del toreo (oreja; dos orejas y rabo), Finito de Córdoba (aviso y oreja; dos orejas) y El Juli (dos orejas; palmas). Crónica de El País, , Crónica del Diario de Cádiz, , Crónica del Diario de Andalucía.

Lunes, 18 de octubre. Última de feria y de temporada. Toros para rejones de Partido de Resina (mansurrones, distraidos. El 2º fue el mejor), para Javier Buendía (rejón en los costillares, pinchazo, rejón, dos pinchazos y cuatro descabellos antes de que sonaran los tres avisos, siendo el toro apuntillado en el ruedo -silencio-), Fermín Bohórquez (pinchazo y rejón caido -dos orejas-), Paco Ojeda (rejón tendido y dos descabellos -oreja-) y Álvaro Montes (cuatro pinchazos y rejón caído -oreja-) por parejas Buendía/Ojeda (rejón  al suelo, nuevo pinchazo, medio rejón y rejón -oreja-) y Bohórquez/Montes (medio rejón y medio rejón -oreja-). Crónica del Diario de Andalucía.

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CRÓNICAS DE LA PRENSA

diarioandalucia.jpg (22376 bytes), FRANCISCO MATEOS. Jaén, edición del 19 de octubre '99.Altibajos en la de rejones

La corrida de rejones que puso punto y final a la Feria de San Lucas, y de paso a la última temporada taurina del siglo XX, tuvo por material toros de Partido de Resina (antes Pablo Romero), que sustituían a los anunciados de Diego Puerta. Mansitos y distraídos en general, algunos de ellos se dejaron después en los distintos tercios. Destacaron las labores en solitario de Bohórquez y Ojeda, así como un espectacular Álvaro Montes, con su arrolladora juventud. Buendía también tuvo una destacada actuación, aunque su toro se puso complicado al final y sonaron los tres avisos ante la imposibilidad de poder darle muerte.

Salió suelto y sin fijeza de salida el primero de la tarde, que le correspondió al sevillano Javier Buendía, que brindó su labor a su paisano Tomás Campuzano, que, tras la despedida del toreo protagonizada el día anterior, se encontraba en el callejón de la plaza de La Alameda. Las farpas de castigo del jinete sevillano no lograron que acrecentera la atención del astado en la montura de Buendía. Cambió de equino y con Campana, pese a lo deslucido del toro, que seguía sin perseguir al caballo, pudo colocar con pureza tres banderillas al sesgo, muy trabajadas. Con una jaca –Jaquetón II– puso fin a su labor Buendía, con dos banderillas cortas colocadas con esfuerzo, sin poder hacerlo en forma de rueda, sino arrancando desde las tablas para, avanzando en rectitud para ganarle la cara, colocar ambas arriba. Con el rejón de muerte falló en el primer intento, que quedó bajo y trasero. Lo intentó en algunas ocasiones más y el toro quedó parado, pero sin doblar, por lo que Buendía echó pie a tierra para intentar descabellarlo. El de Pablo Romero se puso duro de patas, sin humillar, y el presidente fue inflexible con el tiempo para los avisos. Dos recados presidenciales sonaron mientras Javier intentó descabellar a un toro demasiado tapado en cuatro ocasiones. No se decidió a coger la espada y cayó el tercero y definitivo aviso, lo que significa la devolución del toro al corral, algo que no se merecía el esforzado jinete sevillano, aunque la normativa está ahí y se debe cumplir, pero es que el toro se puso realmente imposible.

Fermín Bohórquez le dedicó su labor a Buendía, en un gesto que le honra, pues éste estaba muy contrariado por lo sucedido en su toro. Tras los rejones de castigo a un toro mansito logró cuajar una buena labor de banderillas, con Damasco, con el que se adornó con esas especies de muletazos que solía dar tan magistralmente con la grupa su desaparecido caballo Triunfador. Con Canario, uno de sus caballos estrellas, subió aún más de tono su sólida actuación, con un par de banderillas a dos manos por los adentros. Ya con el toro más entregado y con mayor fijeza, rueda de tres rosas, sin fallar en ninguna entrada. Un pinchazo al primer intento y el jerezano dejó un rejonazo caído en la segunda entrada que fue muy eficaz. Dos orejas fue el premio solicitado y concedido.

Ojeda, aunque rejoneador ahora, pero torero a pie siempre, también tuvo un recuerdo para su compañero Tomás Campuzano y le dedicó su labor de ayer en Jaén. Sobria y muy interesante el primer tercio protagonizado por el sanluqueño, en el que fue encelando al en principio distraído toro. Hubo un momento de gran apuro, cuando el caballo iba por el interior de las tablas y resbaló, embistiéndole el de Pablo Romero, aunque no llegó a calarle. En banderillas la labor de Ojeda fue aumentando el interés, citando en corto y cambiando la dirección para colocar los palitroques. Con dos banderillas cortas cerró el buen tercio de banderillas, muy aplaudido. Acertó a la primera con el rejonazo de muerte, pero no cayó, precisando de dos golpes de descabello. Cortó una oreja.

El caballero local Álvaro Montes también le dedicó su actuación al ya retirado Tomás Campuzano. Espectacular el jovencísimo rejoneador, con muchos adornos antes y después de clavar los distintos palos, con una bien domada cuadra. La pasión que derrochó le llevó a pasar en falso más de una vez, aunque cuando clavaba, ganándole la cara, lograba hacerlo de forma impactante, transmitiendo mucho a los tendidos, que, al fin y al cabo, estaban ocupados por sus paisanos. Hubo una banderilla colocada en la suerte del violín y un par a dos manos por los adentros, aunque precisó de dos intentos. Terminó con rueda de rosas antes del rejonazo final, una suerte en la que suele bajar de tono; es cuestión de experiencia. Cortó una oreja.

En colleras, Buendía y Ojeda, de menos a más con el quinto, fallando en el tercio final. La formada por Bohórquez y Montes llegó más a los tendidos, mejor conjuntada, aunque también su toro se prestó más.

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diarioandalucia.jpg (22376 bytes), FRANCISCO MATEOS. Jaén, edición del 18 de octubre '99. Una bella página final

Se fue Tomás Campuzano del toreo con el cariño de todos. La afición de Jaén se portó de forma extraordinaria; le obligó a saludar tras el paseíllo y, generoso él, invitó a sus dos compañeros a corresponder la ovación. Habían venido muchos a verle desde Sevilla, también banderilleros que figuraron en su cuadrilla durante su ejemplar e intachable trayectoria de veinte años de matador, su mujer y sus tres hijas –por primera vez le veían vestido de luces en una plaza–, su hermanos, seguidores de sus peñas, como las de Logroño, Valladolid o la francesa de Nimes. Y el torero fue capaz de templar todas las emociones, como templó a los dos jandillas de su lote. Al final, un sonoro triunfo, los propios toreros le izaron a hombros y se lo llevaron por la puerta grande. El toreo es duro, pero recompensa a quienes se lo merecen.

El primero de su lote no hizo honor a su nombre, Codicioso, ya que, débil de remos, entró en la muleta del torero sevillano las veces justas. Escaso de trapío, escurrido por detrás y cómodo por delante, el torero se templó en una suave faena –se la brindó al empresario Paco Dorado, que fuera apoderado en sus inicios–, cuyo secreto fue mantenerle la muleta muy cerquita de la cara, pero sin que llegara a toparla, para poder llevarlo a su aire, sin obligarle. Tomás dio la dimensión de su toreo de calidad, aunque en detalles por la condición de escasez de fortaleza del burel. Los derechazos fueron lentos y aprovechó lo que el noble animal llevaba dentro. Se volcó en la estocada, que quedó algo caída. Una oreja fue su premio.

A las siete y cuarto brindaba su último toro en un ruedo español. Compartieron tan emocionante recuerdo el público presente y, después, unas íntimas palabras en la barrera para su mujer y sus tres hijas. Pegajoso, número 64, un colorao de 595 kilos, fue el toro que le tocó para poner fin a sus veinte años de matador en el sorteo de la mañana, en el que él mismo cogió el papelillo del destino del interior del sombrero del mayoral. El de Jandilla se dejó, noblón. Faena medida de Tomás, con la derecha manejándola sin brusquedad, llevándolo embebido y alargando el recorrido. El final fue crucial para que la plaza estallase en el delirio: pases de pechos encadenados y un remate mirando al tendido con el mejor sello de la casa Campuzano. Dejó el toro en las afueras y, embriagado por la emoción del momento, lo citó y lo mató por arriba en una estocada recibiendo, saliendo atropellado del encuentro. No cabía mayor emoción. El toro, sin puntilla, y el torero, rotas ya las tensiones, estalló en un éxtasis de felicidad difícil de describir. Besó al toro, recogió la montera de manos de sus hijas, abrazos de sus banderilleros, miradas sonrientes a los tendidos que eran un batir continuos de pañuelos blancos en demanda de los máximos trofeos al grito unánime de torero, torero. Dos orejas y un rabo y vuelta al ruedo al toro. No es momento para hacer un balance crítico de algo que se vivió con terrible pasión. Lo importante era el sentimiento. Jubilosa vuelta al ruedo del torero, que cogió albero, lo besó y lo lanzó al aire mientras miraba al cielo y daba gracias a Dios.

Excelente el toreo a la verónica de Finito a su primero, con una media de remate de manos muy bajas y recogiéndolas en la cintura. Hubiera durado apenas nada en otras manos el trasteo, pero el templado pulsear de las muñecas del diestro cordobés hicieron que, pese a una primera parte muy deslucida porque el toro se derrumbó, los naturales de la última parte de su labor fueran plenos de sabor y torería, así como los remates finales. Pinchó y después cobró la estocada. Oreja.

Las dos le cortó al último tras una medida labor de gran calidad sobre la mano derecha, tirando perfectamente del noblote astado. No se precipitó con la espada y lo tumbó de una estocada buena. Termina la temporada como una de las grandes ilusiones para la próxima.

Parecía que era la primera de la temporada de El Juli, y no la última, pues a su primero lo recibió con una larga cambiada y después un ramillete de verónicas –todo rodillas en tierra– y hasta remató de esa guisa con la media. Todo eso está muy bien, lo que demuestra su decisión y afición, porque no necesitaba hacerlo; pero, pese a lo que el gran público pueda pensar, el verdadero valor no siempre tiene que ver con el toreo temerario de rodillas. En banderillas, tan espectacular como irregular, aunque el público no entró en tantas consideraciones y aplaudió a rabiar. En la muleta, con un toro a la defensiva y protestando, sorprendió que su técnica no fuera capaz de corregir las abundantes coladas, tirando más de muletazos de recursos y desplantes que de un toreo sólido. Mató de buena estocada y se concedieron dos orejas; la primera, como premio a su decisión, pero la segunda fue de las más blandas del ciclo, producto de la pasión ciega de la julimanía –todos ven en El Juli a su nieto, hijo o hermano pequeño– y a la liquidación de fin de temporada.

El manso y corretón sexto fue el más deslucido. Muy afanoso el joven diestro.

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diarioandalucia.jpg (22376 bytes), FRANCISCO MATEOS. Jaén, edición del 17 de octubre '99. Mágica y rancia juventud

Lo de Curro y Antoñete ayer, en un mano a mano en Jaén con el aderezo de la actuación del rejoneador local Álvaro Montes, fue sólo para amigos. Porque el toreo de Curro y Chenel ha sido siempre para eso, para sus amigos, para los que idolatran su toreo eterno, los que saben aguantar las malas rachas y no se apuntan al carro de nuevas modas. Antoñete y Curro torean para sí, para los suyos, y los suyos, a punto de entrar en el año 2000, no son tantos, porque ayer en La Alameda apenas nos reunimos un tercio de plaza. Eso sí muy selectos, como los amigos de las grandes personalidades. Y los dos veteranos que ayer hicieron el paseo en Jaén son dos grandes personalidades del toreo. Y lo volvieron a demostrar, con dos antológicas faenas cada uno, pura magia embrujada, puro veneno en la piel para seguir venerando a dos santos del toreo eterno, rancia juventud.

El primero de Victoriano del Río tuvo nobleza y embistió con claridad a la muleta de Antoñete, con clase. El veteranísimo diestro madrileño, que apenas nada apuntó con el capote salvo algo en la media de remate, se mostró demasiado frágil de muñecas, con dificultad para mantener montada la espada al torear con la diestra; incluso al final sufrió un desarme. Lo cierto es que un toro más que potable, bastante bueno para la muleta, para hacer un toreo templado y lento, no fue aprovechado por Chenel, que se conformó con un detallito por aquí y otro por allí; demasiado poco para lo que el toro llevaba dentro, y sin que en ningún momento le hubiera puesto en un gran compromiso. Dejó una estocada a la primera –de lo mejor que logró– y ahí quedó la historia de su primer enemigo.

En su segundo se esforzó mucho con el capote, hasta lograr lucirse –aunque faltó limpieza– tanto en el saludo con capote como en el quite, sobre todo en la media de remate. Hubo una respuesta de Romero, con lentas verónicas, que fue premiada con una gran ovación. Lo que ocurrió en la muleta es difícil que yo se lo cuente porque entra dentro de lo mágico, de otro mundo. El excelente toro, de auténtico carretón, fue mimado por la muleta suave de Chenel, muy decidido, con un temple incorrupto, desplazando al burel con parsimonia y mejor clase. Magistral y señorial con la derecha. Atrevido –como su toro blanco de Osborne– para comenzar una tanda por la derecha y cambiarse la franela por la espalda, como si fuera un chaval, y ligar rápido con unos inenarrables naturales. Dejó la espada entera y un descabello. Dos orejas indiscutibles y él mismo fue el primero en pedir la vuelta al ruedo para el gran astado.

El primero del lote de Curro, de escaso trapío, aguantó bastante bien el largo puyazo primero del piquero de Curro. Ya de capote, de salida, el Faraón jugó los brazos a la verónica clásica en un ramillete de lances que fueron justamente aplaudidos, con la singular media de remate. Lo mismo ocurrió en el quite, en el que, en el anillo de la plaza, Romero volvió a mecer –más que mover– sus brazos para volver a poner la plaza boca abajo en su lenta y eterna interpretación del toreo de capote. En la muleta vendría el cante grande. Curro arrancó el pasodoble de la banda de música desde que inició su primera tanda con la derecha, ligada, largos los muletazos, sin agobios, limpios. Fue por ese pitón derecho sobre el que basaría una faena realizada más allá de las rayas de picadores, de mayor duración que las habituales de Curro. Hubo una tanda por el izquierdo, de toreo más despegado, sin las mismas apreturas, vaciando la embestida para las afueras, pero que tuvo algún natural bello. Pero los muchos muletazos que hubo con la diestra, así como los personalísimos remates de Romero, provocaron el delirio colectivo en una catarsis de belleza difícil de ver. Dejó una estocada casi entera en buen sitio que tuvo su efecto rápido. Se le pidieron las dos orejas, aunque la presidecia sólo concedió una. Qué más da, si Curro no iba a pasearla, sino tan sólo la habitual matita de romero.

En el otro, cara de asco que no disimulaba su incomodidad ante un astado que no hizo nada extraño, manejable, pero que al Farón no le gustó y punto. Son, ya se sabe, los privilegios de Curro.

Álvaro Montes rejoneó en tercer y sexto lugar a sendos toros de Jaralta. El primero, mansito, permitió no obstante que dejara una labor pulcra, de menos a más, en los que sobresalieron la forma de encelar y templar a un corretón astado, las banderillas colocadas al violín y las acertadas cortas. En el sexto sí que logró conjutar una faena más compacta, con un manejable astado que le dio juego en las distintas suertes. Mantuvo las buenas condiciones que se adivinan en el joven jaenero, aunque en otras tardes logró mayores cotas artísticas.

Al final, como las orejas aquí es lo de menos, Curro y Antoñete, Antoñete y Curro, rodeados de los miembros de sus cuadrillas, salieron a pie juntos por el patio de caballos. La puerta grande queda para otros toreros; y ellos no son de este mundo. Afortunadamente.

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diarioandalucia.jpg (22376 bytes), FRANCISCO MATEOS. Jaén, edición del 16 de octubre '99. Como patos en el agua

Otra vez la manta de agua y la plaza de La Alameda convertida en una auténtica piscina. Hace dos años que se colocó la cubierta móvil de la plaza y ni en aquella primera Feria de San Lucas ya con el gigantesco paraguas ni en la del año pasado hizo falta echar mano de tan especial chubasquero. Pero en pleno invierno, con las aguas y los vientos azotando la capital jaenera, la tela de la cubierta quedó destrozada y este año sólo aparecía el impresionante armazón, desnudo. La sociedad propietaria Plaza de Toros de Jaén S.A. está actualmente en litigio judicial con la empresa y el arquitecto constructor para derivar responsabilidades sobre su resistencia.

Sea como fuera, en esta tercera ocasión sí que hacía falta de verdad el impermeable que guareciera a los aficionados y los propios toreros de la más que posible lluvia en estas fechas otoñales. Y así fue como el pasado martes cayó el diluvio universal sobre la plaza, mucha más agua que ayer, pero, a falta de dos toros, tanto el local Juan Carlos García como el sevillano Dávila Miura decidieron terminar épicamente la corrida contra viento y marea.

Y también ayer estaba Juan Carlos García –sustituyendo al enfermo Cordobés– en el cartel y otra vez que vino a descargar una fuerte tromba de agua en la faena de muleta del primer toro de la tarde, así como en el segundo, el primero de García, que se va a especializar en corridas acuáticas.

Pese al agua caída y las peligrosas condiciones del ruedo, convertido en una lodazal en el que era casi milagroso mantener la vertical, los espadas decidieron tirar para adelante con la corrida y, a la postre, pareció que se movieron en tan difíciles circunstancias como patos en el agua.

Fue cuando muleteaba Espartaco a su primero cuando descargó con mayor intensidad la lluvia. El toro tenía poco recorrido, siempre cortando el viaje. Mientras el torero de Espartinas se afanaba en sacar algo positivo del deslucido astado, la plaza –casi lleno el aforo– era un auténtico corrinche de subir escaleras buscando a la desesperada los pasillos interiores para poder cubrirse de la intensa tormenta.

Aún en plena borrasca descargando sobre el coso de La Alameda, Juan Carlos García volvió a dibujar una faena de empaque y buen gusto a un noble toro de Rojas, que más que caerse se resbaló en alguna ocasión sobre la pista de patinaje en la que se había convertido el ruedo. Lo llevó a media altura, templando mucho, con una técnica muy completa. Mucho gusto en los ayudados finales por alto y los remates por bajo. Cobró otra excelente estocada arriba y cortó dos orejas, con lo que ya suma cinco en las tres tardes que ha hecho paseíllo.

La autoridad le preguntó a El Juli si prefería esperar –la lluvia por fin había cesado– a que los operarios de la plaza pudieran recomponer una parte del ruedo para garantizar una mayor seguridad del joven espada. El diestro madrileño declinó la amable oferta y salió el tercero, al que no se banderilleó, como a ninguno más de la tarde, ya que el ruedo no permitía en absoluto desarrollar con ciertas garantías el tercio. Bien el quite por chicuelinas. En el trasteo, el toro, aunque noble, se fue apagando por momentos. Comenzó Julián con la zurda para después pasárselo en una tanda por la derecha. Pero el animal se quedaba más corto, parco de recorrido, por lo que otra vez cogió la zurda pero ayudándose esta vez con la espada. Hubo altibajos, pero el esfuerzo del juvenil espada gustó al público.

El cuarto también desarrolló nobleza aunque tenía escaso recorrido. Espartaco, que brindó este últmo toro de la temporada española a su cuadrilla, como toda la vida de Dios se ha hecho –tuvo incluso un emocionado recuerdo para Ecijano y el fallecido picador José Muñoz–, dictó toda una lección de torería y buena técnica para, con medios pases ante la escasez de trayectoria del animal, asentar una faena templada y suave, rematada con desplantes de rodillas que terminaron por enardecer a los tendidos. Pero no se pudo confiar con la espada a la hora de matar y perdió las orejas.

El quinto fue deslucido, parándose. García se cruzó mucho para incitar su embestida, muy bien colocado, pero el toro tenía poca emoción.

El último, silleto y altón, hizo cosas de manso en el caballo de Salvador Herrero, que le dio leña. Buena faena de El Juli, sobre todo con la diestra, con remates muy variados, ya sean molinetes o afarolados. No dejó que se le fuera el triunfo del encastado animal, que terminó rompiendo, y, tras una gran estocada, cortó las dos orejas.

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diarioandalucia.jpg (22376 bytes), FRANCISCO MATEOS. Jaén, edición del 15 de octubre '99. A oreja por coletudo

Sirvió la corrida de Teófilo Segura. Derrochó nobleza y ningún toro blandeó ostensiblemente. Al menos cuatro de ellos fueron de franco triunfo, pero algún spada enfrió su respectiva labor al manejar desacertadamente los aceros. Cumplieron en varas y embistieron a las muletas con clase y, generalmente, con recorrido. Sólo el primero, que se apagó pronto, y el último bajaron del buen tono del conjunto.

Emilio dejó su gusto torero con la zurda en el cuarto; Liria, valor y casta en busca de un triunfo como si fuera la primera de la temporada; y el local Juan Carlos García demostrando una vez más sus buenas cualidades, sin importarle a cambio la voltereta.

El primero de Emilio Muñoz le dejó estar a gusto al torero de Triana. Embistió con claridad a la muleta de Emilio, con clase, aunque se apagaría demasiado pronto, antes por el pitón izquierdo. Fue una faena de más a menos, en la que el comienzo fue realmente deslumbrante con un precioso cambio de manos desmayadas. Muñoz, templado y asentado. El final de faena, con el toro ya escaso de recorrido, bajó de tono. La estocada cayó demasiado baja.

En el cuarto cuajó unas buenas tandas con su prodigiosa mano zurda. El de Teófilo Segura entró con claridad por ese pitón, auténtica debilidad de Emilio Muñoz, que dejó excelentes muletazos, con cadencia y empaque, dejando planas las zapatillas. Fue faena medida además, con airosos y sevillanos remates de series. La media estocada, algo trasera y caída, fue suficiente para hacer doblar al toro, obteniendo el espada una oreja ras una conjuntada labor.

Liria salió arrancado desde que apareció el toro por chiqueros. Dos largas cambiadas en el tercio fueron el inicio de un emocionante saludo con capote. El ejemplar de Teófilo Segura desarrolló nobleza pero tenía las fuerzas justas, aunque las aprovechó inteligentemente el murciano, sin obligarle, con muchos muletazos de recursos, sin llevarlo demasiado largo para no quebrantarlo aún más. Destacaron varios naturales de buen trazo. El final fue en un terreno de cercanías. Pinchó al primer intento para después agarrar la estocada.

El quinto, también noble, tuvo transmisión, con movilidad, el juego perfecto que necesita Liria para su toreo. Ya salió igual de dispuesto que en su primero –la sustitución de El Cordobés para esta tarde estaba en juego– y comenzó el trasteo con muletazos de rodillas en el tercio. La faena tuvo multitud de muletazos, de todo tipos, unos más embarullados y otros más limpios. Realmente al torero le faltó algo de reposo, pero eran tantas sus ganas de agarrar el triunfo cuanto antes que prefirió la transmisión a la belleza. Y lo cierto es que transmitir logró transmitir. Los tendidos siguieron con mucha emoción cada muletazo de Liria, que no se sació de toro. Mató de una estocada buena, pero a la que se resistió a doblar el toro, precisando de un golpe de descabello tras una agonizante espera. Cortó una oreja, aunque se pidió la segunda.

Juan Carlos García estuvo a un buen nivel en su primero, aprovechando las noblotas embestidas del astado, que colaboró con el torero de Jaén, aunque en algunos momentos saco un poquito de picantito, sobre todo al rematar algunas tandas. Hubo una tanda al natural, muy bella, sin ni siquiera la espada asida con la diestra porque la había perdido en un derrote. No obstante, la parsimonia y buen gusto de su toreo quedó al final parcialmente eclipsada por el mal uso de la espada. Este toro lo había brindado al presidente en un despecho por no concederle el usía el rabo en el quinto toro de Guardiola el pasado martes, cuando dictó una épica faena bajo un auténtico diluvio. Feo gesto de cualquier forma.

El último fue el que menor juego dio, más deslucido que sus hermanos de encierro. Hubo un principio de faena en el que le costó trabajo a Juan Carlos García cogerle la distancia para poder embarcarlo, porque no era fácil, con distintos tiempos en sus arrancadas. Se fue viniendo a menos el toro, que no el espada. Ya sin recorrido, García siguió muy afanoso. Estaba a la defensiva el astado y al final sobrevino la voltereta, tremenda, con múltiples porrazos. Se levantó dolorido y se tiró de verdad a matarlo, por derecho, agarrando una gran estocada que le valió la oreja.

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diarioandalucia.jpg (22376 bytes), FRANCISCO MATEOS. Jaén, edición del 13 de octubre '99. Toreando bajo la lluvia

Pasó como otras tantas veces. A pesar de un cartel con toreros de contrastada capacidad, los toros iban ganando con diferencia. Durante la corrida hubo lluvia a intermitencias, pero en el quinto cayó el diluvio auténtico. Tras el tercio varas el ruedo se puso impracticable. El presidente, con buen criterio, obedeció las peticiones de la cuadrilla de García y no hubo tercio de banderillas. El local Juan Carlos García –el único con disculpa en el segudo de la tarde– dictó una gran faena. Faena épica, con una cuarta de agua; cada movimiento del torero eran litros de barro de salpicaduras, cambiando la muleta después de cada tanda al ser imposible sujetarla por el tremendo peso que cogía con el barro. El toro de Guardiola fue bueno, sin resbalarse a pesar de la pista de patinaje en el que se había convertido el ruedo. Y el torero de Jaén se gustó en muletazos templadísimos por la derecha y por la izquierda, con exquisitos remates. La estocada, por derecho y de verdad. Dos orejas ganadas a ley y vuelta al ruedo al buen toro.

Y es que los antecedentes de los pedrajas de Guardiola en esta plaza no podían ser mejores; aún recordamos a Caribello, un toro fuera del tipo de esta casa, altón, de más de 600 kilos, lidiado el año pasado por Rafaelillo y que fue justamente indultado tras un espectacular juego. Pero, lo que son las cosas, ni el primero, ni el tercero, ni el cuarto de ayer, que tenán las orejas colgando, fueron convenientemente aprovechados. Tuvo que venir la tromba de agua para que todo cambiara de repente.

Porque también Dávila Miura lavó la mala imagen que dejó en su primero. El tercero de la tarde derribó en la primera vara. Parece inconcebible que un torero como Dávila Miura, tan habituado a quitar becerras en tentaderos de forma eficaz, en unas placitas tan reducidas, se hiciera tamaño lío para llevarse lejos del equino caído al astado; más que quitarlo lo volvía a poner en suerte. El público se enfadó con razón y el nerviosismo se apoderó de casi todos los que estaban en el ruedo. Fue tanta la dosis de nobleza y bondad del toro de Alfonso Guardiola que, a pesar del desastre de lidia, una voltereta completa y tres puyazos, el astado entró con clase y boyantía a la muleta del torero sevillano. A Eduardo se le notaba que todo lo sucedido con anterioridad le había puesto nervioso y no terminó de aprovecharlo, sobre todo el buen pitón izquierdo. Hubo momentos buenos, pero deslabazados, sin unidad. A pesar de ello, se le concedió una agraciada oreja; cerrada ovación para el toro.

En el último, en el que bien podría haber pedido la justificada suspensión, ya que el ruedo era una auténtica piscina, salió espoleado por el triunfo de García en el toro anerior. De nuevo se obvió, como era lógico, la suerte de banderillas. Otra faena épica de Dávila Miura, que también toreó bajó la lluvia. Pero que toreó bien, inspirado, llevando largo al excelente toro, embarcándolo, ligando y rematando con unos portentosos pases de pecho. Extraordinaria seguridad ante las peligrosísimas condiciones de la plaza de La Alameda. Mató por derecho, entregándose, agarrando una buena estocada. Dos orejas a ley –ahora sí– y otro toro premiado con la vuelta.

La lidia del segundo astado fue horrible; todo un galimatías tanto el tercio de varas como el de banderillas. Al toro le faltó fijeza, lo que deslucía los intentos de Juan Carlos García, que se veía obligado a rectificar una y otra vez la posición para buscar la necesaria ligazón, algo que se convirtió en una misión imposible.

Era todo un aliciente poder ver ayer por fin en tierras andaluzas a Pepín Jiménez, torero de culto en estos tiempos en los que la despersonalización impera a sus anchas en la Fiesta. Sin embargo, en su primer toro defraudó. El ejemplar de El Toruño fue al caballo con alegría, como es casi obligado –bendita obligación– en el hierro sevillano, metiendo bien la cabeza en el peto y empujando con fijeza en una larga vara. En la muleta entró con clase, pero Pepín no terminó de centrarse con él, sin cogerle la distancia. Insistió en un toreo a media altura demasiado rápido, acelerado, aún siendo esto tan extraño en un toreo que tiene por virtud, además de su gusto, el temple. Se le fue el toro.

Volvió a estar acelerado en el cuarto, falto de reposo. El toro se dejó, algo bobalicón, demasiado dulce. La cuestión es que Pepín Jiménez anduvo por allí, alrededor suya, pero pocas veces lo llevó toreado, en un trasteo insulso y falto de contenido. Otra vez decepción

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diarioandalucia.jpg (22376 bytes), FRANCISCO MATEOS. Jaén, edición del 12 de octubre '99. Una oreja de un buen toro

Mal comenzó esta Feria de Jaén. Y no tanto por el escaso resultado artístico del festejo que ayer abrió el ciclo de corridas de toros, sino porque el día anterior, tras hacer el paseíllo en el entreacto de la ópera andaluza Carmen, de Távora, que da paso a la lidia del toro para rejones, el alguacilillo de la plaza, Ángel Romero, sufrió un infarto que le segó repentinamente la vida. Emocionante el paseíllo de ayer, con uno de los dos caballos del despeje de plaza sin jinete, cubierta la montura con una luctuosa tela negra; justo el mismo caballo del que cayera mortalmente desplomado en la noche del domingo.

Debutaban los tres matadores en Jaén –Bote, Bejarano y Muriel– y poco grato quedará para su recuerdo esta primera vez. Los toros de Guadiamar, en general faltos de casta, no tuvieron transmisión y casi todo transcurrió con una palpable falta de emoción. Sólo Muriel logró cortar una oreja al buen último.

El toro que abrió la Feria de San Lucas tenía las fuerzas muy mermadas. Ya tras la primera vara –tomaría una segunda– el toro dobló las manos, aunque más que doblar –que así fue– quedó visiblemente renqueante de los cuartos traseros. En la muleta expuso José Luis Bote, en un trasteo de cercanías, muy metido en la cuna de los serios y astifinos pitones del colorao ejemplar. Fue un robar pases de forma valiente, queriendo agradar en su debut jaenero, pero de escaso brillo por la condición del astado. Cumplió Bote, que escuchó un aviso al demorarse con la espada y el descabello. Lo más destacado de esta su primera actuación en Jaén fue el manejo del capote a la clásica y lenta verónica en el saludo.

Lo del cuarto tiene otra lectura distinta. El toro tuvo un comportamiento insulso, sin transmisión, sin nada. Eso sí, se movía para acá y para allá, pero no decía nada. José Luis Bote pareció contagiarse de la sosería y hubo tiempo, al final del trasteo, para una división de opiniones sobre la actuación del madrileño entre el escaso público que se hizo presente ayer en el coso de La Alameda. En la suerte de matar terminó por desganarse Bote.

El sevillano Vicente Bejarano se gustó en el saludo de capote, templando la embestida del burraco segundo y ajustándose después mucho en un emocionante –por arriesgado– quite por chicuelina. El toro tenía motor, y eso siempre conlleva emoción y transmisión. La cuadrilla tenía razón en su contrariedad tras el cambio de tercio en varas del presidente, ya que un puyacito más no le habría venido mal. Se encontró con un torero con hambre de subir los complicados peldaños del escalafón lo más rápidamente posible. Se revolvía con rapidez tras el muletazo y había que estar muy presto y hábil para zafarse de la agobiante búsqueda de zapatillas del toro. Bejarano aguantó y tragó, luciéndose cuando se podía y guerreando cuando no cabía hacer otra cosa. Mató de estocada caída, que demoró el derrumbe del astado, sonando un aviso y precisando del uso del verduguillo.

Hubo aire sevillano al manejar Bejarano el capote en el quite al quinto, con suaves lances al delantal y los pies unidos, rematados con una templada media. Hizo todas las cosas muy bien en la faena. Siempre pisando los terrenos adecuados, dando la distancia oportuna para provocar la envestida del astado de Guadiamar y sin dejarse topar la muleta. Al toro le faltó un punto de chispa y fortaleza -se derrumbó en varias ocasiones- y, sobre todo, mayor casta para que la buena labor de Bejarano encontrara el eco en los tendidos. Le costó trabajo meterle la espada y sonó un aviso.

Juan Muriel y el tercero de la tarde no terminaron de entenderse demasiado bien. El primero porque no acabó de cogerle el aire; si bien pulcro en sus formas, éstas pecaron de frías y escasas de emoción. Y el segundo porque nunca se entregó, cortando el viaje y con escaso recorrido. Poco contenido, por tanto, en el tercer acto del festejo.

Enmendó la plana en el sexto el diestro de Herrera, un buen toro, de capa salpicada, que se dejó hacer muchas cosas, el único que ayer debió llamarse toro. Incluso agonizante tras el espadazo en la segunda entrada de Muriel, se resistió bellamente a doblar. El torero estuvo entonado, bien incluso si se tienen en cuenta la bisoñez del diestro y su escaso bagaje como matador. Gustándose a veces e imprimiendo temple a su quehacer. No obstante, la calidad del toro quedó por encima. Cortó la primera oreja de la Feria.

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El País, JOSÉ LUIS RODRIGUEZ. Jaén, edición del 18 de octubre '99.     Triunfo de Campuzano en su despedida.

Dos orejas y un rabo cortó Tomás Campuzano ayer en Jaén en el último toro de su carrera profesional. Puede parecer que, por el premio conseguido, el torero sevillano armó la marimorena, pero no fue así. El público triunfalista le quiso obsequiar con esa inolvidable despedida, y para ello contó con la colaboración de un presidente generoso y facilón a la hora de conceder trofeos. Nada más y nada menos que ocho orejas y un rabo se cortaron y, en honor a la verdad, no fue para tanto.

El público, que el día anterior ocupó algo más de un cuarto de plaza con Curro Romero y Antoñete en el cartel, se decidió ayer, por el contrario, a casi llenar la plaza. Varios eran los motivos: el atractivo que ha despertado El Juli esta temporada, el buen recuerdo de actuaciones anteriores de Finito en este coso y la despedida de Campuzano.

Varias peñas de este último torero de España y Francia estuvieron presentes en su última actuación. Aunque nunca se sabe. No será la primera vez que vuelve a los ruedos un torero después de anunciar su retirada. Precedentes los hay: a algunos les pica el gusanillo, otros echan de menos las tardes de gloria, y otros, porque tienen la cuenta corriente de aquella manera.

Tomás Campuzano se retira después de 20 años de alternativa y honradez profesional. Ha toreado lo que no querían ver las figuras: las corridas llamadas "duras". Desde que en la Feria de Abril de Sevilla de 1979 Curro Romero y El Viti le dieran la alternativa, este torero ha hecho casi 900 veces el paseíllo, y el de ayer en Jaén fue el último -eso dice-, y así se lo hizo saber a sus tres hijas cuando les brindó su último enemigo, al que le cortó el rabo.

En esta ocasión, Campuzano no tuvo enfrente a ningún animal como los que ha acostumbrado a torear. La corrida de Jandilla no tenía fuerza y algunos presentaron síntomas de invalidez absoluta. Tan sin resuello salían del toril que apenas los picaron. Algunos se lidiaron sólo con un picotazo, y aun así no podían con su alma. El cuarto, el mejor del encierro, desarrolló nobleza y casta, pero nada del otro mundo, y el presidente, generoso, le concedió la vuelta al ruedo. Él sabrá por qué lo hizo.

Como también había que preguntarle qué vio durante la corrida para dar tantas orejas. Sería, tal vez, que pretendía reconocer, con la complicidad del público, la trayectoria de Campuzano en este mundo de los toros, pero a este torero no le hacen falta esos gestos para demostrar lo que ha sido.

Había sido, como queda dicho, el mejor toro del encierro. Parecía que se lo habían guardado a Campuzano para esta ocasión, y el diestro lo toreó con gusto y torería con la izquierda, mas en los redondos se tomaba ciertas ventajas. Acabó con circulares y una estocada un poco desprendida, y llegó la euforia en el tendido. Algunos espectadores increparon a la presidencia por tanta generosidad y pedían al usía que abandonara el palco. En el primero, un ejemplar manso y sin resuello, Campuzano bastante hizo con intentar sacar algo provechoso.

Finito de Córdoba toreó a sus dos enemigos con brillantez a la verónica. Su primero fue derrumbándose por el suelo a cada pase. La faena tomó sabor en los últimos muletazos, donde el toreo de Finito brilló con la izquierda. Al quinto, otro animal sin fuelle, el diestro toreó con gusto por la derecha. Se le vio más seguro que en otras ocasiones.

El Juli cortó en el tercero dos orejas, y un servidor aún no se lo explica. Tal vez sería porque se le vio de rodillas con el capote y la muleta, pues el toro, que no fue claro en ningún momento, no le dejó lucirse. Con el que cerró plaza, El Juli no pudo hacer absolutamente nada ante un animal que se rajaba continuamente.

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Diario de Cadiz, JUAN MIGUEL NÚÑEZ. Edición del 18 de octubre '99     Triunfal despedida para Tomás Campuzano.

Tomás Campuzano puso fin ayer en Jaén a su carrera taurina con una tarde emotiva y triunfal, en la que cortó tres orejas y un rabo y salió a hombros en compañía de sus compañeros, «Finito de Córdoba» y «El Juli», que igualmente obtuvieron tres y dos trofeos, respectivamente.

La salida a hombros de los hombres de su cuadrilla de Tomás Campuzano, ayer en la plaza de Jaén, resume una carrera de torero de tanta honradez como sabiduría. Torero poderoso y de gran oficio, que se ha paseado por todas las plazas y ferias importantes de España, Francia, Portugal y América.

Torero querido por todos, por sus triunfos y hombría, por una recia personalidad, respetado y admirado por el gran público y los profesionales. El detalle último de sus dos compañeros de terna, Finito y Juli, que esperaron a que abriera él el cortejo en solitario por la Puerta Grande.

Tomás Campuzano triunfó ayer una vez más, con un éxito que en esta ocasión abarca muchos más aspectos que los estrictamente taurinos. Su primer brindis, dedicado al empresario de la plaza de Jaén, Paco Dorado, que fue su descubridor, y el del último toro, a su familia, su mujer y tres hijas que por primera vez acudían a un tendido a verle torear, símbolo de feliz trayectoria de torero y hombre.

La tarde resultó triunfal no sólo por la carga emocional que tuvo, sino por la brillante aportación de los toreros. El propio Tomás Campuzano anduvo fácil y seguro en el primero, un toro bajo de raza y que sólo se «dejó» por el pitón derecho.

En el cuarto, un Tomás Campuzano crecido e inspiradísimo, en faena a más, de mucho temple y firmeza. Muy resuelto el torero, se gustó en los pasajes del toreo fundamental, adornándose finalmente con circulares, espaldinas y otras «alegrías». Estocada en la suerte de recibir y gritos de «torero-torero» en la vuelta al ruedo con los máximos trofeos.

«Finito de Córdoba» hizo un toreo de mucha calidad en sus dos toros, majestuoso y elegante con el capote y muy capaz con la muleta. El temple, el gusto y la armonía, presidieron sus dos trasteos, mejor en el primero, aunque el pinchazo previo a la estocada le quitó el doble trofeo.

«El Juli», que teóricamente había sido el responsable de llenar la plaza, fue un verdadero torbellino en todos los tercios. Larga cambiada de rodillas y cinco verónicas y media de igual guisa, en su primer toro, fue una magnífica llamada de atención a lo que venia después. Galleo con el capote a la espalda, tres pares de banderillas variados y en todos los terrenos, y una faena corta pero intensa, muy bien conjuntada, con la rúbrica de una fulminante estocada.

En el sexto volvió a destacar con el capote en los lances de recibo y en un quite por faroles invertidos, así como en banderillas. Pero esta vez el toro, el más manso de todos, no acompañó, rehuyendo la pelea.

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Diario de Cadiz, JUAN MIGUEL NÚÑEZ. Edición del 17 de octubre '99     Romero y Antoñete o el milagro del arte del toreo

Una magistral lección del arte de torear, en la más expresiva acepción de la palabra arte, a cargo de «Antoñete» y Curro Romero, premiados con dos y una oreja, respectivamente, tuvo lugar ayer en Jaén.

No necesariamente cualquier tiempo pasado fue mejor, pero en el toreo se agradece una barbaridad cuando aparecen formas y tipos que ya habian pasado a la historia. Una historia desde luego reciente, que todavía está viva, y que tiene por protagonistas a «Antoñete» y a Curro. Madrid y Sevilla, casi nada.

De los dos siempre se puede esperar algo bueno, aunque sin exageraciones por aquello de que los años no perdonan. Y eso fue el milagro de la tarde: la generosidad en calidad y cantidad del buen toreo. Cada uno en su estilo y apoyado en su particular técnica, y para sorpresa de propios y extraños, esta vez sin esos condicionantes de la edad.

Una delicia ver torear a Curro, y no se diga a «Antoñete», a pesar de que cada uno se reservó en uno de sus respectivos toros. El madrileño no estuvo a gusto en el que abrió plaza, con algún que otro paso atrás, y desde luego muy breve.

En el quinto, por contra, dictó una lección magistral. Conocimiento exacto de terrenos y distancias y magnífica aportación del temple. La figura muy asentada y las «muñecas rotas», un toreo de maravilla. Y como entre otros aditamentos la faena tuvo también estrecheces y ligazón, mucho ritmo y armonía, aquello fue la locura.

La plaza se venía abajo de olés y frenéticos aplausos, de gritos a coro de «torero-torero», mientras se sucedían las series de derechazos y naturales salpicadas con los cambios por detrás, trincherillas y de pecho.

Curro se explayó en el toreo a la verónica, de genial interpretación, en los lances de recibo a su primer toro, en un quite posterior en este mismo y en su turno en el segundo del compañero. Lances majestuosos por la cadencia en el movimiento, meciéndose el torero al acompasar con la cintura. Las tres intervenciones con el contrapunto de la correspondiente media verónica: espléndida sucesión de monumentos al toreo de capa.

Por si faltaba, Curro se empleó también con la muleta en su primer toro, aunque no con tanta continuidad, pero con mucha hondura y sabor en pasajes sueltos. Faena de detalles, pero de muy buenos detalles, con sobresaliente en los remates de trinchera. Le pidieron con fuerza la segunda oreja, que el presidente no quiso conceder. En el otro ya no estuvo el camero por la labor, tomándose más precauciones de la debidas.

Alvaro Montes no desentonó en tarde de tanto brillo de parte de los veteranos. Algo desigual al clavar en su primero, y más entonado en el último, buscando siempre al toro de frente para procurar hacer las reuniones al estribo. Uno de sus fuertes es el par al violín, que practicó con eficacia en sus toros.

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Efe. Jaén edición del 17 de octubre '99.    Toreo magistral de Curro y Antoñete.

No necesariamente cualquier tiempo pasado fue mejor, pero en el toreo se agradece cuando aparecen formas y tipos que ya habían pasado a la historia. Una historia que todavía está viva y que tiene por protagonistas al madrileño Antoñete y al sevillano Curro Romero.

De los dos siempre se puede esperar algo bueno, aunque sin exageraciones por aquello de que los años no perdonan. Y eso fue el milagro de la tarde de ayer en Jaén: la generosidad en calidad y cantidad del buen toreo.

Una delicia ver torear a Curro Romero, y no se diga a Antoñete, a pesar de que cada uno se reservó en uno de sus respectivos toros. El madrileño no estuvo a gusto en el que abrió plaza, con algún que otro paso atrás, y desde luego muy breve. En el quinto, por contra, dictó una lección magistral. Conocimiento exacto de terrenos y distancias y magnífica aportación del temple. La figura, muy asentada y las "muñecas rotas", logró un toreo de absoluta maravilla .

Curro se explayó en el toreo a la verónica, de genial interpretación, en los lances de recibo a su primer toro, en un quite posterior en este mismo y en su turno en el segundo del compañero. Por si faltaba, Curro se empleó también con la muleta en su primer toro. Cobró una oreja y le pidieron con fuerza la segunda, que el presidente no quiso conceder.

El joven rejoneador local Alvaro Montes no desentonó en tarde de tanto brillo.

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Diario de Cadiz, JUAN MIGUEL NÚÑEZ. Edición del 16 de octubre '99.     El Juli además de llenar la plaza colapsó el tráfico.

Los diestros Juan Carlos Garcia y Julián López «El Juli» cortaron dos orejas cada uno y salieron a hombros ayer en Jaén, aunque el toreo más importante surgió de la muleta de «Espartaco» que dejó escapar un gran triunfo por su desacierto con la espada.

La tormenta que descargó durante la lidia de los dos primeros toros, marcó sin duda el rumbo y la importancia del festejo, con actitudes heroicas de los tres espadas al aceptar torear sobre el barrizal. El ruedo imposible, y los toros, nada fáciles, lo que obligó todavía a más a la terna. Por segunda vez en esta feria el presidente accedió a que los cinco últimos astados pasaran al tercio de muleta sin que actuaran los banderilleros dada la peligrosidad del piso.

El público lo supo apreciar en su mejor dimensión, de forma que apenas se movió nadie en el tendido, y todas las evoluciones se siguieron con gran respeto y admiración. Otro aspecto a tener en cuenta, el tirón popular de «El Juli», que además de llenar la plaza en tarde tan desapacible formó un auténtico caos de tráfico en todo Jaén, con retenciones de más de dos kilómetros en las grandes vías que conducían al coso, desde una hora antes de la celebración de la corrida. Está claro que «El Juli» llena las plazas y alborota las ciudades.

Cabecera de cartel, «Espartaco», saldó su actuación sin trofeos, aunque hizo sin duda lo más importante del festejo, en el cuarto de la tarde. Toro incierto y corto de embestida, al que supo aguantar llevándole muy toreado, con temple y asiento, con aplomo, firmeza y regusto en la interpretación. Un «Espartaco» maestro, aclamado con gritos de «¡torero-torero!» antes de montar la espada. La pena fue que pinchó tres veces, y todavía necesitó tres golpes con el estoque de cruceta para dejar al toro listo para el arrastre.

En el que abrió plaza, un astado que se quedó corto y no terminaba de humillar, «Espartaco» no pudo justificar el brindis que había dedicado al público.

Juan Carlos García entendió muy bien a su primero, toro que no remataba los «viajes», que aunque se desplazaba, no acababa de humillar. En el fondo el animal tenia nobleza, y sobre esa circunstancia García se confió, muy crecido y resuelto. De las dos orejas que cortó una fue por la propia faena y la otra, sin duda, por la gran estocada con la que la rubricó.

En el quinto, parado y que media mucho al torero, éste no pudo hacer otra cosa que «robarle» los pases de uno en uno, muy encima y esperándole mucho, que también tuvo mérito.

\en los dos de su lote. Faena muy alegre, ganándole la acción con la voz y pasos para adelante a su «rajado» primero. Y algo parecido en el sexto, un toro manso y que se lo pensaba mucho, pero que terminó entregado a la casta del torero.

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Diario de Cadiz, JUAN MIGUEL NÚÑEZ. Edición del 15 de octubre '99.     Muñoz, Liria y Juan Carlos García, una oreja por coleta en Jaén.

La feria de Jaén va viento en popa en cuanto a toros se refiere, pues las tres corridas que se han lidiado hasta ahora dan un porcentaje muy alto de reses que «embisten», entendido este término como la principal virtud del toro bravo para los profesionales.

El encierro de Teófilo Segura tuvo casta y movilidad y, salvo ligeros matices, muchas posibilidades de triunfo. Luego, el marcador de trofeos, en función del capítulo torerista, no arroja mayor balance por diversas circunstancias, principalmente, el fallo a espadas.

Emilio Muñoz hizo cosas buenas, pero sin pasar de los apuntes en el que abrió plaza, toro que tuvo calidad, aunque duró poco. En el cuarto se vio a un Emilio Muñoz más entregado y, sobre todo, inspirado. Toreo puro triana, por el temple y el regusto, por la hondura y el aroma en las series fundamentales, a las que puso contrapunto con los afarolados, de pecho y otras «cositas» de su personalísimo estilo.

Liria cortó sólo una oreja de las tres que debió llevarse. La primera que perdió, en el toro segundo, por no rematar con la espada. Liria había estado muy encima y entregado frente a un toro que no se desplazó lo suficiente, una de las pocas excepciones que tuvo la corrida.

En el quinto abrió faena de rodillas, corriendo la mano como si estuviera de pie. Y a partir de ahí entrega recíproca entre toro y torero, en la que también participó el público. Un espectáculo vibrante y total, con marcado acento en la actitud del torero, todo corazón.

A Juan Carlos García le falló también la espada en su primero, toro alegre, con prontitud y fijeza. Hubo buenos lances con el capote y faena muy bien estructurada con la muleta.

Por fin tuvo la recompensa en el sexto, que no fue tan fácil como los anteriores. Pero esta vez pudo la técnica y la entrega del hombre, muy encima y sin dejarse sorprender por el toro, a pesar de que en las postrimerías llegó la voltereta, espectacular pero, afortunadamente, sin consecuencias. La rúbrica de una buena estocada dio paso a la merecida oreja.


festejos celebrados

Sábado, 10 de abril´99. Plaza de Jaén. III Ciclo de Becerradas de la Asociación Andaluza de Escuelas de Tauromaquia.

 


Presentado Tren Taurino Madrid-Vilches.- El proyecto es  de la Asociación para el desarrollo Rural de El Condado   (ASODECO), ganaderos de bravo y la hostelería de Jaén, y está previsto ponerlo en marcha en  marzo del 2000. El trayecto del tren taurino desde Madrid a Vilches se   detendrá para visitar vacadas de la zona. Los pasajeros se alojarán en   casas rurales, para asimilar mejor las distintas etapas de la vida del toro en el campo.

 

 

 

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