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Feria de San Lucas
JAEN
Tarde del jueves, 19 de octubre de 2000
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Un toro de rejones de Criado
Holgado, manso y seis de Guadiamar, flojos en general y con calidad el
primero.
Diestros:
Entrada: un cuarto de entrada.
Crónicas de la prensa:
El País
El
País. JUAN ORTEGA. El
infierno
Decíase, antes de que el actual Santo Padre nos sacara de nuestro error, que el
infierno era el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno, definición
que yo, en mi ignorancia, aplicaba al estilo de torear de un antiguo matador,
natural de esta provincia y ya afortunadamente retirado. Pero no, ahora que el
tal infierno se oculta entre las páginas de las modernas teologías, tuvo que
ser eso lo que ayer sufrimos.
Para no faltar, ni siquiera nos libramos del prólogo ecuestre, a cargo de Álvaro
Montes y de un manso con el que protagonizó una desdichada capea solamente
mitigada en banderillas cuando el buey se despertó algo. El toro se cayó y fue
apuntillado mientras un auxiliador, sabiamente, le pisaba el rabo.
Tras esa media hora de sufrimiento, los demonios nos prepararon una tortura
nada sutil pero sí bastante dolorosa, que contó con la colaboración de
Fernando Gutiérrez Ramos, ganadero titular de Guadiamar, una ganadería de la
Asociación pero que se cae tal que si fuera de la Unión.
Moruchos desmochados que se caían al salir del chiquero, antes de que los
caballos irrumpieran en el ruedo con el único propósito de proporcionar un
innecesario toque de crueldad a una fiesta que no era sino su negación.
El Tato paseó al primer inválido de acá para allá sin mayor fundamento,
toreando en ascensor, de abajo arriba. Los demonios se llevaron pronto a este
engendro y nos prepararon otro para superior martirio. Víctor Puerto lo ciñó
en una larga y, a la hora de muletearlo, lo citó desde los medios para el pase
cambiado. El cambio hizo el efecto de un mágico regate de Pelé y el toro se
fue al suelo hecho pedazos. Probó después sin cambio, por ambos lados y se
repitieron sendos batacazos de la fiera. Como no podía hacerle faena, se la
hizo al público, que aguantó cerca de 10 minutos antes de rogarle, por favor,
que pusiera fin a tan aguda tortura.
Dávila Miura se tomó muy en serio el tercero, tal como si hubiera tenido un
toro y para entonces el tormento ya iba surtiendo efecto. El síndrome de
Estocolmo se apoderó de la plaza, que acabó pidiendo, y obteniendo, una oreja
para El Tato y dos para Víctor Puerto, que hizo una interesante labor de
tentadero al figurante que salió con disfraz de toro.
Cuando dieron suelta al sexto, ya éramos partidarios y amigos íntimos de
Luzbel y sus secuaces y aplaudimos a rabiar al ver que no se caía y que llegó
incluso a topar al caballo. Se quitaron la montera Juan Montiel y Emilio Fernández
y pedimos que nos subieran la temperatura de las brasas. ¡Más madera!, clamó
Dávila y, cuando logramos salir a la calle, la encontramos oscura, fría y con
olor a azufre.
Mucho se ha hablado y escrito acerca de la naturaleza de las fuentes de
inspiración a las que Dante echó mano para su Divina Comedia, pero
seguro que ha permanecido oculto en los archivos el verdadero viaje al infierno
que sólo tuvo lugar ayer en el embudo de la plaza de toros de Jaén.
No se debe tomar como figurado el sentido de estas líneas, sino en su más
cruda realidad; si no, Pedro Botero, esta noche les pinchará el trasero con su
tridente.
Tampoco hace falta que se persiga la fiesta de toros mediante escritos ni
pintadas porque con semejantes defensores a esto le pueden quedar dos
telediarios mal contados y mejor que sea así, porque para mofa, befa y
escarnio, ya contamos con una serie de estrellas sin que hagan falta actores
invitados.
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