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Feria de San Lucas
JAEN
Tarde del sábado, 18 de octubre de 2003
Crónica de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Buenavista, noblón pero falto de emoción por las pocas fuerzas el primero. Manejables segundo y tercero. Descastado y con pocas fuerzas el cuarto. No se vio el quinto, pero parecía posible. El último fue devuelto por un sobrero del mismo hierro, que se paró.

Diestros

Entrada: más de tres cuartos de entrada. 

Crónicas de la prensa: ABC, TorosComunicacion, Diario de Sevilla


TorosComunicacion. FRANCISCO MATEOS.  Ponce y César Jiménez a oreja por coleta en Jaén

El día que más gente vino parece que casi todo se torció para disgustarlo; encima. La corrida de Clotilde Calvo -Buenavista- adoleció de casta brava y fue un desfile de astados sin clase ni fondo. Muy poco, casi nada. El presidente, con dos decisiones muy discutidas y discutibles, como negar la segunda oreja pedida por la mayoría a César Jiménez y la devolución -¿por qué?- del sexto al finalizar el tercio de banderillas provocó el malestar y la contrariedad en la plaza.
 
Ponce dejó en su primero una faena templadita, a media altura, toreando inteligentemente a un astado remiso a embestir porque aunque tenía clase estaba muy limitado de fuerza. Faltó emoción en el noblón toro, pero el de Valencia aunque adoptado en Jaén puso la que faltaba. Muy correcto y dando tiempo al toro para recuperarse entre tanda ya tanda. El volapie fue muy bueno y cortó una oreja.  El cuarto -que brindó a su cuadrilla por fin de temporada- no tuvo casta alguna. Ponce poco pudo hacer, y además dio la impresión de que tampoco se esforzó como tantas veces nos tiene acostumbrado para obrar una 'faena-milagro'.
 
El primero de Javier Conde quizá fue el toro con cierta clase, a pesar de sus pocas fuerzas. El malagueño, que dio muletazos buenos, pecó de demasiados tiempos muertos y de cites despegados. A pesar de todo, algunos muletazos fueron bellos, aplaudidos.La suerte de matar la hizo fatal, con demasiadas precauciones, perdiendo en el olvido un toro de triunfo. Al quinto -cosas de los artistas dicen- ni lo quiso ver; la bronca fue de época.
 
César Jiménez insiste una y otra vez en hacer lo mismo a todos los toros. ¿Acaso son todos los toros iguales? Está claro que no, y por tanto no todas las faenas pueden ser iguales. Variado en su priemro con el capote, con lances cadenciosos, comenzó la faena de rodillas en el centro del ruedo para hacer vibrar a los tendidos con una tanda de buenos derechazos de rodillas. Después, la faena fue decayendo mucho, porque aunque toreaba bien, su toreo es demasiado seco, falto de chispa. Con los alardes finales de rodillas volvió a responder la gente. Tras la estocada se pidió con fuerza el doble trofeo, pero el presidente -con afán de protagonista no invitado- lo dejó en sólo uno. No le bastó al usía y al sexto lo devolvió -¿por qué?- al finalizar el tercio de banderillas. El sobrero se paró y se aculó en tablas. Jiménez se adornó de rodillas delante de él -¿para qué?- y montó la espada.

ABC. ROSARIO PEREZ. Oreja para Enrique Ponce y César Jiménez con una corrida insulsa

Año tras año, los tendidos del coso de La Alameda adquieren mayor colorido con la llegada de Enrique Ponce, ídolo en tierras jiennenses. La gente lo quiere y lo espera. Pero ayer, el maestro de Chiva no tuvo la oportunidad de brindar una actuación como aquella excelsa del pasado ciclo. Le correspondió un lote infumable, el peor de una insulsa corrida de Buenavista. Y el valenciano hubo de conformarse con una oreja y el trofeo que le entregaron tras romper las cuadrillas el paseíllo como triunfador de la Feria de San Lucas 2002.

La elegancia presidió la actuación de Ponce al primero, un toro sin ninguna chispa, que no transmitía lo más mínimo. Manejó con gusto el capote y con la muleta prologó con un suave tanteo para sacarlo de las tablas. Los derechazos tuvieron templanza, aunque la pérdida de las telas deslució en parte la cosa. Sobre la zurda extrajo una serie de mayor limpieza, pues debido a que su rival apenas humillaba, surgieron algunos enganchones a lo largo del trasteo. Manejó con eficacia la espada y consiguió un trofeo. Con el cuarto, la antítesis de casta, fortaleza y movilidad, optó por abreviar, ya que el toro no tenía un solo pase.

Garbosas verónicas y torerísimo recorte de Javier Conde al segundo; lástima que perdiese después la capa. El arranque de faena fue del más puro condesismo. Extraordinarios los primeros muletazos a derechas, con un cambio de mano superior y un bello pase del desprecio. Se llevó luego a los medios a su enemigo y obtuvo unos pases con la diestra templados. Sin embargo, aquello decayó pues el animal no se desplazaba. Cuando parecía imposible extraer jugo de tan marmóreo material, exprimió un eterno redondo mirando al tendido. Pero para ser fiel a su estilo en todo, se desvió de la trayectoria en la llamada hora de la verdad. Se enfadó el público con el malagueño en la breve faena con el pésimo quinto. De nuevo atacó sin rectitud la suerte suprema.

Más movilidad tuvo el buen tercero, al que César Jiménez cortó una oreja tras una abrumadora petición de la segunda. El presidente no quiso sumarse al ambiente triunfalista, pues aunque el torero anduvo muy entregado y protagonizó notables pasajes, algunas series se aproximaron más a la superficialidad que a la hondura. Eso sí, se metió al respetable en el bolsillo desde que se abrió de capa con jaleadísimas verónicas y chicuelinas. Caldeó aún más el ambiente en el comienzo de faena: se postró de rodillas en el mismísimo platillo, citando desde la lejanía a su oponente, y enjaretó una destacada ronda diestra. Posteriormente, instrumentó tandas por ambos lados, premiadas con las más cálidas ovaciones en el toreo efectista. Hábil en la estocada, aunque algo caída, desató el entusiasmo y los tendidos se tornaron blancos. El sexto fue devuelto a los corrales durante el tercio de banderillas, tras blandear en exceso. Antes, el madrileño había brillado con el capote, al igual que con el sobrero, de tan insulsa condición como sus hermanos. Jiménez esbozó una labor empeñosa, adornada otra vez con recursos pueblerinos de cara a la galería.


Diario de Sevilla. BARQUERITO. Buena nota de Enrique Ponce y César Jiménez

Ponce ha hecho norma de dos costumbre ya viejas: despedir la temporada en Jaén, que es para él patria adoptiva y especialmente querida, y hacerlo además a lo grande. Se cortó la racha inesperadamente. Al primer toro de la corrida de Buenavista, serio, escarbador, le cortó una oreja. Gracias, entre otras cosas, a una estocada excelente cobrada a volapié. Fácil, dispuesto, compuesto y seguro, Ponce se acopló sin el menor problema.

El cuarto, cuajadito, no dejó a Ponce redondear la que ha sido la mejor de sus temporadas de madurez. Se quemó en el peto y empezó desde entonces a venirse abajo. Ponce no se cansó, buscó por todas partes, en toda distancia. Pero no hubo manera ni de pegarle al toro dos seguidos ni de que viniera en serio ni dos veces. Tras el arrastre del toro, le cortó la coleta a su fiel tercero, Jean Marie Bourret, y se fundió con él en un abrazo especialmente cariñoso.

Javier Conde no lo vio claro con el capote en ningún turno. Ante su primero se le fueron siempre los pies y el toro lo vio y lo siguió. Aunque fue tarde de muy escasa decisión, al segundo, brindado a Ponce en bonita ceremonia, sí le hizo Conde algunas cosas de su singular repertorio. Pero como no estaba el día, Conde mató bastante mal. Al que toreó y al que no toreó.

El toro de la corrida fue con mucha diferencia el tercero, el más terciadito, el de más armonía. Galopador, codicioso. Toro de excelente nota. César Jiménez lo toreó en el saludo con limpieza y se entregó como es costumbre en una de sus faenas patrón: de rodillas primero, en la vertical luego y por la misma mano. La faena tomó velocidad de pronto, pero se desinfló al momento, y César optó por los recursos populares. Mató de espadazo caído. Una oreja y petición de la segunda. Muy ruidosa.

El sexto fue devuelto. El sobrero se lastimó y, cojo de una mano, se negó a pelear. César Jiménez con decisión, aunque hubiera que echarse a los lomos al toro que sólo quería morirse. No hubo forma

 

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