El objetivo era
ver toros de linaje rancio; doña Celsa Fontfride no tiene motivos
para despertar de su sueño eterno. Más que Concha y Sierra
parecieron Núñez venidos a más, endomingados. Casta perdida, con la
sola excepción del tercero, un ejemplar negro, acaramelado de
pitones, irreprochablemente presentado, blando como los demás, pero
con unas formas de embestir que acreditaban por sí mismas el más
rancio abolengo. Impuso respeto por su fiera acometida, pero se vio
pronto que la embestida era franca por noble, surcando el albero con
el hocico en rectitud; Barroso se fue haciendo con él, ajustándose
en gaoneras y concibió la faena bajo el prisma del mando absoluto,
colocándose bien y haciendo llegar al toro, que recorría, siempre
obligado, el camino que le marcaba la muleta. Este mando fue a la vez
eje de la faena y causa de quebranto, pero siempre nos dejó ver la
infrecuente pureza del toreo. El sexto fue un pregonado, del que se
pudo desprender con rapidez. Veremos de qué le vale al torero
onubense este nuevo triunfo en casa.
Juan José
Padilla, afilado y pálido, se enfrentó a un precioso toro castaño
oscuro albardado, alto de agujas y bien puesto de pitones, blando por
demás, que acabó tirando cornadas a las moscas y echando las manos
por delante, todo consecuencia de la falta de fuerzas. Lo más
sobresaliente fue el tercio de banderillas, con un par de poder a
poder y otro de dentro afuera cuadrando en la cara. La poca fuerza se
hizo patente en el cuarto y los dos se fueron privados de faena.
Padilla mató siempre desde fuera.
Cinco o seis
series constituyeron la faena de Dávila al segundo y ninguna tuvo más
historia que su vulgaridad. En el sobrero fue muy aplaudido, quizá
para ver si abreviaba; ni por esas, el latazo iba incluido en la
entrada.
Diario
de Cádiz. Luis Nieto. Barroso puntúa
y Padilla, en vías de recuperación
El festejo transcurrió en un tono medio, con
poco público, la mayoría espectadores partidarios del diestro local
Francisco Barroso, un torero serio, con escasas oportunidades, que
retornaba al coso de La Merced tras su triunfo del pasado año y que
en esta edición volvió a puntuar con una salida a hombros, arropado
por sus paisanos.
La corrida de Concha y Sierra, ahora en manos de José Luis García
e hijos, familia onubense que compró la ganadería en 1994 a Miguel Báez
Espuny Litri, saltó al ruedo con una presentación irreprochable. En
cuanto a su juego, predominó la nobleza, aunque les faltó a varios
de ellos chispa.
Si Barroso fue el triunfador, Juan José Padilla volvía a pasar
desde su reciente reaparición, tras la cornada en el cuello en
Pamplona, un nuevo examen. Padilla lo superó. Está en vías de
recuperación... física, se entiende. Porque todos sabemos que este
jerezano tiene más moral que el Alcoyano y más valor que el Guerra.
Junto a ellos y con ellos, el sevillano Dávila Miura, que, con un
mal lote, derrochó voluntad y manejó pésimamente los aceros.
Padilla, con el que abría plaza, lanceó con buen aire a la verónica,
y cumplió con facilidad en banderillas. Brindó la faena a Litri
padre. Una labor que, tras una apertura con muletazos de rodillas, la
planteó en las afueras. La faena se diluyó a medida que el astado se
quedaba corto.
Con el cuarto se mostró bullidor con el capote y, nuevamente, con
capacidad atlética en banderillas, dio la impresión de que está
cogiendo la forma. Incluso, sus anteriores carreras alocadas fueron
ayer más templadas y prendió los pares más asentado, siendo el más
aplaudido el tercero, al violín. Con la franela, todo quedó en un
arrimón ante un toro parado, que salía del viaje con la cara por las
nubes. Tras una estocada contundente el público pidió un trofeo, que
fue denegado. Lo de Padilla con los presidentes es un idilio... En
cualquier caso, el jerezano superó otra prueba camino de su total
recuperación.
Dávila Miura no tuvo opción a lucirse en el capote, con un toro
que echaba las manos por delante. Tampoco le sobraban fuerzas al
animal y el sevillano, en los medios, dejándole refrescar, realizó
una labor entonada con un toro incierto.
El quinto lo devolvieron por inválido y, en su lugar, saltó un
astado de La Dehesilla, manso, que fue pitado en el arrastre. Dávila
extrajo los pases con sacacorchos del marmolillo, con entrega y
pericia. Como en su anterior toro, manejó desastrosamente la espada.
Barroso, con el mejor toro, tanto por nobleza como porque fue el único
con recorrido y gas, estuvo discreto con el percal, con el borrón en
contra de un desarme. En un quite por gaoneras llegó un susto de
infarto, cuando se le coló el toro peligrosamente. En los medios,
comenzó con unos estatuarios y un pase de desprecio. Faena
compuestita, en la que destacaron una serie al natural y una tanda con
buen trazo con la diestra. Le faltó alargar los pases. El onubense
abrochó su digna faena con unas arriesgadas manoletinas de rodillas.
Mató de una estocada y el delirio se desbordó en los tendidos. Le
concedieron las dos orejas, siendo el segundo trofeo excesivo.
Con el sexto, Barroso se mostró voluntarioso ante un toro manso,
peligroso, que desarrolló sentido y puso en aprietos a los
banderilleros y al propio espada.
El público salió hablando del paisano, que no defraudó; un
Francisco Barroso que puntuó y, a la par, del valor y las agallas de
Juan José Padilla, que ya está en vías de recuperación tras el
gravísimo percance de Pamplona.