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FERIA
DE LA SEMANA GRANDE DONOSTIARRA
Plaza de Toros de Illumbe
El trofeo "Concha de Oro" que patrocina el Ayuntamiento
de esta ciudad y que premia a la mejor faena de la feria ha sido para José Tomás, por el
trasteo llevado a acabo el día 10 de agosto a un
toro de Montalvo al que cortó las dos orejas.
Domigo, 8 de agosto. Toros
de Moura (algunos mansos, manejables,
exageradamente despuntados), para los rejoneadores Leonardo Hernández (pasada
sin clavar, rejón atravesado en la tripa y otro trasero (vuelta por su cuenta); rejón
atravesado muy trasero, pinchazo, rueda de peones y rejón en lo alto (vuelta por su
cuenta); Pablo
Hermoso de Mendoza (rejón atravesado trasero (oreja); rejón delantero bajo
(oreja); y Paco
Ojeda (pinchazo atravesadísimo en la paletilla, rejón trasero a la media
vuelta y rueda de peones que tira al toro (silencio); pasada sin clavar, rejón contrario
bajísimo y otro atravesado (vuelta por su cuenta). Crónica de El País
Lunes, 9 de agosto. Toros
de Partido de Resina (con trapío y
bella estampa, discretos de cabeza, capas cárdenas; inválidos los tres últimos; mansos;
1º, 2º y 5º, de mala casta; manejables los demás), para
Tomás Campuzano (pinchazo y
estocada corta baja -silencio-; pinchazo, espadazo enhebrado -aviso- y bajonazo -ovación
y salida al tercio-), José Luis Bote (tres pinchazos y
bajonazo -silencio-; tres pinchazos, estocada y rueda de peones -silencio-); y Juan
José Padilla (media y rueda de peones -oreja-; aviso antes de matar, bajonazo
descarado traserísimo que asoma y cuatro descabellos -vuelta por su cuenta-).
Crónica
de ABC. Crónica
de El País
Martes, 10 de
agosto. Toros de Montalvo (sin
trapío, 2º y 3º impresentables, varios sospechosos de pitones, flojos, 6º inválido
total; boyantes), para Vicente
Barrera (dos pinchazos -aviso-, pinchazo, rueda de peones, descabello y se echa
el toro -silencio-; media trasera -aviso-, pinchazo bajo y estocada caída -aplausos y
salida al tercio-), Rivera
Ordóñez (bajonazo -silencio-; estocada trasera -oreja-) y José Tomás (estocada trasera -dos
orejas-; pinchazo hondo, rueda de peones y descabello -silencio-; salió a hombros por la
puerta grande). Crónica
de El País. Crónica de
ABC
Miércoles, 11 de agosto. Toros de
Luis Algarra (sin trapío, pobres de cabeza en general, sospechosos de pitones; flojos;
boyantes excepto 3º, manso reservón); para Juan Mora (dos pinchazos, estocada
corta baja y descabello -ovación y salida al tercio-; pinchazo y estocada caída saliendo
empitonado -oreja-; intervenido en la enfermerida de herida en el hemitórax y otras
lesiones, de pronóstico reservado), Enrique Ponce (espadazo
enhebrado que sale casi entero por el lado contrario, pinchazo, estocada corta
perpendicular -aviso- y descabello -aplausos-; media trasera caída, rueda insistente de
peones -aviso- y dobla el toro -oreja-) y El Juli (pinchazo, bajonazo, cuatro
descabellos -aviso- y descabello -silencio-; pinchazo, otro hondo caído, rueda de peones
y descabello -oreja-). Lleno. Crónica de
ABC
Crónica de
El
País
Jueves, 12 de agosto. César Rincón, Rivera Ordóñez y Miguel Abellán
Viernes, 13 de agosto. Litri, Enrique Ponce y El Cordobés
Sábado, 14 de agosto. Espartaco, que reaparece, José Tomás y El Juli
Domingo, 15 de agosto. Manuel Caballero, El Tato y Pepín Liria
CRÓNICAS DE LA PRENSA
El
País, Joaquín Vidal. Edición del 9 de agosto´99. Sádicos,
ez
Al llegar al último de los túneles que dan acceso a San Sebastián se puede ver en su
frontispicio una enorme pintada que dice: "Taurinos sádicos".
Ya empezamos.
Algunos grupos ecologistas y diversas gentes de bien donostiarras no están por los
toros, evidentemente.
Distinto es que a quienes sí lo están les llamen sádicos.
Cerca del coso de Illumbe había un grupito de jóvenes pacíficos mostrando una
pancarta que ponía escuetamente: "Corridas de toros, ez" (o sea, no); con lo
cual ez se metían con nadie.
Y empezó la feria sin mayor novedad. Y el público de la llamada corrida de rejones
sí lo pasó en grande. Caballazos arriba o abajo, toreo de seda o de percal, entusiasmó
todo, y únicamente la torpeza de Paco Ojeda para banderillear al sexto toro suscitó
algunas protestas.
La verdad es que Paco Ojeda estuvo hecho un desastre en ese tercio. Al pasar sin
clavar, el toro de poco lo entrampilla contra las tablas, y menos mal que se apresuró a
intervenir un peón e hizo el quite. La siguiente pasada hubo de resolverla huyendo a
galope tendido.
El toro era querencioso a tablas aunque no se pegaba a ellas y Paco Ojeda lo merodeaba
con intención de provocar su embestida pero lo único que provocaba era que el caballo se
le fuera del mando y trotara a más seguros pagos. Una banderilla prendida donde cayera y
otra en la modalidad del violín no suscitaron los habituales entusiasmos del público. Se
ve que ya estaba cansado de tanta cabalgada y tanto saludo sombrero en mano. Lo cual no
impidió que, muerto malamente el toro, Paco Ojeda se diera una vuelta al ruedo por su
cuenta.
No fue Ojeda el único en esto de las vueltas por su cuenta. Leonardo Hernández dio
dos y se quedó tan ancho. En cuanto se le moría el toro, echaba pie a tierra, apretaba a
correr al centro del redondel, alzaba los brazos como celebrando una victoria pírrica,
corría hacia el patio de cuadrillas donde ya se había ido mansamente el caballo, lo
montaba de nuevo, aparecía dando caballazos y muestras de doma excelsa -un piafar, un
trotecillo lateral, un mohín-, saludaba a todo el mundo, al presidente varias veces, y
todo para calentar el cotarro y que cayera la oreja. Pero la oreja no cayó y aprovechando
que estaba caballero de brioso corcel, daba la vuelta al ruedo por su cuenta.
Qué tendrá que ver todo eso con el arte de Marialba, se preguntan -de consuno- la
afición conspicua y el sentido común. En lo que llaman rejonear (rejonear-rejonear;
entiéndase) Lonardo Hernández había estado aseado, templó embestidas cabalgando a dos
pistas e hizo bien algunas reuniones. En cambio los toros le alcanzaban las cabalgaduras y
el cuarto, al salir de una reunión, alcanzó al equino y le pegó tantas cornadas que
pudo descuartizarlo. Y, sin embargo, ante la general sorpresa, no le caló ni una.
También los toros le toparon los caballos a Pablo Hermoso de Mendoza -uno resultó
lesionado- y esto ya parece más grave pues si se habla de toreo ecuestre Pablo Hermoso de
Mendoza es el paradigma. A su primer toro le clavó los dos rejones de castigo mediante
sendos quiebros sensacionales. Y luego banderilló con maestría si bien los palos le
quedaban excesivamente bajos. En el quinto toro se mostró Hermoso menos brillante y
eficaz (menos inspirado y seguro) lo que no le impidió cortar la oreja. Dos se llevó en
total y fue el triunfador de la tarde.
Otro triunfo lo alcanzó el propio coso. Acababa la corrida cuando empezó a chispear,
en un pis-pás cerraron la cubierta y -¡oh maravilla!- no nos mojamos. Claro que, a
cambio, habíamos pasado la tarde padeciendo un calor espeso, aguantando el ruido propio
de los locales cerrados, la banda que atronaba siempre el mismo pasodoble, oliendo a
vaca... En fin, que nunca llueve a gusto de todos; taurinos y ez taurinos.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. Edición del 10 agosto´99.
De la torería de Tomás Campuzano con un extraordinario pablorromero
Si nos juran que después de como había estado Tomás Campuzano con su primero
envuelto en un mar de dudas e inhibiciones podía remontar, jamás hubiéramos
dado crédito. Pero éste, el cuarto, no era aquel manso, huidizo y cobardón animal
horriblemente lidiado. Éste era un toro muy serio, un punto blando, pero de una calidad
suprema, sensacional. A los vuelos de la muleta de Campuzano acudía presto a la llamada,
con el hocico por los suelos y largo viaje. La faena tuvo, fundamentalmente, reposo,
empaque en muchos de sus pasajes, torería en el paso. Fue más diestra que zurda. El
pablorromero propició que el veterano matador se sintiera a gusto, para reclamar su hueco
de profesionalidad que parecía haber olvidado con el anterior. Lástima que se demorara
con la espada hasta escuchar un aviso. La ovación en el arrastre superó a la recogida
por el torero.
A Juan José Padilla le han apodado «El ciclón de Jerez». Inmejorable bautismo.
Padilla no para un minuto. O torea o hace gestos y aspavientos. Todo así como muy
acelerado, muy eléctrico. Y parece que gusta, a tenor de la respuesta del público, con
el que conecta con fuerza. El hombre derrocha más valor y disposición que torería. Así
le cortó la oreja al noble tercero, de mejor pitón derecho que izquierdo, que no acabó
de romper, pero que dio el suficiente juego para que obtuviera una faena cimentada en la
recia diestra del jerezano. Había recibido Padilla a su oponente con estoicismo a
portagayola; lanceado por verónicas y chicuelinas a continuación; banderilleado con
facultades de atleta; vitoreado con las mismas energías. Acabó por molinetes de rodillas
y con media estocada arriba.
EL CICLÓN DE JEREZ
Entusiasmó Padilla con el par al violín ante el sexto. La gente
aplaudía a rabiar, y Padilla celebraba el éxito saltando, corriendo, cerrando los
puños, cual futbolista tras la consecución de un gol. El largo desplazamiento del astado
y el entonado inicio de faena hicieron presuponer más de lo que luego hubo. Pero el
diestro perdió el entendimiento, la cosa decayó y el animal terminó rajado. Daría «El
ciclón de Jerez» una vuelta al ruedo a pesar de usar con escaso tino los aceros y haber
escuchado un aviso. A su manera, sigue sumando puntos.
José Luis Bote apechó con los dos peores toros. Especialmente peligroso resultó el
quinto. Ante el segundo se salvó de la cornada de milagro, no así de la voltereta cuando
veroniqueaba con valentía. En ambos flaqueó con la espada.
El
País. JOAQUÍN VIDAL, Edición
del 10 de agosto´99. Un torero sin suerte
José Luis Bote saludó al segundo toro con unas verónicas de torería pura. Quiere
decirse: valiente, embraguetado, adelantando la pierna contraria según mandan los
cánones. Venía bronco el toro y Bote se mantenía firme en su terreno, o lo ganaba,
embarcando templado y ceñido. Tal como se producía la embestida y la aguantaba el
diestro, aquello era a toma y daca. Pareció que Bote había resuelto con éxito el
problema. Y en estas que, al rematar los lances, el toro le derribó de un pitonazo e hizo
por él después. El quite pronto de la cuadrilla evitó peores males.
Se incorporó Bote con la taleguilla desgarrada y no trascendió que diera importancia
al percance. Pero aquello había sido un cruel revés. De nuevo la mala suerte hacía
presa en este torero, que lo es de una pieza. Lo que siguió aún fue peor. El toro
resultó ser un mansazo que evidenció su mala casta en la brega trabajosa que le daba
Bote para llevarlo al caballo; en la violencia con que arreaba a los banderilleros; en su
temperamento reservón durante la faena de muleta.
No hubo faena realmente. Todo el trasteo hubo de consistir en citar y medir las medias
arrancadas, que se producían inciertas.
Los otros espadas de la terna habían dispuesto de toros manejables. Al menos, uno.
Bote, en cambio, no contó con ninguno. El quinto cárdeno de Partido de Resina, único
aparatoso de cornamenta en toda la corrida, resultó inválido, y llegado el último
tercio sacó sorprendentemente un sentido que no había manifestado en los anteriores. Al
primer cite de Bote con la derecha respondió tirándole un pitonazo sobre la boca del
estómago. Al segundo le derrotó en la cara. Tomó Bote la izquierda y aunque mandaba
cuanto podía y vaciaba con cuidado, cada viaje traía el peligro propio de las embestidas
inciertas. No le cupo al torero otro remedio que resignarse y entrar a matar, lo que hizo
con muy malas trazas.
Y entonces el público dividió sus opiniones: unos, que Bote no había tenido ganas;
otros, que no sabía. Son las cosas que pasan cuando llenan los graderíos públicos
triunfalistas ajenos al estado de la cuestión. Los toreros creen que les favorece. Se ha
oído decir a toreros preeminentes (pegapases preeminentes, para hablar con propiedad) que
si los públicos están festivos y aplaudidores ellos se animan. Puede ser. Mas cuando hay
dificultades reales en la arena y los pases no pueden ser pegados con el desahogo
habitual, se ponen levantiscos y no perdonan una pues creen que el torero no tenía ganas
de torear y sólo quería llevarse los cuartos, o es un ignorante.
Le vino muy bien el público aplaudidor a Juan José Padilla, que hizo cuanto cabe
esperar de un pegapases tremendista. Si los derechazos muchos y los naturales pocos que
dio no le salían ni finos, ni reunidos, ni nada que pudiera parecerse al arte de
Cúchares, lo compensó con la larga cambiada a porta gayola, un arrojo banderillero en el
que destacó un par al violín, las revueltas muleteras, los pases metiéndose en el
costillar, los molinetes, los rodillazos. Y, sobre todo, los brincos, las carreras, los
aspavientos para calentar la galería. A estos efectos empleó los mismos trucos que los
rejoneadores. Sólo le faltó el caballo.
Importaba poco al encantador público donostiarra que se hubiesen producido otras
referencias del toreo bueno. Tomás Campuzano ofreció algunas. No con su primer toro, que
sacó la condición de los mulos y continuamente se iba a tablas queriéndolas brincar.
Sí con el pastueño cuarto, al que anduvo toreramente abriéndole a los medios mediante
templados pases por bajo y le sacó varias tandas de redondos exquisitos, una de ellas -se
conoce que el surrealismo también había tomado carta de naturaleza en Campuzano- mirando
al tendido. Ésta faena, última del veterano diestro en San Sebastián (pues estaba de
despedida) habría sido un éxito si no llega a malograrlo con un espadazo horrendo que
enhebró en un costado del animal.
Mal juego ofrecieron los antiguos Pablo Romero, hoy llamados Partido de Resina. Su
trapío, su bella estampa y sus luminosas capas cárdenas (con excepción del sexto, un
tipo feo y destartalado), no se correspondían con la descastada mansedumbre que por junto
sacaron. Principalmente aquel par de avisados y broncos toracos que le trajeron mal fario
a José Luis Bote; uno de los toreros más serios y auténticos del actual escalafón de
matadores.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA . Edición del 11 de agosto´99. José Tomás o el abismo de los dioses del toreo sobre los
demás
No sé si los santanderinos Fernández-Rañada, Botín o Camarero compartirán el mismo
sentimiento del que disfrutó la plaza de San Sebastián con el toreo de José Tomás. Si
no fue así, seguirán siendo amigos, aunque pierdan puntos como aficionados. Porque José
Tomás hizo el toreo. Tan fácil, tan difícil, tan eterno y profundo, tan distinto. Hay
un abismo con el resto. Y el toro de Montalvo, tercero, tampoco era la de Dios, sino más
bien mansurrón. Ya de salida se paraba, y José Tomás le esperaba por verónicas como
rosas, inconclusas porque el montalvo no remataba la embestida. Cambió la moneda en un
quite por gaoneras, ceñido pero falto del tiempo de echarse el capote a la espalda con
medio farol o una revolera. El inicio por alto fue prólogo de un pase del desprecio,
bello, y de la derecha maciza, ligada y verdadera. A la izquierda consiguió sacarle
partido, o más que eso, porque a pies juntos dibujó la naturalidad. Y la plaza rugía,
crujía, quebraba sus nuevos cimientos. Abrochó la obra con ayudados por alto y una
estocada arriba, quizá algo trasera, pero válida para que las dos orejas cayeran en sus
manos. José Tomás toreó como un niño en la playa de La Concha podría hacerlo de
salón, con la toalla lacia, sin toro pero cruzado con el aire, jugando con las olas en un
atardecer de estío, silencioso y cálido. Habrá habido mejores faenas de José Tomás,
seguro, pero aún así sigue existiendo el mismo abismo de los dioses del toreo sobre los
demás.
INVÁLIDO SEXTO
Exigente se puso el presidente al ordenar cumplir con las dos varas al inválido sexto,
todo lo que no había estado al cambiar tercios de banderillas anteriores
precipitadamente, tal vez condicionado por el petardo de las cuadrillas. Cambiante
criterio el suyo. A José Tomás le faltó toro. Como pero, habrá que decirle que aunque
su oponente no sirviera no se pueden dejar las faenas así de repente, en la estacada.
Será con el boyante quinto la vez que mejor se haya encontrado Rivera Ordóñez en las
dos últimas temporadas. Cómo sería el montalvo que le cortó una oreja, aunque éste
entregaba las dos con su fenomenal embestida. Pero, para no faltar a la verdad ni quitarle
méritos al torero, Rivera templó mucho más que otras veces, nunca se cruzó -hay cosas
imposibles- y mandó con largura los viajes de su enemigo. Tapó la vulgarona imagen
dejada ante el segundo, que se dejaba, como se dice ahora.
Barrera tuvo momentos de calidad con el franco primero, dañado en un volatín. Mas
Barrera no le ve el final a las faenas y se pierde hasta alcanzar el aviso. Otro escuchó
ante el reservón cuarto, al que hizo una meritoria labor. Volvió a pinchar, y se le
escapó un triunfo que en tardes como la de ayer no debería de fallar.
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Edición del 11 de agosto´99. José Tomás, punto y aparte
Discurría la corrida tocada por la monotonía propia de los pegapases cuando llegó
José Tomás y hubo que hacer punto y aparte. Era otra dimensión, otro concepto del
toreo; una valentía, una sapiencia...
Torear es como hizo José Tomás al tercer toro o lo que fuera aquello. Zapatillas
asentadas en la arena, sí, pero también ligazón, temple y mando. Y todo ello formando
un conjunto armonioso y bello, atemperado a las condiciones del toro (o lo que fuera
aquello).
Llega a tener la faena emoción y habría sido el sursum corda, que dijo el
poeta. Pero no podía tener emoción. Con aquella birria de toro, ni aún montándolo a
caballito podrían estremecerse los aficionados ni elevar al cielo sus corazones.
Unas gaoneras de pies juntos, planta vertical y quieta, compusieron un quite de
escalofrío, obra también de José Tomás en el anterior toro. Rivera Ordóñez, a quien
correspondía el sumiso gaonerado, no dijo nada aunque por la cara que puso debió de
coger un globo.
Se lleva en la moderna tauromaquia que los toreros a quienes un compañero ha mojado la
oreja en el toro de su pertenencia salgan a enmendarles la plana con otro quite que, por
supuesto, ya ni toca ni encaja. Rivera Ordóñez no lo hizo así, y esperó toreramente a
su turno para satisfacer la réplica, que consistió en unas burjassotinas de aseada
factura. Entró después José Tomás por chicuelinas y se las aclamaron con entusiasmo
pese a que consistieron en unos recortes escasamente académicos y nada artísticos.
Son las cosas del querer...
Rivera -decíamos- estaba competidor. Buena cosa para la fiesta y para él mismo. Un
torero que busca pelea está demostrando pundonor y lo que hay que tener. Si además
Rivera Ordóñez poseyera el don del arte sería perfecto. Sin embargo ahí tiene serias
limitaciones: llega donde puede, que es bien poco. Su primera faena resultó monótona y
adocenada. En la segunda, iniciada sentado en el estribo y con unos corajudos pases de
rodillas, tiró de redondos más una tanda de naturales, y lo aliviaba todo con el pico
dejando la pierna contraria atrás. O sea, el toreo, que siempre es para adelante -cargar
la suerte lo llaman- justo al revés. Finalmente incluyó circulares citando de espaldas,
que pertenecen al repertorio tremendista.
El público le premió con ovaciones, a veces puesto en pie. Lo cual en el fondo carece
de relevancia pues la clientela del coso de llumbe es aplaudidora por naturaleza y se pasa
la tarde aclamando los más variopintos aconteceres: desde los pares de banderillas
-todos- hasta al peón que recogió las zapatillas perdidas por Rivera cuando el toro le
empujó con el cuarto trasero y estuvo a punto de derribarle.
El concepto pegapasista característico de la moderna tauromaquia tuvo cumplida
representación en Vicente Barrera, que hacía a destajo un toreo vertical falto de
hondura y de gusto artístico. Tantos pases dio que le cayeron dos avisos. Estaba en sus
salsas, si bien se mira: las figuras han impuesto la tauromaquia de los avisos.
Nada tenía que ver todo ello, por supuesto, con el toreo de José Tomás, pulcro y
medido; hondo e inspirado. Ciñó estauarios, cargó la suerte en el toreo fundamental,
ligó redondos y naturales, y derramó aromas toreros en los ayudados finales que remató
con un airoso molinete.
De tal corte compuso José Tomás su faena al tercer toro o lo que fuese la birria
aquella. He aquí la cruda realidad que devalúa cualquier toreo: el toro impresentable y
feble. Y eso sucedió. Pues a la corrida le faltó de trapío, de pitones no anduvo muy
allá, fuerza tenía poca, en tanto sacó un acochinado temperamento que nada tienen que
ver con la casta fiera propia del toro de lidia auténtico.
El sexto padecía una invalidez supina, y no había posibilidad de darle dos pases
seguidos sin que se desplomara, de manera que tras múltiples intentonas, José Tomás
tuvo que renunciar a la faena. Se lamentó de veras. También es casualidad que el toro
más chico y el más inválido de la corrida le salieran a José Tomás. Claro que uno ya
está mayorcito para creer en las casualidades.
EL
PAÍS. JOAQUÍN VIDAL. Edición del 12 de agosto´99. Una corrida virtual
Fue como un CDRom.
Fue como un CDRom de esos que editan a base de unas cuantas generalidades de la fiesta de
los toros para que la gente ajena o desapercibida se vaya haciendo una idea, y montan una
corrida virtual donde salen los toreros marchosos y pintureros, los toros como si los
hubiese pintado Walt Disney, el presidente con cara de funcionario cabreado, el público
feliz batiendo palmas y gritando olé.
Pues así fue.
En el macizo coso de Illumbe la corrida virtual es lo que más gusta y divierte.
Bien puede entenderse que, con esas, la corrida de toros que se vio no tenía
absolutamente nada que ver con una corrida de toros verdadera. En las corridas de toros
verdaderas manda la ley que se lidien toros dotados de trapío y los de Illumbe no tenían
ningún trapío ni había allí nada que lidiar.
Tampoco es que hiciese mucha falta. La gente no había acudido al macizo coso a ver
toros ni tampoco lidia, sino a solazarse con la marchosa pinturería de los toreros, a
ovacionar cuanto se moviera por allí, a pedir música, a ver orejas. Sobre todo a ver
orejas. Ver orejas es auténtica pasión en esta España finisecular de toros, toreros y
toreo virtuales.
Pocas veces habrá conocido la Semana Grande de San Sebastián un día tan lleno de
alicientes: por la mañana, el eclipse; por la tarde, la corrida virtual.
Y lo que aconteció en la corrida virtual, francamente: no es para contarlo. Lo cuenta
el cronista y una de dos: o fantasea o puede que alguien le exija responsabilidades.
Porque, ¿cómo explicar que siendo los toros monas, los toreros pegapases y las faenas
adefesios se acabaran cortando tres orejas?
Quizá todo pudiera comprenderse mediante un sesudo estudio de psicología de masas. O
del propio cronista que -ha de reconocer- algunas veces, en el transcurso de estas
corridas virtuales, no da crédito a sus ojos y acaba sin poder distinguir la realidad de
la vida de lo que sale en el CDRom.
La impresión barruntativa del conjunto de la corrida indica que Juan Mora le montó a
su primer toro un zafarrancho de pases inconexos en el transcurso de una faena aleatoria y
espesa, sin unidad ni sentido dominador -simplemente a lo que saliera- y parecía mentira
en torero tan bueno. Condición que demostró en el cuarto, al que ligó ceñidas tandas
de derechazos y de naturales, y precisamente en esa ligazón estuvo su mayor mérito la
faena. Al matar resultó arrollado y herido, lo que no le impidió pasear en clamoroso
triunfo la oreja ganada, antes de pasar a la enfermería.
Y ya no hubo más ligazón a lo largo de la tarde. Venía después de Mora Enrique
Ponce, que debe de ser alérgico al arte de ligar las suertes, por otra parte básico en
tauromaquia. Ponce toreaba para afuera. Ponce daba un pase y, al rematarlo, ya había
escapado a otro terreno para iniciar el siguiente. Su apostura al embarcar era
irreprochable mas la descomponía presto y partía raudo en demanda de nuevos horizontes.
Así compuso sus dos faenas: vacías de contenido, desligadas, corretonas, interminables.
La tauromaquia es evolución: los pegapases de antes han evolucionado a trotapases. Esto,
de momento. Y ya veremos en el tercer milenio.
Torero del tercer milenio por antonomasia es El Juli. Le correspondió en primer lugar
un torillo reservón al que porfió pundonoroso y no le hicieron ni caso. Se notaba que el
empeño lidiador de un torero valiente no encaja en los objetos del CDRom.
El sexto lo podría haber pintado Walt Disney y a ese El Juli le armó un alboroto con
su variado toreo de capa, con sus rápidos, seguros y reunidos pares de banderillas, con
su muleteo decidido, incluso arrojado, que evidenciaba el hambre de triunfo. Cualquier
observador de la tauromaquia real habría advertido que aquellos pases carecían de fuste
y aroma. Pero no se trataba de eso, evidentemente. Se trataba de que se desbordara el
triunfalismo. De que los tres matadores contaran con su oreja y por este motivo le
regalaron a El Juli una. De que todo acabara bien, como en las películas del Oeste. Lo
idóneo habría sido que se casaran al final. Claro que no podía ser, dadas las
circunstancias. Pero todo se andará. Para el tercer milenio, eso está hecho.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA . Edición del 12 de agosto´99. Del inexistente recuerdo de Escudero a la casta y la
sangre de Juan Mora
Vivimos en torno a la hoguera de las confusiones. Que ayer no se guardara en Illumbe un
minuto de silencio por Manolo Escudero tiene delito. Luego, morirá el carpintero de la
plaza, hombre trabajador y honesto, ayuda de mozo de espadas en sus ratos libres, y se
honrará su memoria, aquí y en Las Ventas. Por Escudero, que en el año 1944 sufrió en
el viejo Chofre una cornada de caballo y toreó también en San Sebastián su última
corrida, no merece la pena.
Derramó su sangre el excelso capotero del madrileño barrio de Embajadores como ayer
también Juan Mora. Y pudo ser peor. De muy fea manera le cogió el buen cuarto al entrar
a matar. El pitón se abrió paso por dentro de la chaquetilla y le prendió por la axila.
En el aire lo mantuvo inerte durante segundos de angustia. Si el asta llega a profundizar,
ahora estaríamos hablando en otro tono. Mora había querido amarrar un triunfo que se le
escapaba si volvía a pinchar, y por ello se fue tras la espada a tumba abierta. En unos
parámetros de valentía y disposición se movió durante toda la tarde. Muy entonado
anduvo con este segundo de su lote por naturales, que surgieron largos y templados,
poderosos, con el compás abierto, sin afectaciones ni amaneramientos. Mantuvo el ritmo en
la faena, que se elevó en una tanda de redondos. Casta derrochó el placentino en el
segundo encuentro con el estoque, con el que aseguró la oreja ante la congoja
generalizada.
ESCASO RECORRIDO
Sobre el valor había cimentado su primera faena con aquel toro manso en
varas, justo de fuerza y escaso recorrido. A base de dejarle la muleta en la cara, obtuvo
largos naturales a media altura. Pero la cosa no acabó de tomar vuelo, y menos, por culpa
de la espada.
El inicio de faena genuflexo de Ponce ante el blando segundo alcanzó importantes cotas
de belleza. Labor de mimo e inteligencia la suya, sosa más bien, porque el toro no decía
nada en su vulgaridad. Concluyó el valenciano con un tremendo error con la espada: se le
fue la mano a los bajos y el acero asomó hilvanando la piel de su enemigo.
Aprovechó el torero de Chiva la noblona y mejor embestida del quinto, que en sus manos
fue a más. Supo darle sitio, olvidándose de la ligazón, y protagonizó momentos de
calidad a lo largo de una faena larga que culminó por redondos y circulares. Acertó a la
primera con la tizona, y conquistó una oreja, no sin antes anotarse su segundo aviso de
la tarde.
Inédito se quedó El Juli con el tercero, un toro sin cuello, de feas hechuras, tardo
y parado. Se esforzó inútilmente el jovencísimo matador por sacar agua de un pozo seco.
Se demoró con la espada y escuchó un aviso, de los pocos que se ha llevado esta
temporada.
Ante el sexto explotó la variedad de El Juli con un quite por caleserinas aunque
ya había abierto su amplio repertorio por chicuelinas y navarras. Encandiló al
personal con los rehiletes, en un par al cuarteo, otro al sesgo, el mejor, y otro más por
los adentros, con la distancia del burladero muy medida. Corrió luego la mano con largura
por ambos pitones, con limpieza. El entregado público le premió con una oreja, aunque no
enterrara la espada.
La tarde fue de menos a más junto con el juego de una corrida justa en todo.
PLAZA DE ILLUMBE
FESTEJO DE INAUGURACIÓN
Viernes, 30 de abril. Illumbe inauguró su cubierta con un
Festival a beneficio de los damnificados por el huracán "Mitch". Astados de Juan Manuel Criado, para los diestros Paco Ojeda, César Rincón, Enrique Ponce, El Cordobés, José Tomás y Miguel Abellán; y para el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza.
La plaza de toros de San Sebastián se ha convertido en una novedad
mundial. Ello se debe a la construcción de un techo móvil, inaugurado el 30 de
abril´99. Este sistema de alta tecnología, bautizado como «Párpado», combina las
técnicas de las estructuras espaciales y móviles y es capaz de cerrar o descubrir
totalmente el coso taurino donostierra en apenas diez minutos, lo que posibilita la
celebración de la fiesta taurina en los casos en que la climatología los hace
actualmente imposibles.
Sistema de cierre de doce minutos
Gracias a la incorporación de esta cubierta retráctil y traslúcida, el recinto, en
tan sólo 12 minutos queda totalmente cerrado. En diez minutos vuelve a quedar al aire
libre. La cubierta tiene una dimensión de 8.000 metros cuadrados, y de ellos 2.500 metros
cuadrados pertenecen a los dos elementos móviles, de 60 toneladas cada uno, suficientes
para cubrir o descubrir una superficie que en este caso es de 50x52 metros, que supera las
dimensiones del ruedo. Así, estos dos elementos móvilesson los encargados de cerrar todo
este espacio, bien en caso de necesidad imprevista, o bien por la definición del propio
acto a celebrar.
Dicho espacio deja el cielo totalmente despejado con la cubierta en su máxima
apertura. Esta característica es esencial a la hora de cubrir un coso, puesto que a
veces, los profesionales del mundo de los toros y aficionados han mostrado su rechazo a
otras soluciones incapaces de despejar totalmente la zona del toreo.
Además, según fuentes de la empresa encargada de la realización de estas cubiertas
retráctiles, LANIK, «Párpado no sólo es aplicable a plazas de toros de
nueva construcción, sino también a las ya existentes, convirtiéndose de esta forma en
una alternativa vanguardista capaz de rentabilizar al máximo un buen número de espacios,
como son las plazas de toros, que muchas veces se utilizan apenas unos días al año». De
este modo, su conversión en un recinto polivalente hace que sea capaz de albergar todo
tipo de espectáculos culturales o deportivos, así como otros actos que necesiten un
aforo muy amplio.
«Si el tiempo no lo impide»
Por lo tanto, la importante abertura central permite contar con una plaza de toros como
el espectáculo taurino requiere, y donde ya no tendrá que aparecer más el cartel de
«si el tiempo no lo impide» .
En España, se han realizado en los últimos años unas primeras experiencias de
cubiertas de plazas de toros, como las llevadas a cabo en Leganés y Zaragoza. La primera,
de dimensiones ligeramente inferiores a la ideada por LANIK para San Sebastián, cuenta
con un sistema de apertura diferente que solamente descubre la mitad del ruedo. En cambio,
la de Zaragoza está construida a base de lonas tensadas. En la actualidad, el nuevo coso
taurino de Vista Alegre está dotado de una cubierta con una parte central practicable, lo
que permite una importante aireación del recinto, pero no deja el ruedo al descubierto.
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