GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE
TOROS DE
ESPAÑA

 

TEMPORADA 1999

FERIA DE LA SEMANA GRANDE DONOSTIARRA
Plaza de Toros de Illumbe

El trofeo "Concha de Oro" que patrocina el Ayuntamiento de esta ciudad y que premia a la mejor faena de la feria ha sido para José Tomás, por el trasteo llevado a acabo el día 10 de agosto a un toro de Montalvo al que cortó las dos orejas.

Domigo, 8 de agosto. Toros de Moura (algunos mansos, manejables, exageradamente despuntados), para los rejoneadores Leonardo Hernández (pasada sin clavar, rejón atravesado en la tripa y otro trasero (vuelta por su cuenta); rejón atravesado muy trasero, pinchazo, rueda de peones y rejón en lo alto (vuelta por su cuenta); Pablo Hermoso de Mendoza (rejón atravesado trasero (oreja); rejón delantero bajo (oreja); y Paco Ojeda (pinchazo atravesadísimo en la paletilla, rejón trasero a la media vuelta y rueda de peones que tira al toro (silencio); pasada sin clavar, rejón contrario bajísimo y otro atravesado (vuelta por su cuenta). Crónica de El País

Lunes, 9 de agosto. Toros de Partido de Resina (con trapío y bella estampa, discretos de cabeza, capas cárdenas; inválidos los tres últimos; mansos; 1º, 2º y 5º, de mala casta; manejables los demás), para Tomás Campuzano (pinchazo y estocada corta baja -silencio-; pinchazo, espadazo enhebrado -aviso- y bajonazo -ovación y salida al tercio-), José Luis Bote (tres pinchazos y bajonazo -silencio-; tres pinchazos, estocada y rueda de peones -silencio-);  y Juan José Padilla (media y rueda de peones -oreja-; aviso antes de matar, bajonazo descarado traserísimo que asoma y cuatro descabellos -vuelta por su cuenta-). Crónica de ABC. Crónica de El País

Martes, 10 de agosto. Toros de Montalvo (sin trapío, 2º y 3º impresentables, varios sospechosos de pitones, flojos, 6º inválido total; boyantes), para Vicente Barrera (dos pinchazos -aviso-, pinchazo, rueda de peones, descabello y se echa el toro -silencio-; media trasera -aviso-, pinchazo bajo y estocada caída -aplausos y salida al tercio-), Rivera Ordóñez (bajonazo -silencio-; estocada trasera -oreja-) y José Tomás (estocada trasera -dos orejas-; pinchazo hondo, rueda de peones y descabello -silencio-; salió a hombros por la puerta grande). Crónica de El País. Crónica de ABC

Miércoles, 11 de agosto. Toros de Luis Algarra (sin trapío, pobres de cabeza en general, sospechosos de pitones; flojos; boyantes excepto 3º, manso reservón); para  Juan Mora (dos pinchazos, estocada corta baja y descabello -ovación y salida al tercio-; pinchazo y estocada caída saliendo empitonado -oreja-; intervenido en la enfermerida de herida en el hemitórax y otras lesiones, de pronóstico reservado), Enrique Ponce  (espadazo enhebrado que sale casi entero por el lado contrario, pinchazo, estocada corta perpendicular -aviso- y descabello -aplausos-; media trasera caída, rueda insistente de peones -aviso- y dobla el toro -oreja-) y El Juli (pinchazo, bajonazo, cuatro descabellos -aviso- y descabello -silencio-; pinchazo, otro hondo caído, rueda de peones y descabello -oreja-). Lleno. Crónica de ABC   Crónica de El País

Jueves, 12 de agosto. César Rincón, Rivera Ordóñez y Miguel Abellán

Viernes, 13 de agosto. Litri, Enrique Ponce y El Cordobés

Sábado, 14 de agosto. Espartaco, que reaparece, José Tomás y El Juli

Domingo, 15 de agosto. Manuel Caballero, El Tato y Pepín Liria


CRÓNICAS DE LA PRENSA

El País, Joaquín Vidal. Edición del 9 de agosto´99Sádicos, ez

Al llegar al último de los túneles que dan acceso a San Sebastián se puede ver en su frontispicio una enorme pintada que dice: "Taurinos sádicos".

Ya empezamos.

Algunos grupos ecologistas y diversas gentes de bien donostiarras no están por los toros, evidentemente.

Distinto es que a quienes sí lo están les llamen sádicos.

Cerca del coso de Illumbe había un grupito de jóvenes pacíficos mostrando una pancarta que ponía escuetamente: "Corridas de toros, ez" (o sea, no); con lo cual ez se metían con nadie.

Y empezó la feria sin mayor novedad. Y el público de la llamada corrida de rejones sí lo pasó en grande. Caballazos arriba o abajo, toreo de seda o de percal, entusiasmó todo, y únicamente la torpeza de Paco Ojeda para banderillear al sexto toro suscitó algunas protestas.

La verdad es que Paco Ojeda estuvo hecho un desastre en ese tercio. Al pasar sin clavar, el toro de poco lo entrampilla contra las tablas, y menos mal que se apresuró a intervenir un peón e hizo el quite. La siguiente pasada hubo de resolverla huyendo a galope tendido.

El toro era querencioso a tablas aunque no se pegaba a ellas y Paco Ojeda lo merodeaba con intención de provocar su embestida pero lo único que provocaba era que el caballo se le fuera del mando y trotara a más seguros pagos. Una banderilla prendida donde cayera y otra en la modalidad del violín no suscitaron los habituales entusiasmos del público. Se ve que ya estaba cansado de tanta cabalgada y tanto saludo sombrero en mano. Lo cual no impidió que, muerto malamente el toro, Paco Ojeda se diera una vuelta al ruedo por su cuenta.

No fue Ojeda el único en esto de las vueltas por su cuenta. Leonardo Hernández dio dos y se quedó tan ancho. En cuanto se le moría el toro, echaba pie a tierra, apretaba a correr al centro del redondel, alzaba los brazos como celebrando una victoria pírrica, corría hacia el patio de cuadrillas donde ya se había ido mansamente el caballo, lo montaba de nuevo, aparecía dando caballazos y muestras de doma excelsa -un piafar, un trotecillo lateral, un mohín-, saludaba a todo el mundo, al presidente varias veces, y todo para calentar el cotarro y que cayera la oreja. Pero la oreja no cayó y aprovechando que estaba caballero de brioso corcel, daba la vuelta al ruedo por su cuenta.

Qué tendrá que ver todo eso con el arte de Marialba, se preguntan -de consuno- la afición conspicua y el sentido común. En lo que llaman rejonear (rejonear-rejonear; entiéndase) Lonardo Hernández había estado aseado, templó embestidas cabalgando a dos pistas e hizo bien algunas reuniones. En cambio los toros le alcanzaban las cabalgaduras y el cuarto, al salir de una reunión, alcanzó al equino y le pegó tantas cornadas que pudo descuartizarlo. Y, sin embargo, ante la general sorpresa, no le caló ni una.

También los toros le toparon los caballos a Pablo Hermoso de Mendoza -uno resultó lesionado- y esto ya parece más grave pues si se habla de toreo ecuestre Pablo Hermoso de Mendoza es el paradigma. A su primer toro le clavó los dos rejones de castigo mediante sendos quiebros sensacionales. Y luego banderilló con maestría si bien los palos le quedaban excesivamente bajos. En el quinto toro se mostró Hermoso menos brillante y eficaz (menos inspirado y seguro) lo que no le impidió cortar la oreja. Dos se llevó en total y fue el triunfador de la tarde.

Otro triunfo lo alcanzó el propio coso. Acababa la corrida cuando empezó a chispear, en un pis-pás cerraron la cubierta y -¡oh maravilla!- no nos mojamos. Claro que, a cambio, habíamos pasado la tarde padeciendo un calor espeso, aguantando el ruido propio de los locales cerrados, la banda que atronaba siempre el mismo pasodoble, oliendo a vaca... En fin, que nunca llueve a gusto de todos; taurinos y ez taurinos.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Edición del 10 agosto´99De la torería de Tomás Campuzano con un extraordinario pablorromero

Si nos juran que después de como había estado Tomás Campuzano con su primero —envuelto en un mar de dudas e inhibiciones— podía remontar, jamás hubiéramos dado crédito. Pero éste, el cuarto, no era aquel manso, huidizo y cobardón animal horriblemente lidiado. Éste era un toro muy serio, un punto blando, pero de una calidad suprema, sensacional. A los vuelos de la muleta de Campuzano acudía presto a la llamada, con el hocico por los suelos y largo viaje. La faena tuvo, fundamentalmente, reposo, empaque en muchos de sus pasajes, torería en el paso. Fue más diestra que zurda. El pablorromero propició que el veterano matador se sintiera a gusto, para reclamar su hueco de profesionalidad que parecía haber olvidado con el anterior. Lástima que se demorara con la espada hasta escuchar un aviso. La ovación en el arrastre superó a la recogida por el torero.

A Juan José Padilla le han apodado «El ciclón de Jerez». Inmejorable bautismo. Padilla no para un minuto. O torea o hace gestos y aspavientos. Todo así como muy acelerado, muy eléctrico. Y parece que gusta, a tenor de la respuesta del público, con el que conecta con fuerza. El hombre derrocha más valor y disposición que torería. Así le cortó la oreja al noble tercero, de mejor pitón derecho que izquierdo, que no acabó de romper, pero que dio el suficiente juego para que obtuviera una faena cimentada en la recia diestra del jerezano. Había recibido Padilla a su oponente con estoicismo a portagayola; lanceado por verónicas y chicuelinas a continuación; banderilleado con facultades de atleta; vitoreado con las mismas energías. Acabó por molinetes de rodillas y con media estocada arriba.

EL CICLÓN DE JEREZ

Entusiasmó Padilla con el par al violín ante el sexto. La gente aplaudía a rabiar, y Padilla celebraba el éxito saltando, corriendo, cerrando los puños, cual futbolista tras la consecución de un gol. El largo desplazamiento del astado y el entonado inicio de faena hicieron presuponer más de lo que luego hubo. Pero el diestro perdió el entendimiento, la cosa decayó y el animal terminó rajado. Daría «El ciclón de Jerez» una vuelta al ruedo a pesar de usar con escaso tino los aceros y haber escuchado un aviso. A su manera, sigue sumando puntos.

José Luis Bote apechó con los dos peores toros. Especialmente peligroso resultó el quinto. Ante el segundo se salvó de la cornada de milagro, no así de la voltereta cuando veroniqueaba con valentía. En ambos flaqueó con la espada.  


El País. JOAQUÍN VIDAL, Edición del 10 de agosto´99. Un torero sin suerte

José Luis Bote saludó al segundo toro con unas verónicas de torería pura. Quiere decirse: valiente, embraguetado, adelantando la pierna contraria según mandan los cánones. Venía bronco el toro y Bote se mantenía firme en su terreno, o lo ganaba, embarcando templado y ceñido. Tal como se producía la embestida y la aguantaba el diestro, aquello era a toma y daca. Pareció que Bote había resuelto con éxito el problema. Y en estas que, al rematar los lances, el toro le derribó de un pitonazo e hizo por él después. El quite pronto de la cuadrilla evitó peores males.

Se incorporó Bote con la taleguilla desgarrada y no trascendió que diera importancia al percance. Pero aquello había sido un cruel revés. De nuevo la mala suerte hacía presa en este torero, que lo es de una pieza. Lo que siguió aún fue peor. El toro resultó ser un mansazo que evidenció su mala casta en la brega trabajosa que le daba Bote para llevarlo al caballo; en la violencia con que arreaba a los banderilleros; en su temperamento reservón durante la faena de muleta.

No hubo faena realmente. Todo el trasteo hubo de consistir en citar y medir las medias arrancadas, que se producían inciertas.

Los otros espadas de la terna habían dispuesto de toros manejables. Al menos, uno. Bote, en cambio, no contó con ninguno. El quinto cárdeno de Partido de Resina, único aparatoso de cornamenta en toda la corrida, resultó inválido, y llegado el último tercio sacó sorprendentemente un sentido que no había manifestado en los anteriores. Al primer cite de Bote con la derecha respondió tirándole un pitonazo sobre la boca del estómago. Al segundo le derrotó en la cara. Tomó Bote la izquierda y aunque mandaba cuanto podía y vaciaba con cuidado, cada viaje traía el peligro propio de las embestidas inciertas. No le cupo al torero otro remedio que resignarse y entrar a matar, lo que hizo con muy malas trazas.

Y entonces el público dividió sus opiniones: unos, que Bote no había tenido ganas; otros, que no sabía. Son las cosas que pasan cuando llenan los graderíos públicos triunfalistas ajenos al estado de la cuestión. Los toreros creen que les favorece. Se ha oído decir a toreros preeminentes (pegapases preeminentes, para hablar con propiedad) que si los públicos están festivos y aplaudidores ellos se animan. Puede ser. Mas cuando hay dificultades reales en la arena y los pases no pueden ser pegados con el desahogo habitual, se ponen levantiscos y no perdonan una pues creen que el torero no tenía ganas de torear y sólo quería llevarse los cuartos, o es un ignorante.

Le vino muy bien el público aplaudidor a Juan José Padilla, que hizo cuanto cabe esperar de un pegapases tremendista. Si los derechazos muchos y los naturales pocos que dio no le salían ni finos, ni reunidos, ni nada que pudiera parecerse al arte de Cúchares, lo compensó con la larga cambiada a porta gayola, un arrojo banderillero en el que destacó un par al violín, las revueltas muleteras, los pases metiéndose en el costillar, los molinetes, los rodillazos. Y, sobre todo, los brincos, las carreras, los aspavientos para calentar la galería. A estos efectos empleó los mismos trucos que los rejoneadores. Sólo le faltó el caballo.

Importaba poco al encantador público donostiarra que se hubiesen producido otras referencias del toreo bueno. Tomás Campuzano ofreció algunas. No con su primer toro, que sacó la condición de los mulos y continuamente se iba a tablas queriéndolas brincar. Sí con el pastueño cuarto, al que anduvo toreramente abriéndole a los medios mediante templados pases por bajo y le sacó varias tandas de redondos exquisitos, una de ellas -se conoce que el surrealismo también había tomado carta de naturaleza en Campuzano- mirando al tendido. Ésta faena, última del veterano diestro en San Sebastián (pues estaba de despedida) habría sido un éxito si no llega a malograrlo con un espadazo horrendo que enhebró en un costado del animal.

Mal juego ofrecieron los antiguos Pablo Romero, hoy llamados Partido de Resina. Su trapío, su bella estampa y sus luminosas capas cárdenas (con excepción del sexto, un tipo feo y destartalado), no se correspondían con la descastada mansedumbre que por junto sacaron. Principalmente aquel par de avisados y broncos toracos que le trajeron mal fario a José Luis Bote; uno de los toreros más serios y auténticos del actual escalafón de matadores.


ABC. ZABALA DE LA SERNA . Edición del 11 de agosto´99. José Tomás o el abismo de los dioses del toreo sobre los demás

No sé si los santanderinos Fernández-Rañada, Botín o Camarero compartirán el mismo sentimiento del que disfrutó la plaza de San Sebastián con el toreo de José Tomás. Si no fue así, seguirán siendo amigos, aunque pierdan puntos como aficionados. Porque José Tomás hizo el toreo. Tan fácil, tan difícil, tan eterno y profundo, tan distinto. Hay un abismo con el resto. Y el toro de Montalvo, tercero, tampoco era la de Dios, sino más bien mansurrón. Ya de salida se paraba, y José Tomás le esperaba por verónicas como rosas, inconclusas porque el montalvo no remataba la embestida. Cambió la moneda en un quite por gaoneras, ceñido pero falto del tiempo de echarse el capote a la espalda con medio farol o una revolera. El inicio por alto fue prólogo de un pase del desprecio, bello, y de la derecha maciza, ligada y verdadera. A la izquierda consiguió sacarle partido, o más que eso, porque a pies juntos dibujó la naturalidad. Y la plaza rugía, crujía, quebraba sus nuevos cimientos. Abrochó la obra con ayudados por alto y una estocada arriba, quizá algo trasera, pero válida para que las dos orejas cayeran en sus manos. José Tomás toreó como un niño en la playa de La Concha podría hacerlo de salón, con la toalla lacia, sin toro pero cruzado con el aire, jugando con las olas en un atardecer de estío, silencioso y cálido. Habrá habido mejores faenas de José Tomás, seguro, pero aún así sigue existiendo el mismo abismo de los dioses del toreo sobre los demás.

INVÁLIDO SEXTO

Exigente se puso el presidente al ordenar cumplir con las dos varas al inválido sexto, todo lo que no había estado al cambiar tercios de banderillas anteriores precipitadamente, tal vez condicionado por el petardo de las cuadrillas. Cambiante criterio el suyo. A José Tomás le faltó toro. Como pero, habrá que decirle que aunque su oponente no sirviera no se pueden dejar las faenas así de repente, en la estacada.

Será con el boyante quinto la vez que mejor se haya encontrado Rivera Ordóñez en las dos últimas temporadas. Cómo sería el montalvo que le cortó una oreja, aunque éste entregaba las dos con su fenomenal embestida. Pero, para no faltar a la verdad ni quitarle méritos al torero, Rivera templó mucho más que otras veces, nunca se cruzó -hay cosas imposibles- y mandó con largura los viajes de su enemigo. Tapó la vulgarona imagen dejada ante el segundo, que se dejaba, como se dice ahora.

Barrera tuvo momentos de calidad con el franco primero, dañado en un volatín. Mas Barrera no le ve el final a las faenas y se pierde hasta alcanzar el aviso. Otro escuchó ante el reservón cuarto, al que hizo una meritoria labor. Volvió a pinchar, y se le escapó un triunfo que en tardes como la de ayer no debería de fallar.


El País. JOAQUÍN VIDAL. Edición del 11 de agosto´99.  José Tomás, punto y aparte

Discurría la corrida tocada por la monotonía propia de los pegapases cuando llegó José Tomás y hubo que hacer punto y aparte. Era otra dimensión, otro concepto del toreo; una valentía, una sapiencia...

Torear es como hizo José Tomás al tercer toro o lo que fuera aquello. Zapatillas asentadas en la arena, sí, pero también ligazón, temple y mando. Y todo ello formando un conjunto armonioso y bello, atemperado a las condiciones del toro (o lo que fuera aquello).

Llega a tener la faena emoción y habría sido el sursum corda, que dijo el poeta. Pero no podía tener emoción. Con aquella birria de toro, ni aún montándolo a caballito podrían estremecerse los aficionados ni elevar al cielo sus corazones.

Unas gaoneras de pies juntos, planta vertical y quieta, compusieron un quite de escalofrío, obra también de José Tomás en el anterior toro. Rivera Ordóñez, a quien correspondía el sumiso gaonerado, no dijo nada aunque por la cara que puso debió de coger un globo.

Se lleva en la moderna tauromaquia que los toreros a quienes un compañero ha mojado la oreja en el toro de su pertenencia salgan a enmendarles la plana con otro quite que, por supuesto, ya ni toca ni encaja. Rivera Ordóñez no lo hizo así, y esperó toreramente a su turno para satisfacer la réplica, que consistió en unas burjassotinas de aseada factura. Entró después José Tomás por chicuelinas y se las aclamaron con entusiasmo pese a que consistieron en unos recortes escasamente académicos y nada artísticos.

Son las cosas del querer...

Rivera -decíamos- estaba competidor. Buena cosa para la fiesta y para él mismo. Un torero que busca pelea está demostrando pundonor y lo que hay que tener. Si además Rivera Ordóñez poseyera el don del arte sería perfecto. Sin embargo ahí tiene serias limitaciones: llega donde puede, que es bien poco. Su primera faena resultó monótona y adocenada. En la segunda, iniciada sentado en el estribo y con unos corajudos pases de rodillas, tiró de redondos más una tanda de naturales, y lo aliviaba todo con el pico dejando la pierna contraria atrás. O sea, el toreo, que siempre es para adelante -cargar la suerte lo llaman- justo al revés. Finalmente incluyó circulares citando de espaldas, que pertenecen al repertorio tremendista.

El público le premió con ovaciones, a veces puesto en pie. Lo cual en el fondo carece de relevancia pues la clientela del coso de llumbe es aplaudidora por naturaleza y se pasa la tarde aclamando los más variopintos aconteceres: desde los pares de banderillas -todos- hasta al peón que recogió las zapatillas perdidas por Rivera cuando el toro le empujó con el cuarto trasero y estuvo a punto de derribarle.

El concepto pegapasista característico de la moderna tauromaquia tuvo cumplida representación en Vicente Barrera, que hacía a destajo un toreo vertical falto de hondura y de gusto artístico. Tantos pases dio que le cayeron dos avisos. Estaba en sus salsas, si bien se mira: las figuras han impuesto la tauromaquia de los avisos.

Nada tenía que ver todo ello, por supuesto, con el toreo de José Tomás, pulcro y medido; hondo e inspirado. Ciñó estauarios, cargó la suerte en el toreo fundamental, ligó redondos y naturales, y derramó aromas toreros en los ayudados finales que remató con un airoso molinete.

De tal corte compuso José Tomás su faena al tercer toro o lo que fuese la birria aquella. He aquí la cruda realidad que devalúa cualquier toreo: el toro impresentable y feble. Y eso sucedió. Pues a la corrida le faltó de trapío, de pitones no anduvo muy allá, fuerza tenía poca, en tanto sacó un acochinado temperamento que nada tienen que ver con la casta fiera propia del toro de lidia auténtico.

El sexto padecía una invalidez supina, y no había posibilidad de darle dos pases seguidos sin que se desplomara, de manera que tras múltiples intentonas, José Tomás tuvo que renunciar a la faena. Se lamentó de veras. También es casualidad que el toro más chico y el más inválido de la corrida le salieran a José Tomás. Claro que uno ya está mayorcito para creer en las casualidades.


EL PAÍS. JOAQUÍN VIDAL. Edición del 12 de agosto´99. Una corrida virtual

Fue como un CDRom.
Fue como un CDRom de esos que editan a base de unas cuantas generalidades de la fiesta de los toros para que la gente ajena o desapercibida se vaya haciendo una idea, y montan una corrida virtual donde salen los toreros marchosos y pintureros, los toros como si los hubiese pintado Walt Disney, el presidente con cara de funcionario cabreado, el público feliz batiendo palmas y gritando olé.

Pues así fue.

En el macizo coso de Illumbe la corrida virtual es lo que más gusta y divierte.

Bien puede entenderse que, con esas, la corrida de toros que se vio no tenía absolutamente nada que ver con una corrida de toros verdadera. En las corridas de toros verdaderas manda la ley que se lidien toros dotados de trapío y los de Illumbe no tenían ningún trapío ni había allí nada que lidiar.

Tampoco es que hiciese mucha falta. La gente no había acudido al macizo coso a ver toros ni tampoco lidia, sino a solazarse con la marchosa pinturería de los toreros, a ovacionar cuanto se moviera por allí, a pedir música, a ver orejas. Sobre todo a ver orejas. Ver orejas es auténtica pasión en esta España finisecular de toros, toreros y toreo virtuales.

Pocas veces habrá conocido la Semana Grande de San Sebastián un día tan lleno de alicientes: por la mañana, el eclipse; por la tarde, la corrida virtual.

Y lo que aconteció en la corrida virtual, francamente: no es para contarlo. Lo cuenta el cronista y una de dos: o fantasea o puede que alguien le exija responsabilidades. Porque, ¿cómo explicar que siendo los toros monas, los toreros pegapases y las faenas adefesios se acabaran cortando tres orejas?

Quizá todo pudiera comprenderse mediante un sesudo estudio de psicología de masas. O del propio cronista que -ha de reconocer- algunas veces, en el transcurso de estas corridas virtuales, no da crédito a sus ojos y acaba sin poder distinguir la realidad de la vida de lo que sale en el CDRom.

La impresión barruntativa del conjunto de la corrida indica que Juan Mora le montó a su primer toro un zafarrancho de pases inconexos en el transcurso de una faena aleatoria y espesa, sin unidad ni sentido dominador -simplemente a lo que saliera- y parecía mentira en torero tan bueno. Condición que demostró en el cuarto, al que ligó ceñidas tandas de derechazos y de naturales, y precisamente en esa ligazón estuvo su mayor mérito la faena. Al matar resultó arrollado y herido, lo que no le impidió pasear en clamoroso triunfo la oreja ganada, antes de pasar a la enfermería.

Y ya no hubo más ligazón a lo largo de la tarde. Venía después de Mora Enrique Ponce, que debe de ser alérgico al arte de ligar las suertes, por otra parte básico en tauromaquia. Ponce toreaba para afuera. Ponce daba un pase y, al rematarlo, ya había escapado a otro terreno para iniciar el siguiente. Su apostura al embarcar era irreprochable mas la descomponía presto y partía raudo en demanda de nuevos horizontes. Así compuso sus dos faenas: vacías de contenido, desligadas, corretonas, interminables. La tauromaquia es evolución: los pegapases de antes han evolucionado a trotapases. Esto, de momento. Y ya veremos en el tercer milenio.

Torero del tercer milenio por antonomasia es El Juli. Le correspondió en primer lugar un torillo reservón al que porfió pundonoroso y no le hicieron ni caso. Se notaba que el empeño lidiador de un torero valiente no encaja en los objetos del CDRom.

El sexto lo podría haber pintado Walt Disney y a ese El Juli le armó un alboroto con su variado toreo de capa, con sus rápidos, seguros y reunidos pares de banderillas, con su muleteo decidido, incluso arrojado, que evidenciaba el hambre de triunfo. Cualquier observador de la tauromaquia real habría advertido que aquellos pases carecían de fuste y aroma. Pero no se trataba de eso, evidentemente. Se trataba de que se desbordara el triunfalismo. De que los tres matadores contaran con su oreja y por este motivo le regalaron a El Juli una. De que todo acabara bien, como en las películas del Oeste. Lo idóneo habría sido que se casaran al final. Claro que no podía ser, dadas las circunstancias. Pero todo se andará. Para el tercer milenio, eso está hecho.


ABC. ZABALA DE LA SERNA . Edición del 12 de agosto´99. Del inexistente recuerdo de Escudero a la casta y la sangre de Juan Mora

Vivimos en torno a la hoguera de las confusiones. Que ayer no se guardara en Illumbe un minuto de silencio por Manolo Escudero tiene delito. Luego, morirá el carpintero de la plaza, hombre trabajador y honesto, ayuda de mozo de espadas en sus ratos libres, y se honrará su memoria, aquí y en Las Ventas. Por Escudero, que en el año 1944 sufrió en el viejo Chofre una cornada de caballo y toreó también en San Sebastián su última corrida, no merece la pena.

Derramó su sangre el excelso capotero del madrileño barrio de Embajadores como ayer también Juan Mora. Y pudo ser peor. De muy fea manera le cogió el buen cuarto al entrar a matar. El pitón se abrió paso por dentro de la chaquetilla y le prendió por la axila. En el aire lo mantuvo inerte durante segundos de angustia. Si el asta llega a profundizar, ahora estaríamos hablando en otro tono. Mora había querido amarrar un triunfo que se le escapaba si volvía a pinchar, y por ello se fue tras la espada a tumba abierta. En unos parámetros de valentía y disposición se movió durante toda la tarde. Muy entonado anduvo con este segundo de su lote por naturales, que surgieron largos y templados, poderosos, con el compás abierto, sin afectaciones ni amaneramientos. Mantuvo el ritmo en la faena, que se elevó en una tanda de redondos. Casta derrochó el placentino en el segundo encuentro con el estoque, con el que aseguró la oreja ante la congoja generalizada.

ESCASO RECORRIDO

Sobre el valor había cimentado su primera faena con aquel toro manso en varas, justo de fuerza y escaso recorrido. A base de dejarle la muleta en la cara, obtuvo largos naturales a media altura. Pero la cosa no acabó de tomar vuelo, y menos, por culpa de la espada.

El inicio de faena genuflexo de Ponce ante el blando segundo alcanzó importantes cotas de belleza. Labor de mimo e inteligencia la suya, sosa más bien, porque el toro no decía nada en su vulgaridad. Concluyó el valenciano con un tremendo error con la espada: se le fue la mano a los bajos y el acero asomó hilvanando la piel de su enemigo.

Aprovechó el torero de Chiva la noblona y mejor embestida del quinto, que en sus manos fue a más. Supo darle sitio, olvidándose de la ligazón, y protagonizó momentos de calidad a lo largo de una faena larga que culminó por redondos y circulares. Acertó a la primera con la tizona, y conquistó una oreja, no sin antes anotarse su segundo aviso de la tarde.

Inédito se quedó El Juli con el tercero, un toro sin cuello, de feas hechuras, tardo y parado. Se esforzó inútilmente el jovencísimo matador por sacar agua de un pozo seco. Se demoró con la espada y escuchó un aviso, de los pocos que se ha llevado esta temporada.

Ante el sexto explotó la variedad de El Juli con un quite por caleserinas —aunque ya había abierto su amplio repertorio por chicuelinas y navarras—. Encandiló al personal con los rehiletes, en un par al cuarteo, otro al sesgo, el mejor, y otro más por los adentros, con la distancia del burladero muy medida. Corrió luego la mano con largura por ambos pitones, con limpieza. El entregado público le premió con una oreja, aunque no enterrara la espada.

La tarde fue de menos a más junto con el juego de una corrida justa en todo.


PLAZA DE ILLUMBE
FESTEJO DE INAUGURACIÓN

Viernes, 30 de abril. Illumbe inauguró su cubierta con un Festival a beneficio de los damnificados por el huracán "Mitch". Astados de Juan Manuel Criado, para los diestros Paco Ojeda, César Rincón, Enrique Ponce, El Cordobés, José Tomás y Miguel Abellán; y para el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza.

La plaza de toros de San Sebastián se ha convertido en una novedad mundial. Ello se debe a la construcción de un techo móvil, inaugurado el 30 de abril´99. Este sistema de alta tecnología, bautizado como «Párpado», combina las técnicas de las estructuras espaciales y móviles y es capaz de cerrar o descubrir totalmente el coso taurino donostierra en apenas diez minutos, lo que posibilita la celebración de la fiesta taurina en los casos en que la climatología los hace actualmente imposibles.

Sistema de cierre de doce minutos

Gracias a la incorporación de esta cubierta retráctil y traslúcida, el recinto, en tan sólo 12 minutos queda totalmente cerrado. En diez minutos vuelve a quedar al aire libre. La cubierta tiene una dimensión de 8.000 metros cuadrados, y de ellos 2.500 metros cuadrados pertenecen a los dos elementos móviles, de 60 toneladas cada uno, suficientes para cubrir o descubrir una superficie que en este caso es de 50x52 metros, que supera las dimensiones del ruedo. Así, estos dos elementos móvilesson los encargados de cerrar todo este espacio, bien en caso de necesidad imprevista, o bien por la definición del propio acto a celebrar.

Dicho espacio deja el cielo totalmente despejado con la cubierta en su máxima apertura. Esta característica es esencial a la hora de cubrir un coso, puesto que a veces, los profesionales del mundo de los toros y aficionados han mostrado su rechazo a otras soluciones incapaces de despejar totalmente la zona del toreo.

Además, según fuentes de la empresa encargada de la realización de estas cubiertas retráctiles, LANIK, «“Párpado” no sólo es aplicable a plazas de toros de nueva construcción, sino también a las ya existentes, convirtiéndose de esta forma en una alternativa vanguardista capaz de rentabilizar al máximo un buen número de espacios, como son las plazas de toros, que muchas veces se utilizan apenas unos días al año». De este modo, su conversión en un recinto polivalente hace que sea capaz de albergar todo tipo de espectáculos culturales o deportivos, así como otros actos que necesiten un aforo muy amplio.

«Si el tiempo no lo impide»

Por lo tanto, la importante abertura central permite contar con una plaza de toros como el espectáculo taurino requiere, y donde ya no tendrá que aparecer más el cartel de «si el tiempo no lo impide» .

En España, se han realizado en los últimos años unas primeras experiencias de cubiertas de plazas de toros, como las llevadas a cabo en Leganés y Zaragoza. La primera, de dimensiones ligeramente inferiores a la ideada por LANIK para San Sebastián, cuenta con un sistema de apertura diferente que solamente descubre la mitad del ruedo. En cambio, la de Zaragoza está construida a base de lonas tensadas. En la actualidad, el nuevo coso taurino de Vista Alegre está dotado de una cubierta con una parte central practicable, lo que permite una importante aireación del recinto, pero no deja el ruedo al descubierto. 

 

 

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