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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE SAN SEBASTIÁN
Tarde del domingo, 20 de agosto del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: toros de Victorino
Martín, bien presentados, encastados, noble el 1º, complicado el 2º.
Diestros:
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Ruiz
Miguel, estocada delantera (oreja); dos pinchazos (aviso) metisaca, pinchazo,
estocada corta y tres descabellos (aplausos).
-
Pepín
Liria, estocada delantera y siete pinchazos (gran ovación); estocada baja
(ovación).
-
Juan José Padilla,
dos
picnhazos y estocada (vuelta al ruedo); dos pinchazos, estocada corta, -aviso-,
estocada (ovación).
Entrada: Casi lleno. Crónicas de la prensa:
El País El Mundo
ABC
El
País. Lunes, 21 de agosto´2000.
JOSÉ LUIS MERINO.
Llegaron los victorinos
Llegaron los victorinos y la fiesta se puso de pie. Quedan lejos
las figuras con los toros de plastilina. Los seis ejemplares de Victorino
poblaron de vibraciones la tarde donostiarra. Allí había emoción, existía
riesgo y el público no dejaba de perderse un solo detalle de cada embestida.
Los seis ejemplares murieron con la boca cerrada. Es cierto que en algún
momento claudicaron sus patas delanteras. Tal vez fue debido a la dureza con la
que se emplearon los montados. Queremos insistir en la emoción que iba en cada
embestida, porque ahí está la clave de la fiesta de los toros. Cuando hay
toros siempre hay espectáculo, grandeza, emoción y la fiesta se convierte en
eso tan formidable como puede ser que le llamemos el mejor espectáculo del
mundo. La emoción estaba metida en cada gramo de arena de la plaza donostiarra.
Ruiz Miguel volvía a los toros de Victorino y no puede ser más excelente su
aparición en el primer toro. Ligó naturales y derechazos y dice ligar a un
toro de Victorino y eso sí que es algo a tener en cuenta. Toreó a ese primer
toro con mucha limpieza, con seguridad, con dominio y lo remató con una
estocada delantera. La oreja merecida se la paseó con el orgullo de los toreros
machos. En su segundo el toro era quedadote, aunque noble por el pitón
izquierdo. El torero hizo lo que pudo.
Pepín Liria pechó con un segundo toro, primero de su lote, complicado, que
buscaba, se revolvía y quería morder. Estuvo valiente. En su segundo, un toro
que se comía el capote de salida, recibió dos varas muy duras, por lo que
claudicó de manos. Ahí Liria se arrimó, se lo pasó por los dos lados y
estuvo torero.
Padilla en sus dos toros calentó a la parroquia yéndose a la puerta de
toriles para recibir al toro a porta gayola y después endilgarle dos largas
cambiadas de rodillas. Banderilleó a su primer toro sin buena aplicación.
Después en la zona de muleta combinó los naturales con los derechazos. Algunos
los ejecutaba bien, otros no tan bien, no ligó nunca pero estuvo valiente.
Remató con un bonito de rodillas. En el último de la tarde banderilleó algo
mejor. También se fue a porta gayola y ya en la faena sacó algún muletazo
pero menos de lo que el toro merecía porque por el pitón derecho, si se
aguantaba, iba.
El
Mundo.
Lunes, 21 de agosto´2000. JAVIER VILLÁN. Ruiz
Miguel: la oreja de la revelación
La corrida de Victorino sacó ayer más casta, más dificultades y más
seriedad que las tres anteriores juntas. La Semana Grande de Donosti empezó
bien, tuvo luego una decepcionante depresión torista y se recuperó el último
día. Los vitorinos no eran las txekorritas de Lastur, que dice José Mari; o
sea vaquillas inocentes.
A sus 50 años, retirado de esto hace 10, Francisco Ruiz Miguel se ha
permitido el gustazo de vestirse de luces para darse un homenaje: torear la
octogésima vitorinada de su carrera. Zenquiuverimas el homenaje ha sido
nuestro; vimos torear ayer en Illumbe con una colocación y una naturalidad que
ya no se estila; o que se estila poco. Cierto que Ruiz Miguel se permitió
algún alivio, mas lo hacía con tal sentido de la lidia que todo parecía una
revelación. Nada que ver con las carreras, mantazos y fueracachos a que nos
tiene acostumbrados hoy la torería andante. Ignoro si, además del gustazo
personal, lo de ayer fue una prueba. A muchos aficionados no les disgustaría
volver a ver al gaditano dibujar el redondo suavísimo y con el recorrido
exacto. O culminar la serie de naturales sin agobios y con cintura. Alguien
dirá que el vitorino primero no era la alimaña pura que tantas veces se tuvo
que tragar Ruiz Miguel. Pues vale: era una alimaña impura que había que llevar
muy tapada y, como dicen los castizos, ponérsela en el sitio y hacer las cosas
bien. Ruiz Miguel la llevó tapada e hizo bien las cosas. Lo que ya no nos
gustaría verle son los agobios que pasó al matar al sexto. Se pegó el
arrimón genuino ante un zambombo mansote, pero no inocente. Y arrancó
muletazos, no sólo de mérito, sino también de enorme torería.
Lo de Pepín Liria fue un combate de boxeo. O dos. Su primero acabó en
alimaña purísima, revolviéndose ágil en la corta distancia y amenazando al
torero en la distancia larga. Y su segundo, poco más o menos. En esas
circunstancias, Pepín sólo acertó a fintar y esquivar con gallardía las
embestidas; a veces enganchando al relance las malignas embestidas y otras
yéndose a los costillares o metiéndose en la tabla del cuello. Su primero le
pegó un arreón tremebundo, mientras preparaba el descabello; prendió a Pepín
y lo tuvo suspendido unos segundos angustiosos en que no se sabía si pendía de
la faja o de un agujero en el costado. Las virtudes guerreras de Pepín Liria no
fueron ayer suficientemente valoradas.
Juan José Padilla pinchó sus dos toros y en el agresivo sexto salió con la
cara ensangrentada; cabreado, daba puñetazos en la barrera y amenazaba a la
cuadrilla. Y en un nuevo intento se le atravesó una banderilla y quedó en el
suelo a merced del imponente vitorino. La verdad es que la desesperación de
Padilla era comprensible; había malogrado con la espada dos combates del más
puro estilo de gladiador y tenía la plaza a sus pies. Padilla lo hizo todo y
algunas cosas mejor que regular: largas cambiadas de rodillas, naturales
templados, galleos, molinetes de rodillas y pases de pecho. Padilla no va de
figura y no lo es. No va de torero excelso y tampoco lo es. Pero matadores con
ese desprecio del peligro y ese ímpetu son indispensables en una feria.
Dicho lo cual, y para remate, digamos que Illumbe parece una iglesia en la
que sólo se puede hablar para rezar o decir que sí: los disidentes, a galeras.
Ayer la Peña 21, de Logroño, protestó determinados lances de la lidia y la
gente les mandó callar; crecieron las palabras y los agentes de seguridad de la
plaza se los llevaron a violentos empellones: ni que hubieran dinamitado la
cubierta.
Ocurren cosas raras en Illumbe. El señor presidente, por ejemplo, se hace un
lío con las orejas; aunque yo no creo que haya líos inocentes; y no sólo
dispone la música, sino que controla el repertorio. Dicen fuentes bien
enteradas que tiene prohibida a la banda El gato montés, por verbenero; Nerva,
porque el solo de trompeta distrae al personal; y algún otro título porque lo
considera de concierto. Lo dicho: o el señor Elorza es un arbitrarIo o se hace
la picha un lío.
ABC.
Lunes, 20 de agosto´2000. ZABALA DE LA SERNA. Ruiz
Miguel rubricó su gesto con un magisterio orteguiano
Otras dos víctimas de la barbarie etarra, y en Illumbe, ni un minuto de
silencio. Ahora suenan los clarines de los palabreros oficiales: condena,
repulsa, unidad... Mucha labia y pocos hechos.
Para hecho consumado, el de Ruiz Miguel, que reaparecía para dar cuenta de
la corrida número ochenta de Victorino en su haber. Una ovación cerrada prologó
una lección de cadencia y temple, una clase de magisterio, encumbrada por el
poso de los años, por una serenidad que descansaba sobre el aire translúcido
del ambiente. Francisco Ruiz Miguel, con aquel animal voluminoso y noble,
recordaba a Ortega, don Domingo. Midió todo a la perfección, conocedor de que
un capotazo mal dado capaz es de estropear un toro, más a un victorino. La
suavidad y la torería presidieron la faena. La mano derecha mimó y meció la
embestida ralentizada, prendida con alfileres en el aire y en la muleta. Toro
justo de fuerzas, toro cálido, de más carnes que cara, de mayor calidad que
casta.
JUVENTUD PERENNE
Dos series de naturales muy ligados, despaciosos y largos, fueron la
cumbre. Los años pasan, y algo dan, sobre todo después de tanta entrega y
lucha, ¿verdad, maestro? A Ruiz Miguel le han premiado con una luz orteguiana,
distinta a sus años de plenitud; unas canas de más, una juventud perenne en la
figura y un aroma de torero reposado, desprovisto de violencia. Será la
madurez, supongo. Porque así, como ayer, no recordábamos al diestro de San
Fernando. Media estocada antecedió a una oreja de ley.
No permitió el reservón y gigantesco cuarto —634 kilos— que Ruiz Miguel
completara una tarde de gloria. La cortedad de unos viajes plomizos no dio pie a
nada, sólo a unos cuantos naturales y a la galantería de los cites, ofreciendo
el medio pecho y con las zapatillas asentadas. El maestro se excedió en el
metraje de su labor, tal vez por hacer caso de voces ignorantes, y luego cogió
hueso con el acero repetidas veces.
Pepín Liria peleó como un jabato con el encastado y más musculado segundo,
tobillero y fiero. La emoción embargó los tendidos. A cada momento que
transcurría, más rápido se revolvía el victorino, con un peligro palpable.
No dobló tras la estocada atravesada, y la tarea de descabellar se tornó en
una arriesgada lucha: los arreones del moribundo impedían el certero golpe del
verduguillo y por poco no acabaron en desgracia, porque el pitón derecho hilvanó
la taleguilla del murciano a la altura de la ingle, sin hacer carne.
Resolvió Liria su actuación con dignidad ante el pegajoso quinto. De nuevo
se mostró voluntarioso y valiente, aunque la mano se le fue a los bajos con la
espada.
Como el primero, blandeó también el tercero, aunque después fue a más.
Juan José Padilla lo saludó a portagayola y lanceó a la verónica en los
medios. Banderilleó con atléticas facultades y excesivas ventajas, y clavó
una cuarta más abajo de la cruz. Muleta en mano, afrontó en plan clásico la
primera fase de la faena. Había calidad en las embestidas, más que en los
muletazos. Se cansó el matador jerezano de hacer las cosas bien y la emprendió
por molinetes de rodillas, o por rodillazos. Pinchó en un par de ocasiones y
dio una vuelta al ruedo.
ASTIFINO SEXTO
Otra vez acudió a la puerta de toriles, para recibir ahora al
astifino sexto. Aguantó con valentía un terrible parón, pero el resto de la
lidia se desarrolló envuelta en un auténtico barullo. Cargó las tintas el
picador, y luego siguió el lío con los rehiletes y más tarde con la franela.
Manejó mal el estoque y se desahogó entre iracundos aspavientos, hasta el
punto de tirar la muleta contra las tablas y golpear la madera con exagerado
disgusto.
Interés contuvo la tarde, aunque mucho mejores victorinadas hemos visto. Mas
lo importante es que a Ruiz Miguel le salió bien su reto, y con ello debe
quedar satisfecho y tranquilo.
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