|
|
|
Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS CRUCES
GUADALAJARA
Tarde del viernes, 15 de septiembre del 2000
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Montalvo,
discreto de presencia, sospechoso de pitones, dócil. Tres primeros y sobrero,
de Atanasio Fernández, con romana excepto 3º, sospechosos de pitones, flojos,
manejables. 5º de Jandilla,
discreto de presencia, bravo y noble. Rivera Ordóñez: El Califa: El
Juli: Plaza de Guadalajara, 15 de septiembre. 3ª corrida de feria. Lleno.
Diestros:
-
El Califa,
pinchazo bajo, estocada trasera caída, rueda insistente de peones -aviso- y
dos descabellos (vuelta); estocada desprendida (oreja).
-
Francisco Rivera Ordóñez,
tres pinchazos, otro hondo y descabello (bronca); pinchazo y bajonazo
descarado (escasa petición, aplausos y también pitos).
-
"El Juli",
pinchazo hondo (escasa petición y silencio); estocada caída (oreja).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
El País
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Más bastos que la pana
Como si el arte en el toreo no hubiese existido jamás. Con esa disposición se
emplearon los tres jóvenes de la terna. Y más bastos que la pana los tres,
perpetraron unas faenas estrafalarias y absurdas, sin gusto interpretativo ni
sentido lidiador.
Tampoco era que importara mucho, francamente. A fin de cuentas la plaza de
Guadalajara se había llenado de un público al que le traía sin cuidado la
fiesta de los toros, y los propios toros, y su lidia, y sólo estaba allí para
ver en sus propias carnes a los toreros que sacan las revistas del corazón.
Suele ocurrir con la plazas llenas. Cuando hay medias entradas las corridas
de toros se presencian con cierta cordura, funciona la lógica de la lidia, se
valoran los méritos de los toreros. En Guadalajara, sin ir más lejos, días
atrás fue así. Sin embargo ese otro público de aluvión que acude a los
carteles de gala y pone a rebosar la plaza, no acepta ninguna manifestación crítica,
se apodera del coso e impone su triunfalismo para que esa única corrida que ve
al año (o a lo mejor en la vida) transcurra apoteósica.
Guadalajara llevaba ese camino, y la corrida de la pana pudo acabar con todo
el mundo a hombros, el vendedor de cervezas incluido, si no llega a ser porque
este coso lo preside un funcionario que sabe lo que se pesca, posee la necesaria
entereza para mantener el tipo con dignidad cuando se desbocan el triunfalismo y
la demagogia y, en fin, cumple con responsabilidad la función reglamentaria que
le ha sido asignada.
De la irracionalidad del triunfalismo hubo en la tarde algunas muestras
significativas. Por ejemplo, cuando al doblar el tercer toro parte del público
pidió la oreja armando un fenomenal alboroto, el presidente no la concedió
(pues la petición era claramente minoritaria) y entonces la gente se guardó el
pañuelo y no aplaudió al torero ni nada. Silencio sepulcral fue el resultado
que obtuvo después de su vulgar faena a un borrego que carecía de emoción.
El torero silenciado era El Juli, máximo atractivo del cartel, a quien
precisamente correspondieron los dos toros de menor respeto de la corrida.
Los dos toros de menos trapío, los más flojos, le correspondieron a El
Juli; también es casualidad. Y los lanceó con cierto aseo, los banderilleó a
la montaraz manera, los muleteó sin inspiración.
El toro sexto constituía una vergüenza porque no era toro sino novillo, que
además padecía invalidez. Se oyeron algunas protestas pero el presidente cambió
sin novedad el simulacro del tercio de varas. Y se produjo un chocante
incidente: el público armó una bronca porque salían a banderillear los peones
en vez de El Juli y entonces, creyendo el presidente que la protesta era por el
toro (o tomando el rábano por las hojas, que también pudiera ser), fue y lo
devolvió al corral.
El sobrero, de Atanasio Fernández, tenía según la tablilla un peso
disparatado: 670 kilos. Pero compareció y no daba la sensación de tanto. Y
además estaba tan inválido. Un frenesí de ovaciones y vítores provocó El
Juli prendiendo caídas las banderillas y corriendo alocado en busca de los
burladeros. Y quizá valiéndose de ese fervor popular se tomó la libertad (que
uno consideró desfachatez) de brindarle el toro al presidente; hasta le echó
la montera al palco. Y ya todo transcurrió clamoroso y desorbitado: los
muletazos de rodillas, los derechazos sin ligar, los vulgarísimos naturales, la
mediocridad de la faena entera, la estocada defectuosa que cobró. Y por ser
defectuosa, el presidente sólo concedió una oreja, pese a que el público exigía
las dos mediante un fenomenal escándalo.
La tosquedad del toreo tuvo parecidas formas en El Califa, pegapases corretón
incapaz de ligarlos, a quien se le fue sin torear de verdad el bravo toro de
Jandilla que salió en quinto lugar. Rivera Ordóñez no quiso ni ver al primero
y al aborregado cuarto le aplicó una faena llena de trucos y tremendista que
fue una ordinariez.
Qué tarde más hortera, dios. |
|