GANADERÍAS DE ANDALUCÍA
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PLAZA DE TOROS DE GRANADA
GRANADA

Tarde del martes, 20 de junio del 2000
Corrida de toros
Crónica de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Peralta, 1º y 6º, nobilísimos.

Diestros:

  • El Tato, pinchazo, media perpendicular atravesada, descabello (saludos); pinchazo, bajonazo infame (silencio).
  • Pepín Liria, estocada tendida desprendida -aviso- (saludos); bajonazo chalequero (vuelta). 
  • Víctor Puerto, estocada trasera caída (oreja); tres pinchazos, estocada caída perpendicular -aviso - (vuelta). 

Entrada: tres cuartos de entrada.

Crónicas de la prensa: El País


El País. 20 de junio´2000. JUAN ORTEGA. Dos alhajas de Peralta

La ganadería de Peralta abrió y cerró festejo con dos auténticas alhajas de gran nobleza, de las que justificaban que en tiempos las figuras las eligieran para darse un respiro entre tanto trajín. Hoy constituyen la apuesta torista de la Feria de Granada; cualquier tiempo pasado fue distinto.

El primer toro, escurrido de carne y de fuerzas, fue una joya en el último tercio: era de ver cómo surcaba la arena con el hocico, comiéndose el engaño con bravura y nobleza. El Tato le alargó el viaje, haciéndole circular en redondo por los dos lados, con gran sentido del temple; lo malo es que se fue a torear a la Torre de la Vela, que coge lejos de la plaza de toros. El contreras puso la emoción que hurtó El Tato a base de vaciar las suertes desde la distancia.

El segundo, astifino de bonita lámina, pareció entregarse en un puyazo del que salió sin fijeza; Pepín Liria se pintó de guerra y se fue al frente, lo que dice mucho de su honestidad y exposición, pues aguantó hasta salir prendido por el pecho. Es posible que no fuera necesario tanto alboroto y bien pudo ser que el encimismo ahogara la embestida. Una actitud más relajada habría beneficiado al torero y al toro.

El tercero era de preciosa pinta: castaño albardado, veleto, careto, calcetero y coliblanco. Víctor Puerto lo veroniqueó con las dos rodillas en tierra, el toro tomó una vara y ahí entregó sus fuerzas. La ecuación maldita de mantener la mano arriba o que el toro se tumbe no tiene solución taurina y Puerto entró en un intercambio de golpes porfión que conectó con el tendido por el cable de la emoción.

El cuarto, zancudo, alto de agujas, bien armado, desmedrado de carnes, sólo aguantó un puyazo y no mostró ansias de peleas en los dos primeros tercios. Esta vez, El Tato se cruzó y se entregó a una lucha cuyo sentido permaneció oscuro, pues no se sabía si era en contra o a favor de la falta de fuerzas de su enemigo. Lo que sí estaba claro es que aburría.

Con más cuajo y algo montado apareció el quinto, cojitranco y aquerenciado en chiqueros. Tuvo casta para aguantar una vara, si bien se resintió siempre del tren trasero. El genio se combinó con la falta de fuerzas y una cierta embestida pastueña que necesitaba de tranquilidad, fortaleza y templanza. Liria contagió su brusquedad al astado, aunque es verdad que no se concedió más ventaja que un bajonazo que fue muy estimado.

El sexto, igualmente cuajado, gustó a Víctor Puerto, que estaba por agradar. Largas, verónicas de pie y de rodillas, serpentina y algún lance innombrado fueron el prólogo para un leve puyazo y dos pares de banderillas que puso el maestro. La faena comenzó con el pase cambiado y siguió por derechazos de rodillas. El toro era una máquina de embestir con clase y suavidad. El resto de la faena presentó este distintivo de calidad en la embestida, al que el matador respondió con variedad y ganas de perseguir el triunfo. Pinchó arriba y el éxito se le vino abajo. Dos espléndidos toros en una corrida nada torista, uno de los cuales mereció mejor fortuna.

 

 

 

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