Con la plaza prácticamente llena, se lidiaron toros de la viuda de
Flores Tassara, que dieron buen juego, excepto el cuarto, que perdió las
manos. Sin justificación aparente la salida a hombros del mayoral.
Javier Buendía colocó cuatro farpas muy reunidas, yendo al toro de
frente y templando. Utilizó tres rejones de muerte y se silenció su
labor.
Leonardo Hernández puso tres farpas al quiebro, una de ellas en el
brazuelo, tras dos intentos fallidos, dos más templadas y un par a dos
manos. Mató de rejón trasero y descabello. Una oreja.
Fermín Bohórquez también cortó una oreja tras una labor algo
premiosa en la que lució en tres farpas, un par a dos manos y dos rosas.
Mató de un rejón defectuoso.
Martín González Porras protagonizó una vistosa charlotada a caballo:
entre otras lindezas, intentó el quiebro cuatro veces fallando otras
tantas. Al colocar una banderilla en el tercio posterior del toro, o sea,
en las proximidades del rabo, la res alcanzó al caballo, desmontó al
rejoneador y se ensañó con él. Luego dirán del afeitado y del peligro.
Insólitamente, tras esta torpeza, casi se vio obligado a dar la vuelta
al ruedo. Después de clavar al aire una vez más, utilizó tres rejones
de muerte mientras sus ayudantes llamaban la atención del toro hacia
otras regiones menos comprometidas. La broma continuó cuando cortó una
oreja y se le pidió otra.
Por parejas, Buendía y Bohórquez obtuvieron una oreja, al igual que
sus compañeros, todo ello en la ventajista modalidad de colleras, que no
tiene razón de ser y que algún día, pensando en la fiesta, debería
desaparecer.
El buen rejoneo de Leonardo Hernández y de Fermín
Bohórquez fue la nota destacada de la corrida de la especialidad que cerró
en Granada la Feria del Corpus, en la que se sobrevaloró el extraño
estilo de González Porras, que compartió con los anteriores la salida a
hombros, y con ellos el mayoral de la ganadería.
Pablo Hermoso de Mendoza no pudo comparecer por la lesión que sufrió
en Madrid, sustituyéndole Hernández. Lo malo es que no todos lo hacen
con la torería, dignidad y respeto que merece la actividad de torera por
los caballazos, saludos a destiempo, carreras alocadas, saltos sin venir a
cuento, humillaciones al caballo al ponerlo de rodillas y otras al propio
toro clavándole lo mismo en el brazuelo que en el rabo. Esto último, por
Martín González Porras, que cumplió la más indigna actuación que se
puede esperar de un profesional. Estuvo a punto de sacrificar un caballo,
cuando lo volcó materialmente sobre el toro en el tercio de banderillas,
consecuencia de su más que probada ineptitud.
Desastrosa la actuación del mencionado González Porras, que viendo
incluso cómo blandeaba el toro tras el primer rejón de castigo atacó
con una segunda agresión. En banderillas se prodigó mucho con los
quiebros en falso, bruscas pasadas que volvieron a tirar al astado. El
colmo fue el “quiebro” encima del caballo, saliendo éste y el hombre
por los aires, buscándole a continuación el toro por el suelo. Se salvó
de milagro. De aquel encuentro quedó la banderilla a dos palmos del rabo.
En contraste, el verdadero rejoneo vino de la mano de los otros tres
jinetes, con muy buena fortuna en la realización, aunque las orejas
concedidas no establecen grandes diferencias.
Buendía falló al parar con la garrocha a su primero, aunque acabaría
templándole en los primeros galopes. Un solo rejón de castigo para
dejarlo muy entero y cuatro banderillas ejecutadas las suertes con mucha
limpieza y ajuste. Fallo en la segunda corta, y fallo sobre todo con el
rejón de muerte.
Leonardo se hizo con cierta facilidad con su distraído toro, al que
también castigó con un solo rejón. Espectacular, sincero y muy certero
en cuatro de cinco banderillas que puso, las dos primeras citando de plaza
a plaza para terminar con un quiebro muy ajustado. Especialmente brillante
en un par a dos manos.
Bohórquez hizo lo más auténtico, desde el galope largo y templado de
salida hasta el rejón final. Vibrante rejoneo, en los preparativos; en
banderillas con galope de costado, a dos pistas; en la forma de atacar, de
frente y siempre hacia los medios; en las reuniones al estribo; y en las
torerísimas salidas. Apenas necesitó tres zarpas, un par a dos manos y
dos rosas para poner la plaza al rojo vivo.
Otra paradoja del festejo fue la salida a pie de Buendía, cuyo estilo
reivindica precisamente el rejoneo más clásico y puro, en contraste con
el circo de uno de los triunfadores.