El cartel reunía una corrida de las llamadas toristas con tres
matadores de los considerados legionarios, todo ello en teoría, porque, a
la hora de la verdad, nadie avisó a los toros acerca del papel que les
correspondía y éstos prefirieron salir como se suele hacer diariamente,
al uso y sin asustar demasiado, no vayamos a confundir.
El primero era un galán zancudo al que bastó cuarto y mitad de vara
para estar picado y pasar a la unidad de cuidados intensivos. ¿Acaso se
le podía considerar un barrabás torista? Se le enfrentó Pepín Liria,
que comenzó con un pase cambiado en los medios, mientras la fiera echaba
cuerpo a tierra, unas veces en la modalidad de dos y otras en la de cuatro
patas. A pesar de la flojera, el toro repetía incansable mientras Pepín
se repetía cansino. Sólo cuando un error de colocación propició la
colada tuvo efímero sentido la tauromaquia de guerrillas de Pepín Liria,
que no se correspondía con lo que tenía enfrente. No vamos a dudar del
toreo cabal de Pepín, pero si no anda a guantazos con el toro, la cosa
funciona regular. Se llevó al cuarto a los medios, posiblemente para que
se cayera mejor, a todo lo largo y sin complejos. El buey anduvo a
trompicones con la cara alta y manseando; Liria resolvió dignamente y
puso fin al espectáculo. Las cuentas seguían sin salir, pues ni toros ni
toreros seguían el guión marcado.
El segundo era terciado y tampoco tenía mucha fuerza -vaya torismo-,
y fue pésimamente picado, casi tan mal como banderilleado. Llegó a la
muleta con media arrancada, lo que el esforzadísimo Padilla aprovechó
para crear un conflicto inexistente en cuanto quedó al descubierto una
vez. También fallan las cuentas al evaluar la estocada: si Padilla mató
de un bajonazo, ¿por qué sufrió un tropezón? Vale que te cojan al
dejar un volapié en la yema, pero en un bajonazo... Recibió al quinto
con una larga cambiada y verónicas con paso atrás rematadas
voluntariosamente. Tras una lidia de capea, Padilla obsequió al
respetable con un segundo tercio atlético y emocionante al jugar con el
toro y recortarlo. La cosa estuvo a pique de un repique tras el segundo
par, cuando el matador, desde el estribo, tuvo que tirarse de espaldas al
callejón tras perderle la cara y venírsele encima la res. El toro, huérfano
de castigo y a su aire en los dos primeros tercios, llegó alegre a la
muleta, en la que Padilla le dio fiesta, nada ceñida por cierto y fuera
cacho, pero bullidor siempre y pródigo en adornos, alardes y desplantes.
Tampoco se entiende bien que José Luis Moreno siente plaza en la legión.
Destacó el recibimiento al sexto, por verónicas, y la lentitud con la
que instrumentó un quite por chicuelinas en el tercero, toro en el que
templó y puso suavidad, si bien no llegó a ligar los pases, que se
producían de uno en uno. Cuando tocaron a matar al sexto, el recuerdo
torista no existía y se esperaba que luciera la clase de Moreno. Hubo
buen toreo a ráfagas y lo que se anunció como guerra terminó en
fogonazos de arte mal rematados con el acero.
Una buena corrida en lo que a toros se refiere. Un
espectáculo que, por circunstancias, ajenas a los toros, como es el fallo
a espadas de los toreros, se saldó con un balance artístico muy pobre.
Porque cuando el toro embiste con la clase, la calidad y, sobre todo, la
bondad que tuvieron los guardiolas, parece extraño un marcador de trofeos
tan exiguo.
Y no vale en esta ocasión la disculpa de la blandura, pues si
perdieron las manos en alguna ocasión fue también más que nada por las
brusquedades con las que se anduvieron los hombres. Una corrida, en fin,
que ya quisieran las figuras, los que mandan y exigen en el toreo. Porque
además, el encierro tuvo igualmente la virtud de la transmisión. Todos
los toros, sin excepción, prestaron mucha importancia a lo que se les
hizo.
Liria toreó con pasión al que abrió plaza. Muy bien en el recibo con
el capote y bien a secas en la muleta, pues aun siendo buenos los pases,
las series resultaron demasiado cortas. En todo caso se prodigó mucho en
los remates, cuando menos dos de pecho en cada serie. Y por ponerle un
pero más, le faltó reposo, ya que acabó recolocándose demasiado y con
prisas, empezando un muletazo antes de acabar el otro. Aun así, de haber
estado más contundente con la espada, con toda seguridad hubiera cortado
una oreja.
El cuarto, flojo de más, se defendió mucho, quedándose a mitad del
muletazo. Liria no lo entendió lo suficientemente bien.
Padilla no terminó de entender a su bonancible primero, cuya única
limitación era la cortedad en la embestida por su falta de fuerzas. La
verdad es que esa deficiencia del toro se notó más por la indisimulada
rapidez del torero en todas sus intervenciones.
Padilla lo vio más claro en el quinto, al que recibió con una larga y
puso banderillas con espectacularidad. El toro, el mejor de la corrida,
quiere decirse que fue extraordinario, se comía la muleta a la menor
insinuación, y allí estuvo Padilla acompañándole la mayoría de las
veces las prontas y largas embestidas.
Series cortas de pases muy rápidos, aunque en algún momento se relajó
el torero. Aunque todos los méritos que valoró el tendido fueron más
que nada los fogonazos de las prisas, incluidos rodillazos y un desplante
que acabó en huida. Incomprensiblemente, tras la estocada, el público no
se conformó con una oreja y pidió otra más. Pero el presidente, en su
sitio, evitó el desmadre.
Moreno fue el que sacó mejor provecho de la corrida, porque la entendió
como era y porque supo estar como procedía. Incluso en las secuencias
claves de la lidia le dio a los toros el protagonismo que merecían. Por
ejemplo a su primero, al que lanceó muy bien a la verónica, luciéndose
después en un vistoso quite por chicuelinas. Con la muleta abrió por
alto antes de dejar que se le viniera de largo para darle más arrogancia
a su quehacer.
El toreo por la derecha tuvo estética, mucha limpieza, y tanta ligazón
que el círculo entre toro y torero se hizo por momentos interminable.
Hubo cierta desigualdad al cambiar al natural, pero como la serie fue
también generosamente larga, a medida que avanzaba terminó casi
perfecta. A todo esto, un afarolado y el de pecho, oportunísimos y de
magnífica ejecución. Todavía más, con un tres en uno, otro del
desprecio y una trincherilla, el cambio por delante y un par de remates.
Perfecto todo. Por eso, por pinchar antes de la estocada, cortó sólo una
oreja.
Todavía Moreno pudo recuperar lo perdido con el gran toro que le
correspondió en segundo lugar, el sexto. Toro tan bueno como el quinto, o
quién sabe, porque desde luego lució mucho en sus manos. Faena vibrante
desde las probaturas, con una magnífica conjunción de toro y torero en
lo que se entiende por fundamental, es decir, las series de derechazos y
naturales. El toro, incansable en la embestida, larga y repetitiva. Y en
adecuada compenetración, el torero. Faena que rozó la perfección de
principio a fin, o mejor dicho, sin el fin deseado, le faltó la rúbrica
de la espada. Debió ser de dos orejas y no pasó de la ovación.
Ideal. F. MARTINEZ
PEREA. Corrida muy interesante y brava de Guardiola
con toros excelentes
La apuesta torista de la feria, sustanciada en los 'pedrajas' de María
Luisa Domínguez y Pérez de Vargas, no defraudó. Los seis 'guardiolas'
que pisaron el albero de la Monumental granadina no dejaron indiferentes a
los aficionados a pesar de que sólo dos -segundo y cuarto- sacaron
condiciones diferentes a las comunes en las ganaderías llamadas
comerciales. Los otros cuatro, encastados en distintos grados, pero
francos y colaboradores, pusieron en bandeja el triunfo de los espadas.
Fieles a las señas de identidad del encaste todos embistieron con la
carita alta, pero hubo uno, el quinto, de extraordinaria calidad. Fue éste,
de nombre 'Picador', uno de esos toros que sirven para reconciliar a todos
con los ancestros de la cabaña brava y para recuperar rasgos que parecían
perdidos en la metamorfosis de la fiesta. Se arrancó de largo al caballo
sin atender los mandatos de los capotes, se enceló con ellos y peleó con
bravura en todos los encuentros. Un toro muy en 'pedrajas' que, además,
se empleó con fijeza y codicia en el último tercio, tuvo recorrido,
repitió con clase y estuvo por encima de un entregado Juan José Padilla
que tiró de todo su amplio y efectista repertorio -banderillas incluidas-
y que cuajó una faena muy de su corte, con calado en los tendidos, pero
sin la calidad que el astado demandaba.
Toro importante este 'Picador', pero no el único del encierro, que
tuvo bondadosas prestaciones, aunque cierta blandura. El que abrió plaza
fue toro franco, mucho más en manos tan curtidas como las de Pepín Liria.
El tercero añadió a la franqueza la calidad y, además, se tropezó con
un José Luis Moreno que atenuó su cantada flojedad a base de no
violentarlo y de hacerle las cosas con admirable pulcritud y templanza. Y
el sexto, igualmente extraordinario, fue toro, por tanto, propicio para el
lucimiento.
En tarde de las llamadas 'toreristas' tan manifiestas bondades hubieran
sido casi un desatino, pero de poner el picante ya se encargaron los otros
dos astados, un segundo que dio impresión de tener un defecto de visión,
atenuado durante la lidia, y un cuarto extraordinariamente listo, que
cumplió con el guión de querer coger todo el tiempo y que sirvió para
poner de manifiesto, por enésima vez, la capacidad, entrega y vergüenza
torera de Pepín Liria, además de sus grandes dotes lidiadoras.
Dicho esto, cabe añadir que la Corrida de la Prensa tuvo aspectos
extraordinariamente positivos. Y en este capítulo merece mención
especial la demostración de torería, en sus dos faenas, del cordobés
José Luis Moreno, que lució con auténtica galanura su capote y se gustó
y gustó con la franela en series templadísimas, cadenciosas, magníficamente
ligadas y cinceladas en la hondura. José Luis Moreno sacó todo el
partido que tenía su flojito primero, al que prácticamente mimó para
que no acentuara su manifiesta blandura y sirviera para la causa artística,
y repitió una actuación harto convincente con el que cerró plaza, al
que recetó varias series de trazo grueso, tanto en el fondo como en la
forma. No mató bien y de ahí que su premio quedara en la oreja cortada a
su primero.
Pepín Liria estuvo bien con el toro franco y mejor aún con el
peligroso cuarto, lo que dice mucho en favor del murciano, mientras que
Juan José Padilla, que cortó una oreja al formidable quinto, supo
ganarse el favor del público a base de sacar todo lo que lleva dentro, de
ser fiel a su personalidad artística y de demostrar que de valor y
entrega anda sobrado. Feliz presentación la suya.