IGNACIO ZULOAGA

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En el espléndido retrato de “Belmonte en plata”, sitúa al maestro en un alto con vestido plata y verde oscuro que contrasta con el verde más amable del capote de paseo. Su rostro, sereno, esboza una imperceptible sonrisa. Al fondo el pueblo segoviano de Ayllón donde se aprecia que la plaza ha sido cerrada con talanqueras para celebrar una corrida. Con el cielo oscuro, amenazando tormenta, emerge la figura luminosa de Belmonte.

ZULOAGA DESDE LA BARRERA
PINTORE BATEN PASIOA

 

La afición taurina del pintor Ignacio Zuloaga quedó patente no sólo en su vida sino también en su obra. A Zuloaga le unía una fraternal amistad con Juan Belmonte quien, a petición del pintor, toreó en Segovia y más de una vez en Zumaia, siempre gratuitamente con fines benéficos.

Magnífica la obra “Tres Manolas” en la que están presentes todos los elementos característicos de la musa del pintor eibarrés. Mozas con pomposo porte, de garbo saleroso, ataviadas con preciosos brocados, ricos mantones de Manila y mantillas que muestran la transparencia de sus encajes.

Ignacio Zuloaga es una figura estrechamente ligada al Museo San Telmo de San Sebastián, que cuenta con una sala permanente dedicada a su obra, fruto de diversas donaciones, principalmente del propio pintor y su familia .  

La exposición pretendía, entre otras cosas, renovar esos lazos y al mismo tiempo profundizarlos con la posibilidad de apreciar nuevos matices en obras que no se encuentran habitualmente en el Museo.

“ZULOAGA DESDE LA BARRERA. PINTORE BATEN PASIOA” se centra en la pasión que el pintor sentía hacia el mundo taurino, pasión que hizo que sus cuadros fueran reflejo de personajes, escenas, momentos, paisajes, ambientes relacionados con este mundo.

La muestra recoge obra pictórica, pero también trata de llevar al visitante más allá en el conocimiento de esta pasión del artista. Mantones de Manila, carteles, fotografías y otras pequeñas joyas que sin duda atrapan al espectador, entre ellas unas imágenes inéditas que muestran al pintor participando en capeas, en compañía de toreros, ganaderos e intelectuales de la época.

 
El pintor era
amigo intimo de Juan Belmonte, Domingo Ortega, Rafael Albaicín, Manolete y Pepe Luis Vázquez

En esta exposición del Museo San Telmo, el visitante tiene la oportunidad de conocer de cerca esta faceta del artista, intensa, apasionada, tal y como reflejan sus obras y otros objetos presentes en la muestra como los mantones de Manila o las imágenes inéditas del artista participando en una capea con personajes de su época.

conmovedora figura de “El Chepa de Quismondo”, el deforme joven que en su incoherente vestido de luces parece soñar con lo imposible. Aquí es donde el egregio pintor evidencia su sensibilidad sin interpretar fáciles aberraciones ni sumar motivos negativos y deprimentes. Por el contrario, Zuloaga se recrea en reflejar la humilde protesta, el semblante de íntimo dolor de un torero encerrado en un decrépita naturaleza.

El Museo San Telmo fue un hogar para Ignacio Zuloaga. Le gustaba la elegancia del edificio, la austeridad del claustro con su convento que se apoya en la mole de árboles y piedras que es el monte Urgull. Por ello, el Museo San Telmo expone bajo estos recuerdos los íntimos de Zuloaga, que antes visitan el Museo Taurino de la Plaza de Toros de Vista Alegre de Bilbao.

            En la intimidad de Ignacio Zuloaga como en la de todo hombre, los amigos tienen una significación: “dime con quién andas y te diré quién eres”. En esta exposición vemos retratados a varios personajes cercanos de ese mundo que fue su pasión: los toros.

Zuloaga tenía como amigos hombres de quienes apenas se habla, viviendo en el fondo de nuestros pueblos, sinceros y sencillos.

Azorín, gran amigo, decía: ”¿no habéis reparado con qué afecto ha reflejado Zuloaga en los lienzos el aspecto de ciertos personajes cuyo nombre no consta, presentados por cualquier oficio o arte que ejerzan?”

            Esta mirada en torno a quienes retrata no termina en las personas; también hay que observar las cosas, lo que les rodea: chaquetillas, capas, mantones, blandas, abanicos y paisajes.

           Todo esto es sólo una parte de lo que irá descubriendo quien visite esta exposición en el Museo Taurino de Bilbao y en el magnífico convento en el que se encuentra el Museo San Telmo, donde Ignacio Zuloaga depositó una importante muestra de sus obras.

            El Museo Zuloaga expresa su agradecimiento a todas las entidades que han hecho posible esta exposición y especialmente al Museo San Telmo como recuerdo de la gran vinculación que tuvo el pintor con esta institución.

 


El artista fue alumno de la Escuela de Tauromaquia que en Sevilla dirigía Manuel Carmona, hermano de El Gordito.

A lo largo de los cien años de historia del Museo Municipal de San Telmo, una de las figuras que ha participado de forma destacada en su potenciación y en el enriquecimiento de sus colecciones, ha sido Ignacio Zuloaga.

 Colaboró activamente con el Ayuntamiento donostiarra en la remodelación del antiguo convento dominico, sede del Museo desde 1932, propuso a José Mª Sert para decorar la iglesia con las once escenas que reflejan la historia de Gipuzkoa, y depositó en 1933, con ánimo de donación, diez cuadros para constituir una sala que llevase su nombre. Esta donación fue completada años más tarde por su familia y en reconocimiento nunca suficiente de su generosidad, la plaza que preside la fachada principal del Museo se denomina Plaza de Ignacio Zuloaga.

 La Sala Zuloaga sigue siendo un referente del actual Museo San Telmo y lo será en el futuro. La colección debe ser dinámica y una de las maneras de conseguirlo es desarrollar un programa de actividades y exposiciones que permitan a quienes conocen al pintor, encontrar nuevos matices en obras que no se encuentran en nuestro museo, y a aquellos que lo descubren, iniciarse en su conocimiento y disfrute.

 Con este fin, y en estrecha colaboración con el Museo Zuloaga de Zumaia, hemos organizado esta exposición en torno al tema taurino en la obra del pintor. Queremos agradecer su total disposición a la familia Zuloaga que renueva, de este modo, el espíritu y la pasión con que Ignacio Zuloaga contribuyó a la formación de lo que hoy es el Museo Municipal de San Telmo.

Ramon Etxezarreta
                       
Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Donostia-San Sebastián

Museo San Telmo
San Sebastián
Hasta el 31 de agosto´2003

Zuloaga, toreando. Pulse para aumentar fotografía
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La afición taurina del pintor Zuloaga

(texto basado en los artículos de Mariano Gómez de Caso Estrada, publicados en Revista Cultural números 27, octubre, 1ª parte y 28, noviembre, 2ª parte) 

Ignacio Zuloaga (Eibar, 1870 – Madrid, 1945) procede de una familia de cuatro generaciones de artistas que ocuparon cargos distinguidos en la corte de los Borbones por sus conocimientos de armería y ornamentación. Muy joven decide dedicarse a la pintura y estudia a los maestros del Museo del Prado. Se desplaza a Roma con el mismo fin y recala en París en 1890, donde se casará nueve años más tarde con la bordelesa Valentine Dethomas. Frecuenta a artistas catalanes, Rusiñol, Casas, Utrillo; vascos, Uranga y los tenidos como tales Paco Durrio y Darío Regoyos; franceses, Morice, Dethomas, Degas, Gauguin y Toulouse-Lautrec.

Decide volver a España a trabajar y, en concreto, pasará en Sevilla largas temporadas desde 1893 hasta 1898. Se instala en un corralillo de la casa de la Feria donde únicamente viven familias gitanas. Confraterniza, entra en lo íntimo hasta tal grado que le piden apadrine hijos de vecinos. De ese mundo tan influyente, hermosas mujeres, zambras, guitarras, le cala el lenguaje que practicará de por vida, y su afición a los toros. Una alegre vida bohemia, más atractiva que la de París. Por mor de las tertulias taurinas, del trato con gentes de la lidia, la sangre juvenil le hierve e intenta entrar como protagonista en ese mundo febril de los toros.

En el barrio de San Bernardo, junto a la Puerta de la Carne, el diestro sevillano Manuel Carmona abrió escuela en una placita preparada por él y allí acudió Zuloaga. Dicen que llegó a matar, en corridas pueblerinas, diecisiete toros y que el que ocupó el decimoctavo le causó alguna herida que le obligó a dejarlo momentáneamente. Pero fue definitivo.

 

Reponiéndose recaló en Segovia, verano de 1898, donde vivía un hermanastro de su padre, el ya ilustre ceramista Daniel Zuloaga. Realizó unos lienzos que le valieron reconocimiento internacional. Entusiasmado por estos éxitos, comprendió que la paleta y el pincel le darían más gloria que la muleta y la espada, por lo que desistió como sujeto activo, pero jamás dejó la afición, más bien la vivió con pasión.

Durante los cinco años que tuvo el taller abierto en Alcalá de Guadaira y en Sevilla no dejó de pintar. Se considera que hubo una muy interesante serie de retratos de toreros, pero la carencia de fama, fuentes de información o su silenciado testimonio de esa época un tanto alocada hacen que sea difícil seguir la pista de esta producción. Cinco cuadros de tema taurino de esa época están catalogados. Uno de ellos, “Víspera de la Corrida”, mereció el Premio del Rey en la Exposición de Arte de Barcelona el año 1898.

La etapa segoviana de Zuloaga va de 1898 hasta 1916. Esta tierra castellana de gran carácter inspiró a Zuloaga unos catorce cuadros de tema taurino, en los que se refleja una paleta llena ahora de colores oscuros, con pinceladas contundentes, pastosas, fuertes; composiciones enérgicas, sin atmósfera, resaltando las figuras.

Viaja a villas y pueblos en fiestas, como hiciera con Salamanca. Sepúlveda, Turégano y Pedraza le atraen por las famosas novilladas. Y surgen “Preparativos para la corrida”, “Toreros de pueblo”, “El matador Pepillo”, “El Corcito”, “El Segovianito”, “Torerillos de Turégano”, “En la corrida”, o “La Víctima de la fiesta”.

Curvilíneos cuerpos, jactanciosos, plenos de donaire, arrogantes han salido de la paleta de Zuloaga pues quienes posaron para él no eran otros que Ramiro, tímido imberbe que le limpiaba el coche del pintor; pusilánimes camarerillos de los cafés que frecuentaba; en fin, personas de carne y hueso, que no el rígido maniquí tan socorrido para esos casos.  Era el artista el que imprimía carácter, no sujeto al mayor o menor parecido. Nombre propio tenían los retratos de Carmona el Panadero, Gallito y su familia de la época andaluza.

La fama que iba adquiriendo, su ilusión por sostener capote entre las manos, y las muchas relaciones con toreros y ganaderos fueron motivo para que éstos invitaran a Zuloaga frecuentemente a tientas de ganados. No había año que no acudiera al cortijo Zahariche, junto a Lora del Río, perteneciente al bilbaíno don Félix Urcola a dar unos capotazos a los miuras. Cartas se conservan en las que hace hincapié que el pintor sea acompañado de su tío, al tiempo que le comunicaban qué espadas célebres del momento también estaban invitados.

Las mismas atenciones recibía del marqués de Villagodio, en su finca San Pelayo, en el término de Coreses, cerca de Zamora.  Menos acreditada era la dehesa de Aldeanueva, del señor Baeza- que últimamente fue de Domingo Ortega- pero en ella también calmaban sus ilusiones los Zuloaga.

La etapa segoviana va acercándose a su fin. Ha concluido de levantar un precioso edificio en Zumaya, cerca de Eibar. El 14 de julio de 1914 se inaugura la vivienda que designará como Santiago Echea. Allí vivirá con su familia, no en el aislamiento de Sevilla y Segovia.

Cuando en Madrid se le sigue negando el pan y la sal, los triunfos en el extranjero siguen sucediéndose: Amberes, Dusseldorf, Berlín, Moscú, Venecia, Roma, los Estados Unidos del Norte de América, Méjico, Chile, Argentina. Los opulentos hombres de negocios que viajan a París le solicitan como retratista. Es requerido en la capital de España para que realice el retrato del duque de Alba, luego el de su esposa. Con ello se le abre un amplio mercado de la aristocracia. Ha de pasar largas temporadas, las otoñales. Las tertulias se animan, Camba, Valle-Inclán, Belmonte, Azorín, Baroja, Pérez de Ayala, Marañón, Burell, Bonafoux instan para que exponga, pero aún tardará mucho la villa de la Corte  en acogerle.

Su tío Daniel ha sido nombrado profesor en la Escuela de Cerámica de Madrid. Otro más a las tertulias. En 1919 en una de ellas, estando presente Juan Belmonte, Ignacio Zuloaga, hombre de ideas fijas, comprometió a éste para que toreara en Segovia el día de San Pedro. En Segovia nunca se le había visto torear, así que sabida la noticia, el periódico local echó las campanas a vuelo. Ignacio correría con todos los gastos y Daniel se encargó de arreglar todos el asunto de papeles en Segovia, pues la intención era que el dinero sobrante se entregara para beneficencia municipal. Los hermanos Manolo y Juan Belmonte se las hubieron con ganado de Aleas, que habían sido traídos a la antes citada finca de Aldeanueva, muy cercana a Segovia. De los tertulianos, llegaron a Segovia los artistas Sebastián Miranda, Romero de Torres, Miguel Nieto; los escritores Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Luis de Tapia, Antonio Casero: los periodistas Julio Camba, Gillés, Villa, Gorrochano y Llovet.

Estos acontecimientos son jaleados por amigos y por los periodistas. El nombre de Zuloaga se nombra más y más, pero buen cuidado tiene de no poner atención a los medios artísticos oficiales que le comprometan.

Retrata a Marañón, Ortega y Gasset, Unamuno, Valle-Inclán; de la aristocracia a Montellano, Aresti, Montoro.  Si en la primera época la gitana Agustina fue su modelo madrileña, ahora comienza con Angustias Escudero, madre de bailarines y toreros. 

La presencia veraniega de Zuloaga en Zumaya lleva gentes que desean conocer el museo, el taller y los últimos cuadros realizados en Santiago Echea. Esta afluencia de artistas, escritores, políticos y ese mundo tan afín a Zuloaga, le mueven a organizar festejos taurinos con fines benéficos, para el Hospital que erige en Zumaya. Del primero que hay constancia es de septiembre de 1917, que actuó Joselito. En 1924, la becerrada se reservó nada menos que a Belmonte,  El Algabeño, Cañero, Márquez y Valencia II.

Al año siguiente vuelve a organizar otra becerrada benéfica. Al dar Belmonte la primera verónica salió cogido y recibió una cornada, grave, en la cara anterior del muslo derecho. Llevado en hombros al hotel se practicó al diestro una cura de urgencia. Mejías y Márquez estoquearon los cuatro novillos de la vacada de Angosto.

En el verano de 1924 realizó los tres retratos de Belmonte, símbolo en el toreo, hombre con gran formación intelectual y amante de la cultura literaria. Belmonte y Zuloaga se admiraban mutuamente y la amistad que se profesaron con muy pocos fue manifestada en tan alta estima.

Transcribe Lafuente Ferrari en su gran obra sobre Zuloaga una carta de Belmonte al escultor Sebastián Miranda, en la que analiza las dotes del pintor ante los astados conservadas aún en los años postreros de su vida, llegando a manifestar, “creo que hubiese cambiado toda su pintura por haber matado en la plaza de toros de Madrid un toro, en la corrida de la Beneficencia, y verle rodar con las cuatro patas al alto y el tendido lleno de pañuelos”.

Las tertulias y el abono en la plaza de las Ventas de un selecto grupo de amigos y entendidos, Manuel Machado, Guitarte, García Gómez, Díaz Cañabate, colmaron a Zuloaga de quizás, las horas más felices de sus últimos años en Madrid.

En 1920 había abierto taller en Las Vistillas, que miran al Guadarrama, lo que fue motivo para acercamiento de sus amigos tras los veraneos en Zumaya.

Ha llegado a una perfección poco común en el género del retrato. Sigue pintando temas taurinos con claras influencias goyescas.

Los compromisos que sigue atendiendo en Europa y América  solicitan, en muchos casos, figurar con mantillas, trajes afarolados e incluso, vestidas de torero. “Las presidentas” es su último gran cuadro de composición que realizó pocos meses antes de fallecer. Refleja un festejo taurino en la villa de Ayllón.

La afición y la amistad le llevan a retratar a Rafael García Escudero "Albaicín", Domingo Ortega, Manuel Rodríguez "Manolete", Antonio Sánchez, "El Chepa" y a su antiguo amigo de la época sevillana, Ángel Carmona, "El Camisero".

Todavía le queda tiempo a Ignacio Zuloaga para disfrutar en capeas. Se le olvida que estuvieron a punto de tener que cortarle en París una pierna como consecuencia de la flebitis que en años distintos le tuvieron postergado en cama muchos meses, consecuencia de los muchos achuchones que recibió toreando. Marañón y Goyanes, en Madrid, evitaron el descalabro. Hacía alarde de que él solo, en 1907, toreó veinticuatro becerras en la finca de Villagodio.

A los setenta y dos años acudía a las invitaciones de Domingo Ortega. En la finca de Navalcaide daba unos capotazos que llenaban de entusiasmo a su admirador Antonio Sánchez. Allí, bajo la atenta mirada del propio Ortega y Rafael Albaicín alejados, ocupaba el centro del ruedo Zuloaga con las becerras de turno.

Se guarda en el archivo de Santiago Echea la colección completa de artículos periodistas y su correspondencia. Del mundo de la fiesta nacional por excelencia se conservan cartas de Juan Belmonte, Antonio Cañero, Roberto Domingo, José María Cossío, Díaz Cañabate, Machio Trigo, Antonio Márquez, "Falo" (Rafael Albaicín), García Algabeño, Antonio Cañero, Sebastián Miranda, Villagodio, Urcola, Fernando Villalón y un largo etcétera.

El 31 de octubre de 1945, Ignacio Zuloaga fallece en Madrid. En su salida del estudio, el féretro fue bajado a hombros de José María Cossío, Fernando Guitarte, Juan Cristóbal, Domingo Ortega, Rafael Albaicín y Antonio Sánchez. Todo un símbolo de reconocimiento a su afición taurina.

 

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