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La
afición taurina del pintor Zuloaga
(texto basado
en los artículos de Mariano Gómez de Caso Estrada, publicados en
Revista Cultural números 27, octubre, 1ª parte y 28, noviembre, 2ª
parte)
Ignacio
Zuloaga (Eibar, 1870 – Madrid, 1945) procede de una familia de
cuatro generaciones de artistas que ocuparon cargos distinguidos en
la corte de los Borbones por sus conocimientos de armería y
ornamentación. Muy joven decide dedicarse a la pintura y estudia a
los maestros del Museo del Prado. Se desplaza a Roma con el mismo
fin y recala en París en 1890, donde se casará nueve años más
tarde con la bordelesa Valentine Dethomas. Frecuenta a artistas
catalanes, Rusiñol, Casas, Utrillo; vascos, Uranga y los tenidos
como tales Paco Durrio y Darío Regoyos; franceses, Morice, Dethomas,
Degas, Gauguin y Toulouse-Lautrec.
Decide
volver a España a trabajar y, en concreto, pasará en Sevilla
largas temporadas desde 1893 hasta 1898. Se instala en un corralillo
de la casa de la Feria donde únicamente viven familias gitanas.
Confraterniza, entra en lo íntimo hasta tal grado que le piden
apadrine hijos de vecinos. De ese mundo tan influyente, hermosas
mujeres, zambras, guitarras, le cala el lenguaje que practicará de
por vida, y su afición a los toros. Una alegre vida bohemia, más
atractiva que la de París. Por mor de las tertulias taurinas, del
trato con gentes de la lidia, la sangre juvenil le hierve e intenta
entrar como protagonista en ese mundo febril de los toros.
En
el barrio de San Bernardo, junto a la Puerta de la Carne, el diestro
sevillano Manuel Carmona abrió escuela en una placita preparada por
él y allí acudió Zuloaga. Dicen que llegó a matar, en corridas
pueblerinas, diecisiete toros y que el que ocupó el decimoctavo le
causó alguna herida que le obligó a dejarlo momentáneamente. Pero
fue definitivo.
Reponiéndose
recaló en Segovia, verano de 1898, donde vivía un hermanastro de
su padre, el ya ilustre ceramista Daniel Zuloaga. Realizó unos
lienzos que le valieron reconocimiento internacional. Entusiasmado
por estos éxitos, comprendió que la paleta y el pincel le darían
más gloria que la muleta y la espada, por lo que desistió como
sujeto activo, pero jamás dejó la afición, más bien la vivió
con pasión.
Durante
los cinco años que tuvo el taller abierto en Alcalá de Guadaira y
en Sevilla no dejó de pintar. Se considera que hubo una muy
interesante serie de retratos de toreros, pero la carencia de fama,
fuentes de información o su silenciado testimonio de esa época un
tanto alocada hacen que sea difícil seguir la pista de esta
producción. Cinco cuadros de tema taurino de esa época están
catalogados. Uno de ellos, “Víspera de la Corrida”, mereció el
Premio del Rey en la Exposición de Arte de Barcelona el año 1898.
La
etapa segoviana de Zuloaga va de 1898 hasta 1916. Esta tierra
castellana de gran carácter inspiró a Zuloaga unos catorce cuadros
de tema taurino, en los que se refleja una paleta llena ahora de
colores oscuros, con pinceladas contundentes, pastosas, fuertes;
composiciones enérgicas, sin atmósfera, resaltando las figuras.
Viaja
a villas y pueblos en fiestas, como hiciera con Salamanca. Sepúlveda,
Turégano y Pedraza le atraen por las famosas novilladas. Y surgen
“Preparativos para la corrida”, “Toreros de pueblo”, “El
matador Pepillo”, “El Corcito”, “El Segovianito”,
“Torerillos de Turégano”, “En la corrida”, o “La Víctima
de la fiesta”.
Curvilíneos
cuerpos, jactanciosos, plenos de donaire, arrogantes han salido de
la paleta de Zuloaga pues quienes posaron para él no eran otros que
Ramiro, tímido imberbe que le limpiaba el coche del pintor; pusilánimes
camarerillos de los cafés que frecuentaba; en fin, personas de
carne y hueso, que no el rígido maniquí tan socorrido para esos
casos. Era el artista
el que imprimía carácter, no sujeto al mayor o menor parecido.
Nombre propio tenían los retratos de Carmona el Panadero, Gallito y
su familia de la época andaluza.
La
fama que iba adquiriendo, su ilusión por sostener capote entre las
manos, y las muchas relaciones con toreros y ganaderos fueron motivo
para que éstos invitaran a Zuloaga frecuentemente a tientas de
ganados. No había año que no acudiera al cortijo Zahariche, junto
a Lora del Río, perteneciente al bilbaíno don Félix Urcola a dar
unos capotazos a los miuras. Cartas se conservan en las que hace
hincapié que el pintor sea acompañado de su tío, al tiempo que le
comunicaban qué espadas célebres del momento también estaban
invitados.
Las
mismas atenciones recibía del marqués de Villagodio, en su finca
San Pelayo, en el término de Coreses, cerca de Zamora.
Menos acreditada era la dehesa de Aldeanueva, del señor
Baeza- que últimamente fue de Domingo Ortega- pero en ella también
calmaban sus ilusiones los Zuloaga.
La
etapa segoviana va acercándose a su fin. Ha concluido de levantar
un precioso edificio en Zumaya, cerca de Eibar. El 14 de julio de
1914 se inaugura la vivienda que designará como Santiago Echea. Allí
vivirá con su familia, no en el aislamiento de Sevilla y Segovia.
Cuando
en Madrid se le sigue negando el pan y la sal, los triunfos en el
extranjero siguen sucediéndose: Amberes, Dusseldorf, Berlín, Moscú,
Venecia, Roma, los Estados Unidos del Norte de América, Méjico,
Chile, Argentina. Los opulentos hombres de negocios que viajan a París
le solicitan como retratista. Es requerido en la capital de España
para que realice el retrato del duque de Alba, luego el de su
esposa. Con ello se le abre un amplio mercado de la aristocracia. Ha
de pasar largas temporadas, las otoñales. Las tertulias se animan,
Camba, Valle-Inclán, Belmonte, Azorín, Baroja, Pérez de Ayala,
Marañón, Burell, Bonafoux instan para que exponga, pero aún
tardará mucho la villa de la Corte
en acogerle.
Su
tío Daniel ha sido nombrado profesor en la Escuela de Cerámica de
Madrid. Otro más a las tertulias. En 1919 en una de ellas, estando
presente Juan Belmonte, Ignacio Zuloaga, hombre de ideas fijas,
comprometió a éste para que toreara en Segovia el día de San
Pedro. En Segovia nunca se le había visto torear, así que sabida
la noticia, el periódico local echó las campanas a vuelo. Ignacio
correría con todos los gastos y Daniel se encargó de arreglar
todos el asunto de papeles en Segovia, pues la intención era que el
dinero sobrante se entregara para beneficencia municipal. Los
hermanos Manolo y Juan Belmonte se las hubieron con ganado de Aleas,
que habían sido traídos a la antes citada finca de Aldeanueva, muy
cercana a Segovia. De los tertulianos, llegaron a Segovia los
artistas Sebastián Miranda, Romero de Torres, Miguel Nieto; los
escritores Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Luis de Tapia, Antonio
Casero: los periodistas Julio Camba, Gillés, Villa, Gorrochano y
Llovet.
Estos
acontecimientos son jaleados por amigos y por los periodistas. El
nombre de Zuloaga se nombra más y más, pero buen cuidado tiene de
no poner atención a los medios artísticos oficiales que le
comprometan.
Retrata
a Marañón, Ortega y Gasset, Unamuno, Valle-Inclán; de la
aristocracia a Montellano, Aresti, Montoro.
Si en la primera época la gitana Agustina fue su modelo
madrileña, ahora comienza con Angustias Escudero, madre de
bailarines y toreros.
La
presencia veraniega de Zuloaga en Zumaya lleva gentes que desean
conocer el museo, el taller y los últimos cuadros realizados en
Santiago Echea. Esta afluencia de artistas, escritores, políticos y
ese mundo tan afín a Zuloaga, le mueven a organizar festejos
taurinos con fines benéficos, para el Hospital que erige en Zumaya.
Del primero que hay constancia es de septiembre de 1917, que actuó
Joselito. En 1924, la becerrada se reservó nada menos que a
Belmonte, El Algabeño,
Cañero, Márquez y Valencia II.
Al
año siguiente vuelve a organizar otra becerrada benéfica. Al dar
Belmonte la primera verónica salió cogido y recibió una cornada,
grave, en la cara anterior del muslo derecho. Llevado en hombros al
hotel se practicó al diestro una cura de urgencia. Mejías y Márquez
estoquearon los cuatro novillos de la vacada de Angosto.
En
el verano de 1924 realizó los tres retratos de Belmonte, símbolo
en el toreo, hombre con gran formación intelectual y amante de la
cultura literaria. Belmonte y Zuloaga se admiraban mutuamente y la
amistad que se profesaron con muy pocos fue manifestada en tan alta
estima.
Transcribe
Lafuente Ferrari en su gran obra sobre Zuloaga una carta de Belmonte
al escultor Sebastián Miranda, en la que analiza las dotes del
pintor ante los astados conservadas aún en los años postreros de
su vida, llegando a manifestar, “creo que hubiese cambiado toda su
pintura por haber matado en la plaza de toros de Madrid un toro, en
la corrida de la Beneficencia, y verle rodar con las cuatro patas al
alto y el tendido lleno de pañuelos”.
Las
tertulias y el abono en la plaza de las Ventas de un selecto grupo
de amigos y entendidos, Manuel Machado, Guitarte, García Gómez, Díaz
Cañabate, colmaron a Zuloaga de quizás, las horas más felices de
sus últimos años en Madrid.
En
1920 había abierto taller en Las Vistillas, que miran al Guadarrama,
lo que fue motivo para acercamiento de sus amigos tras los veraneos
en Zumaya.
Ha
llegado a una perfección poco común en el género del retrato.
Sigue pintando temas taurinos con claras influencias goyescas.
Los
compromisos que sigue atendiendo en Europa y América
solicitan, en muchos casos, figurar con mantillas, trajes
afarolados e incluso, vestidas de torero. “Las presidentas” es
su último gran cuadro de composición que realizó pocos meses
antes de fallecer. Refleja un festejo taurino en la villa de Ayllón.
La
afición y la amistad le llevan a retratar a Rafael García Escudero
"Albaicín", Domingo Ortega, Manuel Rodríguez "Manolete",
Antonio Sánchez, "El Chepa" y a su antiguo amigo de la época
sevillana, Ángel Carmona, "El Camisero".
Todavía
le queda tiempo a Ignacio Zuloaga para disfrutar en capeas. Se le
olvida que estuvieron a punto de tener que cortarle en París una
pierna como consecuencia de la flebitis que en años distintos le
tuvieron postergado en cama muchos meses, consecuencia de los muchos
achuchones que recibió toreando. Marañón y Goyanes, en Madrid,
evitaron el descalabro. Hacía alarde de que él solo, en 1907, toreó
veinticuatro becerras en la finca de Villagodio.
A
los setenta y dos años acudía a las invitaciones de Domingo
Ortega. En la finca de Navalcaide daba unos capotazos que llenaban
de entusiasmo a su admirador Antonio Sánchez. Allí, bajo la atenta
mirada del propio Ortega y Rafael Albaicín alejados, ocupaba el
centro del ruedo Zuloaga con las becerras de turno.
Se
guarda en el archivo de Santiago Echea la colección completa de artículos
periodistas y su correspondencia. Del mundo de la fiesta nacional
por excelencia se conservan cartas de Juan Belmonte, Antonio Cañero,
Roberto Domingo, José María Cossío, Díaz Cañabate, Machio
Trigo, Antonio Márquez, "Falo" (Rafael Albaicín), García
Algabeño, Antonio Cañero, Sebastián Miranda, Villagodio, Urcola,
Fernando Villalón y un largo etcétera.
El
31 de octubre de 1945, Ignacio Zuloaga fallece en Madrid. En su
salida del estudio, el féretro fue bajado a hombros de José María
Cossío, Fernando Guitarte, Juan Cristóbal, Domingo Ortega, Rafael
Albaicín y Antonio Sánchez. Todo un símbolo de reconocimiento a
su afición taurina.
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