GANADERÍAS DE ESPAÑA


 

EL MONUMENTO 
Y L
A CIUDAD

"No sólo será una imagen de Curro Romero, sino más allá de esto, de una forma de hacer el trabajo y de entender la Fiesta

ABC. Viernes, 23 de febrero´2001. JUAN RAMÓN BARBANCHO.

Desde la antigüedad el hombre ha procurado perpetuar su memoria y que su paso por un tiempo y un lugar determinado marcara una huella indeleble de su quehacer y a la vez sirviera de testimonio para las generaciones futuras.

Esto no sólo lo han hecho los hombres con su propia figura, sino que también la comunidad ha deseado conservar el recuerdo de estos personajes porque se ha sentido reconocida —o agradecida— en su hechos.

Para conseguir esto, a lo largo de la Historia, se han levantado monumentos en las ciudades. Cuando han sido creados por la voluntad de los protagonistas muchas veces han tenido que ser testigos forzosos del rechazo del pueblo, con su consecuente destrucción, en un intento de borrar de la memoria histórica su imagen y su significado.

El recuerdo de una persona que ha trabajado por el bien de la comunidad o que con su esfuerzo ha conseguido bienes materiales o espirituales para ésta se convierte en una página memorable. Su vida es considerada como un documento de utilidad pública y se ubica su imagen en un lugar destacado de la ciudad para que sirva de recuerdo y espejo a los ciudadanos.

Estos monumentos pueden ser una escultura con su imagen, una columna, un arco de triunfo que recuerde una hazaña o incluso un parque o espacio público.

En la mayoría de los casos es una escultura que nos permite, mediante la observación y el estudio, recordar los hechos beneficiosos. Es una especie de hito en la ciudad, donde ésta se mira, tal vez para imitar virtudes, y desde donde puede ser mirada, comprendida o recriminada.

El tiempo, que amarillea y desvanece los hechos en un olvido casi siempre culpable, no puede eliminar el recuerdo a que obliga la imagen, mucho más si consideramos que la escultura, considerada como obra de arte, es fundamentalmente presencia y en el caso del monumento público presencia que se impone a las miradas y fuerza la consideración de los hechos.

Viendo las cosas de esta manera la figura que constituye el monumento ha de ser tratada con una dignidad en sus formas y proporciones, en su apostura y en su relación con el espacio arquitectónico y urbanístico en el que va a ser ubicada, que esté a la altura de lo que pretende representar, que permita hacer una lectura correcta de la imagen —o a través de ella— y de la historia. Debe contribuir eficazmente a la perpetuación de los hechos. Debe ser un documento duradero y útil para la historia.

Desde la antigua Roma hasta nuestros días tenemos suficientes ejemplos de monumentos que han caído por diversas circunstancias. Monumentos que al verlos pensamos que el escultor más que homenajear ha pretendido hundir al personaje y de otros que representan fielmente la dignidad del personaje. Monumentos que hasta nosotros traen una historia beneficiosa para la comunidad que el tiempo no ha podido borrar.

Son imágenes que han pasado a la posteridad, forman parte de la ciudad y quedan grabadas en la retina, a veces incluso más allá del representado. Son obras como el Augusto de Prima Porta o Marco Aurelio, en Roma, bajo la que Miguel Angel extendió una «alfombra» excepcional, precisamente por la dignidad de la obra. Hay monumentos como el Condotiero Colleoni de Verrochio o el Gattamelata de Donatello que se han convertido en referencia y modelo fundamental no sólo de lo que debe ser un monumento como recuerdo, sino también de escultura. La presencia que marca Gattamelata, el paso decidido del caballo, el gesto y la apostura del personaje nos permiten empaparnos de la importancia del retratado y captar la arrogancia, no ya de Erasmo de Narni, sino de una sociedad y una época en la que el antropocentrismo dio un giro radical a la forma de entender la vida. Es, en cuanto que monumento público, un hito en la ciudad. El espejo de la memoria histórica. Esto en definitiva es dignidad.

Hay otras obras, mucho más cercanas a nosotros, como el Balzac o los ciudadanos de Calais, de Rodin. Balzac es, entre otras cosas, un monolito, casi una columna. Los Ciudadanos de Calais es, a parte de un perfecto estudio de psicología y de fisonomía del hombre a distintas edades, un homenaje a los que dieron su vida por la comunidad. Salieron de la muchedumbre anónima para pasar a la posteridad. Rodin inmortaliza sus gestos, la forma de avanzar de unos y las rémoras de otros, con la elegancia y la dignidad que el caso requiere.

Recientemente se ha planteado en Sevilla la conveniencia —o necesidad— de realizar una escultura pública para perpetuar la memoria del trabajo de Curro Romero. Como monumento que va a ser recibirá las miradas especialmente de los aficionados, pero forzosamente de todos los que pasen delante, y desde el que el diestro podrá mirar a la ciudad que le homenajea. Es un reto que no es fácil de superar con éxito, sobre todo a la vista de lo que nos tienen acostumbrados en Sevilla. Sería necesario desligar a la figura de toda anécdota y de todo costumbrismo y crear una imagen digna de lo que quiere representar. No sólo será una imagen de Curro Romero sino, más allá de esto, de una forma de hacer el trabajo y de entender la Fiesta. Más que imagen será, o deberá ser, un símbolo. Ahí es donde radica su dignidad, que es lo que el escultor debe saber transmitir.

Es necesario mucho estudio, mucha reflexión y mucha capacidad de observación para hacer esto y para significar una imagen y situarla en un espacio.

El lugar donde se pretende colocar es mucho más difícil. La esquina ajardinada de la plaza de toros es un espacio que vacío pasa desapercibido, pero en el momento en que sea ocupado por un elemento vertical tomará un protagonismo que tendrá que competir con el volumen de la Casa de los Maestrantes y con el de la propia plaza que quedará en el centro.

Este espacio central, de gran desarrollo horizontal, actuará como telón de fondo, pero también como escenario de la escultura, de tal manera que a la dignidad que debe tener como individualidad se le ha de añadir la del espacio que ocupará y su relación con los volúmenes en los que se va a integrar. No se debe caer, ni en su tamaño ni en su gesto, en el fácil error de realizar una figura «grandiosa» y que resulte ridícula o grotesca, que de ambos casos tenemos ya demasiados ejemplos en esta ciudad. Como digo debería ser una figura que represente un símbolo y que por lo tanto pueda servir para todos los tiempos y que pueda ser leída siempre, como el caso de los condotieri.


 

 

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