ARTÍCULOS
DE CARLOS
CRIVELL |
Críticos
taurinos
Otro
artículo: Aquel torero lleno de
ilusiones
Carlos
Crivell.
Miércoles, 29 de noviembre´2000. La libertad de la
prensa taurina
"La libertad en la crítica está
reservada a pocos privilegiados"
Los medios de comunicación se han convertido en imperios económicos que se
preocupan mucho más del negocio que de la ideología. No es una verdad
absoluta, pero se le acerca bastante. Se trata de concentrar todos los recursos
en empresas cada vez más poderosas, fundamentalmente se intenta controlar la
televisión e Internet. El periodista o el comunicador de tales grupos mediáticos
se convierte en un ser carente de personalidad, que obedece las directrices de
la superioridad y nunca tendrá la osadía de discutir y poner su opinión sobre
la mesa. Todo ello a cambio de un sueldo que muchas veces es de miseria. Y si
protesta, hay cientos de compañeros esperando. Este cuadro, que se pinta como
una realidad cruda y actualizada de los medios de comunicación, supone casi el
fin de las ideas.
Aunque se aventura que desaparecerán los periódicos para ser sustituidos
por la TV e Internet, esta cuestión es más discutible. Todavía hay un matiz
diferencial entre los periódicos en los artículos de opinión. Sin embargo, la
opinión está reservada para plumas muy prestigiosas, de hecho está muy
alejada del periodista o del informador que cubre la redacción.
Estas premisas, ciertamente cuestionables, se pueden trasladar al mundo de
los toros. En la prensa ordinaria ha desaparecido el romántico que se enfrenta
al poder establecido. Las líneas de los medios actuales están dirigidas desde
arriba. En la prensa taurina queda un resquicio de libertad, bien en la crónica
o el artículo de opinión.
El análisis de la realidad de nuestros días es negativo para la prensa
taurina. Aunque parece que puede haber aún algo de libertad, la realidad es
bien distinta. Los informadores y críticos, en su mayor parte, están atados
por intereses específicos.
Estos intereses son muchas veces inconfesables, si bien es verdad que la
compra pura y dura del crítico es menos evidente. No son tiempos de sobre,
entre otras cosas porque es un escándalo a la luz del día y la modernidad
impone otros métodos.
No existe verdadera libertad en la prensa de toros. Desde el momento en que
la mayor parte de los críticos entran en las plazas de toros con entradas que
facilita la empresa, se acaba la verdadera libertad. El grado de coacción que
cada uno sienta en semejantes situaciones puede ser variable, pero es cierto que
el inconsciente juega en el sentido de forzar a no ser muy duros con quien te
facilita la entrada en la plaza, no sea que en la próxima ocasión niegue tal
prebenda, algo grave porque los medios de comunicación se han acostumbrado a no
pagar los boletos a los críticos y ese capítulo no se contempla en el
presupuesto hace mucho tiempo.
Pero la libertad del crítico está atenazada por otros frentes. La amistad
con los protagonistas de la fiesta, el miedo a perder el favor de la noticia o
la entrevista, la propia parafernalia del taurinismo, que se muestra satisfecho
con quien es siempre comprensivo y detesta al que juzga los hechos con seriedad,
todas estas situaciones han conseguido que la mayoría de los críticos estemos,
en mayor o menor grado, constreñidos y carentes de absoluta libertad.
La fiesta de los toros anda bajo mínimos en muchos de sus apartados. La
mediocridad se impone, el toro está manipulado en su selección y sus pitones,
se cometen barbaridades con los que empiezan su camino de toreros y se le cobra
un dinero muy alto al público por un espectáculo cada vez menos emocionante.
Esta realidad de nuestros días tiene detrás una prensa poco agresiva, bastante
condescendiente y escasamente beligerante. Se crea un estado de opinión de que
todo va bien, porque así se esconde la realidad y la gente seguirá yendo
alegre y confiada a los cosos taurinos. Es una prensa poco o nada libre, con
algunas excepciones poco válidas, ya que quienes aún conservan la posibilidad
de expresar su verdad sin ataduras se limitan a la crónica de festejos,
mientras viven alejados del periodismo informativo diario o de la entrevista a
los protagonistas. La libertad en la crítica taurina está reservada a muy
pocos privilegiados.
Este es el panorama actual de la información, que bien podría ser distinto,
ya que es una materia que exige a verdaderos especialistas y queda ese capítulo
de la opinión manifestada en la crónica, un lugar para que la información
mantenga la frescura de poder informar sobre la realidad de lo acontecido en un
ruedo.
Si el futuro de la información es comprometido, el de la taurina es tanto o
más, todo ello condicionado por la falta de libertad y por el atractivo del señuelo
de un mundo maravilloso del que cuesta mucho trabajo abstraerse. Es muy bonito
entrar en un hotel de taurinos y que todos le echen al informador la mano por la
espalda, en lugar de comentar por lo bajo que ahí está ese hijo de su madre
que tan mal nos pone en sus crónicas.
Carlos Crivell. Martes,
20 de noviembre´2000. Aquel torero lleno de
ilusiones
La muerte de Pedrín Benjumea ha cogido de sorpresa al mundo de los toros,
que hace algún tiempo se había olvidado de este matador de toros peculiar, muy
conocido mientras estuvo en activo por su arrojo y personalidad.
Pedro Benjumea Durán nació el 29 de noviembre de 1945 en la localidad
sevillana de Herrera, aunque su traslado precoz a Palma del Río (Córdoba) le jçhizo
pasar como nativo de esta localidad, la misma en la que nació Manuel Benítez
El Cordobés.
Su vocación torero estuvo marcada por la profesión de su padre, que fue
mayoral en la ganadería de Enriqueta de la Cova. Cuando Pedrín Benjumea era un
joven ansioso de gloria, los comienzos de los sesenta, El Cordobés era ya un ídolo
para toda España. Muchas veces dijo Benjumea que El Cordobés fue su meta en
los comienzos. Debutó con picadores en San Sebastián de los Reyes (Madrid),
población en la que se afincaría y ha vivido el resto de su vida.
Su presentación como novillero en Madrid fue triunfal. El día 12 de
septiembre de 1965 actúa con los sevillanos Susoni y Astola y cortó tres
orejas. La temporada de 1966 ofrece la pauta de lo que fue este torero. Participó
en 53 novilladas y recibió una gran cantidad de cornadas, como señal inequívoca
de su arrojo y valor en los ruedos. Derramó su sangre en diversas plazas, como
El Puerto, Barcelona, Fuengirola, Gijón y Aranda del Duero. No es extraño que
fuera el protagonista, sin doblaje, de una película titulada
"Cicatrices".
Tomó la alternativa en Castellón el día 27 de febrero de 1967, de manos de
Julio Aparicio y con Palomo Linares de testigo. Al segundo de su lote le cortó
un rabo. Fue un año triunfal, ya que alcanzó el segundo lugar del escalafón
con 84 corridas, precisamente detrás de El Cordobés. El año 1968 fue
especialmente sangriento, recibiendo graves cornadas en diferentes plazas, entre
ellas la de San Sebastián de los Reyes, donde el 14 de junio lidió seis toros
como único espada y fue llevado a hombros hasta su domicilio.
Tantos percances hicieron mella en su trayectoria y en sus contratos. En 1970
apenas toreó 20 corridas, cifra que llegó a 26 en 1971. Esa temporada, el 22
de agosto un toro de Guardiola le dio una cornada en la cavidad abdominal.
Habiendo sido un torero valiente sin cuento, Pedrín Benjumea pasó a la
historia porque el 26 de abril de 1974 se tiró de espontáneo vestido de
paisano al ruedo de la Real Maestranza. Actuaba Palomo Linares frente a un toro
de Núñez. Quiso torear con su chaqueta y un paraguas, para demostrar que ese
toro no valía la pena. El escándalo fue mayúsculo. A Benjumea, que había
toreado el 16 del mismo mes una corrida imposible de Samuel Flores, le pusieron
una sanción de dos años de inhabilitación, la más dura impuesta hasta
entonces. Casi fue su final, porque no toreó hasta 1976 y lo hizo para seguir
en su línea y seguir recibiendo cornadas.
Desde el año 1981 a 1985 fue apoderado de toreros, aunque afirmó con
tristeza que "lo suyo era la boca de riego, no los callejones".
Quiso volver en algunas ocasiones, como en 1986, pero fueron incursiones sin
ninguna posibilidad. Su toreo tremendista, muy cercano al de su casi paisano
Manuel Benítez "El Cordobés", había pasado ya de moda. Nunca se
cortó la coleta e incluso actuó en la temporada de 1991 en una corrida. Sus
afirmaciones sobre la fiesta eran claras y tajantes. Decía que "las
cornadas no quitan valor, lo que quita la ilusión es que un torero no vea el
dinero".
Su última ilusión era su hijo Javier Benjumea, de 19 años, que quería ser
torero y al que empezaba a ayudar. No era un hombre popular, se le veía poco en
las plazas, de ahí que esta muerte inesperada y deseada haya cogido de sorpresa
a la fiesta.
Con su muerte se va un torero personal, valiente hasta arrollar la razón,
que tenía el cuerpo cosido a cornadas, aunque de forma lamentable ganó más
popularidad como el espontáneo de una tarde de Feria de Abril en Sevilla con su
chaqueta y un paraguas.
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