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Feria de la Salud
PLAZA DE TOROS DE LOS CALIFAS
CÓRDOBA

Tarde del 26 de mayo de 2001
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Joaquín Barral (inválidos para la lidia, sin casta ni fuerza, 4º devuelto).

Diestro:

Entrada: casi tres cuartos.

Crónicas de la prensa: El País, ABC.


El País. JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ.  Toros sin fuelle

Sin toro no hay emoción ni posibilidades de hacer nada. Así se puede resumir lo que ocurrió ayer tarde en el coso de Los Califas con el encierro de Joaquín Barral, que envió ejemplares sin fuerza, descastados, sin ganas de pelea y muy cómodos de cara. Sólo pases sueltos, sin ligar las series, todas faltas de emoción e interés. Así pasó la tarde calurosa y aburrida de la última corrida de toros de a pie de la Feria de Córdoba, que acaba hoy con una de rejones.

Con semejante material ruinoso, los espadas se emplearon más en plan enfermero con las muletas a media altura, pues bajarlas para que humillaran en la embestida provocaba, por lo general, que los toros se derrumbaran.

Ponce desistió pronto de la lidia en su primero, pues su enemigo no andaba. Con el sobrero que hizo cuarto, el torero sacó naturales y redondos, algunos de ellos templados. Se encontró a gusto en la cara del animal en esta faena larga. El público le pidió la oreja, pero el presidente no encontró ni pañuelos suficientes ni argumentos sólidos para concederle el trofeo, lo que originó una gran bronca.

Jesulín encontró el mismo material. El primero de su lote cabeceó excesivamente por su falta de fuerza, y lo intentó con la derecha y con la izquierda, de donde salieron tandas sin emoción ni transmisión. En el quinto, el diestro no le dio a su enemigo la distancia precisa y terminó por ahogarle la embestida. Su labor se prolongó con el clásico arrimón que le caracteriza y los pases que aplaude su parroquia.

Finito tuvo la misma mala suerte que sus compañeros. Su lote también tuvo pocas fuerzas y se empleó sin clase en la muleta. Con el tercero de lidia ordinaria, que a veces metía bien la cabeza, sacó una serie de derechazos muy celebrados en los tendidos. Con el que cerró plaza no pudo conseguir absolutamente nada.

Los tres espadas marcharon de la plaza como entraron en ella, sin ningún trofeo, y eso que jugaban con la baza a su favor de un público triunfalista, que ayer no pudo sacar pañuelos -salvo con el segundo de Ponce- para pedir trofeos porque el encierro no dio para más. Quizá con un poquito más de gas, los animales, dóciles y nobles, hubieran proporcionado otro espectáculo, pero es ya mucho pedir en estos tiempos en los que, por lo general, salen este tipo de corridas que no dicen absolutamente nada a la afición y a los simpatizantes que cada vez se acercan menos a la plaza. Los precios echan para atrás, de los encierros no se puede uno fiar.


ABC. Andrés Dorado. Muletazos de «Finito» para una tarde sin casta

«Cua Guerra» y en esas frases sentenciosas del Califa del toreo cordobés podría resumirse la historia de la cuarta y última corrida de a pie de la Feria.
Le faltó raza, o mejor dicho, casta, a la corrida de Joaquín Barral, una corrida bien hecha, baja, sin estridencias de ningún tipo, más bien lo contrario, en el tipo de embestir. Pero todo lo que tenía de bonita y bien hecha la corrida, le faltó de «chispa», de esa transmisión que, en definitiva, no es otra cosa que casta y la casta es un aditamento imprescindible en el toro de lidia.

Noble y con las fuerzas muy justas fue el primero del lote de Enrique Ponce que lo lanceó compuesto pero sin apreturas. El tercio de varas -es un decir- fue para cubrir el trámite y en banderillas se lució Antonio Tejero en dos pares perfectos de ejecución y colocación tras los que tuvo que saludar montera en mano. Ponce comenzó la faena ganando terreno y saliéndose con el toro a los medios, pero no había nada que hacer, pese a que le dio tiempo, distancia y todo lo que había que darle. Imposible. Lo mató de un gran volapié.

El cuarto fue devuelto por derrumbarse estrepitosamente en el primer encuentro con el piquero y sustituido por otro ejemplar de la misma ganadería, también flojito al que Ponce fue haciendo poco a poco, hasta meterlo en la muleta, pero sin agobios, despacio, aliviando al toro por arriba hasta fijarlo, para luego desgranar tres series con la derecha  de su característico estilo, con ritmo, templanza y estética. Sobre el otro pitón, solo una serie, pero más honda, más sentida. Dejó una estocada, después de un pinchazo, realizando muy bien la suerte y, a mi entender, se equivocó el Presidente al no conceder la oreja porque la petición fue mayoritaria.
«Jesulín de Ubrique» contó con el único pupilo de Barral encastado. Fue el segundo de la tarde, un toro al que el de Ubrique se empeñó, como en él es habitual en no sacar de las rayas para afuera y el toro, con genio, estuvo a punto de echárselo a los lomos y se le subió a las barbas después de engancharle en demasiadas ocasiones la muleta.

El quinto fue otro toro muy flojito, sin clase ninguna en la muleta porque nunca remató ni acabó de romper. Noblote, pero nada más y aquí Jesulin planteó el trasteo en los mismos terrenos donde él se siente a gusto, de forma inteligente, dándole tiempo al toro, en la distancia justa y enganchando los muletazos siempre desde adelante. Eso, y la templanza con la que «Jesulín» tiró del animal, fueron el secreto de una faena con más vistosidad, más redonda, pero que tampoco tuvo los vuelos apetecidos ni por el torero ni por el público. El toro, por falta de todo, no admitía ni siquiera el arrimón que intentó el de Ubrique y por eso el intento pasó desapercibido, el público le valoró mucho más el desarrollo inteligente del trasteo.

«Finito de Córdoba» cumplía su segundo compromiso de esta Feria y desde que se abrió de capote se vió que venía muy motivado. Los lances de recibo al tercero de la tarde fueron muy buenos, sobre todo los instrumentados por el lado derecho, con cadencia, manos bajas y muy templados, la primera ovación de la tarde con fuerza fue el premio. Luego, más de lo mismo, falta de fuerza y casta, sin ninguna transmisión y pese a que «Finito» empleó toda su técnica en las formas y en el fondo, la faena no pudo cobrar el necesario vuelo. Con todo, hubo muletazos de un gusto exquisito, pero sin continuidad, porque no podía haberla.

El sexto fue el peor de la tarde, además de no tener transmisión, ni clase, ni fuerzas, probaba, calamocheaba y se venía al paso. «Finito» abrió el trasteo metiéndose con el toro por bajo para irse hacia los medios y plantearle, con mucha decisión la faena, ofreciendo la muleta planchada en la distancia justa y en perfecta colocación.

Nada, las probaturas del toro y la falta de clase, impedían, pese a las ganas que derrochó Juan, el lucimiento.

Otro tanto de lo mismo ocurrió cuando el torero ofreció la muleta sobre la mano izquierda, erguida la planta, con suavidad y dándole al toro aire y pausa para ver si rompía . Nada de nada. Imposible. Le entró a matar con decisión, pero pinchó en un par de ocasiones.
Le despidieron con una fuerte ovación en recompensa al esfuerzo y en recuerdo a la magistral faena que el torero cordobés de El Arrecife había realizado en el cuarto toro de la tarde del jueves de feria y es que «Lo que no pué se, no pué se y además es imposible».

 

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