Tras la tempestad regresó la calma, que no satisface a quienes
exigimos responsabilidades del escándalo de anteayer. David Fandila
trajo paz y espectáculo con una corrida de El Pilar correcta sin más,
pero tampoco asesinada, y de buen fondo. De las tres orejas que cortó
El Fandi, dos las conquistó con las banderillas, que revolucionaron y
volvieron la plaza boca abajo.
El segundo tercio del manso y huidizo tercero, que no paró el tío
de galopar sin ton ni son, levantó a la gente de los tendidos. Cuatro
pares, cuatro, con mención especial al de la moviola, con los pitones
en el pecho, y al violín en dos ocasiones, una de ellas por los
adentros. El presidente, que para esto sí se ponen machitos aunque
carezcan de razón, llamó la atención al torero por el cuarto
encuentro, cuando el matador goza de libertad con los palos. Es más: ni
siquiera debería solicitar permiso. El toro se rajó, y ya la faena se
desarrolló bullanguera y deslavazada, con las embestidas esquivas, que
no querían muleta, sólo tablas. Media estocada y una oreja. Otros dos
trofeos se llevó del noble sexto. El quite por zapopinas encendió la
mecha, que continuó con otro derroche de facultades en banderillas, un
poco a cara pasada, y concluyó con una faena de buenas intenciones, en
la que quiso hacer las cosas bien y despacio. Aunque no siempre
salieran, ése es el camino. Otra media estocada puso el punto y final.
El lote de la tarde cayó en manos de Alberto Ramírez, incluido el
hasta la fecha mejor toro de la feria, el segundo, cuya única censura
residió en que fuese a morir a la puerta de toriles. Los viajes se abrían
con tranco, humillada la testuz, largo en su recorrido. Ramírez le cogió
la onda al principio pero se perdió conforme avanzaba la obra, antes de
que pinchase. Agarró sin embargo la estocada al castaño quinto, con el
que se asentó más, recuperándose de un susto terrible cuando lo
arrolló en una larga cambiada de rodillas. La oreja se la protestaron
con guasa paisana.
Finito llevó siempre a media altura al flojito y santo animal que
estrenó la tarde. En línea recta y hacia afuera, con la pierna de
vaciar la suerte escondida, y suave, en una faena construida básicamente
por naturales, que eran todo menos naturales. A la hora de matar, después
de un pinchazo, atacó los blandos. Ni se puso con el cuarto, que de
salida se cruzó dos veces en el capote de Curro Molina. Luego, en la
muleta, no pareció tener ningún defecto en la vista. La bronca
trastornó la tranquilidad.