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Festejo
PLAZA DE TOROS DE CASTELLÓN
FERIA DE LA MAGDALENA
Tarde del 23 de marzo de 2003
Crónicas de la prensa
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Jandilla,
correctos de presentación, nobles pero muy flojos.
Diestros:
- Jesulín
de Ubrique, media estocada y dos descabellos (ovación); entera,
trasera y caída (oreja).
- Javier Conde,
media atravesada, pinchazo, dos descabellos -aviso-, y otro más
(silencio); media atravesada y descabello (oreja).
-
Rivera Ordóñez, tres
pinchazos y descabello (palmas); dos pinchazos y entera (ovación).
Entrada: tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa:
ABC, El País.
El País. VICENTE SOBRINO.
Orejas fáciles para Jesulín y Conde
Una corrida de Jandilla tan noble como blanda, nada problemática. Y
tres toreros, Jesulín, Conde y Rivera, sin terminar de encontrar
argumentos para lucir con ella. A los seis toros les faltó, además,
emoción. Pero también muchas cosas más; por ejemplo, raza, aunque
siendo tan débiles tuvieron un punto de entrega en varas. Así fue el
cuarto, que se arrancó vibrante al caballo, aunque al relance, y hasta
derribó. Sin embargo, ese mismo toro se marchó suelto de la segunda
vara. Y dentro de tanta debilidad hubo toros, como primero, segundo,
cuarto y quinto, que duraron incluso más de lo previsto. Por contra,
tercero y sexto fueron sendos inválidos, sobre todo el que cerró
plaza. Un toro en estado bastante lamentable.
Las dos faenas de Jesulín tuvieron más pantalla y efectos
especiales que realidad. En el suave y romo de pitones que hizo primero
hubo ausencia total de emoción, en una faena a la que también le faltó
argumento. Con el cuarto, los muletazos de Jesulín quedaban reducidos a
su mitad y la faena acabó por desembocar en un aire popular que nunca
traspasó la vulgaridad.
Desconfiado y despegado estuvo Javier Conde con el segundo de la
tarde, el toro que llegó a la muleta en mejores condiciones físicas.
Sin embargo, el malagueño no terminó nunca de asegurar su confianza y
los muletazos siempre resultaron deslavazados. El quinto fue muy noble y
también flojo. En éste, Conde montó una labor muy escenificada y
afectada. La primera parte de esa faena tuvo excesiva ligereza, también
sin acabar de coger confianza. La segunda parte, y sobre todo el final,
fue exageradamente ceremoniosa. En este toro hubo más confianza en el
torero, pero la impresión dejada es que el de Jandilla había merecido
más. Esa faena, no obstante, tan coloreada, tuvo mucha llegada a la
gente, que le agradeció al torero malagueño con gran generosidad al
pedir con mucha fuerza las orejas de ese noble toro.
Los dos toros más flojos de corrida tan endeble fueron los del lote
de Rivera Ordóñez. La primera faena fue una continua interrupción por
tanta caída del astado. La segunda, ante un toro en verdadero estado
terminal, nunca cogió vuelo. En ambas, Rivera practicó un toreo llano
y ramplón.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. La personalidad de Conde
Dicen que Javier Conde es genial, y para definir su toreo hablan de
embrujo y duende. Uno, que no ha conocido nunca a un genio, ni siquiera
al de la lámpara, ha de suponer que lo que hace Conde ante el toro o lo
que haya, más bien lo que haya, responde a los cánones de genialidad.
Personalidad sin duda hay que tener para hacer de una faena una
representación flamenca o un ballet imaginario que encandile al público,
que deduce que aquello es el toreo tal y como lo parieron de Despeñaperros
para abajo. A torear, lo que se dice torear, se dio en una serie de
derechazos, cuando de verdad corrió y bajó la mano con hondura, y en
algunos pases de pecho. Pero la gente se divertía de lo lindo y aplaudía
a rabiar cuando el matador malagueño entraba o salía de la carita del
noble jandilla como levitando en una nube de inspiración, entre
carreritas de puntillas, giros barrocos y cosas indescriptibles, como
una coreografía diseñada por Joaquín Cortés y Nacho Duato mano a
mano. O sea que algo de embrujo debe de haber para que una plaza se
descoque de tal modo y pida las dos orejas. Una fue suficiente para
colmar el apetito.
Como corresponde a un artista de lo que llaman «pellizco», en el
anterior, que se astilló un pitón contra un burladero, no se había
confiado. Conde quedó desarmado de capote tres veces por culpa de
aquella afilada daga, que amenazó el cuerpo del banderillero Corruco de
Algeciras como una cuchilla a la salida de un par: el lance se saldó
con varios puntos de sutura en la enfermería. Después su jefe de filas
tampoco se sintió seguro. El toro tenía un molesto derrote a mitad de
los viajes y su punto de casta. Alguna vez, cuando lo obligó o medio se
puso, respondió el bruto. Entre tanto, el ánimo permaneció encogido
en inversa proporción a la longitud del brazo, que parecía de goma. A
la hora de matar, más de lo mismo.
Jesulín regresaba a una feria de relevancia después de su reaparición
en Olivenza. Todavía falta para que vuelva a su ser, aunque ante el
buen cuarto se arrebató para arrancarle una oreja después de
castigarlo de más en varas y abusar en exceso del pico de la muleta y
los toques hacia afuera. Un desplante de rodillas y de espaldas recordó
viejos tiempos. El espadazo en los blandos significó el trofeo.
Es pronto para sentenciar
Que no lo termina de ver claro se palpó en el toro que abrió
plaza, que por cierto levantó las mismas sospechas que la mayoría de
sus manejables hermanos sobre sus pitones. El diestro de Ubrique apenas
asentó las zapatillas con aquellas embestidas más bien cortas. Un par
de muletazos del prólogo, recta la figura y curvo el trazo, emanaron su
temple característico. Es pronto para sentenciar.
Rivera Ordóñez se perdió por la espada. No halló el sitio y pinchó
a sus dos toros. Rivera fue quien mejor jugó los brazos a la verónica.
Su dos toros blandearon lo suyo, en especial el sexto tras un
quebrantador volatín, pero tampoco el torero encontró la medida, la
altura y el temple para alcanzar el título de enfermero. Cuatro
valerosas largas cambiadas flotaron en el aire para despedir la tarde
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