De los cinco de Victorino que se lidiaron, sólo uno, el sexto, hizo
honor a la divisa, en la versión de alimaña. Sólo ese último de la
tarde, y de la feria se comportó en parte con lo anunciado. El resto fue
un fiasco, un rotundo fracaso.
El primero, noble y repetidor por el derecho, fue el más claro de la
corrida. Cuarto y quinto fueron la antítesis de la leyenda de Victorino.
Aquél, un inválido; éste, sin fuerzas y muy soso. Sólo el sexto cumplió
con su procedencia. Fue listo durante toda la lidia y acudió a la muleta
con el freno de mano puesto y echando tornillazos por los dos lados. Un
dato: la de Victorino, ni tener aparato en la cabeza, ha sido la corrida más
limpia y astifina de la feria. El sobrero de Vázquez, grandón, fue un
manso de bandera y se fue muy pronto en busca de los tableros.
El triunfador de la feria y de la tarde fue Antonio Ferrera. Con el
manso de Vázquez que saltó de sobrero desembocó la faena en una
incesante persecución del torero al toro. Con el sexto, Ferrera mostró
una firme condición dentro de una faena valiente y peleona. En este toro
se jugó el tipo en banderillas.
A Caballero le faltó reposo con el primero. La faena fue reiterativa y
larga, basada sobre la mano derecha. Con el inválido cuarto estuvo machacón.
Sólo cabía eso.
Padilla se trabajó a destajo a sus dos toros. En banderillas anduvo
muy seguro y reuniendo muy bien los palos, y con la muleta siempre muy
machacón. Le puso empeño tanto en el segundo como en el quinto. De aquél
sobresalió una serie con la izquierda; con su segundo montó una faena más
peleada y laboriosa.
Ferrera, con dos pares. Y Padilla. Y no sólo con dos pares de
banderillas, que es especialidad en la que ambos son virtuosos; con dos
pares de los otros, de esos con que el machismo popular, impúdico y sin
tapujos, define la gallardía y la virilidad.Olé por los toreros machos,
aquellos que antes, según Fernando Villalón, sólo eran de Ronda y hoy
pueden ser de cualquier parte: mismamente de Ibiza recriados en Badajoz o
de Jerez de la Frontera.O de Badajoz, simplemente, como Manuel Caballero,
que, aunque no estuviera a la altura de las circunstancias, también se
llevó una oreja.
Antonio Ferrera cortó dos orejas, con la rabia y el cuchillo entre los
dientes. Y Padilla pudo haberlas cortado igualmente, de no marrar con la
espada en su segundo. ¿Fue todo cuestión de agallas? No. Fue también
sentido de la lidia con toros que tenían mucho que lidiar; no fueron los
victorinos míticos, ya no hay mitos, pero sí victorinos con un punto de
incertidumbre.
Ferrera elevó la suerte de banderillas a categoría esencial por el
aguante, la usura de terrenos y la seguridad impresionante.Algunos pares
parecieron inverosímiles, cerrado en tablas al quiebro o ganándole la
cara al toro con más poder que él. Pretender que saliera andando del
vendaval que era el sexto, es pretensión de alucinados. Pero de alucine
fue la faena a caraperro el toro más complicado y más violento de la
tarde. Y el gesto supremo de cuadrarlo en el platillo y tumbarlo de media
estocada. A la verónica no dio un paso atrás y ganó terreno siempre con
un preciso juego de brazos y de cintura.
Pero sería injusto reducir a excesos banderilleros y a un lenguaje bélico
y machista los méritos de ayer de Ferrera y de Padilla.El jerezano, por
ejemplo, toreó al natural con tal despaciosidad que no digo yo vaya a
quitarle el trono a su paisano Rafael de Paula, pero que lo acreditan, y
no es la primera vez, como un torero con otra dimensión de la de simple
gladiador. Dan esos naturales algunos astros de la torería actual que
encabezan el escalafón, y estaríamos, a estas alturas, diciendo que se
han parado los relojes. Después, a Padilla le salió la otra vena, la
populista y jaranera, la del giro vertiginoso y eléctrico, y eso, claro,
es otra cosa. Toda la tarde el ibicenco formado en Badajoz y el jerezano
de la frontera estuvieron en su sitio, a veces exageradamente en su sitio,
y dando la cara al peligro con tal naturalidad guerrera que parecía que
estuvieran toreando juanpedros. Y no eran juanpedros, eran victorinos.
Pequeños y un poco devaluados aunque, al fin y al cabo victorinos con
resabios y mala leche. La corrida sin el borrón de ese impresentable
cuarto sin pitones, y los pocos que tenía como alcachofas, hubiera
resultado aceptable.
O sea que ayer, vino a suceder la rebelión de los modestos, aunque
Manuel Caballero no es, precisamente un modesto, y también cortó una
oreja. La rebelión de los modestos, justo en el día del santoral que en
Castellón se define por el nombre de San Victorino Martín, ganadero,
labrador y prestidigitador.
Estos modestos, necesitados de triunfos, incendiarios con goma dos en
la muleta y, a veces con suavidad de seda como ayer Padilla, son los que
han levantado una Feria de La Magdalena de baja temperatura.
A mí, me gustan los toreros artistas, lo confieso. Pero me sobresaltan
y conmueven los toreros apasionados y barriobajeros. Uno, a la postre, es
hijo del pueblo y frecuentador de la calle. Por eso saludo este fin de
Feria de La Magdalena con júbilo y una moderada esperanza en el porvenir
de la Fiesta. Por eso saludo la explosión de vitalidad que tuvo ayer
Ferrera toreando a la verónica, banderilleando y jugándose el tipo, sin
trampa ni cartón en todos los momentos.Y saludo, por supuesto, la
exquisita izquierda, perdonen ustedes la osadía, de ese torero con pinta
de bandolero romántico que se llama Juan José Padilla.