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Festejo
PLAZA DE TOROS DE CASTELLÓN
FERIA DE LA MAGDALENA
Tarde del viernes, 8 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de El Torero, flojos.
Diestros:
Entrada: algo menos de media entrada.
Crónicas de la prensa:
ABC, El
Mundo
El
Mundo.
JAVIER VILLÁN. Ponce se salvó del sopor
Aburrimiento a raudales sufrimos quienes acudimos ayer a la corrida de
Castellón. Aunque lo acontecido ayer con toros y toreros es en realidad
lo menos parecido a una corrida de toros.
Ultimamente a Enrique Ponce le está pasando lo que siempre le ha
pasado a las grandes figuras. Hay un sector de público en las plazas,
principalmente en su Valencia, que ahora, al cabo de 11 años de
alternativa y con una regularidad impresionante, le está negando el pan y
la sal de su grandiosa tauromaquia.Por supuesto que a uno le gusta ver a
Ponce con ese toro encastado y bravo que es donde aflora toda su dimensión
torera, y no con ese morlaco primero de su lote de ayer, que, aun estando
entonado, allí no podía haber emoción. Pero sí me gustó esa manera de
dar distancia al toro y adelantar la muleta. Eso es citar como mandan los
cánones y cómo logró, a base de técnica, meter en la canasta a su
segundo manso.
También las ganas que le puso toda la tarde ante la sosa y mansa
corrida es de agradecer. Lo que antaño llamaban los aficionados «tener
vergüenza torera», no como el madrileño Joselito que no tuvo ni
actitud, ni aptitud; o un vulgar Juan Bautista que pronto se apagó e hizo
lo mejor para no aburrir: terminar pronto.
Joselito pasó por la Feria de La Magdalena con más pena que
gloria.Con su primero dio muestras de esa solemnidad innecesaria que
acostumbra, dando muletazos sueltos, siempre fuera de cacho.Al cuarto de
la tarde le recetó lances de recibo de puro trámite.Luego, con la
franela, dio toda una lección de lo que es dar un montón de pases sin
decir nada, ganándose los pitos del tendido.
Enrique Ponce escuchó las primeras palmas de la tarde a la voluntad
que le puso con la capa ante el primero de su lote. Brindó al público,
se llevó el toro a los medios, le dio distancia y echó la muleta alante.
Con esta concepción tan clásica y tan verdadera del toreo, toreó sobre
ambas manos, pero allí faltaba la emoción del toro. Mató a su
antagonista de una entera y un golpe de descabello, tras un aviso para
salir a saludar al tercio.
Con el quinto de la tarde, el que más manseó, y también el único
con problemas, al pegar derrotes y tener una embestida descompuesta, Ponce
construyó la faena aguantando las tarascadas. Le fue metiendo en la
muleta para, al final, ofrecernos cuatro muletazos citando de frente de
bella factura. Aquí demostró el torero su inmensa tauromaquia, aunque
algunos quieran ponerse una venda en los ojos. Mató al animal de una
entera levemente caída, tras escuchar un aviso. Mayoritaria petición de
oreja, que el presidente se obceca en no conceder. Ponce tuvo que dar una
lentísima vuelta al ruedo y el presidente recibió la pertinente bronca.
Juan Bautista estuvo variado con la capa en su dos toros, pero le faltó
aplomo y gusto. Todos los muletazos que dio, o lo que fuera aquello,
fueron para echar hacia las afueras el toro con descaro. Así no se puede
torear, señor Bautista. Dos pinchazos y una entera a su primero y otra
entera al segundo silenciaron la labor del francés.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. Ponce, el inventor de
toros
Los zombis cutres de «La noche de los muertos
vivientes» al menos sacaban mala leche; los toros de El Torero ni eso.
Deambulaban con mirada mortecina y fofa y obedecían como lerdos,
inservibles para casi nada. En aquella película de serie B los muertos
se comían a los vivos; aquí los vivos se lo llevan muerto, y todos tan
contentos.
La corrida de Salvador Domecq aburrió al palo de la bandera, y
contagió de supina tristeza a Joselito y Juan Bautista, mecánicos,
aburridos, densos. Una vez más Enrique Ponce se adaptó a las
circunstancias y navegó con esa facilidad innata para inventarse dos
faenas, que tampoco fueron como para tirar cohetes, pues no había que
rascar nada más, pero aunque sólo sea por contraste le izaban como
vencedor moral e indiscutible. Porque ayer el comportamiento de los cornúpetas
se homogeneizó a la baja con regularidad pasmosa. O sea que las
diferencias entre los toreros las marcaron ellos mismos: el balón era
idéntico para todos.
Figura relajada
Ponce recibió al segundo a la verónica, y se acopló mejor
por el pitón izquierdo. Midió mucho el castigo en un minipuyazo, y aun
así el toro alcanzó el tercio último casi sin resuello. No le obligó
nunca con la muleta sobre la mano derecha; le dio sitio, pausas, aire,
mimos. En una segunda serie le bajó algo más la mano y relajó la
figura. Al natural no había recorrido, por lo que tras una intentona
regresó a la diestra, reduciendo las distancias con los muslos por
delante y tratando de aprovechar los medios viajes. Calentó los
tendidos de sol con el arrimón y el digno afán de agradar. El efecto
retardado de la estocada, levemente pasada, le acarreó el aviso y enfrió
los ánimos.
El quinto, bobalicón y muy distraído, embestía con la cara alta.
Nadie daba un duro o su equivalente en euros por él. Pero Ponce se
emperró en sacarle partido, y a base de sobarlo lo exprimió hasta la
extenuación. Hasta con la izquierda, de uno en uno, con la muleta
plegada, consiguió recuperar y atraer la atención del personal. Por
eso el valenciano es quien es en el toreo, porque se ha adecuado al toro
actual como nadie, y el toro actual, en general, no quiere ni guerras ni
poderosos sometimientos, sino alguien que le haga la vida agradable. Los
ganaderos le adeudan un homenaje...
La estocada tan caída como eficaz provocó la pañolada, mayoritaria
a los ojos de cualquiera menos del atolondrado presidente, que se pasó
el Reglamento por la entrepierna no se sabe con qué argumentos. El
cabreo del público -«¡la primera es nuestra!», gritaba un irritado
aficionado que se identificaba como de Burriana- subió de grados
durante una clamorosa vuelta al ruedo y fue lo más emocionante de la
tarde. Imaginen el resto.
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