GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE
CASTELLÓN
FERIA DE LA MAGDALENA
Tarde del jueves, 7 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Las Ramblas, buenos y un sobrero de Fuente Ymbro

Diestros: 

Entrada: algo menos de media entrada.

Crónicas de la prensa: ABC, El País, El Mundo


El Mundo. JAVIER VILLÁN.  Aroma de Alfonso Romero

No se llenó la plaza y, además, la gente salió con el paso cambiado y las expectativas puestas del revés. A veces ocurre: la gente propone y el azar, o el buen toreo, dispone.La gente vino a ver la reaparición de Ojeda o la aparición, el santo advenimiento, de El Juli; y la gente se encontró con el aroma de romero de un torero llamado Alfonso: olor y sabor de Alfonso Romero. Un toreo limpio y clásico, un poco barroco sin afectación; es decir, con la hondura precisa para dar calor al clasicismo frío. Fue la revelación de una tarde, por lo menos anodina y vulgar.

Paco Ojeda ha venido y nadie sabe cómo ha sido; o sea, como la machadiana primavera que ni viene ni acaba de llegar. Paco Ojeda empezó caliente y acabó gélido, metido en tablas y casi desfondado de espíritu.

Malos presagios sonaron cerca del Guadalquivir, desde la onda expansiva de La Plana, cuando Ojeda, acaso en el mejor momento de su reaparición, cosió dos tandas de derecha que, pese a su hilván impecable, o acaso por eso, resultaron retorcidos y amanerados.

Acortó terrenos Paco Ojeda y quiso embraguetarse, pero la muleta le quedaba retrasada y optó por la tierra de nadie: la pala del pitón. Ojeda se fue disolviendo como un azucarillo, pese a su roqueña estampa; se fue diluyendo antes de la disolución total en el cuarto, un manso huidizo al que Ojeda no logró fijar; con pases de tirón se lo llevaba a los medios y, a cada muletazo, el fugitivo tomaba las de Villadiego camino de las tablas. Allí lo perseguía Ojeda, allí naufragaron sus esperanzas, allí, en ese inhóspito lugar, se estrellaron sus ilusiones y las de sus seguidores.

Desilusionado de Ojeda, el gentío se entregó a El Juli, se agarró a él como a un clavo ardiendo. El Juli, al salir el quinto, era la piedra de contraste; primero para calibrar cuáles puedan ser los misterios del, en tiempos, aclamado como genio y maestro Paco Ojeda; y segundo, contraste consigo mismo en estos fríos inicios de temporada.

El Juli... El Juli no estuvo bien; no estuvo mal; no estuvo, si quiera, todo lo contrario, que es una forma de decir que bueno, que sí, que otra vez será... A Julián López le faltaron convencimiento y autoridad, le faltó seguridad en sí mismo, que suelen ser sus armas irrefutables. Le faltó, incluso, esa torera y autosuficiente agresividad que le ha dado tantos triunfos y que llamamos raza.El calentón final, entre los cuernos del raquítico quinto, se lo pegó a medio gas, como si anduviera ligeramente abúlico y cumpliendo un trámite.

Si a El Juli le quitan esas virtudes raciales enumeradas anteriormente, ¿qué le queda? Una aplastante normalidad del montón; una inquietante vulgaridad de todo a cien. El Juli no es un torero exquisito y jamás ha necesitado exquisiteces para poner las plazas boca abajo; esa ausencia de clase la ha regado con sangre de valiente.Eso, probablemente, acabe pasando factura y temporada tras temporada no puede salvarse a base de cojones, quirófano y cornada.

En estas circunstancias, vino Alfonso Romero y, sin apenas darse importancia, levantó una tarde plomiza. A mí, después de un pinchazo, una estocada no demasiado ortodoxa y dos descabellos, una oreja me parece premio excesivo. Pero no voy a cogérmela con papel de fumar, pues Alfonso Romero dibujó el redondo, esculpió el natural y bordó el pase de pecho; sin despeinarse, aprovechando sin gestos superfluos la clara embestida del sexto.

Esto redimió a Romero, que había andado tan mal como sus compañeros en su primero y reconcilió a buena parte de la plaza con el arte de torear. Esto, y el buen criterio de un presidente que, sin temblarle el pulso, negó una impertinente primera oreja a El Juli y devolvió, con toda razón, dos toros a los corrales: el señor Gracia.


El País. VICENTE SOBRINO.  Calidad en cuentagotas

Con la corrida cuesta abajo, saltó en quinto lugar un feo sobrero de Fuente Ymbro y, como sexto, un toro de armoniosas hechuras de Las Ramblas que maquillaron una tarde metida de lleno en la desesperanza. Esos dos toros no fueron de bandera, pero en comparación con el resto casi lo parecen, porque la corrida de Las Ramblas tuvo una escandalosa falta de raza. Y de fuerza. Hubo dos, primero y segundo, que a poco de iniciar el último tercio amagaron con irse a tablas, para luego marcharse definitivamente a ese terreno. Sin embargo, el que abrió plaza tuvo un buen pitón derecho, y el segundo, sin pizca de emoción, tuvo recorrido. Tercero y cuarto dejaron el crédito ganadero hundido. Aquél tuvo tan poca fuerza como el titular devuelto. El cuarto fue un ejemplo de mansedumbre, que se fue a las tablas sin miramiento alguno, para escarnio de su criador.

Estamos entonces que quinto y sexto salvaron el honor de la tarde y, en parte, del ganadero. El sobrero de Fuente Ymbro, feote y desproporcionado de hechuras, no tuvo entidad. Tampoco clase, pero siguió con mucha bondad la muleta de El Juli. El que cerró plaza también tuvo bondad infinita y hasta su mérito. Porque ese toro de Las Ramblas flojeó mucho de salida, incluso después de picado, pero se recuperó y resultó el más completo en la muleta. Hasta tuvo un cierto nivel de clase.

Con ese sexto, Alfonso Romero dio los mejores muletazos de la tarde con ambas manos, que tuvieron calidad, aunque todo resultara como un goteo. Nada pudo hacer con el tercero, sólo echarle coraje al inválido que tenía delante, lo que no deja de ser una paradoja.

El Juli no fue El Juli de siempre. Espeso de ideas e incluso de movimientos, no se encontró a gusto con el segundo, con el que no llegó a la gente. Con el quinto estuvo deseoso y montó una faena larga que sólo tuvo conexión con el tendido en el tramo final, cuando se puso muy cerca.

Paco Ojeda aprovechó las primeras embestidas del que abrió plaza, aunque algo acelerado y despegado. Toro y torero se vinieron a menos muy pronto. Con el gran manso que hizo cuarto, no pudo retenerlo fuera del tercio y acabó encerrado en tablas y sin saber qué hacer.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Alfonso Romero, gracias, torero

¡Ay, si el toreo no se hace carne a última hora! ¡Ay, qué tarde! ¡Qué dolor! ¡Ay, si Alfonso Romero no aparece en el tiempo de descuento! No había por dónde atacar la crónica. O casi. Porque una docena de muletazos de empaque de Ojeda evocaron a aquel revolucionario de los ochenta, pero no escriben una crítica completa. ¿Y El Juli? Pues El Juli, quien por cierto no llenó la plaza, trabajó a destajo en jornada de nula inspiración y de tan escasa calidad como la ordinaria corrida de Las Ramblas, un conjunto de toros feos, chicos algunos como la cabra de los gitanos, flojos y desbravados.

Carencias físicas

Alfonso Romero debió de rememorar sus tiempos de novillero cuando presentó el capote al abecerrado tercero, inútil de todas todas. Forzaron sus continuas caídas el pañuelo verde de un presidente que aguantó remolón hasta el segundo tercio. Para mal de males, el sobrero se asemejaba a un perro sarnoso y enfermo. Encima se defendía por sus carencias físicas con un estilo peor que el de esos barcelonistas y envidiosos que han hecho de la derrota del Madrid bandera y gozo. Romero muleteó sobreponiéndose a las circunstancias, hasta acabar trazando notables derechazos avanzada la faena. Sacó partido de donde no había más que podredumbre y cabeceos.

Pero sería ante el sexto cuando haría arte de un temple portentoso. Y si digo mentira, que testifique Ernesto González, que se rompía las manos en pie. Y a Ernesto, «pescaero» de joyas de mar en el rincón del Sur, no le falla el paladar. A base de templanza superó las carencias del animal, que tras el bálsamo se creció. Si ya fluyeron en la primera serie aires de torero caro, en la segunda tanda diestra, desgranada a cámara lenta, murieron todos los sinsabores anteriores. Hilvanó el remate de un ayudado con un obligado de pecho que vació por la hombrera contraria todos los oles de los tendidos.

Al natural siguió la obra con igual altura, sobre la raya del tercio. Genuflexo rubricó la faena con parsimonia, y pese a fallar con la espada cortó una oreja. Había salvado la tarde. Ahora hace falta que le den continuidad para que profundice en su concepto y defina y regule el trazo de los muletazos, que a veces difieren entre sí uno de otro. Si repite esto en Madrid y Sevilla... Vayan las gracias por delante, torero.

El tranco inicial del castaño toro que inauguró plaza permitió a Paco Ojeda cuajar dos series de derechazos extraordinarios, ensalzados más aún con la ligazón radical de los broches: un pase de pecho sin rectificar y un cambio de mano inacabable, cuasi eterno, tocaron la fibra del gentío, que respondío a una. Lástima que el ejemplar de Las Ramblas se rajara y que luego a espadas la cosa no se diera bien. Si no, la oreja era segura. El cuarto perdió toda la bravura en el caballo y ya sólo buscó las tablas. A quien esto firma le agradó comprobar la reacción de la plaza ante la quietud del toreo de Ojeda, que, según parece, sigue vigente. El problema será repetirlo con la misma rotundidad y frecuencia de veinte años atrás.

Tarde espesa de El Juli

Juli se perdió en una tarde espesa. Muchos pases se sucedieron ante el sosote segundo, bizco y gacho de cuerna. Sólo la estocada le redime.La petición no fue estimada por el palco, así que el matador se tomó como agravio la afrenta y se empeñó en conquistar la oreja con el quinto bis, sobrero de Fuente Ymbro. Otra vez protagonizó un grisáceo tercio de banderillas y se sumió en la abundancia de una faena trabajada y aburrida. A cada muletazo perdía pasos El Juli para evitar la molesta repetición tobillera del enemigo, otro pelma. De nuevo la estocada salvó medianamente una imagen plúmbea.

 

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