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Festejo
PLAZA DE TOROS DE CASTELLÓN
FERIA DE LA MAGDALENA
Tarde del miércoles, 6 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Los Espartales, bien presentados.
Diestros:
Entrada: algo menos de media entrada.
Crónicas de la prensa:
ABC, El País,
El
Mundo
El
Mundo.
JAVIER VILLÁN. Sergio Galán,
otra vez
Dos y dos, según la matemática tradicional, son impepinablemente
cuatro. Pero dos orejas, por mucho que la estadística lo afirme, no son
siempre igual a dos orejas. Verbigracia, las dos que cortó Sergio Galán
no tienen el mismo peso específico que las dos cortadas por Diego
Ventura. ¿Qué criterios seguimos para evitar, por un lado los agravios
comparativos y por otro la discriminación subjetiva que induce a tan
distinta valoración?
Porque, sin duda, dos y dos son cuatro; pero los dos apéndices que
conquistó Sergio Galán son de oro. El resto, casquería pura: con todos
los respetos a un entusiasta y circense caballista como es Diego Ventura,
que tiene su público.
Andy Cartagena también se llevó un trofeo. Cortar una oreja está muy
bien; el personal señala al palco como si fuese una rendición de éste y
una conquista popular. Y no digamos si se consiguen las dos; entonces es
ya la revolución. Era un hermoso cuadro la figura de Andy Cartagena con
una oreja sanguinolenta en la mano y un clavel reventón en la otra: el
fulgor y la sangre.
Lo malo, en cambio, de cortar dos orejas es que, cuando el torero da la
vuelta al ruedo, tiene ambas manos ocupadas y no puede coger los claveles
que las mujeres hermosas le tiran. Pero cuando se es torero cabal todo
tiene arreglo. El sentido de la estética, la armonía de lo feo y de lo
hermoso, la casquería con las flores, es un don de los toreros buenos.
Sergio Galán, cada día más sobrio y más veraz, recogió las flores
e hizo un extraño ramillete de oreja, claveles blancos y rosas rojas que,
en buena medida, simbolizaba la ruda contradicción de la Fiesta: sangre,
flores, violencia, poesía.
Diego Ventura hizo un ramillete parecido pero a mí no me pareció lo
mismo. González Porras, Alvaro Montes y Rafi Durand no pudieron hacer
composiciones de despojo y floristería, pues no cortaron oreja.
Recordaban los volubles espectadores los quiebros primorosos de Galán, el
capote y muleta de la grupa de sus caballos, su temple, sus galopes
pausados... Y eso era la auténtica composición floral de su torería.
La peña de las revoleras castellonenses, muy finas ellas, muy toreras
y muy aguerridas, tendrían que aficionarse a los caballos.Pero no. El día
de rejones, las revoleras dan una paella a los periodistas y se van de
romería. Y a los caballos, que los zurzan.Cada año las revoleras dan un
premio, una hermosa pieza de la escultora Maite Saura, a la mejor revolera
de La Magdalena. Por este premio los toreros se desviven y se juegan la
vida; alguno, aunque no haya dado un mal lance en toda la tarde, se lía a
capotazos en la modalidad de revolera y aquello se convierte en pura
caligrafía enloquecida y barroca.
Yo creo que no es tanto el premio como la posibilidad de compartir con
tan singular peña juerga y festín. Son 25 mujeres, numerus clausus;
pero, como los caballos no dan revoleras, que los zurzan.Y como los toros
de rejones tampoco se prestan a la gloria, pues que los zurzan también.
Ayer los espartales tuvieron son y ritmo.
Los toreros que vienen a la Feria de La Magdalena suspiran por una
revolera y los caballos sollozan en las cuadras porque nunca los cabalgará
ni se fijará en ellos una chica revolera ni los arrojará claveles y
rosas. El lance así llamado tiene mucho predicamento aquí en Castellón;
acaso más que en ninguna otra plaza. Aquí el lance no es un simple
adorno, sino suerte fundamental.
La revolera es una sonrisa horizontal; el céfiro lírico y agreste de
un capote enamorado; es una caligrafía afiligranada con la que los
toreros se pintan a sí mismos como meninas de Velázquez, pero en macho,
con el miriñaque levantado.
Saben, además, los toreros, que en los tendidos 25 pares de ojos los
escudriñan amorosamente. Y todos esos 25 pares, como en la célebre
comedia de Miguel Mihura, son ojos de mujer fatal. Lástima que los
caballos nunca puedan verlos; lástima que toreros ecuestres como Sergio
Galán no puedan dar una revolera.
Propongo a esta peña exclusivamente de féminas un premio para el
caballo más arrogante; un caballo de ojos verdes como Villalón soñaba
sus toros.
El País. VICENTE SOBRINO.
Torería de Sergio Galán
Las corridas de rejoneo cuentan con una clientela especial, aunque en
la mayoría de los casos poco entendida en toros y en caballos. En Castellón
sí habría que matizar que hay afición al caballo y al toro. Todo ello
se percibe en sus reacciones, menos populacheras que en otros pagos, que
incluso llegan a reprobar acciones que se apartan del buen toreo a
caballo.
Ayer fueron conscientes de que entre la algarabía popular y el
excesivo énfasis gesticulante de González Porras, y las buenas formas,
elegantes y académicas de Álvaro Montes, hay un mundo. Que entre la
espectacularidad, sobre todo, de Andy Cartagena y la torería de Sergio
Galán, también hay diferencias. Es decir, que no se dejaron llevar por
lo más llamativo, sino por lo más auténtico.
Álvaro Montes y Sergio Galán pusieron tierra por medio con sus compañeros
de cartel. Montes dio un curso de buenas maneras, desde la campera forma
de recibir al toro garrocha en mano hasta la lentitud de sus pares de
banderillas, incluida la corta que puso al violín. No estuvo afortunado
con el rejón de muerte y perdió los trofeos. Galán tampoco buscó
efectos especiales para llegar al tendido. Le bastaron su clásica
concepción del rejoneo y una innata torería encima del caballo. No
obstante, montando a Montoliú encendió la plaza con
espectaculares quiebros en banderillas.
El resto fue otra cosa. Cartagena no fue el vibrante rejoneador de
otras veces, aunque sí arriesgó en banderillas y puso la plaza en pie.
Ventura estuvo animoso y mezcló espectaculares momentos con otros de
mayor serenidad. González Porras no rompió el hielo de la fría tarde y
le sobró su constante comunicación con el tendido. Por último, Rafi
Durand dejó una cierta sensación de inexperiencia y se vio desbordado en
algunos momentos.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. Feria de Castellón:
Sergio Galán se reivindica como un caballero a carta cabal
CASTELLÓN. El destino me preparó una fecha
trampa, un absurdo, una puñalada trapera: tras veinticinco años de
socio del Madrid, el glorioso día del Centenario me encontré en la
obligación de no sólo vivir la jornada en Castellón, lejos de la
catedral del fútbol de la Castellana, sino además con la cita
ineludible de una corrida de rejones a las cinco de la tarde. Menos mal
que el almuerzo con Antoñete palió en parte mi desdicha, porque Chenel,
al margen de amigo, habla de toros como no muchos toreros retirados han
alcanzado a hacer. Así que el mano a mano con Antonio prologó una
tarde ecuestre que casi me produjo agujetas, como si hubiera cabalgado
durante dos largas horas y media.
Mediado el festejo, el teléfono nos proporcionó una noticia: Vía
Digital aceptaba que José Tomás y Juli sólo se televisen una tarde
cada uno en la Feria de Abril. Ahora que les expliquen a los abonados de
la plataforma la situación. Y después de la llamada la atardecida cobró
un poco de sentido: Sergio Galán se reivindicaba de nuevo como un
caballero a carta cabal, ortodoxo, templado y clásico, capaz de
inventarse un quiebro imposible como el que enalteció los tendidos, ¡casi
llenos! Galán cuajó una labor serena, sin estridencias ni aristas, sin
galopadas eléctricas, y clavó siempre arriba, reunido, hasta cuando el
toro se apagó. Promete mucho, y sé que mi amigo José María Fernández-Rañada,
gran aficionado al arte de Marialva, se alegrará de corazón. Dos
orejas justísimas premiaron su estupenda labor y compensarán a la
larga, espero, su ausencia en la Feria de Fallas.
De distinto peso fueron las que cortó Diego Ventura con una faena
valiente ante un auténtico pavo que echaba la cara constantemente
arriba. Arriesgó y ganó, aunque sin duda le siguen sobrando todos esos
gestos histriónicos de cara a la galería.
Álvaro Montes se movió entre registros clásicos y otros más
heterodoxos, desde el saludo campero, garrocha en mano, a la práctica
de la suerte del violín, que adquirió mayor mérito cuando la
interpretó con los palos cortos. Sufrió un percance que a punto estuvo
de costarle un serio disgusto, y debió intentar sacar al enemigo de su
acusada querencia en toriles. Si se define por los tonos de la
ortodoxia, le auguramos un futuro más claro. Falló a la hora de matar
y paseó el anillo.
Andy Cartagena se ha templado y ha ganado en madurez por momentos,
aunque no prescinde de los violines y otros detalles intrínsecos a su
escuela. Cortó una oreja.
A González Porras le tocó bailar con la más fea de una buena
corrida y además descordó a su enemigo, mientras que al francés Rafi
Durand aún le queda un largo camino por andar.
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