GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE
CASTELLÓN
Tarde del 23 de marzo de 2001
Crónicas de la prensa

Imágenes del festejo

Festejo de rejones

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Salvador Domecq, faltos de fuerza en general.

Diestros: 

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: ABC, El País, El Mundo


El País. M.MÁRQUEZ LUCENA. Ganado descastado y flojo

Un personaje del mundo del taurineo de alias Diamante Negro iba camino de la plaza. Lleva unas gafas sin cristales pero tiene una vista de lince y distingue a 20 leguas un apoderado de un simple aficionado. Es animador de las plazas de España y donde va el circo del taurineo allí está él en el tendido aplaudiendo y jaleando. Se adivina quién del entorno de alguno de los toreros de la terna le ha metido unos billetes en el bolsillo porque en la plaza lo hace con más fuerza y mete más bulla. Por el camino alguien pregunta al Diamante: '¿Maestro, cuál es el torero bueno de esta tarde?'. 'Toos los toreros son güenos, ¡toos!'. Pero se equivocó el Diamante. No contaba con que el ganado de El Torero iba a salir descastado y flojito de remos, tanto que perfectamente pudiera haber habido algún cordero o mulo travieso que se metió en el cercado de las vacas que los parieron.

Ante semejantes oponentes Joselito estuvo animoso en su primero y lucido en un quite por gallosinas. Aquello apuntaba a faena de arte pero no llegó. Con el que hacía cuarto hizo cosas inauditas en él. Se echó de rodillas en una larga cambiada. Asimismo, de hinojos inició faena de muleta y estuvo como de querer agradar y casi como si estuviera dispuesto. Pero aquello terminó siendo un tostón como para haber pagado al público que seguía en silencio a la espera de que algo pasara.

No mejoró con Ponce a pesar de su pulcritud habitual, su despegue habitual y su habitual sobar al animal hasta la exasperación llevándolo y trayéndolo de la nada hasta la nada. Eso mismo hizo con su segundo. Pero aquel pulcro ir y venir sólo gustó a una parte de los espectadores de sol que lo jaleaba mientras los de sombra no debían ver nada, pues nada decían. Mató mal y eso le valió una sola oreja. Se temió que aquel palizón con aviso incluido, cómo no, le abriera la puerta grande.

Aparicio estuvo un ratito dispuesto, fue con el primero. Agotado el crédito no se sabe si los pocos muletazos claros que sacó eran templados por sí o por pura desidia. La monotonía siguió en el que cerraba plaza con la gente pendiente de los relojes, la que no escapando, mientras el artista porfiaba desconfiado contra la nada.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Joselito y Ponce empatan

Imagino que debe ser duro para un periodista deportivo resolver la crónica de uno de esos partidos de finales de temporada, cuando los dos equipos que juegan ya no se juegan nada, valga la redundancia, pero no les interesa perder. Se entabla entonces un tuya mía ficticio, en el centro del campo, de cara a la galería, no vayan a decir. Si uno marca por exceso de celo, el otro hace un esfuerzo por empatar. En tales términos podría contarse la corrida de ayer. Joselito se emperró en cortar una oreja y Ponce aglutinó méritos para igualar el marcador. Todo bajo el discurso de la cantidad; todo muy «light» y a la vez muy pesado. El calor ambiental no ayudaba, ni los oles programados al final de cada serie, ni los descafeinados toros de El Torero.

Apurando mucho, las cuatro o cinco cosas de Julio Aparicio con el capote, un lance aquí, un par de despaciosas medias verónicas allá, atrajeron más a las hadas que las extensas faenas de los dos anteriores.

Joselito se puso en plan ceremonioso con el toro que abrió plaza. Había arrancado las palmas con un sincronizado quite por crinolinas, más alegre que la obra muleteril, al unipase en su práctica totalidad. Uno, y a colocarse; otro, y a recolocarse. Y así hasta la muerte.

Una larga cambiada de rodillas recibió al cuarto. Y luego vino el toreo al por mayor. Salvo un par de naturales, el resto careció de tersura y calidad. Ni siquiera el principio arrodillado transmitió intensidad real. Sonó un aviso, que no impidió, como tampoco lo hicieron el pinchazo o el descabello, la conquista del trofeo.

Enrique Ponce no consiguió asentar las zapatillas durante su primera labor. El animal gazapeaba y Ponce le perdía pasos entre muletazo y muletazo, buscando la colocación o darle sitio, que se dice técnicamente.

El «gol» de Joselito le espoleó a marcar el suyo. El quinto imponía mayor seriedad que sus hermanos, y el valenciano toreó en redondo con más prestancia e hilván. Tras dos series, no le salieron los circulares que quería dedicar a los tendidos. Volvió a los redondos, pasó por la izquierda y regresó a la derecha. Mató por arriba, descabelló e igualó la «contienda» tanto en el aviso como en la oreja. Mató por arriba, con arrestos, pero tuvo que descabellar.

Aparicio dejó constancia con el tercero de lo que pudo haber sido y no fue. Ni el grato pitón izquierdo del sexto le ayudó a levantar su actuación.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Volvió la cara mala, y oficial de la feria

Quisiera yo saber quién fue el malvado responsable de los enrazados toros de anteayer (Palha); quién les metió ese sabotaje a las figuras de ayer. Porque cualquiera que haya visto las dos corridas, convendrá conmigo en que representan dos clases de Fiesta; si la de ayer, los toros fofos de El Torero, fue la buena, entonces la de anteayer fue la mala. O viceversa. Toros como los de ayer son el pan nuestro de cada día, los ejemplos de virtudes recomendados por la doctrina oficial. Es una jugada sacarlos al día siguiente de los palhas, cuando torean los maestros, pues las comparaciones siempre son odiosas. Sobre todo, para una de las partes comparadas. Eso es como dejar a los maestros con el culo al aire. Y, como los maestros no pueden irse al hotel con el culo al aire, pues se fueron con orejas.

El presidente de la corrida fue más rápido para conceder trofeos que para dar avisos; las reses de El Torero tenían más kilos que trapío, salvo el sexto, que no tenía ni una cosa ni otra; y más sosería bobalicona que casta. Y pocos pitones, yo me entiendo: dos cuernos como todos, pero pocos pitones. Fuerzas, menos aún.

La capacidad de abstracción que tiene Joselito es notable. Yo, la verdad, prefiero el Joselito cabreado con el mundo que el Joselito apacible y ensimismado. Para ese ensimismamiento, Miguel Arroyo no necesita nada. Ni siquiera necesita toro. No había toro ayer en Castellón: había carne al peso. Surgieron dos o tres voces protestonas y eso quizá sorprendiera a Joselito. Mas siguió en su ensimismamiento y soliloquio; eso está bien. Quien habla a solas, escribió el poeta, espera hablar a Dios un día. Quizá Joselito espere un día un mano a mano, un diálogo con Dios. De momento, y si quiere que su retorno no sea una frustración personal y colectiva, el único diálogo que procede es el diálogo con el toro.

Con una encomiable tenacidad laboral acabó Ponce centrándose en una tanda de redondos en su primero. Blando, aunque pegajoso, el de El Torero le había descolocado antes. Lo pinchó. Y pinchó al nobilísimo quinto, si puede decirse eso acerca de la necesidad del descabello; la estocada, un cañonazo, y la muleta, despedida a las estrellas. De haber doblado el toro, dos orejas, seguro. Ponce estuvo pulcro, limpísimo, facilón y superficial en tandas de redondos y de naturales. Mas allí no había emoción, ni siquiera emoción estética, pues la estética es nada si carece de contenido. Y el contenido es el toro.

También Joselito se trabajó sus naturales y sus redondos en el cuarto, incluso con largas, derechazos y molinetes de rodillas. El toro no estaba para diálogos, sino para el silencio definitivo de la muerte. Y valió igual algún muletazo limpio y largo que el activismo proletario de una figura echada de rodillas. También el señor presidente estaba ensimismado y dio el aviso cuando el madrileño entró a matar con algunos minutos de retraso; más rápido fue el señor presidente para sacar pañuelo de oreja. ¡Joder con estos ensimismamientos de los presidentes y su olvido de los relojes!: se abstraen o se precipitan a conveniencia; a conveniencia del matador, quiero decir: ayer, a conveniencia de Joselito y de Ponce.

Innegable la plasticidad de las verónicas de Aparicio, aunque innegable también la precaución instintiva de echar la pata atrás. Fueron las verónicas de saludo y una media los momentos más calientes. Sin embargo, Aparicio andaba también con el soliloquio a cuestas. Reconforta verlo más centrado que cuando se fue y deben reconfortarle las fidelidades que tiene. Pocos toreros generan tantos éxtasis y tantos tormentos como Aparicio. Anímese usted, hombre. Usted sabe que sólo necesita tres verónicas y tres muletazos para dejar memoria de su arte. Esos tres muletazos los dio ayer en el sexto y, por poco, algunos/as se desmayan.

 

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