Imagino que debe ser duro para un periodista deportivo resolver la crónica
de uno de esos partidos de finales de temporada, cuando los dos equipos
que juegan ya no se juegan nada, valga la redundancia, pero no les
interesa perder. Se entabla entonces un tuya mía ficticio, en el centro
del campo, de cara a la galería, no vayan a decir. Si uno marca por
exceso de celo, el otro hace un esfuerzo por empatar. En tales términos
podría contarse la corrida de ayer. Joselito se emperró en cortar una
oreja y Ponce aglutinó méritos para igualar el marcador. Todo bajo el
discurso de la cantidad; todo muy «light» y a la vez muy pesado. El
calor ambiental no ayudaba, ni los oles programados al final de cada
serie, ni los descafeinados toros de El Torero.
Apurando mucho, las cuatro o cinco cosas de Julio Aparicio con el
capote, un lance aquí, un par de despaciosas medias verónicas allá,
atrajeron más a las hadas que las extensas faenas de los dos
anteriores.
Joselito se puso en plan ceremonioso con el toro que abrió plaza.
Había arrancado las palmas con un sincronizado quite por crinolinas, más
alegre que la obra muleteril, al unipase en su práctica totalidad. Uno,
y a colocarse; otro, y a recolocarse. Y así hasta la muerte.
Una larga cambiada de rodillas recibió al cuarto. Y luego vino el
toreo al por mayor. Salvo un par de naturales, el resto careció de
tersura y calidad. Ni siquiera el principio arrodillado transmitió
intensidad real. Sonó un aviso, que no impidió, como tampoco lo
hicieron el pinchazo o el descabello, la conquista del trofeo.
Enrique Ponce no consiguió asentar las zapatillas durante su primera
labor. El animal gazapeaba y Ponce le perdía pasos entre muletazo y
muletazo, buscando la colocación o darle sitio, que se dice técnicamente.
El «gol» de Joselito le espoleó a marcar el suyo. El quinto imponía
mayor seriedad que sus hermanos, y el valenciano toreó en redondo con más
prestancia e hilván. Tras dos series, no le salieron los circulares que
quería dedicar a los tendidos. Volvió a los redondos, pasó por la
izquierda y regresó a la derecha. Mató por arriba, descabelló e igualó
la «contienda» tanto en el aviso como en la oreja. Mató por arriba,
con arrestos, pero tuvo que descabellar.
Aparicio dejó constancia con el tercero de lo que pudo haber sido y
no fue. Ni el grato pitón izquierdo del sexto le ayudó a levantar su
actuación.
El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Volvió la cara mala, y oficial de la
feria
Quisiera yo saber quién fue el malvado responsable de los enrazados
toros de anteayer (Palha); quién les metió ese sabotaje a las figuras
de ayer. Porque cualquiera que haya visto las dos corridas, convendrá
conmigo en que representan dos clases de Fiesta; si la de ayer, los
toros fofos de El Torero, fue la buena, entonces la de anteayer fue la
mala. O viceversa. Toros como los de ayer son el pan nuestro de cada día,
los ejemplos de virtudes recomendados por la doctrina oficial. Es una
jugada sacarlos al día siguiente de los palhas, cuando torean los
maestros, pues las comparaciones siempre son odiosas. Sobre todo, para
una de las partes comparadas. Eso es como dejar a los maestros con el
culo al aire. Y, como los maestros no pueden irse al hotel con el culo
al aire, pues se fueron con orejas.
El presidente de la corrida fue más rápido para conceder trofeos
que para dar avisos; las reses de El Torero tenían más kilos que trapío,
salvo el sexto, que no tenía ni una cosa ni otra; y más sosería
bobalicona que casta. Y pocos pitones, yo me entiendo: dos cuernos como
todos, pero pocos pitones. Fuerzas, menos aún.
La capacidad de abstracción que tiene Joselito es notable. Yo, la
verdad, prefiero el Joselito cabreado con el mundo que el Joselito
apacible y ensimismado. Para ese ensimismamiento, Miguel Arroyo no
necesita nada. Ni siquiera necesita toro. No había toro ayer en Castellón:
había carne al peso. Surgieron dos o tres voces protestonas y eso quizá
sorprendiera a Joselito. Mas siguió en su ensimismamiento y soliloquio;
eso está bien. Quien habla a solas, escribió el poeta, espera hablar a
Dios un día. Quizá Joselito espere un día un mano a mano, un diálogo
con Dios. De momento, y si quiere que su retorno no sea una frustración
personal y colectiva, el único diálogo que procede es el diálogo con
el toro.
Con una encomiable tenacidad laboral acabó Ponce centrándose en una
tanda de redondos en su primero. Blando, aunque pegajoso, el de El
Torero le había descolocado antes. Lo pinchó. Y pinchó al nobilísimo
quinto, si puede decirse eso acerca de la necesidad del descabello; la
estocada, un cañonazo, y la muleta, despedida a las estrellas. De haber
doblado el toro, dos orejas, seguro. Ponce estuvo pulcro, limpísimo,
facilón y superficial en tandas de redondos y de naturales. Mas allí
no había emoción, ni siquiera emoción estética, pues la estética es
nada si carece de contenido. Y el contenido es el toro.
También Joselito se trabajó sus naturales y sus redondos en el
cuarto, incluso con largas, derechazos y molinetes de rodillas. El toro
no estaba para diálogos, sino para el silencio definitivo de la muerte.
Y valió igual algún muletazo limpio y largo que el activismo
proletario de una figura echada de rodillas. También el señor
presidente estaba ensimismado y dio el aviso cuando el madrileño entró
a matar con algunos minutos de retraso; más rápido fue el señor
presidente para sacar pañuelo de oreja. ¡Joder con estos
ensimismamientos de los presidentes y su olvido de los relojes!: se
abstraen o se precipitan a conveniencia; a conveniencia del matador,
quiero decir: ayer, a conveniencia de Joselito y de Ponce.
Innegable la plasticidad de las verónicas de Aparicio, aunque
innegable también la precaución instintiva de echar la pata atrás.
Fueron las verónicas de saludo y una media los momentos más calientes.
Sin embargo, Aparicio andaba también con el soliloquio a cuestas.
Reconforta verlo más centrado que cuando se fue y deben reconfortarle
las fidelidades que tiene. Pocos toreros generan tantos éxtasis y
tantos tormentos como Aparicio. Anímese usted, hombre. Usted sabe que sólo
necesita tres verónicas y tres muletazos para dejar memoria de su arte.
Esos tres muletazos los dio ayer en el sexto y, por poco, algunos/as se
desmayan.