GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE CASTELLON
FERIA DE LA MAGDALENA

Tarde del martes, 28 de marzo del 2000

Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería:cinco novillos de Yerbabuena, desiguales de presentación, blandos y mansos descastados. Un remiendo de María Luisa Domínguez, corrido en cuarto lugar, encastado, con trapío y poder.

Diestros: 

Entrada: menos de media entrada.

Tiempo:

Crónicas de la prensa: El MundoLa Razon.


El Mundo. JAVIER VILLAN, Fábula de los novillos perplejos

CASTELLON.- Se cayó muchas veces el primero y, a la última, no quería levantarse. Y allí hubiera entregado su alma, si el personal no se hubiera empeñado en levantarlo. Mejor le hubiera sido morir en paz, pues la muerte que le dio Ramón Bustamante fue una muerte de perros. Sobreinválido, el novillo estaba abecerrado. Pero no hay que fiarse de los inválidos, pues el segundo, un poco más alto de agujas y un poco menos feble, se cogió un cabreo mayúsculo con las putadas que le hicieron en varas y no dio sosiego a la tropa de plata, que huía despavorida. Tras la refriega y las carreras, el novillo se quedó ensimismado y traspuesto. De cada muletazo salía con la mirada perdida; como esas almas franciscanas y levitantes que viven sin vivir en ellas por las esferas celestiales.

¿Qué buscaba ese novillo de Yerbabuena en los tendidos? ¿El inmortal arte de sus criadores, Ortega Cano y Rocío Jurado? ¿El brío cantaor y racial de la Jurado o la muleta aromática y añeja de Ortega? ¿La jondura de la canción española o la cintura de mimbre de uno de los mejores toreros de los últimos tiempos? Bendito novillo, perdido en los horizontes de su perplejidad y de su asombro; benditos novillos de Yerbabuena, ensimismados y ausentes, desconcertados, interrogándose a cada paso sobre el sentido inútil de su vida. Hamletianos novillos del ser o no ser taurómaco. Crisis de identidad padecían estos animalejos de Ortega Cano y Rocío Jurado. «¿Quién soy yo?», se preguntaban tan pronto aparecían en el ruedo; «¿qué hago aquí, por qué me maltrata de esa manera el feroz monstruo de casto!reño en su caballo?». El primer síntoma de esa crisis de personalidad es identificar como enemigo a su aliado natural en el campo, a su amigo de tantas tardes melancólicas y agrarias: el caballo.

Lo malo de esas crisis y esa quiebra de la propia personalidad es que se contagia. Y el picador ya no sabe si es picador o matarife o lancero bengalí. Y los novilleros no dan pie con bola, talmente como algunas figuras en tiempos de aflicción e incluso en tardes de gloria. El resultado de esas crisis de los novillos, que lo trastocan todo, es que Ramón Bustamante no es el gitano artista desgarrado como Caracol, ni largo e intenso como Mairena que, a veces, parece querer ser; y disculpen el lorquiano símil musical y flamenco; el resultado es que Sebastián Castella, el francés, no es ese fenómeno que viene arrasando, ni Dios que lo fundó. Crisis de identidad también en estos dos muchachos, de los que casi todo el mundo se hace lenguas. El que más se pareció a sí mismo, o sea, un debutante, fue Torrijos. Peleó todo lo que el asombro bucólico de los novillos de Yerbabuena le permitió y lo que su verde inexperiencia le dejó.

Puro asombro, pura perplejidad ensimismada toda la corrida, salvo ese cuarto guardiola que, en más de una ocasión, le puso los pelos de punta al frágil estilista Ramón Bustamante. Justo en este cuarto encastado y temperamental empezó a llover. Y el agua que, a veces, frustra grandes esperanzas y expectativas, fue una liberación. Tarde oscura como el color del cielo, que amenazaba tormenta y diluvio.

El tercero manifestaba parecidas perplejidades que el segundo y el primero. Pero el cuarto, el de guardiola, era ya otro cantar: más hecho, más cuajado, más bravo y más poderoso. Apretó en el caballo y apretó, lo que es peor, a Ramón Bustamante, gitano de sonidos luminosos y oscuros, aunque sin llegar al misterio de esos «sonidos negros» que buscaba, en todo arte, García Lorca.

Ramón Bustamante dejó en las verónicas de saludo y en algunos redondos muy cadenciosos su compás, su fulgor y sus enigm!áticas aflicciones; para mí, sigue siendo un habitante del misterio y la incógnita sin despejar; y Sebastián Castella, también.

Mucho más éste que Bustamante, pues precedido viene de mayor fama. Dos pases cambiados, el péndulo citando desde los medios, ya saben ustedes, un cambio de manos sin rectificar, un pase de pecho. Deslumbrante comienzo de faena. Pero el deslumbramiento quedó ahí, y ahí sepultadas las grandes esperanzas; con un novillo que fue de lo más potable de la reunión.


La Razon. BARQUERITO.-Latigazos gitanos del novillero Ramón Bustamante


La novillada de «pedrajas» y «jandillas» de Yerbabuena no pudo con el contraste de la densa corrida de los Cuadri lidiada la víspera. Las referencias -no las comparaciones- resultaron aplastantes. Y aunque la segunda mitad de la novillada, con el refuerzo generoso de un cuarto torito de Guardiola que remató corrida, sí tuvo entidad suficiente, el frío arranque dejó una especie de insuperable sedimento. Pero los dos últimos toros se jugaron bajo la lluvia y a la gente le costó meterse en harina.

Sin embargo, el gitano Ramón Bustamante, un ya veterano novillero de la tierra que debutó con picadores en esta misma plaza hace ocho años, sacudió a todos con los lances de saludo al vareadito y estrecho novillo que rompió plaza. No todos los lances tuvieron el mismo calado ni la misma calidad, pero el aire del conjunto y la calma embrujada de tres verónicas por el pitón izquierdo resultaron conmovedores.
Después de haber perdido varias veces las manos, el novillo se derrumbó en el remate de un quite bastante menos afortunado del propio Bustamante en los medios. La faena, sin enemigo, tuvo un rumboso comienzo con dos ayudados por alto muy acompasados y un compuestísimo pase de la firma. Todo fue un suspiro: el propio novillo y la presencia del novillero, que tuvo la inteligencia de abreviar antes de matar como fuera.

Ese calambre del inexplicable duende de los toreros gitanos volvió a sentirse cuando Bustamante se estiró con el capote en el saludo extraordinariamente acompasado al buen novillo cuarto, de Alfonso Guardiola, que salió frío y olisqueando, pero que metió la cara en seguida, peleó en el caballo y sacó en la muleta muy buen son. Bustamante dibujó en algunos muletazos estampas preciosas: los muletazos de apertura rodilla en tierra, algunos redondos templadísimos, de muy caro dibujo. Pero todas esas cosas tan bellas sólo salpicaron una faena donde el novillo, muy noble, acabó empleándose sólo a su aire.

El primero de los novillos de Castella, zancudo, alto de agujas, lustroso, gacho y brocho, muy bonito, salió con muchos pies y al torero francés le costó encontrarle con el capote el tiempo. Un novillo peleón pero protestón en el caballo y cuyas arrancadas de vértigo en banderillas resultaron una falsa promesa. Castella le pudo enseguida al toro, pero también la promesa de una faena de peso se vino al traste en seguida. El novillo, con Castella plantado en el mismo platillo, salió extraordinariamente distraído de las suertes, mirando al tendido, dando la espalda al torero. Porfía imposible pese al buen empeño de Castella, que metió la espada con gran habilidad.

El quinto, con mucha cara. se vino de largo con buen tranco y Castella se lo dejó llegar lo inverosímil lo mismo al gallear para ponerlo en el caballo que en una temeraria apertura de faena con un pase cambiado por la espalda ligado con dos más sin rectificar. El resto de la faena no estuvo a esa altura de emociones. Castella no le cogió el aire al novillo, aunque probó varias distancias. Hubo enganchones en los muletazos con la diestra y toreo de abajo arriba en los naturales. Era novillo para torero más hecho. Con la cosa desinfladilla, Castella optó por los circulares cambiados, mandones pero sin eco. Un buen saber estar, sí, pero no fue el Castella rampante de los encuentros de San Sebastián.

El debutante Juan Alberto, primer torero salido de la Escuela Taurina de Castellón que toreaba la feria de la Magdalena, acusó la bisoñez de torero nuevo en sus dos turnos. Por falta de oficio, dejó que el manejable tercero se le fuera a la querencia de tablas y por idéntica razón no pudo superar la falta de fuerzas de un regordío sexto que tuvo nobleza pero sólo nobleza. Los afanes del nuevo torero fueron intentos de toreo clásico, bien pensado. Las virtudes y carencias de un torero recién salido de la escuela y hecho sólo en ella.