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Festejo
PLAZA DE TOROS DE CASTELLÓN
FERIA DE LA MAGDALENA
Tarde del sabado, 01 de abril del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Atanasio
Fernández, anovillados, chicos, sospechosos de afeitado e impresentables; inválidos y aborregados; 5º, sobrero, en sustitución de otro inválido, terciado, manso, manejable. .
Diestros:
Entrada: Llena.
Crónicas de la prensa: El Mundo, El País,
La Razon
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Vaya cabras
Soltaron unos especímenes putrescentes y la gente comentaba que parecían cabras. La verdad es que se daban un aire. Es de esperar que las cabras no se enojen por la comparación. O, por mejor decir, hablando con propiedad: que no se cabreen.
Porque si malo es que a uno le comparen con un toro -no por nada, sino por los cuernos- peor es que lo hagan con los especímenes aquellos de feble pie, triste figura y mansa condición. Las cabras, que por el contrario lucen esbeltas y rumian sin meterse con nadie, tienen su corazoncito y no sería justo cabrearlas.
Una vez los especímenes putrescentes por sobre el despejado arenal que rodeaba un graderío abarrotado, se hacían presentes los toreros y fingían que se ponían a torear.
No los tres. De los anunciados, hubo uno, nombrado Manzanares, que por lo menos fue sincero, y ni toreó ni lo intentó. Un derechazo aquí para salir corriendo, otro allá, tiento naturales, me hago el ofendido, tomo la toledana y la empuño mortífera: en eso consistió la actuación del torero nombrado Manzanares.
Claro que los especímenes sucedáneos de toro no necesitaban tan cruentas formas para morirse: se morían solos. Bien al poner pezuña en el arenal, bien al trotarlo; al verse ante la aterradora acorazada de picar o al sentir en sus lomos la punzada del hierro que blandía el siniestro individuo del castoreño, iban los sucedáneos de toros mal comparados con las cabras y se desplomaban exhalando lastimeros suspiros. Los hubo que se desplomaron en los momentos referidos y aún después con motivo de las escaramuzas banderilleras y de las épicas faenas de muleta.
Uceda Leal ejecutó una de esas épicas faenas de muleta. No habría inconveniente en calificarla de mítica. Porque la épica-mítica faena de Uceda Leal consistió en moler a derechazos y naturales al pobre borrego tullido que le soltaron en primer lugar.
Destemplanzas
Los exquisitos custodios del Arca (que cela los Mandamientos de la Tauromaquia eterna) denunciarían numerosas transgresiones al dogma, plantearían incontables reparos, como la utilización del pico (grave afrenta), las excesivas destemplanzas al reunir, las innecesarias carreras al rematar. Pero qué podrían significar semejantes minucias para un gentío en fiestas.
Y cobrada la estocada final (con astrosa pérdida de muleta) pidió la oreja para Uceda Leal, y abroncó a la presidencia por no concederla.
Al terminal tetrapléjico sucedáneo que hizo sexto, Uceda Leal no le pudo dar tantos pases pues a poco que le moviera la pañosa se derrumbaba. Es natural. Y, además, el atestado graderío aquel unos minutos antes había visto torear. Torear de verdad -conviene precisar-. Torear hondo y puro. Sonará a milagro y, si se trató de ello, quede constancia de que ocurrió en la plaza de toros de Castellón, por obra y gracia de Enrique Ponce.
Enrique Ponce había pegado innumerables pases al impresentable toro tercero tildado de cabra. Pases al estilo del actor, fuera cacho, con el pico, corriendo de un lado a otro. Sus seguidores sostienen que ese es toreo de marca, pero o no saben de qué va la vaina o mienten como bellacos.
Una cosa es bullir por el arenal gestando monsergas -que doy un pase, que voy y vengo, que ahí te quedas, que hermafrodita el último-, y otra muy distinta parar, templar y mandar.
El quinto de la tarde, el más chico y putrescente de la granja atanasia, lo devolvieron al corral y lo sustituyó un terciado ejemplar, fuertecito, manso de libro, que llegó a la muleta manejable. Manejable no ha de significar forzosamente embestidor.
Mas se encontró con un Ponce en vena, engrandecida su alma de torero, que lo fijó en el platillo y le enjaretó tres tandas de naturales hondos con las de parar, templar y mandar, ligándolos de verdad. Remató con el de pecho, y el público, entusiasmado, ya estaba en pie, el toro dominado, la faena hecha.
Sin embargo -qué barbaridad, a quien se le ocurrre- emprendió otra, venga los derechazos, que voy y vengo, que hermafrodita el último. Y el toro, remiso, ya no tomaba ni los naturales ni nada. Y, pasado de faena, tampoco quería cuadrar. De donde cambió Ponce la apoteosis por pinchazos varios, un aviso, ovación y gracias. Lo cual le pasó por su mala cabeza; por confundir el arte con el destajo, el toro con la cabra.
El Mundo. JAVIER
VILLAN. Fábula de los toros impresentables
CASTELLON.- La verdad que esa fábula, si existe, yo no la sé. Ni tampoco la historia. Sólo las milongas que desde dehesas y cerrados van poblando corrales y chiqueros. Milongas de la mala fama, coplas de plaza y de taberna que hablan de fechorías y animaladas perpetradas contra toros inocentes. A lo mejor, todo es más sencillo: es la degeneración de la especie. Ni fábulas ni historias ni coplas ni milongas. Una verdad cruel: los animalillos de ayer de Atanasio eran de todo punto impresentables. Todos. Y algunos de ellos, como el primero, impresentables por partida doble. O triple. Simulacros de toros como los de ayer son un atentado ecológico. Y una broma de mal gusto. En corridas como la de ayer yo prefiero ver los toros y los toreros que pinta Humberto Parra o las picassianas estampas de Susana Zaragoza. Que es una pintora joven y más que prometedora; lleva a sus cuadros los minotauros de Picasso y a sus toreros y toreras el cubismo matriz de Las señoritas de Avignon. Humberto Parra, en cambio, es más clásico, más costumbrista y, acaso, más refinado. Te metes en los salones del Mindoro, descorchas una botella -o dos- de vino y pasas la tarde tan ricamente. Y ante los bellos cuadros de Parra y de Susana meditas en los avatares de la Fiesta: su mitología, su gracia, su grandeza. No será eso con corridas miserables como la de ayer. Para eso, mucho mejor el arte de la pintura. Más idealista y menos acre. Cuando se tiene el impudor de echar a una plaza un toro como el primero de Atanasio, todo lo que ocurra con ese toro es una desvergüenza. Y con los demás, salvo el manso sobrero, también. Me niego!, por lo tanto, a perder el tiempo en dilucidar si Manzanares cogió la muleta así o la cogió asá; si manejó el capote de esta manera o de la otra; o siquiera si los manejó. Ese fantasma de toro no tenía fuerzas ni pitones; se los habían arrancado groseramente a hachazos. En esa grosería y en esa chapuza era en lo único en que se diferenciaba de los demás. ¿Quién consumó ese miserable desperfecto? Lo menos que puede pedirse a los afeitadores es un poco de estética y de disimulo. ¿Dónde estaban los veterinarios cuando se reconoció ese toro? ¿Dónde, cuándo se reconocieron todos los demás sin trapío e inválidos? ¿Dónde el señor presidente de la corrida? ¿Sabe el señor presidente que sus funciones empiezan mucho antes de la representación social de sentarse en el palco y que son más importantes? De poder tipificarse ese toro primero como de fraude y de estafa al espectador, ¿qué acciones y resoluciones serían pertinentes? La cabeza del segundo tenía un poco más de decoro, pero las fuerzas eran similares. O sea, inexistentes. Enrique Ponce anduvo con el animalejo en plan tentadero: sobrado y suficiente. Cuando el atanasio se mantenía en pie, milagro que ocurrió algunas veces, lo toreó por delante, por detrás, de frente y al biés. Qué derroche de facultades con aquel novillo tullido; qué clamores en los tendidos. Sólo acertó al tercer pinchazo y allí fue el llanto y el crujir de dientes. Había perdido las orejas del atanasio por culpa de la tizona, al igual que en el quinto. Pero ésta era otra historia no demasiado gloriosa, aunque otra historia. El tercero era, sencillamente, patético. ¿No les dará vergüenza? A los toreros claro, no a los toros, que bastante tienen con arrastrar su ruinosa anatomía. La fina muleta de Uceda Leal marcaba los viajes a media altura o el pase de pecho hacia los cielos, y el desecho de atanasio, pataplás, se iba al suelo. Así, casi 10 minutos. Hasta que Uceda lo culminó de una estocada. También mató muy bien al sexto. Se suspendió la tienta en el quinto porque marró el picador! y fue descabalgado, y picó desde el suelo. El presidente devolvió aquella ruina y el sobrero salió con más fuerzas, un trapío más decoroso y con toneladas de mansedumbre. Y Enrique Ponce dio la cara, se puso en el sitio, enceló al manso y tiró de él cuajando series rotundas y macizas sobre la derecha. Aguante y poder. Pero volvió a pinchar. Le habrían hecho falta alguna de las dos estocadas de Uceda Leal.
La Razon. BARQUERITO. Sin premio por los
aceros, la faena más tensa y difícil de la feria
Ponce dio la talla y la medida de sus recursos, de su valor y de su inteligencia
con un sobrero de Atanasio que no hubiera podido verse en otras manos. Un toroque sin Ponce no hubiera podido ser. El único que vio al toro fue el propioPonce. No le enturbiaron las ideas ni el cuajo del toro -el de más respeto ytrapío de todos- ni sus frenadas de salida, ni una huida repentina a chiqueros
cruzádose con el capote de brega de Mariano de la Viña ni sus tres encuentrosescandalosamente escupidos del caballo de pica. Cuando concluyó con sólo dos
pares el tercio de banderillas, el único al que no se le había nublado la
vista era Ponce.
Su apuesta por el toro fue incondicional e inmediata. Tras un par de muletazospor delante Ponce ya estaba plantado en los medios. Impertérrito, firmísimo
-ésta iba a ser una de las faenas suyas de mayor firmeza-, Ponce aguantó las
primeras embestidas violentas del toro, las vació con una limpieza inexplicable
y se templó como por ensalmo. No todas esas primeras arrancadas feroces del
toro fueron francas. Más de una vez, pese a la violencia, el toro probó eintentó resistirse.
A Ponce no le tembló el pulso y con la muleta puesta por delante llegó atraerse a su antojo el toro en dos tandas de naturales sencillamente soberbias.Por la ligazón, por no llegar a rozar el toro ni los flecos de la muleta yporque Ponce, en pleno éxtasis, llegó en las dos tandas al sexto muletazo sinhacer un solo gesto, con la figura tan compuesta como si estuviera toreando desalón. Esto, todo, fue dificilísimo. Y lo pareció, pese a la entereza de
Ponce. Por la mano derecha, el toro fue menos violento pero se acostó más, yla tanda de redondos con que Ponce parecía dispuesto a concluir faena fue toreoen ovillo, enganchando ahora al toro sobre la inercia del propio viaje. Losremates de pecho de todas esas tandas fueron espectaculares. Se recibieron conovaciones de alivio. La gente rugió desde un comienzo. Pero Ponce cometió de
pronto el inexplicable error de prorrogar la faena, que estaba hecha, acabada y
rematada. Con la boca cerrada el toro, pero ya rendido: el morro al suelo y
amago de venirse atrás o abajo. La prórroga trajo consigo un cambio deterrenos innecesario, protestas del toro ya sin gas. Por pasarse de faena, Poncetardó en encontrar la igualada y, luego de haberla encontrado, pinchó hasta
cinco veces. El toro, a la defensiva, no le dejó pasar. Sonó un aviso y estuvoa punto de sonar el segundo cuando Ponce acertó con el primer golpe de
verduguillo. Faena sin más premio, en fin, que el del reconocimiento general.
Ese toro sobrero, que no debió haberse soltado porque el quinto fue devueltoantirreglamentariamente tan solo por mansear, fue un oasis turbulento en una
corrida que no estuvo para nada a la altura de las expectativas. Manzanares
trasteó con brevedad y elegancia a un primero tardo, parado y corto que se ibaal suelo si se le bajaba la mano y se defendía derrotando en caso contrario.
Pobre de trapío, fue toro sin importancia.
Ponce anduvo brillante y fácil, pero perdiéndole demasiadas veces pasos, a un
segundo noblón y distraidote que no le creó el menor problema. Los momentos de
más brillo fueron los de los remates de tanda. A ese toro, apurado hasta la
última gota, tampoco lo mató Ponce bien.
Uceda Leal derrochó paciencia con un tercero de muy justa presencia que tuvo
las fuerzas igual de justas y que perdió las manos demasiadas veces. La
paciencia del torero madrileño tuvo premio. El remate de una faena demasiadolarga, con dos circulares llamativos, uno por alto de rodillas y un obligado de
pecho fue excelente. La estocada, según costumbre de Uceda, perfecta. Pero no
hubo petición mayoritaria de oreja.
Manzanares anduvo con el cuarto como en un tentadero, pero en tentadero de
desecho. Un toro que se quedó a mitad de viaje como topando y con el que eltorero de Alicante se limitó a hacer ejercicios de pulso. Uceda Leal no
consiguió sujetar en los medios a un sexto de querencia acusadísima a tablas,y aunque le pegó muletazos buenos -algo fríos también- no pudo redondear. La
estocada fue de nuevo un prodigio de facilidad.
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