Todo estaba preparado para que en Jerez se viviera una jornada plena de arte. Seguro
que los toreros se habían encomendado a sus dioses para que no les faltara la
inspiración. El público estaba predispuesto.
El duende, sin embargo, apenas se hizo presente en la corrida. Algún lance de capa de
Curro Romero, unos muletazos sueltos del mismo espada, el toreo con el capote de Paula a
su primer toro y momentos de enorme plasticidad de Manzanares al tercero fueron lo único
que se queda grabado de una corrida tan esperada.
Pasaron cosas extrañas. Así, Curro ordenó que al primero de la tarde lo castigaran
en exceso en el tercio de varas. No se sabe qué vería el diestro a un toro tan terciado
y bonito de hechuras. El animal entró cuatro veces al caballo y, aun así, tuvo fuelle
para repetir algunas embestidas en la muleta del camero. Romero dibujó algún pase suelto
de ensueño, la música acompañó su quehacer, pero había poco toro y el trasteo no
alcanzó altos vuelos. Alguna trincherilla y un pase de la firma se quedan en el recuerdo
como lo más bello de la tarde.
Con el cuarto, Curro se escapó de una tremenda colada que le hizo el toro al comienzo
de la faena.
Rafael de Paula no está para salir a un ruedo vestido de luces. Es verdad que algún
lance nos hizo volver al pasado, pero fue todo muy fugaz. Después llegó el momento
dramático del desarme, de un torero roto en sus rodillas, a merced de un toro que en más
de una ocasión le perdonó la vida. Y la impotencia más sublime llegó a la hora de la
suerte suprema. La plaza, muda y respetuosa, asistió a unos momentos del mayor patetismo.
La única faena que tiene tal nombre de la tarde la realizó Manzanares al tercero. Fue
un toro noble que el alicantino cuidó y entendió de forma maravillosa. La propia falta
de raza del toro de Juan Pedro impidió que su labor tuviera conjunción. Se compuso la
faena de bellos momentos deshilvanados, unos con la derecha en un tercio, un trincherazo
más allá y unos naturales para esculpirlos en el lado opuesto de la plaza de donde
había comenzado su labor. Aun así, el público entró en situación y vivió con
intensidad toda la finura que encierra el toreo de Manzanares. No fue capaz de matarlo y
ahí perdió un premio mayor.
El sexto, un animal sin trapío, se echó pronto sobre el ruedo.