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Corridas Generales
PLAZA DE
TOROS DE VISTA
ALEGRE
BILBAO
Tarde del jueves, 21 de agosto de 2003
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Torrealta
(de buena presentación y escasas raza y casta).
Diestros:
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Enrique Ponce: estocada caída (gran ovación); pinchazo y estocada caída -aviso- y cae el toro (palmas).
-
El
Juli: media estocada (leve petición); pinchazo y estocada trasera (pitos).
-
César
Jiménez: pinchazo hondo y descabello (gran ovación); estocada (oreja y petición de otra).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
El País,
ABC.
El País.
JOSÉ LUIS MERINO. Fue como si se cantara un gol
Después de un seco silencio, entró a matar César Jiménez al sexto de la tarde. Nada más entrar la espada por las péndolas del toro, se oyó un clamor unánime tal -un chasquido-, y fue como si se cantara un gol en San Mamés. Enfervorizadamente, el público pidió las dos orejas deletreando: ¡O-t-r-a, o-t-r-a, o-t-r-a!
El presidente tomó la decisión de otorgarle una y no concederle la otra. A cambio recibió una bronca monumental. La historia de la lidia de ese toro empezó con un quite por
chicuelinas. La faena la inició el diestro con un pase cambiado muy ajustado. Toreó por derechazos. A la primera serie le faltó más redondeo. Luego dio dos tandas de naturales densos, girando la cintura con buen compás. Seguido vinieron los derechazos donde había bastante pico, y fueron rematados con un ajustado pase de pecho. Culminó la parte más enjundiosa con dos naturales muy metidos y de alta escuela. A continuación tiró por el toreo más cómodo, dándole tres circulares. Y para remate se hincó de rodillas, pasándole al toro por alto, y como coda final hizo un desplante tirando la muleta y la espada de madera antes de entrar a matar fuera de sí. Obviamente, ese desplante para el público fue el desiderátum. Y luego acaeció lo ya dicho: el silencio sepulcral, el gran
espadazo, el gol y la petición exaltada de los dos apéndices.
A lo indicado hay que añadir que en su primero, tercero de la tarde, César Jiménez, luego de dos pares inmensos de banderillas de su subalterno El
Chano, inició la faena con pases de rodillas, toreando por derechazos de excelente factura, con un remate de pecho muy bueno. La faena posterior de ese toro tuvo fases de calidad por ambas manos, aunque si bien paró y templó con pulcritud, no llegó a mandar con la rotundidad precisa.
Se puede argumentar que el fervor aclamatorio del respetable pidiendo las orejas del sexto podía servir también como castigo (digamos) hacia Enrique Ponce y El
Juli, compañeros de terna. Estas dos máximas figuras del toreo posmoderno practicaron ayer un toreo de agua fría. Semejaban un par de peregrinos que hubieran extraviado una parte del camino. Tal vez dejaron en el aire de Vista Alegre la imagen de figuras de una época blanda que insuflan a sus faenas recetas consabidas de condimentos recalentados.
La decisión del presidente de la plaza no concediendo la segunda oreja dará mucho que hablar. El sí y el no caben en la sutilidad de un comprimido de aspirina.
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. Bilbao tiene nuevo César, Jiménez.
Bilbao tiene nuevo César, Jiménez. Por ambición y chispa. Y por la carencia de una cosa y otra El Juli le ha entregado su feudo en bandeja de plata. Enésima vez que C.J. le roba la cartera a J.L. en cerca de cuarenta tardes compartidas. Pero en esta ocasión la sustracción no ha sido una minucia. Ni más ni menos que el corazón de Vista Alegre. La frescura de uno frente al resignado conformismo y anquilosamiento de otro le ha dado la vuelta a la tortilla. Porque si algo destaca en César Jiménez es la jovialidad de su toreo, ligero como una pluma. Y las ganas de arrollar. Y la suerte, que el lote de la corrida de Torrealta, mucha leña y poco fuego, fue suyo. Como el toro de la tarde, el sexto. Para crujir los cimientos del coso bilbaíno con la izquierda, que ese mismo pitón proyectaba un fondo cualitativamente intenso.
Alboroto a su manera
El torerito de Fuenlabrada montó el alboroto a su manera, desde que le cambió el viaje por la espalda en el prólogo de la faena, clavado como una estaca. Con la facilidad compuesta, ligó derechazos en tandas que por su ritmo trepidante alcanzaron con fuerza los tendidos. Perfilero, casi siempre al hilo, con la pierna de salida escondida, tampoco al natural profundizó en la medida que las embestidas exigían; la plaza sin embargo se desbocaba de entusiasmo. Como en los circulares invertidos finales y el ataque último con las rodillas por tierra, con el torrealta queriendo ya la paz de las tablas. El desplante de despedida subió por los graderíos como un rugido antes de la estocada. La oreja hacía justicia y, como tal, el palco la concedió. Pero el presidente Matías González se aferró con criterio a la Ley, que le confiere el derecho sobre el segundo trofeo, y se lo reservó para mejor ocasión. Se montó la mundial, el acabóse, la gran bronca.
Se supone que César Jiménez se halla en la fase de ir a por todas. Porque este mundillo es tan cabrón que si no le dirían eso tan manido de «apunta pero no dispara» como constantemente le dicen a otros. Lo que pasa es que se puede disparar un poco más despacito y empezar a buscar ya la hondura.
No duró tanto el tercero, colorao, terciado y con mucha cara, que fue la tónica de los seis domecq, más o menos todos un punto faltos de cuajo y casi nulo poder, aunque, ya digo, serios por delante. Pero aguantó lo suficiente, con menos ímpetus, es verdad. Ahí debió de poner Jiménez su cuota, que en la primera mitad de la faena el toro aportó ya la suya en tres series engominadas, cuatro si se incluye la preceptiva y aclamada de rodillas, en las que repitió con nobleza. Cuando llegó la hora de embarcar y tirar, con el enemigo en fuelle menor, la obra tomó la cuesta abajo. ¿Cuánto debe durar un toro? Circulares y manoletinas exprimieron hasta la última gota.
Blandito y bondadoso
Juli entregó el título de campeón de Bilbao como silbando, tan campante. El blandito y bondadoso segundo apenas recibió castigo en varas. Tuvo un pitón diestro aceptable. Pero el torero lo pasó siempre muy a su aire, sin forzarlo. Sucedió poco. Menos aún, con el quinto, que no se empleó. Por reseñar algo, un par por los adentros; el resto resultó demasiado embastecido, tosco, lejos del toreo cruzado. La gente se mosqueó cuando abandonó por dos veces la rectitud del volapié, sin rastro de aquel chaval que no daba nunca nada por perdido.
La faena de Ponce al inválido que rompió plaza fue tarea mimosa de enfermero. Con paciencia y temple sacó más de lo esperado. El cuarto, un mulote que desparramaba la vista, sin celo ni casta, sirvió para ver la versión académica y técnica. No hubo atisbo alguno de emoción, a pesar del denso y trabado trabajo. Con la espada tomó el camino más cómodo.
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