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Corridas Generales
PLAZA DE
TOROS DE VISTA
ALEGRE
BILBAO
Tarde del miércoles, 20 de agosto de 2003
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de San
Martín (de diferente presentación y comportamiento)
Diestros:
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Miguel Abellán: estocada -aviso- y dos descabellos (silencio); estocada (oreja).
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El Juli: pinchazo, pinchazo hondo y tres descabellos -suena un aviso al caer el toro- (silencio); pinchazo y estocada delantera (petición).
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Antonio
Barrera: estocada (oreja); pinchazo hondo -aviso- y descabello (ovación).
Incidencias: Miguel Abellán
sufrió una voltereta al entrar a matar al 4º de la tarde. Fue atendido
en la enfermería, pronóstico reservado.
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
El País,
ABC.
ABC.
Zabala de la Serna. La corrida comenzó en el tercero
Realmente, la corrida comenzó en el tercer toro, otra historia. Hasta entonces ni por presencia ni por juego ni por calidades había apenas nada que contar. Abellán, un tanto a la deriva: un enemigo desigual en cada arrancada, pegajoso y venciéndose acarreó cuatro desarmes; El Juli no consiguió animar el cotarro con el siguiente, justo de cara y culata, justo de fuerza y corto de viaje.
Pero con «Chalequero» cambió el paisaje, mucho más toro. Al principio desconcertó, un tanto renqueante, para venirse arriba en los tercios posteriores. Aquí tomó vuelo la corrida de San Martín. Antonio Barrera se fue templando y conectó con los tendidos con la largura de los muletazos y sobre todo con los inmensos pases de pecho y las apretadas regiomontanas. Menos una serie, todo transcurrió a derechas. No ahondó más que en una intentona al natural. Barrera, a la altura de las circunstancias en su debut bilbaíno, se embolsó una oreja.
Los buidos pitones del cuarto imponían; su embestida deslumbraba. Había calidad, y mucha. En los pasajes previos, Miguel Abellán no se acopló. Dio la impresión de que en la segunda tanda diestra lo descubrió un repentino viento, una ráfaga traicionera que casi lo manda a la enfermería. Lo cambió de terrenos y le bajó la mano con limpieza y ligazón, con la muleta puesta por delante. Estas dos series, bien concebidas y ejecutadas, lanzaron la obra. Hasta que presentó la izquierda, contra la que se estrelló el toro, que se quedó por ver por ese lado tras una nueva pérdida del engaño, que no logró embarcar la embestida. Otra vez le cogió el aire en redondo. La temperatura se disparó, como la emoción, con la estocada a sangre y fuego, a carta cabal. La cogida erizó los vellos de la plaza. Parecía que lo había partido por la mitad. La taleguilla rota presagiaba la cornada, el muslo abierto como por una cuchillada. La emotividad y la verdad de Abellán, noqueado en la tremebunda voltereta, medio grogui y tambaleante, ensangrentado el rostro, prendieron la pañolada, que conquistó el palco en buena ley. Ni siquiera acabó el paseo del trofeo para ponerse en manos de los galenos. Afortunadamente, luego reapareció en el ruedo con un aparatoso vendaje.
La mano izquierda de El Juli parió los mejores momentos de la tarde y los más auténticos naturales hasta la fecha de la Semana Grande, a cámara lenta, cumbres. Sensacional J.L., muy roto y entregado, sentido, en sintonía con la dimensión zurda del asaltillado toro, un lujo para Chafick, para el toreo y para el torero. La plaza rugió. No fue igual la cosa por el pitón contrario, pero la faena había adquirido sobrada entidad. Lástima que fallase Juli con su arma más rotunda, la espada. Un pinchazo enfrió demasiado rápido los ánimos; también la estocada desprendida. Una leve solicitud no cuajó. La vuelta al ruedo hubiese sido de oro, pero no la quiso el contrariado matador.
En su apartado banderillero, se esforzó en parear por donde nunca ataca, por el lado izquierdo, en una reunión. Un par al sesgo y otro por los adentros en el toro anterior emanaron mayor realce.
El más grandón sexto amagó con romper en el capote de Antonio Barrera, decidido en el saludo. Mas durante la lidia cambió el toro a peor, a la defensiva. Barrera lo atacó mucho, muy encima, valiente e incluso demasiado insistente. Sobraron enganchones y minutos.
El País.
JOSÉ LUIS MERINO.
Arte, emoción y algo más
Ante la visión tan pobre y rara como una pandereta cuadrada que habían proporcionado Miguel Abellán y El Juli en los dos primeros toros de la tarde, vino Antonio Barrera dispuesto a cortar una oreja, y la cortó. Lo consiguió toreando con la mano derecha en cinco series muy entregado, y una tanda de naturales largos y templados, con el remate de un ajustado pase de pecho. El toro tenía recorrido y el torero lo aprovechó. En dos de las tandas de derechazos remató con sendos pases por la espalda que el público celebró con alborozo. Se fue tras la espada derecho y mató bien...
A partir de esa actuación cambió el signo del festejo. Abellán sabía que su primero estuvo deplorable. Sufrió tres desarmes en el muleteo -o lo que sea- de ese toro y un desarme más en el insulso quite que realizara en el toro primero de Barrera. Tal vez fue este último desarme lo que pareció conturbarle e hizo que brindara al público la faena del cuarto de la tarde. La faena fue cobrando emotividad, pues tras los primeros doblones, las tandas iniciales de derechazos llevaban dentro latidos rabiosos. Fue asentándose por esa mano y trenzó algunas series largas, templadas y densas. Por el pitón izquierdo no lució nada. Después de dos circulares, vimos que a la hora de tomar la espada se le amontonaron las sensaciones; de entre todas las dudas que abarcaban esas sensaciones tomó la que creyó mejor: o matarlo por arriba o recibir una cornada. Salió prendido y el toro rodando. La oreja se la ganó con sangre. Al fin resultó ileso, salvo algunos rasguños.
Cuando salió el quinto toro, todas las miradas se centraron en El Juli. Y El Juli respondió con una faena donde sobresalieron los naturales, que fueron templados, mecidos, lentos y de suma belleza y sentimiento. El público no quiso darle la oreja por mayoría. A las figuras se les exige, por eso son figuras. ¿O no?
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