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Corridas Generales
PLAZA DE
TOROS DE VISTA
ALEGRE
BILBAO
Tarde del martes, 19 de agosto de 2003
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Torrestrella
(de diferente presentación y juego. El mejor, el 4º. El 3º, devuelto
por un sobrero de El Torero).
Diestros:
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Dávila Miura:
bajozano, tres descabellos -aviso- y dos descabellos (ovación); estocada (oreja).
-
El
Juli: estocada en el único que mató (palmas).
-
Salvador
Vega: estocada (oreja); estocada y tres descabellos (ovación).
Entrada: cerca del lleno.
Crónicas de la prensa:
ABC, El País.
El País.
JOSÉ LUIS MERINO.
Mucho toreo y torería
La corrida se convirtió en un mano a mano involuntario entre Dávila Miura y Salvador Vega. El Juli sólo mató un toro, con el que estuvo bastante flojo, ya que a su segundo, quinto de la tarde, le dio un infarto a mitad de faena, por lo que tuvieron que apuntillarlo.
Gracias al buen juego de los toros, su mano a mano ofreció pasajes de alto voltaje torero. Dávila Miura, en su primero, construyó una faena maciza, rotunda y bien ejecutada. Estuvo basada en tres tandas de derechazos y otras tres de naturales. Todos los pases estaban impregnados de templanza, eran largos y hondos; mandaba su muñeca, que parecía rozada por miel clara. Los pases por alto, tanto en los ayudados como los de pecho, fueron modélicos, porque se llevaba al toro atrás de sí, girando la cimbreante cintura, dándole salida airosa al animal. Es imperdonable que perdiera la oreja ganada en buena ley por matar tan feamente. La oreja la cortó en su segundo toro. Mas, aun tejiendo algunos buenos muletazos, su labor estuvo nimbada por ciertos atisbos de espuma fugitiva. Nos gustó que exhibiera su terca persistencia de querer ser figura del toreo. Va cruzando caminos -persistente como un pájaro-, por encima de detractores espurios. Para terminar, digamos que nos gustó que le ofreciera al primer toro la panza de la muleta lisa como una alfombra persa.
La actuación del joven Salvador Vega, que sustituía a El Fandi, no pudo ser más feliz a la hora de cifrar cómo toreó a su primer toro. Los doblones iniciales fueron las piedras primeras de su bien cimentada faena. Allí estaba el joven torero rico en deseos dictando una gran lección de un toreo artístico de altísimos vuelos. Le bastó con dos tandas con las dos manos y tres ayudados por bajo limpios y cadenciosos como remate. Repartió para el placer de los espectadores pases que eran caramelos de temple, largos como cigüeñas, hondos como filón de mina de cobre, y desparramó mucha torería por el aire de ese toro. Se le veía a él verse torero en un espejo imaginario. Y puestos a imaginar, imaginemos que Quevedo escribió desde el Siglo de Oro para él lo siguiente: "Solamente lo fugitivo permanece y dura".
Ayer los dos toreros, cuyas faenas hemos narrado, explicaron a su manera que la fiesta de los toros se fabrica su grandeza en cada tarde. Y precisamente delante del toro y en cada momento eso es lo que más importa. Despachos, fobias y filias aparte. Habrá quien diga que si esos toros le llegan a tocar al maestro tal y al otro cual hubiéramos visto las faenas del siglo.
¡Ja!
ABC.
Zabala de la Serna. Las muñecas de Salvador Vega y la verdad de «Mentiroso»
Que todas las tardes fuesen como ésta. Firmábamos ya usted y yo.Corrida movida, con mucho que desbrozar, con notas de calidad, camperas otras, bravas unas cuantas, especialmente en un toro de Torrestrella de nombre «Mentiroso», una belleza exterior e interior, cuajado, bajo de agujas, rematado, con sus pechos, su culata...
Los cascabeles de la temporada anunciaban desde hacía tiempo a Salvador Vega, que ayer se confirmó como alternativa, promesa, torero de muñecas cristalinas, templadas. Con Vega saltó la sorpresa para un público que acudía a ver a El Juli, que quería aplaudir al protagonista de las últimas Semanas Grandes bilbaínas y que terminó ovacionando al sustituto de El Fandi, que era el papel de Salvador.
El azar quiso que el parche de El Torero que remendaba la corrida de Álvaro Domecq se descoordinase de salida. El sobrero del mismo hierro de Salvador Domecq fue un buen toro, saludado con verónicas de notable vuelo. Quitó con gusto el joven malagueño, contestó Dávila a pies juntos y le contrarreplicó Vega por chicuelinas y media verónica arrebujada a la cadera. Las muñecas se soltaron entonces y jugaron luego con la muleta en unas dobladas con la izquierda de protagonista. Bien en los redondos, nunca ligados pero con enjundia; bien en los naturales, mejor todavía cuando por fin halló el sitio y conquistó la ligazón; bien los pases de pecho, de pitón a rabo. Bien en definitiva. Pero de nuevo fue por bajo por donde de verdad lo bordó, enroscándose la embestida a la cintura, genuflexo y en torero. Con la espada atacó con rectitud, tanta que se atracó de toro: un pelín contraria quedó la estocada, válida y efectiva. Agarró la oreja con auténtica satisfacción. Oreja de ley que debe hacerle exigirse más en una ocasión similar.
El sexto fue otra historia, con su genio y destemplado. Sirvió para demostrar que Salvador Vega, además de torear con gusto, es capaz. No fue fácil la limpieza, que el torrestrella se estrellaba en la muleta como lo hizo en el caballo. Los arreones eran la tónica, aunque obedecía, ojo, que tampoco se trataba de belcebú. Poco a poco le tomó la templanza. Los naturales últimos, hasta allá, de uno en uno, se tornaron en los más cabales de la faena, rubricada con manoletinas. Lástima que se escupiera el acero, demasiado atravesado, hundido con verdadera fe en un volapié a tumba abierta. El descabello falló, pero la imagen proyectada mereció la pena. Por cierto, su peón Trujillo vale un potosí con capote y banderillas.
«Mentiroso» se juntó con otro nombre propio: Dávila Miura. «Mentiroso» no mentía, sólo un poquito en el peto, de donde se piró sueltecito. «Mentiroso» se empleó de verdad en la muleta, siempre a más, siempre por abajo, que por ahí mandaba Dávila. Vaya mano la suya en los sorteos, como ya dijimos en Pamplona, y vaya mano para lucir los toros bravos. Ni una vez le tocó las telas, movidas en largo, perseguidas en la misma medida hasta el final, con casta noble. Arte no hay en Eduardo Dávila Miura, que cuenta con sus limitaciones. Pero ese sentido campero suyo, generoso a la vez, se le debe valorar en su justa medida. Enseñó mucho a «Mentiroso», y lo mató por arriba. Una oreja premió su hacer.
Menos transmisión tuvo el bondadoso animal que abrió plaza, más que bueno, santo, con un trapío comedido para lo que es Bilbao. Faena larga, donde se vislumbraron más las carencias artísticas del torero sevillano, que luce más cuando hay que poder. La mano se le fue a los bajos con la tizona. Su lote mereció morir desorejado por completo.
La mala suerte se cebó con El Juli. No sirvió el segundo, un toro también sin exageraciones que no humilló, y el quinto, con muchos kilos, capuchino en colorado o en todo caso berrendo y no salinero como vendía el programa, se murió de golpe en mitad de la faena, tras clavar un pitón de mala manera en el ruedo. Infarto o desnucamiento, el caso es que Julián López se quedó compuesto, porque el finado servía además a izquierdas, y sin toro. De voluntarioso no había pasado con el anterior, bastante al hilo. Con los palos, cumplió con la parroquia, nada más.
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