Y llegaron el día «D» y la hora «H», último asalto de El Juli a
Bilbao, capital vizcaína, santo y seña del Norte taurino, cresta de
agosto, Tourmalet de la temporada. Y máxime con la responsabilidad
asumida. Tres tardes, tres, con los victorinos de por medio y la suerte
en contra: ni un toro había embestido por derecho. Rampas más
complicadas de lo esperado, cada pedalada una lucha. Aun con valor y
espada, no tomaba forma el reto. Pero ayer, por fin, los vientos
soplaron favorables. Y allí esperaba Julián con el acero templado y la
decisión y la convicción de que el momento del aldabonazo había
sonado.
Ni una línea más debe pasar sin hacer mención a que Miguel Abellán
y Eduardo Dávila Miura cayeron heridos con los torrestrellas, belleza y
temperamento unidos. Abellán se jugó la gloria con disposición. No
mermó su firme voluntad que las embestidas vinieran rebrincadas, hasta
tal punto que una vez el pitón le acarició la mejilla como la zarpa de
una mujer fatal. Sobre la derecha, tragó, aunque también, mal que
bien, tragaba el torrestrella. Pero nada más presentar la izquierda,
quizá demasiado descubierto, se venció el burraco y enmorrillado
enemigo. Seca voltereta y dura caída, amortiguada sólo en parte por el
lomo de la bestia. Abellán se incorporó con el rostro ensangrentado y
la cornada para seguir tenaz tras el triunfo o lo que viniese. Abrevió
con unos molinetes de rodillas y se volcó en un espadazo mortal. Ni
siquiera pudo pasear el anillo con la oreja, y se metió en la enfermería.
Dávila le acompañó justo con el torrestrella que completaba el
lote de Abellán. Fue de salida. ¿Culpable? Simplemente digamos que la
soltura no presidió ayer las intervenciones del diestro sevillano. Ya
con su primero, que se metía una barbaridad por ambos pitones, pareció
como agarrotado, mental y físicamente, entre infinidad de enganchones.
Situación que no mejoró con el cuarto, que no humilló nunca. Cuatro
desarmes son muchos en dos faenas. La mala jornada acabó peor.
El Juli obtuvo la recompensa que merecía su apuesta con el triplete
de trofeos de una tacada. Si hay una conclusión nítida que se
desprende de la batalla bilbaína de Juli es que nos encontramos ante un
consumado estoqueador, un cañón que nos ha deleitado con volapiés
superiores en cada comparecencia. La corrida de Torrestrella trajo el
impulso necesario y anhelado con su movilidad, aun con ese nervio que a
veces fue genio. Pero sobre todo con un quinto toro de recorrido y
nobleza, desarrollada con la cara a media altura, como el resto de sus
hermanos.
Bordó las zapopinas y banderilleó por ambos pitones, mejor por el
izquierdo, lo que son las cosas. Manejó las distancias, los espacios y
el limpio temple con muletazos muy largos, más cabales cuando remataba
atrás, que no fue siempre. Bullía la olla de Vista Alegre, deseosa de
que ya asomara la fortuna. Hubo derechazos a pies juntos, un circular
eterno e invertido, un pase del desprecio mirando al tendido y una
estocada para enmarcar, guinda que le entregaba la puerta grande, que se
antojaba imprescindible.
La oreja que arrancó al voluminoso y cornalón morlaco de 617 kilos
que hizo tercero tuvo mucho que agradecer de nuevo al acero y a la
voltereta sufrida en la suerte suprema, ejecutada a tumba abierta. El
tono de la faena bajó conforme se acababa el toro, que se paró más de
la cuenta. Por lo tanto, obra decreciente, apurada por la capacidad para
exprimir al noble bruto. Tres largas cambiadas de hinojos ya habían
avisado en los prolegómenos de cómo atacaba la tarde El Juli.
Con el triunfo en la mano todavía tuvo el gesto de banderillear al
protestón sexto, aunque el trasteo de toques hacia afuera traducía las
ganas de que, por fin, le izaran a hombros.
Partes facultativos: Dávila Miura sufre «una cornada de 25 centímetros
en el gemelo de la pierna derecha, de pronóstico grave». Abellán fue
atentido de «una cornada de 14 centímetros en el muslo derecho, de
pronóstico reservado».
Tarde de suma emotividad. El Juli fue el único de los tres toreros
que quedó en pie. Le sacaron a hombros. Miguel Abellán y Dávila Miura
fueron trasladados al hospital de Basurto. Los dos habían sido cogidos,
Abellán en el segundo y Dávila Miura en el sexto, que iba a lidiar por
cogida de Abellán...
El inicio de la emotividad estuvo a cargo de Miguel Abellán en el
segundo de la tarde. Se dobló bien y se fue a los medios para citar al
toro con la derecha. Después de tres series cortas con esa mano, con
algunos pases largos y ligados, se echó la mano a la izquierda y el
toro le pegó un derrote tirándolo por tierra. Con la media cara llena
de sangre (de la del toro) la imagen que daba era terrorífica. Tras
unos molinetes de rodillas y dos derechazos muy valientes, puso toda su
fe en la punta de la espada y se volcó tras el acero. El público pidió
emotivamente la oreja, y el presidente se la dio. El torero pasó a la
enfermería, de la que no volvió a salir.
Seguido salió el tercero de la corrida, primero de El Juli. Lo
recibió con tres arrebatadas largas cambiadas. El triunfo y la entrada
de Abellán al quirófano hizo correr un río de pasión en el joven
torero madrileño. Cumplió con las banderillas. La faena fue corta,
como era corta la embestida de ese toro, por lo que las dos tandas de
derechazos fueron igualmente cortas. Todo lo hacía el torero. Llegaron
dos tandas de naturales, tejidas con temple y con mucho aguante. Anduvo
jugándosela en ese momento. Ganó una oreja...
El Juli se agarró al quinto de la tarde como a una lapa. Y no lo
soltó. Lanceó ajustado y remató bien. Con el quite por lopecinas
consiguió fabricar el entusiasmo del público. Luego, con el tercer par
de banderillas, el fervor del respetable acreció. Parecía que al
iniciar la muleta un manojo de mariposas ocultas iban a posarse en sus
dos muñecas, de tan seguro que estaba. Dos series de derechazos,
largos, ligados y como cosidos unos a otros, con un buen pase de pecho.
Las dos tandas de naturales estuvieron gestadas con mucho temple y bien
ligadas, con otro buen pase de pecho como remate. Volvió a la mano
derecha y trazó dos series templadas y muy cosidas. Todo a media
altura, pues si bien el toro era excelente, la falta de fuerza no permitía
al torero bajar la mano. Remató con un circular espléndido y limpio, dándole
al toro bastante espacio, y así ejecutarlo muy lucido. Mató con
contundencia y entrega. Se llevó dos orejas y, al parecer, la
reconciliación del público y torero con el presidente.
En una tarde de acontecimientos tan emotivos resulta extemporáneo
meterse a analizar si la oreja de Abellán y las dos de El Juli
estuvieron bien concedidas o justamente otorgadas. Tal vez creará polémica.
Éstas de ayer por exceso y las no otorgadas en días anteriores por
defecto.
Tuvo que matar el sexto, por cogida de Dávila Miura, y lo realizó
con solvencia.
Por parte de Dávila Miura no se acopló con ninguno de los dos toros
que mató, y eso que el primero era toro para triunfar.
Nota: Tanto Miguel Abellán y Dávila Miura, después de las primeras
curas pasaron al Hospital de Basurto. El primero con una cornada de 14
centímetros de carácter muscular, y el segundo con una herida más
grave que afecta a los músculos tibiales, con un gran desgarro
muscular.