Quien contrató la corrida de rejones de ayer no va a ganar el primer
premio de la listeza. Creo que alguien fabricó un tocomocho de la carne
inservible en toda regla. De esa guisa, el público complaciente, como
suele ser el de las corridas de rejones, no tuvo apenas ocasiones de
volcar las toneladas de dulcedumbre que llevan dentro de sus manos
aplaudidoras.
Gracias a que Pablo Hermoso de Mendoza dejó algunas muestras -las
pocas que le permitieron los toros- de su talento como jinete. Por
ejemplo, el torear con la cola del caballo y un gran quiebro de
banderillas, más dos pares de banderillas muy ceñidos. Todo esto en su
primer toro. En su segundo, cabe contabilizar un segundo par de
banderillas muy bueno, algunas cabriolas frente a la cara del toro después
de un par de banderillas y dos rosas, más el juego del teléfono como
adorno propinístico.
Fermín Bohórquez estuvo muy espeso en su primero. Toreando muy
alejado del toro. Abundó en galopes que sonaban a perlas falsas. En su
segundo se excedió en los juegos circenses (movimiento del caballo de
un lado a otro, en un vaivén artificioso), aunque a la hora de colocar
las banderillas alguna se le cayera demasiado delantera y alguna otra no
llegara a prender en el toro. Poco recomendable resultó su actitud
suplicante de cara al presidente de la plaza, para que le concediera la
oreja, que ese público dulzón no la pedía de manera mayoritaria.
La actuación de Luis Domecq fue bastante mediocre. El caballo
correteaba sin que provocara entusiasmos. Semejaba un viejo tambor que
por más que se le golpee con fuerza descomunal apenas emite sonido
alguno. Es posible que tanto el tambor como el caballero lleven implícitos
una cierta dosis de comprensión lastimosa (un curioso llanto de
cebollas).
Mucha culpa de que la tarde acabara por rondar las puertas de la
mediocridad cárguese al responsable de la compra de las reses. Además
de eso, para colmo los caballistas mataron rematadamente mal. Quiere
decir, como conclusión, que poco quedó para el recuerdo.
Y por si alguien esperaba ver a Cagancho en acción, se llevó
un chasco. El famoso caballo se despidió en los últimos sanfermines.
Ahora corre por el campo libre de espuelas, lo que entre caballos de
gran alcurnia aseguran que es como si estuviera bebiendo a poquitos la
leche del Edén.