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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO
Tarde del sábado, 25 de agosto de 2001
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Miura,
todos
bien presentados, vareados, de variado pelaje y cumplidores en el
peto.
Diestros:
-
Juan
José Padilla, saludos,
silencio tras aviso, vuelta tras petición, silencio, silencio y
fuerte ovación de despedida.
Entrada: cerca del lleno
Crónicas de la prensa:
Portaltaurino, El País, El Mundo, ABC,
Diario de Sevilla
PortalTaurino.
EMILIO TRIGO. Dignidad por bandera
Llegó la fecha señalada en la feria bilbaína, que
tanto morbo ha levantado y que tanto ha dado que hablar en estos últimos
días. Toda la España taurina ha estado pendiente de este 24 de agosto,
en el que Padilla, se enfrentaba en solitario a seis miuras.
Los comentarios morbosos tienen su procedencia, después
de lo que ocurrido con Juan José en el pasado San Fermín y ante estos
mismos toros. Esto hacía que la reaparición con los de Zahariche,
fuera toda una incógnita por despejar. La papeleta que tenía frente así
el diestro, ha sido catalogada como una fecha histórica en la
Tauromaquia.
Esta gesta de Padilla sólo ha sido precedida por
cuatro matadores en la leyenda de este legendario hierro sevillano.
Espartaco fue el último que realizó esta encerrona, en la feria de
Sevilla hace ya catorce años. Al igual que entonces, salieron siete
toros al ruedo y casualmente, el balance artístico ha sido semejante,
sin llegar a producirse un triunfo de renombre, por culpa de las duras y
orientadas embestidas de estos singulares astados.
Con muchísima dignidad y solvencia ha superado el
jerezano, todos las complicaciones y adversidades que planteaban uno a
uno todos los toros de miura. Variado en general, dispuesto, y
batallador se ha mostrado siempre y lo que es más importante nunca se
le ha venido la tarde encima, aunque a modo que avanzaba se le notaba el
esfuerzo físico. En banderillas no fue el de otras tardes aunque con
seis toros en chiqueros esperando. Suficiente tuvo con banderillear a
cinco de ellos.
Debió Juan abandonar la plaza con un apéndice
en su esportón, pero el usía de turno, falto de esa sensibilidad que
poseen muchos de los que se sientan en el palco, no valoró el esfuerzo
realizado por el diestro y se puso, a contar los pañuelos sin escuchar
la petición a voces del público. Se apoyó el presidente en eso y en
el pinchazo anterior a la estocada que le recetó Padilla al sobrero,
después de una faena vibrante y valerosa ante el único que se dejó
algo por la boyantía de sus embestidas. Estuvo en Padilla y le sacó
todo la que traía dentro, pero el presidente ni caso al respetable.
Como nota curisosa destacar que nunca en la historia de Miura había
mandado un sobrero para una corrida. Ayer lo hizo a petición expresa
del matador.
Antes de eso habían pasado ya algunas
cosas en el ruedo. El astado que abrió plaza duró poco en la muleta de
Padilla puesto que tenía muy pocas fuerzas y acortaba el viaje. Sólo
subió de tono en un ramillete de molinetes por alto al finalizar la
labor muleteril. El jerezano estuvo por encima y superó la primera
prueba al igual que ocurrió en el segundo de la tarde, un toro
rebrincado que no humillaba y tiraba tornillazos al salir de cada
embroque. Juan se descaró con el miura y sacó algún muletazo suelto
con la diestra. Decidido pero sin poder alegrar la faena.
De esta forma se puede resumir la primera
mitad del festejo en la que estos tres astados, de una forma o de otra,
dejaron estar “a gusto” a Padilla (si es que se puede estar así
delante de un toro de esta ganadería) porque la verdad es que los tres
últimos fueron muy peligrosos y orientados por lo que no dieron opción
alguna.
Al cuarto lo recibió rodilla en tierra con
gusto y buen manejo del percal. Al igual que toda la corrida se cuidó
en el caballo ya que todos ellos no fueron un derroche de fuerza
precisamente. En el tercio final tuvo un comportamiento orientado,
dirigiéndose al pecho cada vez que lo citaba haciendo caso omiso del
engaño. Esta característica fue aún peor en el quinto que además
desparramaba la vista y tiraba unos hachazos espeluznantes buscando
descaradamente al torero que tampoco pudo hacer nada con él.
En el último, una labor que quedó
deslucida por la aparición de la lluvia y la huida del público de los
tendidos, el torero sólo pudo estar porfión. El toro fue también muy
peligroso y pegaba oleadas escalofriantes por ambos pitones. Tras la
muerte de este toro Juan José Padilla abandonó la plaza con una
calurosa ovación del público y un gran triunfo, salir airoso de tan
difícil compromiso.
El País.
JOAQUIN VIDAL. Padilla resolvió la papeleta
Juan José Padilla cumplió el
peliagudo compromiso de los miuras sin que ninguno le levantara
los pies del suelo. La papeleta la tenía difícil, porque una corrida
de Miura no es cualquier cosa, y la resolvió con dignidad.
Una corrida de Miura no es
cualquier cosa porque es una cosa mala. Lo de Miura, descastado,
deslucido y peligroso, da repeluzno verlo. Es divisa de leyenda Miura -la
que más-, y por eso tiene taquilla, y hasta hay quien justifica su
descompostura. Pero ir a medirse con sus productos supone acudir
abiertamente al fracaso. Al borde de ese precipicio estuvo Juan José
Padilla durante toda la tarde, por tanto; y si no se precipitó por él
fue porque no se arredró, las extraordinarias facultades físicas que
posee no le fallaron y además le protegió la providencia.
No es la primera vez que la
providencia le hace un quite a Juan José Padilla. La anterior se
produjo hace un mes, en Pamplona, cuando un miura a poco lo degüella.
La verdad es que la providencia ya podía haberse anticipado impidiendo
que el atroz derrote del toro le alcanzara el cuello. Pero, en fin, si
bien produjo una herida muy grave, es cierto que por unos providenciales
centímetros no resultó mortal.
Con ese siniestro precedente se
anunciaba Juan Posé Padilla en Bilbao para lidiar seis miuras,
nada menos. Sólo la incertidumbre de semejante reto ponía a temblar a
cualquiera; principalmente al propio Juan José Padilla, es de suponer.
Sin embargo, el torero salió enormemente decidido al negro redondel.
Para empezar, menudo manotazo le
pegó Padilla al portón al iniciar el pasillo. Lo que hacía era tocar
madera por las bravas, no cabía duda. Avanzó al frente de las
cuadrillas con paso decidido, pues parecía llevar prisa, y ya no paró
de bullir, de correr también.
Los miuras, poco miureños
en su conformación morfológica -ninguno exhibió el tipo característico
de la casa, parecían sacados de la inclusa-, resultaron flojuchos,
mostraron un vergonzante descastamiento en todos los tercios y acabaron
prácticamente sin embestida, desarrollando sentido.
Hubo uno de cierta manejabilidad,
que fue el sobrero -sustituto de un inválido-, al que Juan José
Padilla más que hacerle faena se la triscó. Manejando los engaños y
mudando terrenos a toda velocidad, Juan José Padilla practicó un toreo
afanoso con vocación tremendista, que alegró especialmente al marchoso
público de Bilbao cuando se dio a los molinetes de pie y de rodillas, y
al tirar los trastos en temerario desplante.
Banderilleó Padilla a todos los
toros, salvo el quinto. Lo hizo empleando sus proverbiales facultades físicas
con resultados aleatorios. El famoso par del violín lo prendió al
segundo intento. Pares de poder a poder los reunió muy bien y otros mal
por la falta de codicia de los toros. Alguno, como el sexto, lo esperaba
peligrosamente agarrado al terreno y defendiéndolo por el inquietante
procedimiento de echar la cara arriba.
Lo de echar la cara arriba y
sustituir la embestida por el derrote fue habitual en estos miuras
lamentables. Y Juan José Padilla, que veroniqueó voluntarioso, que
realizó un quite por navarras, que intentó insistentemente los
derechazos y los naturales, hubo de conformarse con demostrar su
voluntad, arriesgando mucho más de lo que merecía aquel ganado de
carne correosa y malas intenciones. Y salió indemne, con el terno íntegro,
el cuello incólume y el cartel intacto, que es lo bueno.
El Mundo. JAVIER
VILLAN. Machada con muy pocos brillos
Juan José Padilla, sin agobios y sin brillantez, consumó la machada
de matar en Bilbao seis miuras. Es un gesto, sí señor. Un miura casi
le seccionó la yugular en San Fermín al entrar a matar. Aquella
cornada fue terrible; pero, justo a los 13 días del cruento lance, Juan
José Padilla reapareció en Santander y me parece recordar que cortó
dos orejas. Los toreros son así; carne de perro, o sea muy sufridos,
dicho sea con todos los respetos. Padilla ha mantenido el desafío sin
acordarse del duro percance; o acordándose, da igual. Todo un gesto, sí
señor. En todo momento Juan José Padilla evidenció más facultades y
más fuerza física que los toros de la mítica divisa de Zahariche.
Habrá que ir olvidándose de los adjetivos: ni míticos ni
legendarios, ni mucho menos terroríficos los toros de ayer en Bilbao:
quebrados de patas, blandos de pezuña, torpes y oscuros de ánimo. Y
también blandos de pitones. Es decir que algunos, a poco de toparse con
materia sólida, se desflecaban y desabrochaban.
El tercero fue señalado por el pañuelo verde presidencial, que no
es verde esperanza, sino rechazo y vilipendio. Pudo tocarle a cualquiera
de los dos anteriores, e incluso a cualquiera de los siguientes. Pero el
tercero, Luminoso de nombre, tenía la negra y le tocó la china; por
blandear de salida, aunque sin derrumbarse. Y, sobre todo, porque dada
su blandura resultó imposible meterlo en otra vara al caballo. Un
espontáneo, ya en edad de no hacer locuras, saltó la barrera y tuvo la
mala suerte de resbalar. Lo cual fue aprovechado por un monosabio para
inmovilizarlo con una llave implacable.
Este tercer toro, sobrero, pudo marcar la pauta de la tarde; pero no
la marcó, sobre todo por la tosca incompetencia, aunque voluntariosa,
de Juan José Padilla. Boyante y noblote, descubrió las entusiastas
insuficiencias del jerezano. Sirvió también para que el palco
presidencial recuperase la dignidad de criterio y ajustase sus cuentas
de pañuelos de forma cabal y no al alza como en días anteriores.
Padilla, pues, paró siete toros y mató seis. Dio tres pinchazos
feos, dos medias, una de ellas arriba, una estocada defectuosa y otras
dos más eficaces y ocho descabellos, éstos en un solo toro. Se abstuvo
de banderillear en el quinto, no por cansancio sino por las mansas y
disminuidas condiciones del animal. Y, cuando quiso recuperar el ritmo
en el sexto, éste no le dejó entrar cómodamente y el suelo quedó
sembrado de palitroques.
Sí señor, todo un gesto que no llegó a gesta y que, salvo los
honorarios extras con que ha engordado su cuenta corriente, y la
satisfacción del deber y el compromiso cumplidos no añaden mucho a su
biografía de guerrillero. Puede que lo
cobrado por Padilla por matar seis toros apenas alcance lo percibido por
El Juli, por ejemplo, en cada uno de sus cuatro toros. Y, además, ha
cortado menos orejas. Claro que ca'uno es ca'uno, que diría un castizo,
y todavía hay clases. Clases y categorías.
Juan José Padilla capoteó y muleteó al
albur de la veleidosa fortuna en los seis toros. Acompañó muy bien las
bondadosas embestidas del sobrero e intercaló serpentinas, afarolados y
adornos por la espalda. Y en este mismo toro, con el que estuvo a punto
de cortar la oreja y no la cortó, trazó celéricos molinetes y pases
de pecho rodilla en tierra, antes de un desplante a pecho descubierto.
Bien está lo que bien acaba; la corrida de ayer en Bilbao, un despropósito,
con todos mis respetos, que no se justificaba sobre el papel y no se
justificó sobre el ruedo.
Felizmente está muerta y sin sobresaltos.
Enhorabuena a Padilla, pero que no se repita. Me hubiera gustado dejar
constancia de algún quite memorable del gran Frascuelo, rebajado a la
condición de sobresaliente; ni eso. Por fortuna, y para descongestionar
el bochornoso ambiente de todo el día, comenzó a lloviznar.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. El gesto no fue gesta
Define el diccionario como gesta el «conjunto de hazañas o de
hechos memorables de una persona o de un pueblo». Atendiendo a la
acepción, el gesto de Juan José Padilla de encerrarse con seis miuras
no subió de escalón y no alcanzó la categoría de gesta. Se agradece
la voluntad del torero y los deseos de la empresa por agradar: gracias.
El público respondió, en cierto modo movido por el morbo de saber si
Padilla daría cuenta de la corrida completa. Mas los aficionados
conocen que el torero de Jerez, aguerrido gladiador y atlético
rehiletero, dolorosamente castigado por los toros, no es hombre de
recursos ni amplio repertorio, como quedó demostrado. El asunto se
agravó, porque además esta vez Padilla anduvo lejos de Padilla y los
miuras tampoco fueron las fieras del averno que se temían. La mayoría,
salvo el terrible quinto y el incierto sexto, dejaron estar. Es más:
hubo un sobrero, tercero bis, que se desplazaba con buen son, y otro, el
cuarto, bravo en el caballo, y otros dos, primero y segundo, noblotes y
de comportamiento decreciente.
SOBRIEDAD Y MANDO
A favor de Padilla subrayamos la seguridad con que paró a todos sus
toros -a la verónica maneja el percal con sobriedad y mando- y las
facultades que demostró al banderillear cinco miuras, ni más ni menos.
En su contra anotamos la cortedad del abanico de quites -uno por
navarras y otro por chicuelinas-, la parquedad de recursos técnicos en
conjunto y en particular ante las dificultades -meterse con los toros
por bajo, machetearlos con torería, andarles incluso por los
costillares y hacia el rabo o por la cara-, el planteamiento de todas
las faenas en los medios cuando alguna hubiera dado más de sí en el
tercio, el abuso de la corazada del castoreño, las desigualdades con
los palos y el conservadurismo y escaso tino con la espada.
Ante el largo y colorado primero, vareado de lámina, lanceó con
decisión y galleó por chicuelinas. Fue muy mal picado. Padilla pareó
con sobradas condiciones, primero con las banderillas de Vista Alegre,
las del trágala, y luego con las suyas. Inició la faena sentado en el
estribo y con ritmo. Hasta que cruzó la raya de picar: el miura se paró
en los medios. Cerró con pases de costadillo, pinchazo y pinchazo hondo
y suficiente.
Lució a la verónica con poder con el castaño segundo, justo de
fuerza y de cara lavada. Lo cuidó en el caballo y usó los rehiletes
con distinta suerte, una vez en el par del molinillo. En el último
tercio, al citar sobre la mano derecha, sufrió un mosqueante amago. El
toro no humillaba tampoco al natural. Regresó al otro pitón y sacó
algunos derechazos. Cobró media estocada y fracasó repetidas veces con
el descabello.
El tercero apareció acalambrado de los cuartos traseros, y el
presidente lo devolvió con escasa sensibilidad. Saltó un espontáneo
curtidito, que fue frenado en mitad de la carrera. El sobrero funcionó,
especialmente a derechas aunque sin terminar de humillar. Padilla fue más
Padilla que en toda la tarde, pero el par del violín se le fue al suelo
en un primer intento fallido. Muleta en mano, hubo molinetes, en pie y
de rodillas, derechazos y naturales, un afarolado y un desplante. Mató
de pinchazo y estocada desprendida. No estimó el palco la petición de
oreja como en otras tardes, y el diestro perdió la única ocasión de
tocar pelo.
Bravo fue el cuarto en el caballo. El Mangui abusó de capotazos y lo
tiró dos veces con violencia. No cuajó Juan José Padilla un buen
tercio de banderillas. El miura se quedaba en la muleta: debió medir el
castigo en el caballo.
Malo y emocionante resultó el escobillado quinto. No banderilleó el
matador, que tampoco resolvió ante los hachazos con habilidad o sobre
las piernas.
Tuvo el público que advertir al solitario torero que invitara al
sobresaliente a un quite. Frascuelo se puso, esbozó media verónica sin
rematar y fue lo más torero de la tarde.
Diario de Sevilla.
LUIS
NIETO. Padilla cumplió en la miurada
Juan José Padilla le echó arrestos. Anunciarse en
solitario en Bilbao… Y hacerlo nada menos que con seis miuras es como
lanzarse al mar semiatado de manos. Si como único espada a cualquier
torero, con mucho oficio y repertorio, le cuesta caminar, hacerlo con
seis miuras es como meterse en un océano siniestro, ignoto; un mar
tenebroso. Por eso, Padilla recibió una merecidísima ovación al término
del paseíllo, en el preámbulo de su gesta.
Seis miuras en los chiqueros; ahí es nada. Un abanico de pintas y
hechuras con un varillaje por este orden: castaño claro y bociblanco,
con el tradicional tipo agalgado; un aldinegro de cuerna abierta; un
chorreao en vergudo, bragao, meano, bien hecho, con cuello, que fue
sustituído por un negro mulato, bragao, alto y zancudo; un precioso
melocotonero, el de mayor peso, con 616 kilos; un negro bragao, un tío
de 612 kilos; y un castaño oscuro, aldinegro y bociblanco.
Seis toros de Miura -que fueron siete- nada francos y, en general,
blandos. Un primero con media arrancada; incómodo el segundo; un
sobrero, el mejor, con nobleza, aunque con la cara alta, lidiado en
tercer lugar; el cuarto, flojo, desarrolló sentido; el quinto, con
peligro; y el sexto, mirón y a la defensiva.
Juan José Padilla, en conjunto, sin perder la cabeza -no recibió a
ninguno a portagayola-, cumplió como lidiador y banderilleó a cinco de
ellos, con lo difícil que es banderillear a un miura. Sereno, con
decisión, sin agobios, acabó exhausto por un esfuerzo extraordinario.
Sin nota alta, cumplió. Y, afortunadamente, se libró en dos tarascadas
tremendas: un hachazo del segundo que le alcanzó el antebrazo
izquierdo, en banderillas; y otro derrote escalofriante del sexto a la
altura del pecho al entrar a matar.
El que abrió plaza, mal picado, empujó con la cara alta en varas.
El jerezano, airoso con el capote, lo llevó al caballo por precisas
chicuelinas al paso. La faena, con brindis a su padre, en el callejón,
quedó en un trasteo breve y hábil en las afueras a un toro sin apenas
recorrido, en el que tuvo que vaciarse el diestro en la suerte suprema
porque el animal esperaba.
El blando segundo persiguió rebrincado la capa y salió suelto en el
primer tercio. El diestro dio mucho sitio en los lances de recibo. Con
los palos, recibió un tremendo hachazo en el antebrazo izquierdo, al
clavar el tercero, de dentro afuera. Casi en los medios, con un molesto
viento que se levantó, se mostró desacoplado ante el incómodo animal,
sin recorrido. Tras dejar media, lo pasó mal al descabellar.
El tercero, muy blando, fue sustituido por otro toro del mismo
hierro. Algo inhabitual en esta ganadería, porque jamás lleva sobrero.
Regalito, alto, zancudo, fue el de mejores ideas. Se dejó pegar en
varas y embistió con nobleza, aunque con la cara arriba. Padilla, que
cumplió con el percal, banderilleó sin apreturas, clavando un par al
violín al segundo intento. En la muleta, sin molestarle, tandas cortas
por ambos pitones, destacando una buena serie con la izquierda. Faena
que aderezó al final con algunos ingredientes de la casa, como un par
de molinetes de rodillas y un desplante de hinojos, de frente, a cuerpo
limpio. Tenía la oreja ganada, pinchó antes de una estocada y parte
del público se enfrió. Todo quedó en una vuelta al ruedo.
El flojo cuarto, un tranvía que acudió de lejos al caballo, no se
entregó. El de Jerez logró un quite por navarras, rematado con una
serpentina. Desigual en banderillas, concretó su labor muleteril en las
rayas en un breve macheteo con un astado que desarrolló sentido.
¿Que no hay quinto malo?… el peor. Su empuje en varas fue un
espejismo. En banderillas cortó. Luego, se frenó y lanzó hachazos.
Era toro de hule y el espada lo finiquitó con oficio.
El blando sexto se dejó pegar, esperó peligrosamente en banderillas
y llegó mirón y a la defensiva al último tramo. El torero, que porfió
con dignidad, recibió un hachazo a la altura del pecho cuando mató de
magnífica estocada; una cornada que pudo ensombrecer la tarde.
Al final, gran ovación del respetable en reconocimiento a una gesta
cumplida. Ya dice un proverbio que el héroe más grande es el dueño de
sus deseos. Y Juan José Padilla cumplió ayer uno de los suyos: seis
miuras en Bilbao, seis, que fueron siete con el sobrero.
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