GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE
TOROS DE
ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO

Tarde del viernes, 24 de agosto de 2001
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería Toros de Atanasio Fernández, con presencia, inválidos.

Diestros

  • Enrique Ponce, estocada (palmas); estocada caída, rueda de peones y dos descabellos (aplausos y salida al tercio).

  • Manuel Caballero, estocada y descabello (silencio); pinchazo y estocada ladeada (silencio).

  • Eugenio de Mora, pinchazo y estocada (vuelta); bajonazo y rueda de peones (silencio).

Entrada: cerca del lleno

Crónicas de la prensa:  Portaltaurino, El País, El Mundo, ABC, Diario de Sevilla


PortalTaurino. EMILIO TRIGO. Directos a la incineradora

La fiesta de los toros, entre otras cosas es grande por su verdad, su autenticidad y  por su emoción, cuando el torero se juega la vida ante un toro bravo, que domina con su inteligencia. La transmisión en los tendidos, cuando se conjuga estas circunstancias, hace de la corrida un bello espectáculo inigualable.

Eso es lo que llevamos en la mente los aficionados, cuando nos dirigimos a una plaza de toros. Vamos con la ilusión de ver una gran tarde de toros y toreros, pero lo que ocurre es que la realidad, en muchas ocasiones, es bien distinta. Máxime cuando el cartel anunciador está rematado de figuras y con una buena ganadería ‘a priori’, caso como el de ayer en Bilbao, que nos llevamos un gran fiasco.

Siempre se mantiene la esperanza mientras hay vida, eso es lo que pensábamos cada vez que veíamos arrastrar al astado de turno. El mismo comentario generalizado, “Haber si el siguiente sale mejor, porque este vaya tela, ¡nada  de nada!”.

Así sucesivamente, nos llevamos hasta que arrastraron al último, con una fe ciega en que saliera algún toro que embistiera y dejara hacer algo a su matador. Para colmo de males, el sexto fue un astado manso, que buscaba tablas desde las primeras probaturas de Eugenio, el toledano que toreó con un fuerte vendaje en su mano derecha, por una lesión producida en Pamplona, vio perplejo como su toro se desentendió, de la muleta y rehusó la pelea, cerrando de esta forma una tarde para el olvido, por culpa del infumable juego de los atanasios, que solo sirvieron para la incineradora de turno.

Lo más destacable de la tarde ocurrió en el tercero, un toro noblón que se dejó hacer algo en la muleta de De Mora, la que manejó con temple por el pitón izquierdo y ligando un par de contadas series. De menos a más fue su faena, ya que el toro tampoco era un prodigio de fuerzas.

Todos los toros iguales, el primero de Ponce soso y descastado, llevó siempre la cara por los cielos, jamás humilló y nada pudo hacer, sólo matarlo de un estoconazo. El otro fue el sobrero de Los Bayones, de casi seis añitos -que acusó- y además lucia serios pitones, al que Enrique tapó con su técnica y pundonor. Presentó el valenciano la muleta adelante, para que el reservón la tomara, lo que hizo siempre a regañadientes y sabedor de lo que se dejaba detrás. Mal lote se llevó el de Chiva, pero aún fue peor el de Caballero que veníia infiltrado en su pie derecho, por un pisotón de un toro en Almería un par de días antes.

El albaceteño estuvo voluntarioso con el que hizo segundo, que no tenía mala condición pero estaba derrengado de los cuartos y sin emoción alguna, pues ya se sabe. Todavía le quedaba un cartucho a Manuel el quinto, pero nada, un calco de sus hermanos soso y rajao. Un fiasco.


El País. JOAQUIN VIDAL. Nada de nada

En la corrida no ocurrió nada. Nada de la nada, dijo el castizo y aún se quedó corto.

Lo que se dice absolutamente nada: eso ocurrió. Lo cual no es negativo del todo, francamente. La gente de a pie, como un servidor, no, pero la que es de estudio y filosofía, a la nada le saca partido. Sartre, sin ir más lejos; Nietzsche con él. Menudos eran. Se ponían a filosofar sobre la nada y les salía un frondoso jardín.

Entre quienes padecieron esta corrida quizá alguien señale un sucedido que cuestionaría el ya expuesto balance de la nada: un toro le pegó una cornada a un caballo. Y es verdad, si bien las cornadas a los caballos inocentes más valdría olvidarlas.

Reseñemos, no obstante, que el quinto toro, único con fuerza de la nefasta corrida, romaneó al caballo de picar, desmontó al El Viruta, que no supo defenderlo, y ya el caballo a su merced, lo tiró al suelo y allí lo corneó enfurecido pese a los intentos de quites y a los esforzados coleos. Si no llega a ser porque iba forrado de guatas, lo hace virutas. Y aun así consiguió meterle una cornada cerca del cuello. Cuando los monosabios se llevaban al caballo obligándole a trotar para que llegase antes a la cura, uno de ellos se quitó la blusa y la arrebujó contra la herida para contener la hemorragia, lo cual fue muy aplaudido.

El público buscaba continuamente motivos para aplaudir y apenas los encontraba. No podía ser con aquellos toros gordos de perniciosa invalidez y supino descastamiento. Los toreros se ponían porfiones con ellos y ni por esas. Hubo un toro -el tercero- que embistió un poco más y eso permitió a Eugenio de Mora darle algunos pases de mediano corte y relativo gusto.

El tuerto era el rey en el país de la invidencia, que se suele decir (poco más o menos). No se trataba, por supuesto, de que el público bilbaíno concediera mayor mérito a Eugenio de Mora que a sus colegas, pero si había conseguido tirar algunos pases de largo recorrido, por algo sería.

La gente ya se sabe que en cuestión de matices no pierde el tiempo rompiéndose la cabeza. Las multitudes son muy suyas. El meritado Nietzsche, a la masa humana la llamaba muchedumbre, si estaba de buenas, y si de malas, rebaño. Hoy día le habrían condenado al ostracismo por eso. Aunque no lo había más valiente, se las tenía tiesas con el poder e invitaba a la rebelión nihilista para empezar desde cero. 'Dios ha muerto' decía el tío.

Jean Paul Sartre andaba con las mismas y había un nadaísmo revisionista de la moral burguesa y de los poderes opresores del pueblo llano. Todo lo cual se recuerda aquí no por embarullar, sino porque a lo mejor le hace falta a la fiesta otra revolución sin contemplaciones que acabe con el monopolio económico y artístico, la mentira que han montado acerca de la casta del toro y la descarada golfería de los gacetilleros áulicos.

La fiesta de los toros lo era del arte y del valor y la han convertido en una miseria. Toros cayéndose, como ocurría con los impresentables atanasios y el sobrero de Los Bayones, no se podían concebir salvo desde su manipulación fraudulenta. Toreros al estilo de Ponce con petulantes maneras, al de Manuel Caballero con desganadas formas, al de Eugenio de Mora desorbitando sus gestos voluntariosos, porfiando los tres para apenas sacar medio pase, pues los toros no tenían resuello para embestir, o volvían grupas para escapar a tablas cantando su condición de bueyes, componían unas imágenes lamentables indicativas de la ramplonería que caracteriza a esta fiesta.

La han reducido a la nada. Y a lo mejor éste es el momento de hacerla renacer de sus cenizas armando la revolución, caiga quien caiga. O dejar que desaparezca para siempre jamás.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Efectos perversos de la resaca

Todo lo que sube, dicen, baja. Es decir que, en términos emocionales, a un subidón sucede siempre el efecto contrario. Es decir, un bajón. La depre. Ayer Vistalegre era un campo de cadáveres, un desierto de ceniza, una procesión de taurómanos ansiosos: el síndrome de la abstinencia. Eso es lo malo de figuras como El Juli: que crean adicción. Y eso es un peligro, por el síndrome y porque corremos el riesgo de que, a cambio de ese intenso sentido del peligro, vayamos a olvidarnos de los fundamentos del toreo: riesgo como sustento de la belleza y del arte.

Vale: la sensación de riesgo y de cornada la pone siempre un ser humano, un ser humano de distinta pasta que los demás, si se quiere. El arte sublime es cosa de la varita mágica de los dioses. Ayer no hubo ni una cosa ni otra, salvo algunos momentos de Eugenio de Mora que, probablemente, no le va a agradecer nadie.

Con todos los respetos, el efecto Juli es como los efectos de un huracán: desolación y ruina, después de la histeria colectiva, por donde pasa. Sobre ellos, y sobre su sangre generosa, edifica Julián López su gloria. Además de esto parece ser un revulsivo para los que están en la plaza.

Por ejemplo ¿qué hacía ayer Enrique Ponce en Vistalegre? ¿Era el mismo Ponce de anteayer? ¿Dónde la casta, dónde el prestigio, dónde el orgullo y, si me apuran, dónde la maestría que exhibió anteayer el valenciano? Ponce fue una sombra, Ponce parece necesitar de la presencia del ciclón juliano para motivarse. Mató bien, mató incluso excelentemente al primero, le obligaron a saludar y él, con buen criterio, se resistió. Fue lo mejor, unido a la ausencia de avisos, de su labor. Lo cierto es que a Ponce le tocó primero un elefante parado y después un sobrero opaco y oscuro. Pero eso no quita para que Enrique Ponce estuviera ayer en Bilbao como un boxeador sonado. No estaba El Juli: estaba la sombra de El Juli. Y a los toreros hoy, les pasa con El Juli como les pasaba a los boxeadores con el infortunado Urtain: que nada más meterles una mano, por suave que fuera, se tiraban a la lona. Esa es la cuestión. El Juli será mejor o peor pero, a fuerza de güevos, tiene acojonado, y nunca mejor dicho, a todo el escalafón. Lo demás, exquisiteces de intelectuales a la violeta como yo mismo, que andamos buscando la esencia del arte donde, a lo mejor, sólo hay capacidad para afrontar la muerte.

Tardes tan tensas como la de anteayer nos dejan exhaustos a todo el mundo. Y viene Eugenio de Mora, que no es figura, aunque podría serlo, y torea muy bien y pasa, más o menos, inadvertido. Eugenio de Mora corrió la mano y la bajó en excelentes naturales que, además, ligó (bueno, ligó a veces). De Mora tragó en otra tanda y además demostró ser uno de los mejores cinceladores del pase de pecho clásico. Y mató a la primera y de forma ortodoxa. ¿Qué habrá de hacer este torero, además de estar cosido a cornadas, para que le den el sitio que merece? Pues nada, a joderse y a aguantarse.

Con todo, y esto lo digo en favor de una plaza con frecuencia vilipendiada como la de Bilbao, se le aplaudió con fuerza y se le obligó a dar la vuelta al ruedo. Los sorteos no le son del todo favorables a Eugenio de Mora; y el bizco astifino que cerró plaza era un buey con malas intenciones y ninguna arrancada.

Manuel Caballero pasó de puntillas por la oscura tierra del ruedo de Vistalegre. ¿De quién habrá aprendido Caballero, en su niñez, tan burdos modales de torero? En estas dos últimas temporadas, Caballero está haciendo una demostración cabal de incompetencia. ¿Qué ancestros, qué maestros ciruela le están poniendo a Caballero a los pies de los caballos? Porque tanta incompetencia como está demostrando últimamente, no se improvisa; tiene que venir de lejos y depurarse día a día. Que investigue Manuel Caballero en viejos consejos y magisterios; no sea que lo que le pareció maestría en tiempos pueda convertirse en su tumba. La respuesta, mañana, con los doloresaguirre.


ABC. ZABALA DE LA SERNAEugenio de Mora, entre el bochorno

Eugenio de Mora se asomó entre la grisalla de la corrida, entre tanto toro inválido y bajo de casta, y nos recordó el toreo. Lo de Eugenio fue un brote de aire fresco, una brisa amable que alivió el bochorno de la tarde, en todos los sentidos. En medio de un calor húmedo, se sucedió el desfile de atanasios en una escalera impropia de Bilbao o de lo que debería ser Bilbao. Además, agarrotados, carentes de fuerza, con encornaduras feas, desiguales como sus hechuras.

Se salvó el tercero. De Mora toreó de veras sobre la mano izquierda en una faena que creció y creció hasta rozar cotas muy altas. Esas cimas se alcanzaron tras un par de series diestras. Entonces, ofreció la muleta por delante siempre, para empapar bien la cara del toro y guiarlo largo, bajo los patrones de un clasicismo y una estética cada día más depurados. Ligó en un noventa y nueve por ciento de las ocasiones, porque en el cuarto muletazo la embestida, más corta, provocaba la pérdida de pasos. Enormes los pases de pecho, y notables los derechazos que siguieron al trío de tandas zurdas. El bello cierre pronosticaba la oreja inmediata. Pero un pinchazo se interpuso en el camino.

MODAS Y CORRIENTES

De cualquier manera, las modas y las corrientes de cada tiempo se notan mucho, y no con ello quiero quitar un ápice de mérito a ningún torero, y menos a El Juli, que se lo ha ganado todo a pulso. El matador de Toledo cobró una estocada en el segundo encuentro y la gente ya se olvidó de los pañuelos, como si nada hubiera pasado, cuando pocos han toreado así en esta Semana Grande bilbaína.

Ahí se resumió la corrida. El sexto fue una mole de 636 kilos que se rajó en el prólogo del último tercio. Eugenio de Mora abrevió, vistas las huidas, y finiquitó su labor con un espadazo bajo.

Enrique Ponce se pasó la tarde renegando de su suerte. No fue para menos. El grandón primero ni se sostenía, el cuarto lo devolvieron y el sobrero de Los Bayones, corto y hondo, se mostró reservón cuando no acortaba los viajes y se acordaba del torero. Ponce hizo un valiente esfuerzo con éste último, aunque mató por los blandos. Se vio recompensado con una ovación en el tercio.

Manuel Caballero, que actuó infiltrado por una dolorosa lesión en el empeine, tampoco tuvo toros. El segundo, acapachado de pitones y colorado, quería pero no podía con su artrítico esqueleto; el quinto, que derribó con estrépito y poder y corneó con celo el cuello del caballo, acudió tontamente a la muleta y enseguida se paró. La gente salió aburrida y horrorizada con el percance del equino. Allá, a principios de siglo, se perdieron las voces que pedían ¡más caballos!


Diario de Sevilla. LUIS NIETO.  Fiasco con los Atanasios 

La corrida de Atanasio, abanta y reservona en los primeros tercios, condición propia de este encaste, no dio pie para el toreo de capa. Tampoco se entregó en varas; a pesar de dos derribos que no fueron por empujar precisamente con los riñones. Pero lo peor fue su escasa casta y su excesiva flojedad. Esas dos condiciones hicieron que ni siquiera embistieran con claridad en la muleta. Únicamente se salvó el tercero, noble y que repitió. Los toros de Atanasio defraudaron.

Enrique Ponce y Manuel Caballero no contaron con materia prima y Eugenio de Mora dio una vuelta al ruedo tras una faena desigual, paciente y con templanza. A la eficacia de la terna con la espada, se juntó la suficiencia de las cuadrillas en su conjunto, lo que hizo más liviano un espectáculo escasamente digerible.

El que abrió plaza era un tío, bien armado y con 616 kilos. Pero en lugar de sangre por sus venas corría horchata. Con la cara arriba empujó y derribó a Antonio Saavedra. Descastado y flojo, se desplomó en banderillas. Ponce tuvo que abreviar en un trasteo a media altura, carente de emoción, para matar eficazmente. El magnífico mulo fue pitado en el arrastre.

El cuarto fue devuelto por inválido. El sobrero, de Los Bayones, un cinqueño para seis años, arremangado de pitones, estaba en tipo. Pero el cornúpeta flojeó y, lo peor, sacó peligro. En la franela, mirón, se defendía. Ponce cumplió. Consintiéndole mucho, el valenciano logró sacar un par de tandas con la derecha. Ante todo, aquello fue una exposición serena. En este caso mató mal.

Caballero salió infiltrado del pie derecho por una lesión que sufrió en el ruedo de Almería. El segundo, colorao, con buenas hechuras, de cuerna muy abierta y espléndida, no se tenía en pie. Gonzalo González prendió un buen par. Manuel Caballero, en los medios, no pudo bajarle la mano al noble animal. Una labor insulsa en la que, para colmo, le desarmó en una ocasión.

El quinto desmontó a El Turuta, que cayó de pie. Sin embargo, el caballo corrió peor suerte. El astado le hirió cuando yacía en la arena. José Antonio Carretero, que hizo el quite al equino, se lució en dos pares de banderillas. Luego, Caballero se dispersó en una labor difuminada por el gazapeo y la sosería del toro.

El mejor lote cayó en manos de Eugenio de Mora. Perdón, el menos malo. Al tercero, bien hecho, reunido, aunque no le sobraron las fuerzas, dio pie para faena por su nobleza y repetición. Eugenio de Mora, en los medios, realizó una labor desigual, sin redondear, en la que el temple fue la mayor virtud, una virtud por la que el astado también se fue entregando y embistiendo con cierto recorrido. En alguna de esas tandas el toledano se vio desbordado por lo pegajoso del animal. Dentro de la faena descolló una primera tanda con la izquierda -el mejor pitón del toro-, con un par de naturales largos y un remate por bajo de altura. Luego bajó el tono, que consiguió remontar. Tras un pinchazo en lo alto, enterró el acero. Lo que iba para premio quedó en una vuelta al ruedo. A la obra, en conjunto, le faltó mayor intensidad.

El grandote que cerró plaza, bizco, con un pitón derecho que era un afiladísimo cuchillo, peleó desigualmente y fue un toro cobardón, que huyó a tablas en la muleta. De Mora abrevió. Es lo mejor que podía hacer para no desesperar a un público que se caracteriza por el máximo respeto con los toreros.

El espectáculo fue decepcionante, con un fiasco ganadero de los voluminosos y descastados atanasios.

 

 

©PortalTaurino, SL Pastor y Landero, 6-4º  41001 Sevilla España.  Contacto con PortalTaurino