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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO
Tarde del martes, 21 de agosto de 2001
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de El
Pilar, ejemplares
de presentación, por serios, hondos y cuajados. Todos manejables y dejándose
en la muleta, y todos ovacionados en el arratre.
Diestros:
Entrada: cerca del lleno.
Crónicas de la prensa:
PortalTaurino,
El País, El Mundo, ABC
PortalTaurino.
EMILIO TRIGO. Empate sin materia prima
La Feria lega a su ecuador
pero todavía no ha remontado el vuelo. Y no lo hizo en la corrida de El
Pilar por culpa de un ganado bonito de hechuras, serio, bien presentado
pero que a la hora de la verdad, en su comportamiento y en lo que llevan
dentro, evidenció falta de fuerzas, baja raza y sosería. Una vez más
se demuestra que una cosa es lo que se ve, toros para la categoría de
una plaza como Bilbao y otra muy distinta lo que luego dan de sí estos
toros que tiene volumen, presencia pero poca sangre brava.
El cartel de toreros
era bueno al igual que las expectativas que se crean siempre alrededor
de los toros, las esperanzas de siempre porque la corrida sirva, por el
triunfo de los matadores... volvieron a truncarse. Al final, Puerto,
Rivera y Morante “empataron” con un inservible material no apto para
triunfo de puerta grande, ni siquiera para dar una vuelta al ruedo. Pero
vista desde la perspectiva de algún despistado, podría pensarse que la
corrida fue brava, que los toros derribaron hasta cuatro caballos, uno
de ellos salió herido... No se engañen, fue fruto de accidentes, no
del empuje y la pelea de los toros en el peto.
Volviendo al empate, éste
se produjo en los resultados puesto que los tres matadores obtuvieron idéntico
resultado: ovación y saludos en el primero de sus respectivos lotes y
silencio en el segundo. Nada más. El público obligó a Víctor Puerto
a salir a saludar en el que abrió plaza –serio, con peligro sordo,
que nunca humilló ni se entregó- precisamente por plantearle una faena
en la que nunca le pudo bajar la mano ni someterlo, dada la descompuesta
embestida. Vamos, un auténtico regalito que ya puso en apuros a su
banderillero Manolo Osuna cuando se le fue al pecho a la salida de un
par de banderillas. El cuarto fue otro blando que no permitió al
manchego lucirse con el capote, como hizo en sendos quites al primero y
al tercero, a pesar de lo cual hirió al caballo que montaba Francisco
Luna tras derribarlo en un golpe de mala fortuna, no de pelea en el
peto.
Puerto lo intentó por
los dos astifinos pitones, intentando alargar la embestida del dócil
pero parado y soso astado. Estuvo afanoso aunque no pudo pasar de
voluntarioso.
En parecidas
circunstancias se encontró Rivera Ordóñez. Su primero tuvo nobleza
pero pocas fuerzas en el último tercio de su lidia. Francisco Lo llevó
siempre sin bajarle la mano para evitar que se derrumbara y mostró
ganas de agradar. El cuarto repitió el comportamiento de su hermano,
con buena planta pero sin emoción alguna. Lo único destacable fueron
las dos largas cambiadas de rodillas y reseñables verónicas.
El sevillano Morante de
la Puebla tampoco pudo hacer nada más que poner voluntad a pesar de que
le tocó el “mejor” de la corrida. Todo lo que tuvo de nobleza y
calidad lo tuvo también de falta de fuerzas. Mostró su garbo y su
torería con el capote, en lentísimos muletazos que no pudo ligar por
las características del animal. El de la Puebla habría tocado pelo de
no fallar en la suerte suprema pero en estas tardes todo se vuelve del
revés, teniendo en cuenta también el momento que atraviesa Morante con
la espada. El sexto, más de lo mismo. La faena no caló como todas las
de la tarde y sin apenas cosas que destacar, sólo la voluntad del
torero.
Lo dicho, empate sin goles a causa del ganado. Lo
peor, el sabor de boca que se queda cuando uno se aburre viendo una
corrida de toros con semejante planta pero tan poca raza.
El País.
JOAQUIN VIDAL. Cualquier cosa menos torear
Los toreros (estos de ahora) lo
hacen todo, todo, menos torear. Con tal de no torear, cualquier cosa. Y
les vale, tiene gracia.
Les vale porque va a las plazas un
público que lo aplaude todo, todo. Aunque no vea torear.
El público que va a las plazas en
estos tiempos se cree en la obligación de aplaudir todo movimiento,
incluso el mal hecho. Y se pasa la tarde aplaudiendo.
De eso se valen los toreros (estos
de ahora), y van tan ufanos por el redondel, en plan protagonistas, el
capoteo sin exponer ni un alamar, el muleteo corriendo, farrucos
desplantes, puñetazos triunfalistas al aire, mandobles amagados por
encima del hombro como queriendo decir: '¡Te daba así...!'
Al toro insinuaban que le iban a
dar. Pero menos lobos. Porque al toro se lo pasaban lejos; ni se les
ocurría ligarle los pases, no fuera el atrevimiento a provocar un
sinsabor.
Y el público, ajeno a la verdad
del toreo, desconocedor de la lidia, inocente y triunfalista, venga a
aplaudir. A veces pedía música, que es la costumbre en la plaza de
Bilbao. Mas no por festejar las suertes sino para combatir el
aburrimiento.
Los toros, una vez más, no tenían
culpa de nada. Los toros también eran inocentes. Decorosamente
presentados, comparecían al galope, perdían las manos en los primeros
capotazos, se caían antes de tomar la primera vara, repetían el
batacazo después (con lo cual ofrecían de la invalidez una amena versión
capicúa), se hartaban de embestir al derechazo fútil y a la
tauromaquia fruslera y rendían la vida sin decir ni mu, angelicos.
Podría parecer que estos toros
propiciaban toreo bueno, pero la realidad presentaba muy diferentes
aspectos de la cuestión. Ninguno de los espadas toreó a la verónica,
ninguno logró un solo pase de calidad, ninguno intentó una faena de
mediano fuste.
Los toros, nobles y algunos de
clara boyantía -serían de destacar segundo, tercero y sexto- se iban
al desolladero sin torear y con las orejas puestas.
Víctor Puerto, que desarrolló
faenas larguísimas, las realizó empleando toscas maneras. Ni siquiera
le valió su reconocida habilidad para transmitir simpatía a los públicos,
y su espesa labor quedó marcada por la vulgaridad
Nos referimos a la vulgaridad y
probablemente sería más propio decir fealdad. Porque el faenar de Víctor
Puerto y el de sus compañeros de terna se caracterizaba por sus antiestéticas
formas. Cuando el buen Quevedo -uno de los pocos que han dicho verdad en
la vida- escribió en Los sueños que no hay nobleza en el mundo
sino que todo es feo, seguramente estaba haciendo una premonición de lo
que acabaría siendo la fiesta. Claro que, por entonces, no conocía
Quevedo ni esta fiesta ni la otra: aún no había venido al mundo el Cúchares.
Rivera Ordóñez destacó por dos
largas cambiadas de rodillas. O sea, que se las aplaudieron
especialmente y algunos bilbaínos las subrayaban exclamando. '¡Epa!'
Después ya no generó ningún proyecto artístico, ni asomo de
tecnicismo taurómaco y perpetró sendos trapaceos faltos de fundamento.
Morante de la Puebla aportó su
reconocida pinturería, que consiste en poner pintureras las posturas -el
caderazo, el aflamencado desplante- mientras muletea fuera de cacho,
embarcando sin temple por la lejanía, para salir corriendo al rematar
los pases.
Y esto -lo de Morante, lo de
Rivera, lo de Puerto- con toros inválidos de beatífica nobleza. Señor,
señor: cómo está la fiesta.
El Mundo. JAVIER
VILLAN. La insuperable necesidad del
optimismo
Mal rollo ayer en Vistalegre; malas vibraciones al final de la
corrida que había empezado con insuperable optimismo. Los toros de El
Pilar, por los suelos. Y los toreros, a la misma altura. Se hizo un lío
la cuadrilla de Víctor Puerto y aquello parecía una capea de pueblo;
nada extraño: el peonaje estuvo a tono con el maestro, que se había
hecho un lío de trapazos y mantazos en un quite imposible. Imposible de
toda imposibilidad, mayormente por su perniciosa invalidez, el toro de
El Pilar. Pero hay una teoría de la felicidad, que sólo atañe a los públicos
taurinos y que se escapa a todo raciocinio. Víctor Puerto no daba una a
derechas ni a izquierdas, el toro rodaba por los suelos y el inefable público
pedía música.
No seré yo quien censure la disposición para la alegría y el goce.
Y menos en una plaza de toros, donde todo júbilo tiene asiento y
florece a diario el milagro de la compasión. Quien desee comprobar la
infinita disposición del ser humano para poner al mal tiempo buena
cara, que venga a una plaza de toros. Da igual en Euskadi que en
cualquier otra parte del reino ibérico. En toros no hay etnias, ni
razas, ni fronteras: los toros son el país de la alegría. Yo me curo
en las plazas de mi reprobable tendencia al escepticismo y mi
desconfianza en las bondades del hombre. Si un día, Dios no lo quiera,
se acabasen las corridas de toros, el abismo se abriría a mis pies.
Las plazas de toros, Bilbao, Donosti, el Madrid rompeolas de todas
las Españas y el más humilde villorrio, son una fuente de optimismo
benéfico. Se derrumba un toro, aplausos; agravia un torero el arte de
torear, ovaciones. Ayer también pidieron música para Rivera Ordóñez.
Un réquiem sería lo que solicitaban, pues lo que estaba ocurriendo en
el ruedo parecía un velatorio. Daba igual las gurripinas de Puerto o de
Rivera que las hermosas verónicas de Morante de la Puebla. El público
de toros ha desarrollado de tal manera su sentido de la piedad
igualitaria, que los cosos son, hoy día, un modelo de ciudadanía y la
reserva espiritual de Europa. Para que vengan luego los antitaurinos y
nos tachen de zafios, cafres y sanguinarios.
El público taurino, con su idea de la equidad y la tolerancia, es lo
más presentable que tenemos para exhibir en el extranjero. Hay públicos
especialmente melómanos, como el de Bilbao, y eso les da un toque de
distinción. Los toros de El Pilar también eran melómanos. Se les veía
felices cada vez que se apercibían de que un sector de los tendidos pedía
música. Como el presidente sólo la otorgó una vez, se les ponía a
los de El Pilar cara de tristeza y morían con desgana; en parte por el
silencio de la banda, en parte por los sablazos y los pinchazos de
Puerto, Rivera y Morante. El colmo de la felicidad fue el tercero, que
escuchaba arrobado Nerva. A veces se arrodillaba para escucharlo en éxtasis
como los ángeles y los bienaventurados. También se arrodillaban los
demás, salvo el sexto; mas acaso no fuera por melomanía, sino por
debilidad congénita o adquirida. A Morante le tocaron la música por
unos redondos de fino trazo y escaso fundamento. Y si no pincha, le
hubieran dado la oreja.
El colorao cuarto hirió a un caballo. Eso fue lo más reseñable en
unas circunstancias tan plúmbeas y deslavazadas, que el proverbial
optimismo del público taurino se vino abajo. Mala cosa, malas
vibraciones empezaban a percibirse en muchos puntos de la plaza. Ni
siquiera las dos largas de rodillas de Rivera lograron devolvernos el
optimismo. Y una plaza sin optimismo es una plaza muerta, es un peligro
para el orden taurómaco, una amenaza. Una plaza sin optimismo y hundida
en la miseria permite calibrar en toda su extensión la absoluta
vulgaridad de Rivera Ordóñez, la total inanidad de Morante de la
Puebla en sus tardes inanes. Y la absoluta vulgaridad de los toros de El
Pilar, todo hay que decirlo. Toros y toreros, tal para cual. Cosas insólitas
estaban ocurriendo. Derribó de latigazo el bellísimo y cuajado sexto
y, tras zarandear al picador y al caballo, le arrancó a éste la venda
y la cabezada. Si no otra cosa y con Morante de la Puebla en las
batuecas, por lo menos ya teníamos foto de la corrida: venda y cabezada
colgando del pitón izquierdo del toro como una banderola.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. El trágala de las
banderillas
Bilbao conserva un encanto especial en torno a sus
Corridas Generales. Se suceden actos, coloquios, homenajes o almuerzos
ya tradicionales, como el que cada año organiza con todo cariño Javier
Aresti. Claro, que no todo el campo es orégano y por avatares del
destino a veces uno se tropieza con cardos y asuntos espinosos cuando
menos. A don Eduardo Aguirre, hermano de la señora ganadera de idéntico
apellido, le pareció «sangrienta» la crónica abecedaria e isidril
sobre los doloresaguirres. Y así nos lo repetió en media docena de
ocasiones consecutivas. «Propia de Navalón. Pero, oye, tan amigos»,
que viene a ser como «eres un hijoputa, pero, oye, tan amigos».
Hombre, querido Eduardo, a mí, sangriento me parecen cosas que de vez
en cuando ocurren por aquí, no una crítica taurina. Y, además, si a
su juicio aquellas líneas, escritas desde el máximo respeto, aun
duras, le merecen el calificativo de injustas, por suavizar su
terminología, le diré que, a quien esto firma, más triste, por
chovinista y endogámico, se le antoja el premio que le dio a la corrida
de Dolores Aguirre la Junta de Vista Alegre como mejor ganadería de la
última Semana Grande. Es más: ayer presencié, justo debajo de mi
localidad, ejemplos más difíciles de digerir que una crónica adversa.
Porque hubo gran alboroto en el callejón, aspavientos, cuando la
cuadrilla de Morante de la Puebla utilizó las banderillas que traía y
no las abanderadas con la Ikurriña o con los colores de Bilbao.
Alboroto en su fila de burladero, señor Aguirre. Cabreo también en el
gesto del alcalde, Iñaki Azkuna. Regañina a los toreros de plata.
Incluso cuando los hombres de Rivera Ordóñez clavaron sus rehiletes
blancos, ni siquiera aquellos rojos y gualdas que tanta «provocación»
causaron años atrás, subió de grados el enfado y llamaron a los
alguacilillos.
¿En que línea recoge el Reglamento semejante
obligación? ¿Cuáles son los miedos, si ya en su día se le indicó a
Rivera Ordóñez que no «provocara»? Y, luego, siete veces «sangrienta»
es una crítica de una mala corrida de toros. Manda huevos.
Como comprenderán, dado el prólogo, no hubo apenas
nada en el ruedo. Corrida enorme de El Pilar, seria y vacía, blanda y
sin motor, más mala que buena, o ni fu ni fa, ni chicha ni limoná, que
dicen en mi tierra, donde no hay trágalas coloristas.
A Morante le correspondió el mejor toro, el tercero.
Se estiró a la verónica y después toreó bello por derechazos, sin
ligar ni uno. Rematadas las series con alguna pincelada, quedaba la
sensación de poco, o que el poco debía ser más y más unido. Bueno,
pues la calidad que hubo la tiró por la ventana con la espada. El
sexto, de gran aparato, derribó con estrépito las dos veces que entró
al caballo, más por blandeces equinas que por poderío del animal.
Puerto
asumió el peligro sordo del cornalón primero, y Rivera con las
incertidumbres del blando segundo que tomaba mejor el engaño al
natural. Y aquel no sacó nada en claro de un cuarto que no humillaba y
éste le pegó muletazos a mansalva a un quinto tonto que no acabó de
romper en nada. Total, que si no es por el trágala de las banderillas,
tres párrafos.
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