|
|
|
Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO
Tarde del domingo, 19 de agosto de 2001
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Cebada
Gago, seis toros desiguales de presencia y
romana pero con trapío. Muy serios de cabeza, y más cómodo el
tercero. Sin brillo en el caballo; en general, mansos. Enrazado el
primero, noble el segundo, deslucido el sexto y complicado el resto.
Blandearon en exceso tercero, cuarto, quinto y sexto.
Diestros:
-
Dávila Miura,
fuerte ovación que recoge camino de la enfermería.
-
Juan Bautista, vuelta
y aplausos.
-
Jesús
Millán, estocada
baja (vuelta); media estocada caída y rueda de peones (aplausos y
salida al tercio).
Incidencias:
Dávila Miura fue asistido de una cornada
«herida incisocontusa en la cara anterior del muslo izquierdo, con
orificio de entrada de 20 centímetros en trayectoria ascendente, y otra
de 15 centímetros que interesa el músculo taroide, de pronóstico
grave».
Entrada: cerca del lleno.
Crónicas de la prensa:
PortalTaurino,
El País, El Mundo
PortalTaurino.
EMILIO TRIGO. Una tarde más que interesante
Fue interesante la corrida de Cebada Gago
a pesar de que el comienzo de la feria quedó algo empañado por la
grave cornada de Dávila Miura. Grave aunque pudo ser peor a tenor de la
fea forma en que cogió al sevillano el primero de la tarde a la hora de
entrar a matar. Se tiró de verdad entre los dos pitones y el astado le
infirió una grave cornada en el vientre. La brillante actuación de
Eduardo la redondeó manteniéndose en el ruedo hasta el final, para ver
cómo moría el toro y recoger la ovación del público.
Quizá hubiera sido más justo una mayor
petición de oreja de la vista en los tendidos como premio al esfuerzo
de este torero sevillano que incluso quiso salir a matar al segundo de
la tarde, empresa que resultó imposible. El astado era muy astifino,
manseó en el peto y tuvo dos malas cualidades: no humilló nunca y tuvo
violencia. Es verdad que tuvo recorrido y Dávila consiguió lucirse con
él en algunos compases de la faena, sobre todo por el pitón izquierdo.
Fue por tanto, una meritoria actuación del diestro que se retiró a la
enfermería por su propio pie ante la ovación del público que premió
el esfuerzo del herido torero.
A pesar de que la tarde no empezaba con
excesivo buen pie, la corrida fue interesante. Los tres toreros
estuvieron muy dignos ante los toros que tuvieron delante, los cebadas,
que tuvieron dispar comportamiento e intenciones muy distintas.
El primero se dejó, el segundo tuvo una
nobleza extraordinaria, hubo otros dos que ni fú ni fá –el deslucido
sexto y el protestón cuarto- mientras que tercero y cuarto cumplieron
sin más.Herido el director de lidia, Francisco Marco se quedó con tres
toros, entre ellos el mejor del encierro: el segundo. Supo aprovechar
las buenas maneras y la nobleza de este cebada al que le hubiera cortado
la oreja de no pinchar con la espada. Tuvo clase por ambos pitones y
Marco le construyó una faena bien montada, con profundidad con la
diestra aunque le tuvo que saber a poco esa vuelta al ruedo si se tiene
en cuenta que pudo tocar pelo en una feria de esta importancia y que
podía colocarlo en mejor situación dentro del escalafón.Sus otros dos
oponentes tuvieron una condición muy distinta, con
complicaciones.
El cuarto fue peligroso sobre todo por el
pitón izquierdo, de manera que lo intentó aunque así hay pocas
opciones de triunfo.
En el que cerró plaza tuvo que meterse
en los pitones ya que se paróCosas de la vida y del toreo, Francisco
Marco mató a estos dos toros de sendas estocadas mientras que falló en
su primero cuando tenía cortada la oreja. A pesar de todo, la
actuación en Bilbao debe servirle de algo al navarro que se mostró
decidido ante las dificultades.Por su parte, a Jesús Millán le tocó
un impresionante quinto toro, de grandes y astifinos pitones además de
mucho volumen que fue ovacionado de salida. Sin ser malo tampoco tuvo
demasiadas cualidades para el triunfo del aragonés. Se dejó en la
muleta aunque Millán sólo se lució en algunos momentos del trasteo y
fue ovacionado.
En el tercero dio una vuelta al ruedo
tras una interesante actuación. Esperó al astado que se orientaba por
el izquierdo y al que le costaba desplazarse por el derecho. Millán
esperaba que rompiera a bueno pero el animal hizo todo lo contrario.
El País.
JOAQUIN VIDAL. Cogida
grave de Davila Miura
El primer toro cogió a Dávila
Miura como para matarlo. Así, como suena. Marcaba Dávila Miura los
tiempos del volapié y cuando ya había hundido prácticamente todo el
acero en el toro éste le tiró un derrote súbito que le caló la
ingle. El lugar de la cornada ya era lo suficientemente peligroso para
que en ese preciso momento la cogida adquiriese caracteres alarmantes.
Pero no quedó ahí el percance
sino que el toro continuó calamocheando, no se sabría decir si para
destrozar al torero o quitárselo de encima. De esta pavorosa manera
estuvo volteando a Dávila Miura durante unos segundos interminables,
naturalmente dramáticos; y en el transcurso del espeluznante zarandeo
unas veces quedaba boca abajo colgado del pitón, otras boca arriba,
otras vertical y de cabeza, otras zangoloteando en lo alto.
Cuando finalmente y entre el
revuelo de los capotes al quite el toro liberó a su presa, la sensación
era que Dávila Miura llevaba cornada enorme, lo que en otros tiempos
denominaban gráficamente 'cornadón de caballo'. Y, sin embargo, ante
la general sorpresa, se incorporó, se zafó de las cuadrillas y los
compañeros que pretendían auxiliarlo y se encaró con el toro en
castizo desplante, señalando con el dedo la realidad de la estocada que
llevaba el animal encima y lo había sentenciado a mejor vida.
Estaba herido el torero,
evidentemente. Se supo luego que la cornada era grave, aunque limpia,
según terminología muy de los taurinos. Y no se iba. O sea que no se
acababa de marchar, empeñado en recibir la justa recompensa de los
aplausos por la faena voluntariosa que le había realizado al encastado
toro; meritoria, sin duda, teniendo en cuenta lo mucho que aguantó las
vivaces embestidas; y por la estocada del remate, en la que ejecutó la
suerte con mucha verdad a cambio de la cornada.
El otro toro de Dávila Miura,
programado en cuarto lugar, quedó para Francisco Marco, que cambió el
turno y lo convirtió en sexto. Menudo era el toro, por trapío y
cornamenta. Los toros de la ganadería de Cebada Gago sacaron el tipo
propio de su encaste, con unos cuerpos vareados, unas musculaturas
definidas, el lustre propio de los toros criados de lujo, que es
habitual en este hierro.
Lo malo fue que sacaron poca
fuerza, algunos estaban aquejados de invalidez, y llegaron a los últimos
tercios mostrando unas embestidas cortas que, faenas adelante, tendían
a aplomarse y dificultar, por tanto, el toreo. No todos, claro. En los
tres primeros prevaleció la sangre encastada y dieron el juego
interesante -añádase emocionante- que se deriva de la bravura.
Uno de los mejores toros, en este
sentido, le correspondió a Francisco Marco, que lo muleteó con
irreprochable torería. Este diestro es de muy pocas actuaciones, apenas
lo contratan fuera de las plazas del Norte y, en cambio, es uno de los
del actual escalafón que tiene más asimilado el toreo clásico e
interpreta las suertes desde la pureza y el sentimiento. Abrió Marco el
trasteo mediante estupendos ayudados y toreó luego con fundamento por
derechazos y naturales. Sólo se le podría censurar -sin mucho reparo,
por supuesto- que cortara la faena tras cada tanda, que se diera
entonces unos paseos para lo que dicen es dar un respiro al toro, pues
en estos casos lo que se suele propiciar es que el toro pierda el celo.
Y eso ocurrió.
En sus otros toros, el segundo suyo
y el que correspondía a Dávila Miura, estuvo muy voluntarioso y
valiente aguantando y hasta consintiendo las medias arrancadas que
dificultaban el toreo.
El tercer toro sacó la encastada
nobleza que posibilitaba faenas de las buenas y Jesús Millán no acabó
de centrarse. Algunos pases de correcta factura dentro de los numerosos
derechazos y escasos naturales que intentó los alternaba con otros
destemplados, sufrió un desarme y libró achuchones varios.
El quinto lucía una arboladura
impresionante. Gran alzada, cornalón y astifino como para provocar
escalofríos, fue largamente ovacionado por el público en cuanto saltó
a la arena. Y luego se vino abajo en medio de la general sorpresa. Entiéndase:
estaba inválido, se desplomaba al salir de las varas y en el tercio de
banderillas.
Y llegó al de muerte sin aliento y
sin recorrido, por lo que Jesús Millán no pudo obtener lucimiento en
el transcurso de sus insistentes y voluntariosas porfías para intentar
sacarle partido.
La corrida de Cebada Gago defraudó
por estas inesperadas invalideces, que no condonan las nobles embestidas
de los tres primeros toros, ni mucho menos la fiereza del que abrió
plaza, que estuvo a punto de destrozar a Dávila Miura. Por suerte no lo
destrozó. Y aunque le pegó la cornada casi hay que felicitarse pues,
según lo cogió, pudo ser peor.
El Mundo. JAVIER
VILLAN. Davila Miura herido
grave
Defraudaron los cebadagago, si no por la estampa, sí por el juego; Dávila
Miura se fue al hule y Jesús Millán anduvo de sobresalto en
sobresalto. O sea, que las desgracias nunca vienen solas. Los cebadas
blandearon casi todos y sacaron un peligro sordo y oscuro que ensombreció
la tarde. Espléndidos con las banderillas Montiel, Arruga y Paco Peña:
algo bueno había de tener la tarde. No era tarde para florituras. A ver
si nos aclaramos: una cosa es torear bonito y otra cosa es torear bien.
Torear o escribir bonito es un ejercicio de salón, un melindre de
espejo. Es decir, una retórica prescindible con muchos elementos de
sobra.
Torear bien es la precisión de trazo y la exactitud de los terrenos,
la arquitectura de la faena: como el verbo y la sintaxis de la
escritura. Dávila no toreó bonito porque al toro enrazado que lo mandó
a la enfermería era imposible torearle de esa manera.
A un toro así le pones el espejo, y los reflejos inversos del
espejo, y hace trizas el espejo y a quien se pone delante. Se volcó Dávila
Miura sobre el pitón derecho en la estocada, sin vaciar la embestida, y
fue prendido de forma espectacular y siniestra. No sé si llevamos el
destino, la hora aciaga, marcada a fuego sobre el alma; pero ayer Dávila
Miura volvió a nacer. Que el cebadagago no le partiera la madre carece
de explicación racional. Los segundos interminables que Dávila estuvo
suspendido del asta se vivieron en la plaza con angustia. Aunque tarde,
el toro murió de la estocada.
No fue el único momento dramático. Si Jesús Millán no murió de
infarto al ver saltar a la arena su segundo toro, corrido en quinto
lugar por el trastrueque que impuso la cornada de Dávila Miura, ya está
acreditado como torero por los siglos de los siglos; casi 700 kilos de
toro coronados por dos puñales, pitones pedernales, como en las viejas
historias y las viejas estampas. Después resultó blando de pezuña y
dobló las manos dolorosamente; pero la impresión ya estaba dada.
Francisco Marco perdió ayer, en el segundo, la oportunidad de tapar
la boca a quienes lo ningunean y lo dejan fuera de las ferias. Empezó
bien, templando por la derecha. Bajó la calidad por la izquierda y ya
no remontó el vuelo, aunque matara con eficacia, de una estocada
ladeada a la segunda. Jugó bien los brazos a la verónica en el cuarto,
al igual que en el segundo. Pero el bicho no tenía la misma bondad.
Cabeceaba, se paraba, y ponía los cuernos en las nubes. Se atemperó el
toro, o lo atemperó Marco, en una serie por la derecha que no tuvo
continuidad. Los brillos se le apagaron definitivamente en el sexto,
quinto de orden natural, el más bello quizá de la corrida y el más
deslucido.
A Jesús Millán le estorbaba todo en el ruedo: una banderilla, la
montera del brindis. En realidad, lo que le estorbaba era el toro. No
hizo vida Jesús Millán de los resabios del cebada tercero. El animal
descubrió los puntos flacos del torero antes de que éste descubriera
las posibilidades del toro. Millán se quedó, con frecuencia, a la
intemperie, destapado por mala colocación y por retirar la muleta antes
de tiempo. No perdió el valor ni la cara pero fue de atragantón en
atragantón hasta fulminar al complicado animal de una estocada baja.
Acabó Millán, en el quinto, con la cara ensangrentada, sangre de toro
por fortuna. Y otra vez esquivando la cornada peligrosamente
descolocado.
|
|