GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE
TOROS DE
ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO

Tarde del domingo, 18 de agosto de 2001
Rejones
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Benítez Cubero, discretos de presencia, flojos, dieron juego.

Diestros

  • Leonardo Hernández, rejón caído, pinchazo y rejón trasero (ovación y salida al tercio); rejón trasero y, pie a tierra, siete descabellos (silencio).

  • Fermín Bohórquez, pinchazo bajo y rejón bajo (ovación y salida al tercio); rejón atravesado trasero (escasa petición y vuelta).

  • Hermoso de Mendoza, rejón ladeado y otro muy trasero bajo (aplausos); rejón atravesado trasero caído, lo quita rápidamente un peón y se cae el toro (oreja con escasa petición).

Entrada: cerca del lleno.

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo


El País. JOAQUIN VIDAL. La inevitable orejita

No podía faltar la inevitable orejita y cayó, aunque fuera en el último minuto. Se la regalaron a Pablo Hermoso de Mendoza que, por cierto, no había tenido una de sus habituales tardes brillantes. Es verdad que la pidió el público, pero si alguien matizara que la pidió todo el público o una mayoría del público, sería mentira. La pidió una minoría aunque, eso sí, vociferante y escandalosa.

En cuestión de peticiones de oreja hay mucha tela que cortar. Dicen los partidarios de las orejas (y con mayor motivo sus beneficiarios): 'La pidió el público'. Sin embargo se callan lo más importante: cuánto público la pidió, que suele ser una evidente minoría.

La fiesta de los toros en lo que concierne a sanciones de calidad, triunfos y fracasos, tuvo fama de ser democrática y, efectivamente, sus resultados artísticos se sustanciaban por mayoría de votos. Para ello inventaron lo del pañuelo. La gente flameaba el pañuelo sin chillar cuando pedía la oreja y el presidente no es que hiciese recuento de votos -no podría, claro- mas la visión del tendido le bastaba para apreciar si había allí mayoría o minoría.

En los tiempos modernos, por el contrario, el que pide a lo mejor lo hace con dos pañuelos, o con la almohadilla si es blanca, y le falta a la madre al presidente, y se pone a pegar alaridos, con lo cual aun siendo los peticionarios un reducto insignificante, se acaban convirtiendo en grupo de presión e imponiéndose a base de armar escándalo. Imagina uno qué sería en las elecciones democráticas verdaderas (las políticas, entendámonos) si el que vota metiera en la urna en vez de la papeleta un folio o un pliego de papel de barba y de propina le armara la bronca al presidente de la mesa.

Muchas injusticias se cometen en la fiesta de los toros con esta forma de votar (a lo burro, hablando en plata). Sin ir más lejos, en esta primera función de la feria bilbaína, que llaman, según manda la tradición, Las Corridas Generales. El perjudicado fue Fermín Bohórquez porque este rejoneador, que no le había ido a la zaga a Pablo Hermoso de Mendoza, tuvo similar petición de oreja (es decir, minoritaria y vociferante) y el presidente se la negó, mientras a Hermoso acabó concediéndosela. Debería haber un juzgado de guardia para denunciar estos y otros flagrantes casos.

La actuación de Fermín Bohórquez no transcurrió espectacular, mas sí torera y sobria, lo cual es muy de agradecer, principalmente en esta modalidad ecuestre de la fiesta taurina que tanto se presta a las extravagancias. Así -pongamos por caso- los caballazos convulsivos y los manoteos triunfalistas de Leonardo Hernández jalearán al cotarro, o será vistoso salir girando el caballo según hacía Pablo Hermoso de Mendoza, pero en el toreo importa más la lidia y el dominio, la reunión al estribo, la forma de clavar, y en eso nunca estuvo Fermín Bohórquez por debajo de sus colegas. Incluso para realizar las mismas cosas -los rejones de castigo, las banderillas, las rosas, el rejón de muerte, que constituyen lo esencial- necesitó mucho menos tiempo.

Leonardo Hernández estuvo torero; lo que pasa es que le desmerece su puesta en escena, su empeño en que le aplaudan para lo cual se pasa saludando y cae un poco en el ridículo, los aparentes malos modos que emplea para tomar las banderillas que le entrega desde el callejón el asistente. Puede hasta caer mal con tales formas. Y es una lástima porque en lo que se dice rejonear llega al nivel de los mejores, lo hizo muy bien en sus dos toros -el quinto, por cierto, le empitonó una pierna en un derrote- y ejecutó sin problemas esa suerte que incorporó Pablo Hermoso de Mendoza al rejoneo, que consiste en correr al toro llevándolo fijo a la grupa mientras se cabalga a dos pistas.

Pablo Hermoso de Mendoza exhibió gran oficio; con él, una técnica depurada para encelar los toros y recrecerles el instinto embestidor, para correrlos en la peripecia dicha de las dos pistas, para provocar los espectaculares giros del caballo a la salida de las reuniones banderilleras. Si bien casi todo ello le salió en tono menor, tuvo fallos al prender, buena cantidad de rejones y banderillas le quedaron deslucidos en la colocación. Y el rejonazo que cobró al sexto toro cayó en feo lugar, hasta el punto de que uno de sus banderilleros se apresuró a quitarlo, para que no cundiera el bochorno. Y cuanto siguió ya fue un despropósito: el griterío, el presidente, el triunfalismo, la orejita de regalo...


El Mundo. JAVIER VILLAN. El caballo, un ser superior al hombre

Hermoso de Mendoza se llevó una oreja de Bilbao que, sumada a las seis de Illumbe, hace siete; cinco toros y siete orejas en la campaña del norte en una semana. Pese a lo cual, el caballero navarro no acaba de romper en Vistalegre. La tarde inaugural de las Corridas Generales fue opaca y con pocos brillos. Lo mejor, algunos destellos de Bohórquez, algunos detalles de Hermoso. Y los caballos, claro, que son por sí solos un himno a la belleza y a la armonía de movimientos. Los toros de Benítez Cubero se cayeron a menudo. Se dice esto no como elogio, sino para advertir de una amenaza. Los toros de rejones empiezan a caerse como los de la lidia de a pie; acaso no tardemos en ver los toros de a pie desmochados como los de rejones. Al tiempo.

Policromía en la remozada plaza de Vistalegre. Más bien, chirrido de colores. El azul bilbao de las nuevas butacas, que no es azul marino ni azul cielo, que es azul bilbao: un color limpio y purísimo, casi eléctrico; el grana de la barrera y el blanco del estribo y del olivo con el amarillo claro y pálido del callejón; el nazareno de las columnas y los breves muros de los vomitorios coronados de una baranda en negro. Violenta y dura mezcla de colores. Y la arena, como siempre, gris y oscura. Tierra y ceniza. Tierra del fondo de los tiempos como sueños tristes de gloria imposible o de fracasos ciertos.

Hermoso de Mendoza, en este paisaje de colores a gritos, no acabó de romper. No rompió ninguno de los tres caballeros. Más que una corrida del arte del rejoneo, fue un desfile de hermosas cabalgaduras. Los caballos, de lo que primero saben es de su belleza depurada por los siglos. Esa conciencia le llega a través de la sangre, viene cantando por sus crines desflecadas y por el agua empozada de sus ojos. Los caballos no exhiben su belleza, la viven con naturalidad. Pueden los caballeros alancear al aire, dejar las farpas en las paletillas del toro o tener que descabalgar para un cruento e interminable descabello, como hizo Leonardo Hernández. Pero siempre, en ese acto fallido de la belleza sin consumar de un lance o un galope, está la belleza eterna del caballo como testimonio de otros mundos; esculturas en movimiento, los caballos cuentan la grandeza del reino animal, la purificación de las formas a través de los tiempos.

Son una raza superior los caballos de rejoneo, los caballos toreros del rejoneo. Son belleza viva que se crea y se recrea a cada instante. La inteligencia del caballo de rejoneo es también singular y tampoco necesita de exhibiciones fatuas. Pongan ustedes por ejemplo a Chicuelo, a Albaicín o a Danubio junto a alguno de la turba infame de los escribas, y verán dónde está la civilización; verán el salto atrás, respecto a la evolución equina, que suponen algunos humanos dedicados a guardianes del sistema taurómaco. Y pido disculpas a Napoleón, a Mambo, a Libanés, a Batán, a Sinfonía, y no digamos ya a Labrit, o Mariachi, por la grosería y el agravio de compararlos con algunos individuos, amanuenses y escribas de esta farándula taurómaca.

De un caballo de Bohórquez quedará siempre una huella de sus cascos, un olor a jara, un relincho sentimental, un pensamiento acaso. De algunos escribas y amanuenses, sólo quedará un rebuzno; acaso el ladrido servil a la voz de sus amos. De Fermín Bohórquez o de Leonardo quedará la sobriedad, el rostro sereno de su galope que es el rostro del campo y del horizonte. No incendió la tarde como se esperaba, el navarro Hermoso de Mendoza. Pero quedará en la retina las piruetas de Chicuelo, el temple de Tabasco o de Albaicín, el valor de Mariachi entrando en los terrenos del toro para que Hermoso dejara clavadas cuatro rosas y matara de un rejonazo infame que los ayudas se apresuraron a sacar. El peonaje, a veces, tiene un trabajo supletorio para tapar al maestro.

 

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