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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO
Tarde del domingo, 27 de agosto de 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Dolores
Aguirre,
correctos de
presencia sin excesos; flojos en general, 4º inválido; de discreto juego; 3º
manso, 6º aplomado.
Diestros:
-
Luis Francisco Esplá,
dos pinchazos, se sienta
el toro y luego se levanta, metisaca y descabello (ovación y saludos);
estocada corta atravesada (ovación y salida a los medios).
-
Óscar Higares, estocada
ladeada saliendo perseguido (oreja); estocada corta caída y rueda de peones
(silencio).
-
José
Ignacio Ramos, estocada
(oreja); tres pinchazos y estocada (palmas).
Entrada: tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El País
El País.
JOAQUÍ VIDAL. Una
estocada
José Ignacio Ramos cobró
la estocada de la tarde que era, a su vez, de la feria. Y eso es cuanto hay que
contar de la tarde y casi también de la feria.
Un aburrimiento fue la
corrida y casi toda entera la Feria de Bilbao.
Lo que pasa es que
decirlo en Bilbao está feo. Bilbao es mucho Bilbao. En Bilbao -toros incluidos-
todo es enorme y nada admite parangón. Los todo a cien, por ejemplo, serían
todo a mil. En la carta del restaurante ponen quisquillón del Cantábrico
aunque lo que te sirvan sea quisquillita que al pelarla se pierde entre las uñas.
Lo que llaman toro de Bilbao es borrego. Y la afición, un público jaranero y
triunfalista que se pasa las corridas aplaudiendo, pidiendo música y poniendo
la postura de la Marijaia festera y triunfalista: brazos arriba.
No es siempre así en
Bilbao ni todos los bilbaínos hacen lo mismo, por supuesto. Sin embargo quienes
manejan el cotarro imponen ese triunfalismo, recaban testimonios que lo apoyen y
nunca les faltan pues lo que sobran es, igual en Bilbao que en el mundo entero,
trepas, granujas y aduladores. Y si, por casualidad, alguien con sentido común
y ojo crítico se sale diciendo que menos lobos, lo querrían expulsar primero
de Bilbao, luego de la vida laboral. La Feria de Bilbao -digamos pues-, muy
criticada cuando la anunciaron por la baja calidad de sus carteles (uno cree,
humildemente, que no eran tan flojos), ha resultado ser un auténtico petardo.
El aburrimiento presidió la inmensa mayoría de los festejos, y hubo de ser
quien lo sacudiera un torero tremendista como Juan José Padilla, en
concordancia con la encastada corrida de Cebada Gago.
Por una vez el que podría
ser verdadero toro de Bilbao, salió al coso de Vista Alegre en esa corrida de
Cebada Gago, séptima de la feria -lidiada el sábado- con una estampa preciosa,
un trapío irreprochable y el temperamento que es atributo de la casta brava.
Pero no era el toro real
de Bilbao, pues ni se parecía al toro que aquí se quiere ver, con la invalidez
y la bondad precisas para facilitar el triunfo de las figuras. Y, además, si de
toros íntegros se trataba, para eso está la ganadera Dolores Aguirre, que los
cría serios y pertenece a las mejores familias de Bilbao.
La corrida que envió
Dolores Aguirre para cerrar la feria no destacó ni por trapío, ni por poder,
ni por comportamiento, lo cual no significa que eso la vaya a privar de algún
premio. Alguien se lo sacará de la manga. Tampoco se crea que estos pucherazos
sólo ocurren en Bilbao. Hace unos años triunfó en Sevilla una gran corrida de
Victorino Martín y los prohombres maestrantes reunidos en jurado, que
posiblemente consideraban una humillación premiar a un plebeyo de Despeñaperros
p'arriba, se apresuraron a premiar la corrida de un ganadero de Despeñaperros
p'abajo con apellido ilustre.
Cierto juego ofrecieron
los toros de Dolores Aguirre y los diestros les dieron fiesta discreta. Luis
Francisco Esplá, con mucha técnica lidiadora, muy sobrado de oficio, para
hacer las faenas adecuadas y exponiendo lo estrictamente necesario. Banderilleó
sólo un toro, por el pitón derecho exclusivamente a cabeza pasada, y no se
descarta que lo hiciera aposta.
Óscar Higares, que
recibió sus dos toros a porta gayola, sacó partido de la nobleza del segundo
por derechazos (por naturales le fue peor) y cortó una oreja, mientras al
quinto le aplicó astroso trasteo, algunos de cuyos pasajes pitó el público.
José Ignacio Ramos,
banderillero de tosco estilo, sacó pases voluntariosos al boyante tercero y ganó
la oreja con el estoconazo que cobró. Al aplomado sexto, tras valerosas e
insistentes porfías intentando sacarle algún partido, lo mató mal. Y extrañó
bastante después de haberle visto en el toro anterior marcando los tiempos de
la suerte suprema con una valentía y una pureza como no se han visto en toda la
feria. Fue un volapié soberano. Una estocada de Bilbao.
El Mundo.
JAVIER VILLAN. Tribulaciones
de un buen presidente
Si analizamos la corrida dentro de la lógica tradicional, los toros de
Dolores Aguirre fueron buenos para los matadores, regulares para el público y
malos para el ganadero. Pero uno no sabe ya cuál es la lógica tradicional ni
lo que es bueno para unos o para otros. Como es humano buscar la comodidad, y
los valores andan trastocados, a lo mejor fue todo lo contrario; a lo mejor, al
ver los toros de ayer, las figuras empiezan a pedir la ganadería de Dolores
Aguirre; en cuyo caso la corrida habría sido buena para la ganadera. Aunque yo
no creo que la intención de Dolores Aguirre sea criar toros al gusto de las
figuras de hoy. Si eso ocurriera, habría caído uno de los últimos reductos
del toro de lidia como Dios manda. La corrida resultó noblota, un poco blanda,
justa de casta. Correctamente presentada, sin excesos ni espectacularidad. Nada
que ver con el corridón de anteayer de Cebada Gago. Si la Junta Administrativa,
para celebrar su Centenario, cae en la tentación de darle el premio a Dolores
Aguirre, don Matías González será víctima de una contradicción no deseada
ni por él mismo: haber contribuido, con la devolución del cebadagago, al
premio esta vez discutible de Dolores Aguirre; discutible aunque correcto por
ser la menos mala de las corridas que se lidió completa, y por una serie de
circunstancias anómalas: la más anómala, sin duda, la vulgaridad ganadera de
estas Corridas Generales. O sea, habría servido don Matías González sin
quererlo los designios de ese «todo Bilbao» con el que, a buen seguro, poco o
nada tiene en común y que, dicen, quiere segarle la hierba bajo los pies.
Hablando en plata, moverle el sillón presidencial de Vista Alegre.
Después de lo de anteayer, a don Matías González se le nota en el palco
como desanimado. O, peor, resignado. No fue su tarde, sin duda; pero Matías
González es uno de los mejores presidentes del planeta taurino ibérico. Las
pifias del otro día no pueden servir de base a una campaña de descrédito y
jubilación anticipada. Raúl, el fenómeno madridista, si gue lanzando penaltis
tras el petardo de la Eurocopa. Y un célebre árbitro cuyo nombre no recuerdo
continuó arbitrando partidos tras un escandaloso penalti en un controvertido
Barça-Real Madrid. Los errores del otro día de don Matías González pueden
suceder cuando se está tratando de poner dique al triunfalismo verbenero de una
plaza que en tiempos fue ejemplar. La resignación, la certeza de que sus
equivocaciones se han convertido en vilipendio, se le notaba ayer en la desgana
al sacar el pañuelo de las orejas. No tiene solución esta forma plebiscitaria
del público soberano. La fórmula proporcional del número de pañuelos no
siempre es contable con exactitud; y en esa frontera sin definir, la algarabía
y los gritos se hacen los amos de la plaza. Después, en la vuelta al ruedo con
el trofeo en la mano, ocurre que la conformidad, incluso de quienes no sacaron
pañuelo, es una evidencia. ¿A qué atenerse? ¿A los pañuelos o a los gritos?
Por otro lado, si se cambiara a un criterio estrictamente presidencialista,
tampoco sería admisible. Supondría eso poner en una sola persona un poder
ilimitado y, por supuesto, sujeto también a error.
Esplá hizo brillar generosamente su primer toro en banderillas. Acaso por
esto, o porque le pegaron fuerte en varas, el toro se echó cuando Esplá
entraba a matar. Faena sin alharacas en el cuarto, faena mate y sepia, más
reposada e íntima a medida que transcurría. Una oreja cada uno se llevaron
Higares y Ramos. Oscar Higares aún lleva vendada la mano que se rompió en
Valencia y usa estoque de empuñadura especial. Al bravo segundo de Dolores
Aguirre le fulminó de una estocada. Oscar Higares en claroscuro. En el tercero
Ramos tuvo un ritmo y el toro tuvo otro; el doloresaguirre ponía la delicadeza
y la templanza, y Ramos los tirones y el denuedo. Contundente con la espada en
éste, lo fue también con las banderillas en el que cerraba la Feria. No
resolvió los problemas del, probablemente, toro más complicado de la tarde.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. Recuerdo
del hijo de Corrochano y elogio de Óscar Higares en tarde agridulce
En este mundo de las comunicaciones e Internet fallan los canales con el
norte de España. O eso o en Bilbao no se enteraron de la muerte de Alfredo
Corrochano, decano de los matadores de toros, y obviaron el minuto de silencio,
de recuerdo y respeto. Ya el pasado año en San Sebastián el olvido se impuso
sobre el fallecimiento de Manolo Escudero. La conclusión más simple se reduce
al hipotético mal funcionamiento de las vías de información; la más alejada
de las buenas intenciones habla de la falta de respeto hacia de la historia.
Dicen las leyendas que una crónica negativa le acarreó a Gregorio
Corrochano un mal augurio: "¡Qué Dios te dé un hijo torero!» Y Dios le
concedió a la meiga o al brujo su deseo: Alfredito, tras mamar y amar el toreo,
hizo de él su profesión. El hijo del crítico de ABC, la pluma más respetada
y cabal, se lanzó a los ruedos; curiosamente, la historia da la razón a
quienes opinan que su transcurrir es cíclico: en este fin de siglo, el hijo del
crítico de ABC, la pluma más respetada y cabal, también pisa el albero. El
paralelismo asombra.
Este introito breve valga para recordar a un matador de toros —y pongo el
énfasis en ello por el orgullo que representa serlo— en una plaza que no
debería nunca obviar detalles que cimentan su categoría.
Pero don Matías González andaba, como todo el mundo, pendiente de la
corrida de Dolores Aguirre, todo un acontecimiento.
Galope alegre
Los doloresaguirre, sin gran aparato ni estremecedora lámina, eran
acogidos en silencio expectante. Todavía se les esperaba aunque mansearan en el
caballo y algún forofo de la ganadera bilbaína hasta aplaudió ejemplares tan
deslucidos como el quinto. No marcaron los astados mal comienzo. Es más: el
primero de todos ellos lució un tranco estupendo y un galope alegre. Y tal vez
porque se excedieron en el castigo en el caballo, o sencillamente porque se paró
en la muleta de Esplá, no remató un camino abierto y esperanzador.
Ligereza de pies
Fue éste el toro de mayor clase, como evidenció en un pausado quite de
Higares. Tuvo que emplearse el veterano torero alicantino con los palos para
ganar el terreno que le comía su enemigo con aquella ligereza de pies. Sin
embargo, tras el inicio, y alguna que otra pérdida de manos, se apagó la
nobleza y el recorrido, y aunque Luis Francisco Esplá probó distintas
distancias, el resultado no mejoró.
Como dato para el curioso, destacó que el matador cogió los rehiletes sin
hacerse de rogar tal y como está ahora de moda según la táctica de El Juli o
Padilla.
Renqueó de los cuartos traseros el cuarto, que se rajó pronto. Nadie daba
un duro por él. Pero para sorpresa de todos metió bien la cara en la muleta,
aunque con desigualdad. Esplá, con la montera calada y la torería por bandera,
elevó la categoría de su toreo en una magnífica serie sobre la mano derecha y
otra estupenda al natural, entre otras más corrientes. El cierre de obra no
desmereció, y sin ser faena redonda dejó una sensación diferente.
Higares, aún con la mano derecha lesionada en la Feria de Valencia —el
aparatoso vendaje así lo indicaba— causó una muy grata impresión,
merecedora de un elogio legal. Hubo saludo a portagayola, sí, y tambiñn mucho
mando y ligazón en su labor muleteril. Muy por bajo, tiró con largura y temple
del manso y bondadoso segundo. Los dedos inmovilizados sostuvieron la franela
con firmeza y poder, como si aquel invento médico transmitiera buenas
vibraciones. A izquierdas, el toro estaba con él; a derechas, recuperó el
ritmo. La parsimoniosa ejecución del volapié —el mejor de la feria— trajo
justamente prendida la oreja.
El diestro madrileño trastocó su imagen anterior por culpa del gazapón e
incómodo quinto, que no humillaba nunca. La cosa quedó así como deslabazada.
Nadie le negará el pundonor a José Ignacio Ramos, que batalló en todos los
tercios con vlountad y tesón. La ganas de triunfar con el tercero, manejable y
repetidor, pero sin rematar y sin calidad, imprimieron a su faena un caracter
bullicioso y acelerado. Muchos pases, y ninguno para el recuerdo. Como mató de
un espadazo contundente y eficaz, un trofeo dudoso cayó en su canasto.
Ya de salida marcó las querencias el sexto, que se entableró en el último
tramo y acabó por echarse tras tres pinchazos.
A sabiendas de que la ganadería de Dolores Aguirre es capaz de ofrecer toros
como el que proporcionó el gran triunfo de El Califa en San Isidro, la corrida
supo agridulce o a poco.
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