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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO
Tarde del sábado, 26 de agosto de 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de herederos de José
Cebada Gago, con trapío y preciosas capas, muy bien armados; inválidos 2º
y 4º, éste devuelto al corral; 1º y 6º, mansos; todos con casta, en general
manejables aunque algunos dificultosos. Sobreros: primero de Torrealta, con
cuajo, inválido, devuelto; segundo de Manuel San
Román, bien presentado,
manso.
Diestros:
-
Pepín Liria, estocada
trasera desprendida (aplausos); media y tres descabellos (silencio).
-
Juan José Padilla,
estocada (oreja e insistente petición de otra); estocada trasera
(oreja, insistente petición de otra y tres clamorosas vueltas al ruedo).
-
José Luís Moreno,
pinchazo hondo (ovación y salida al tercio); estocada caída, rueda
de peones y dos descabellos (palmas).
Entrada: tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El País
El País.
JOAQUÍ VIDAL. Juan José Padilla acaba con el
cuadro
Llegó Juan José Padilla y acabó con el cuadro, ¿pasa algo? Juan José
Padilla, torero bullidor y tremendista, mandó la ridiculez a freír espárragos.
Estaba colmada la feria y harta la gente de pegapases cursis. Pegapases
incompetentes atacados de escrúpulos y melindres. Pegapases de esos que -como
bien dijo el poeta una noche de mollate y estro- se la cogen con un papel de
fumar. Pegapases que venían vendiendo la burra -unos la del arte, otros la del
magisterio-, para cuya demostración necesitaban toros tan tontos como ellos; y
pese a que se los sacaban, no había manera de que estuvieran por la labor. Y el
público se aburría de muerte.
Se aburría el público bilbaíno, las llamadas Corridas Generales tocaban
fondo, los organizadores dejaban al descubierto su incompetencia, los lamerones
de la peña no encontraban argumentos para justificar la comida que sacan de
gorra por darles coba, la poca afición que queda se iba a borrar, y ya parecía
estar la suerte echada cuando irrumpió Juan José Padilla, y dando pases, luego
brincos, pegando carreras, tirándose de rodillas, llenando de alegría
contagiosa su actuación, se alzó con el triunfo y acabó el cuadro.
Tuvo mérito la actuación de Juan José Padilla porque no toreó los
borregos que exigen los pegapases sino toros de casta, ninguno de carril, los
dos con muchas complicaciones y los sacó partido. Al primero lo recibió a
porta gayola con la larga cambiada y al segundo le dio tres, le ciñó verónicas,
y, verlo, al público le iba a dar un ataque.
El público no recordaba nada igual y se quedó afónico de aclamar al
torero. Se rompía las manos de aplaudir cuando le veía poner banderillas con
atlética disposición, y ligar muletazos allá penas si se daban de bofetadas
con el arte, y ceñir los pases de pecho, y arrodillarse, y tirar lejos los
trastos en uno de esos desplantes temerarios que asustan a la galería. Dos
orejas de cada toro pidió para Juan José Padilla y pues el presidente sólo
concedió una cada vez, en la segunda ocasión hubo de dar el diestro tres
vueltas al ruedo bajo una clamorosa ovación y gritos de "¡Torero,
torero!". Y ahí quedó eso.
Cabría aducir aquí que el toreo -al puro nos hemos de referir- demanda
formas totalmente opuestas; desde luego académicas, serias, sujetas a las
reglas del arte. Sin embargo, ¿quién es, dónde está ese torero académico,
serio, que torea con sujeción a las reglas del arte? Y si existe, ¿es capaz de
comportarse tal cual con toros cornalones, astifinos, encastados y fieros a la
manera de los que llevó a Bilbao Cebada Gago y toreó Juan José Padilla?
Alternaban con el triunfador Pepín Liria y José Luis Moreno a quienes vino
grande la corrida. No es que se les fueran a exigir las exquisiteces sino que el
genio de los toros les desbordaba, quizá porque no encontraron (o es que les
falta de suyo) recursos lidiadores para dominarlos.
El cuarto toro caía y ante la general sorpresa el presidente ordenó su
devolución al corral. No fue incorrecta su decisión, si bien la gente se
preguntaba por qué otros toros de la feria aún más inválidos no los había
devuelto. El sobrero de Torrealta, tullido e inútil, fue devuelto también. El
segundo sobrero, de San Román, desarrolló mansedumbre y Pepín Liria tampoco
logró darle fiesta.
José Luis Moreno, en sus turnos, empleó ineficaces trasteos, acusó
destemplanzas, sufrió desarmes y un par de volteretas.
No era su tarde, evidentemente. La tarde era de Juan José Padilla, que salió
de Bilbao en olor de multitud, proclamado triunfador de la feria. Con todas las
de la ley.
El Mundo.
JAVIER VILLAN. Juan
José: Padilla, Bravo y Maldonado
Padilla, Bravo y Maldonado. O sea, la releche. Todo el ejército de los
comuneros de Castilla en pie de guerra, aunque Juan José Padilla sea jerezano.
Sólo que ayer Padilla, además de los Cebada Gago, tenía en frente a Carlos I
en figura de presidente de corrida. Padilla acabó decapitado, como el jefe
comunero, y se salvó de las puñaladas del cebadagago más impresionante que
vieron los siglos. Dio tres vueltas al ruedo y puso a don Matías González, que
le negó la segunda oreja del quinto, a los pies de los caballos. Hay que
reconocer que don Matías, buen presidente en líneas generales, cuando pega el
petardo, lo pega de verdad. No tuvo ayer su tarde; y acaso la segunda oreja de
Padilla no fuera lo peor. Se pasó devolviendo un toro que perdió las manos un
par de veces, cuando otras veces ha mantenido en el ruedo tullidos que no se tenían
en pie. No justifico el mantenella y no enmendalla; digo sólo que si el
mantenella es malo en ocasiones, el enmendalla sin fundamento es peor. Devolver
el sobrero de Torrealta, que estaba peor, después de la pifia anterior, era lo
lógico. Don Matías González tuvo ayer su hora tonta, que es lo que la maldición
gitana desea a sus enemigos. De momento, a Cebada Gago se le ha quitado la
posibilidad del premio a la mejor corrida, a su imponente corrida. ¿Qué pasaría,
es un decir, si esta noche los jurados deciden que lo mejor fue el petardo de
Paloma Eulate? ¿O Dolores Aguirre, que espero sea hoy lo mejor? ¿Dónde quedaría
la imparcialidad del ilustre palco de Vista Alegre por cuestiones de paisanaje?
Pese a todo, el espectáculo, la pasión y la gresca se llamó Juan José
Padilla. Y también en esto el presidente tuvo un protagonismo indeseable.
Padilla es más basto que la lija del tres. Y parece un leñador o, cuando se
pone fino, un penitente de rodillas. Pero se pone. ¿O no? Y tiene pundonor. ¿O
no? Y cuando se mete entre los pitones y se arrima, se mete y se arrima de
verdad, no con inválidos desfallecientes. Tres cambiadas de rodillas, una espléndida
tanda de verónicas y una especie de molinete a una mano que nos los puso de
corbata. Y todo esto con un toro que tenía más leña, y más buida que una
docena de corridas juntas de las que torean las figuras. Banderilleó a placer:
suyo y del público. Y, cuando en la modalidad del violín, los palos se le
vinieron al suelo, Padilla repitió y clavó arriba. Eso es lo que tiene que
hacer un matador cuando falla: recoger las banderillas del suelo y volver a
clavar. Si sabe. Naturalmente, Padilla delató en ambos toros sus carencias técnicas
y sus insuficiencias con la muleta. Pero si hablamos de entrega, de espectáculo,
de riesgo y de sentido de la puesta en escena, en Padilla hay un fenómeno. Eso,
amigo Pedro Osinaga, es pasar batería de verdad y abolir la cuarta pared. Lo
demás, que algunas noches discutimos en la terraza del Indautxu, es cuento. El
estoconazo de Padilla al quinto, a morir y de infarto. Sobre todo para el toro.
Fría la plaza con Pepín Liria en el primero, al que ni siquiera obligó a
saludar tras una meritoria labor. Después, las sucesivas devoluciones rompieron
el ritmo de la corrida y Pepín Liria no fue capaz de imponerse al mansísimo
sobrero. Por lo que se refiere a José Luis Moreno, este excelente torero tiene
la negra. Se afligió en dos coladas por la derecha y salió de naja cuando
marcaba el pase de pecho y el tercer cebadagago lo miró. A partir de ahí,
creció la incertidumbre de Moreno y las certidumbres del toro. O sea, que
Moreno era carne de cornada. Bordó una tanda de redondos y otra de naturales.
Y, al final de cada una, salió revolcado y por los suelos. El violento sexto lo
tuvo a raya. Pero que conste que Moreno había bordado el natural, el redondo,
la quietud y la pureza delante de un toro complicadísimo. Y yo me pregunto: si
un revolcón le vale una oreja a un astro de la torería, ¿por qué dos
revolcones no le valieron ayer dos orejas a Moreno?.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. El interés
de la corrida de Cebada y el triunfo de Padilla tapan la torpeza presidencial
No nos pararon de repetir en la Universidad el ejemplo del niño que muerde
al perro como más clara definición de noticia. Atendiendo a aquellas clases,
ayer hubo noticia en el coso de Vista Alegre: el presidente devolvió un toro
sin nadie pedirlo. La norma suele ser la contraria: el palco se obstina en
mantener en el ruedo toros que toda la plaza protesta. Pues don Matías González
fue el niño que mordió al perro. Sin saber por qué, asomó el pañuelo verde
durante la lidia del cuarto ejemplar de Cebada Gago. Por los tendidos corrieron
diferentes versiones: torpeza o equivocación en la elección del color del paño;
mala fe, para así descartar a los cebadas de los trofeos de la feria y allanar
el camino a otros hierros (hasta ese momento la corrida iba embalada y hoy lidia
Dolores Aguirre); una ceguera transitoria provocada por la ingestión abusiva de
chacolí.
El cabreo del personal adquirió tintes serios. El toro, puesto en carnes,
había sacado poder y mal estilo en el peto, había derribado con malas artes al
buscarle las vueltas al caballo, había querido quitarse la vara. Había hecho
mucho y nada bueno, menos caerse o renquear. La sorpresa fue mayúscula. Sólo
el triunfo legionario de Padilla en el quinto y el interés de toda la corrida,
más evidente en su primera parte, taparon le negligente actitud del señor González.
¡Torero, torero!
El éxito del llamado «Ciclón de Jérez» permitió enmendarse al
usía, que se mostró firme y coherente al negar la segunda oreja del quinto, lo
que hubiera convertido Vista Alegre en una figurada plaza de carros o
talanqueras. Y es que el personal enloqueció con las arrebatadoras manoletinas
y la contundente estocada de Padilla. «¡Torero, torero!» coreaban los
tendidos, cuando habría resultado más propio entonar el Himno de la Legión. Más
que torería, destacaba la entrega en el fragor de la batalla, la brava y
embarullada pelea con aquel animal veleto y cariavacado, degollado y flacón,
que se revolvía presto a herir. El matador robaba los pases, de manera más
limpia sobre la derecha. Y como había banderilleado con atléticas facultades
—el par al violín cautivó y puso a la gente en pie— y había derrochado
valor en el saludo a portagayola y en otras dos largas más, la oreja fue una
conquista justa; la tres vueltas al ruedo posteriores, una chuflada.
Rodillazos veloces
Juan José Padilla ya había despachado al primero de su lote, quizá
el mejor de la tarde, extraordinario por el pitón izquierdo y menos dispuesto a
seguir la muleta por el derecho. El saludo en la puerta de toriles, la apertura
muleteril de hinojos, los naturales más conseguidos, los rodillazos veloces y
la eficacia del espadazo consiguieron el trofeo. Y por poco el otro.
Los cebadas se movieron con ligereza, con prontos pies, con aquellas afiladas
armas coronando la anatomía musculada, terciada incluso, como en el caso del
burraco tercero. José Luis Moreno espolvoreó sobre la mano derecha la clase y
la calidad que atesora. El arranque de obra y dos o tres tandas diestras
contuvieron muletazos señeros, especialmente los remates de pecho. El toro
andaba siempre pendiente del matador, y por el pitón izquierdo quería hacer
carne. Por dos veces casi consecutivas, prendió al rubio cordobés en el mismo
trance de intentar ligar el obligado pase pectoral. Por cierto, es impresentable
que en ninguno de los dos revolcones ninguno de sus compañeros acudiera al
quite en lugar de estar en el callejón tocándose el níspero. Manejó el acero
con acierto y brevedad.
Sin embargo, Moreno careció de recursos lidiadores con el manso y terrorífico
sexto. Tardó demasiado en mover los caballos y cuando lo hizo fue en sentido
equivocado. Dos desarmes emborronaron una labor carente de ideas y poder.
Liria cumplió ligero con el toro que abrió plaza, de óptimo juego sobre el
pitón derecho, y despachó rápido al manso sobrero de San Román, que había
suplido al débil y también suplente de Torrealta, que a su vez había
reemplazado al mencionado cebada imaginariamente cojo, cuando don Matías rompió
el ritmo de la tarde.
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