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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO
Tarde del viernes, 25 de agosto de 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Torrealta,
bien presentados, 1º y 6º inválidos, 3º manso, resto cumplieron en varas;
dieron juego en general.
Diestros:
-
Dávila Miura,
media y cuatro descabellos (aplausos y saluda); pinchazo, estocada tendida -aviso
con retraso- y tres descabellos (ovación y salida al tercio).
-
Eugenio
de Mora, estocada trasera (aplausos y salida al tercio); estocada caída
(pitos).
-
Miguel Abellán,
cinco pinchazos, media estocada caída perdiendo la muleta y rueda de peones
(bronca); pinchazo hondo, rueda de peones, seis descabellos -aviso- y siete
descabellos más (silencio).
Entrada: tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El País
El País.
JOAQUÍ VIDAL. De tercera división
Llegaron a la feria los
toreros del segundo nivel y dejaron claro que su puesto no es ese sino la
tercera división.
Los toreros del segundo
nivel son -vamos al decir- los que están a punto de alcanzar la categoría de
figuras, o lo pretenden y sobre esa base los contratan. No es que vayan por el
mundo huérfanos y desasistidos sino que les apoyan gentes bien metidas en el
negocio, algunas de ellas con mando en el mundillo empresarial. Son los casos de
Eugenio de Mora y Miguel Abellán, en tanto que a Dávila le respalda el
apellido; al segundo nos queremos referir, que es Miura, y esa casa mueve
asimismo hilos en el concierto taurino.
Tampoco se trata de que
los echen a los leones; de que les hagan ganarse el puesto de figuras al que
aspiran demostrando sus cualidades técnicas y sus consistencias anímicas con
corridas de toros que tienen fama de duras; aquellas cuyos ejemplares sacaban
poder, peleaban fieros, vendían caras sus vidas y por menos de un kikirikí le
pegaban una cornada en la ingle al más farruco. Antes al contrario, les ponen
delante lo que les haga mejor acomodo; lo dócil y feble; el ganado facilón que
aúne las socorridas fuerzas justas, la casta aguada, la agresividad nula, la
plena domestiquez.
Y ni aún así fueron
capaces de dar color a sus aspiraciones, incluso de justificar las razones por
las que ocupan un puesto del segundo nivel. Dávila Miura, Eugenio de Mora y
Miguel Abellán, le pegaron una paliza de aburrimiento al inocente público
bilbaíno, sumieron en el descrédito al arte de torear, y se quedaron tan
anchos.
Parecían salidos de la
escuela de adefesio los tres. No se puede hacer toreo más tosco y destemplado,
más monótono y desastroso. Dávila Miura con sus aposturas medio tremendistas,
era incapaz de templar los pases; Eugenio de Mora prodigaba los enganchones;
Miguel Abellán perdió los papeles con el tercer toro, al que trapaceó
desbordado, y toreó por los cuatro puntos cardinales del redondel al sexto
abusando del pico y sumido en las destemplanzas, para acabar dando un sainete
con el descabello.
Y no se crea que el público
bilbaíno les reprochó nada. Bueno, abroncó una vez a Miguel Abellán, pitó
un poco a Mora otra. Pero en realidad se pasó la tarde aplaudiéndolos a ambos,
y a Dávila Miura también, naturalmente. Y pidiendo música.
La música le priva al público
bilbaíno. Apenas un torero apunta los primeros compases de su faena ya está
pidiendo música -a este ritmo: "¡Mú-si-ca!"- con acompañamiento
sincopado de palmas que subrayan cada sílaba.
La petición de música
del público bilbaíno constituye todo un espectáculo pues, bien formado y
fortachón que es por naturaleza, posee unas manos como tabiques y cada palmada
que da produce el estruendo propio de una tormenta en el Trópico. Luego, cuando
la banda ataca una de las escogidas piezas de su variado repertorio es una
gozada por la belleza interpretativa de la composición, tocada con tanto
entusiasmo que pueden oírla por todo el Gran Bilbao.
En Bilbao la banda sólo
toca si se lo ordena el presidente y la señal convenida es sacar un pañuelo
blanco. El presidente suele ser generoso en cuestión de músicas y provoca
situaciones surrealistas como las de esta corrida, con unos toreros abajo
pegando trapazos mientras arriba la banda proclamaba un triunfalismo de gloria
bendita expandiendo a los espacios siderales los castizos compases de Pepita
Creus y olé.
Los toreros, entonces,
aprovechaban para marcarse, entre mantazos, unos desplantes chulescos que no se
habría atrevido a hacer ni el mismísimo Manolete en sus más celebradas
tardes. Resultaba ridículo, pero a lo mejor les servía para disimular la
magnitud de su fracaso y no sentir la necesidad de reconocer que son toreros del
montón.
El Mundo.
JAVIER VILLAN. La
música amansa a las fieras
Arrimón es una palabra que no viene, creo, en el diccionario; y que en los
tratados taurinos me parece que no ha adquirido todavía certificado. Pero sirve
para entendernos en la jerga taurina y los padres de la Lengua, los ilustres
académicos de la Real, no tardarán en darle el visto bueno. A la postre, la
Lengua, como el toreo, es una realidad dinámica y mutante. Sólo que, a lo
peor, estamos haciendo con el arrimón una derivación inadecuada: lo que
pudiera llamarse una prevaricación lingüística. Y en vez de llamar arrimón a
la persona que se arrima, se lo estamos llamando al acto de arrimarse; pues está
claro que arrimarse es verbo intransitivo la mayor parte de las veces. Una
excepción: Arrimar el ascua a su sardina. Hay toreros que arriman el ascua a su
sardina, apropiándose una insignificancia de aplausos y poniéndose a saludar
como si hubieran hecho la faena de la temporada. Por ejemplo Dávila Miura. Se
me venían estas cosas a las mientes, mientras Dávila andaba en los alrededores
del toro sonámbulo y postradísimo. El estoconazo de Eugenio de Mora cortó mi
soliloquio y me arrancó de las Batuecas, donde nos exilia el tedio. Un toro con
dos puñales a los que Eugenio de Mora no les hizo ascos.
Cuando a Miguel Abellán le desarmó el tercero, cavilaba yo si no sería más
correcto llamar arrimón al torero que se arrima y no al acto en sí de
arrimarse; fulano de tal es un arrimón. Como se llama pegón al que pega, ligón
al que liga, tocón al que toca o soplón al que sopla algo. Abellán, por
ejemplo, ¿qué hizo ayer? ¿Se pegó el arrimón como otras tardes o no se lo
pegó? Ni una cosa ni otra. A Abellán le dieron los toros unas cuantas carreras
y Abellán pegó la estampida, lo que no quiere decir que eso sea síntoma de
que Abellán se esté labrando un carrerón. Puede y tiene condiciones. Pero, de
seguir así, Miguel Abellán lo que está haciendo es labrarse una tumba torera:
en el tercero, mal, descolocado, perdiendo la muleta, ausente. Y pinchando de
mala manera. Es decir que, si seguimos el mecanismo derivativo anterior, Abellán
es un pinchón: el que pincha, aunque no corte. Siete veces pinchó aunque, por
si acaso, voy a dejarlo en seis. El público le pegó el cante y, para jorobarlo
más, ovacionó al toro.
Un mastodonte de casi 60 arrobas era el cuarto de Torrealta y allí,
naturalmente, era difícil arrimarse. Manso, cuajado, fachada pura. No era tan
fiero sin embargo el zambombo como parecía. A veces sacaba un poco de genio,
como un niño grande que se cabreara de pronto. Y quería llevarse por delante a
Dávila. Y en esos momentos, por una fusa de más y una corchea de menos, por
bemol o un sostenido, se organizó el follón. Un discrepante fiero se encaró
con el presidente, con el público y con la banda. En vez de un pasodoble, sonó
un aviso. Y el iracundo miraba torvo y de reojo a la presidencia y a Raimundo,
el trompetista de Nerva, a las guapas flautistas, y los quería descabellar con
los gritos.
El disidente, melómano y además faltón, se vio recompensado en el quinto,
un colorao que le creó a Eugenio de Mora muchos problemas; lo mejor del
toledano: la disposición, la tranquilidad. Y otra vez, la estocada. La banda
empezó a tocar y amansó a la fiera. El despilfarro de pentagramas que se hace
cada tarde en esta plaza, lo perdonamos por lo bien que tocan los músicos;
quisiéramos que no parasen de tocar. Es un remedio contra los toreros plastas y
los toros inválidos y mansurrones. El subrayado taurino de la música en Vista
Alegre es lo de menos. Importa la calidad de sonido; todos y todas las quetocan
son maestros. Así que viva lamúsica; ¡vivan las trompetas, las flautas, los
saxofones, los clarinetes y viva el maestro director! No le tocó la música a
Abellán en el sexto y ni falta que hacía. Aunque empezó muy bien con la capa,
volvió a pinchar, esta vez con el descabello, infinidad de veces. A esas horas
de la desdichada tarde todo daba igual: la banda o el descabello de Abellán.
Todos queríamos marcharnos con la música a otra parte.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. El público
no percibió el peligro sordo de la seria corrida de Torrealta
Cuando el cielo se desploma en Bilbao a modo de lona gris, cuando amenaza la
cabeza con estallar y el cuerpo ni interpreta ni asume el clima, la necesidad de
abandonar el bocho se ansía con tal ahínco que los minutos no pasan, el tiempo
se para y los movimientos del resto del mundo se ralentizan. Sólo el almuerzo
clásico en casa de Javier Aranduy merecería ser reseñado; los destrozos de la
vivienda de Pilar y Javier Aresti en Guecho no merecen más comentarios que el
desprecio contundente. La ira de los salvajes aún se palpa en las paredes de
piedra ancestral, y todavía, cuando accede la afición a Vista Alegre, soporta
los insultos de los animalistas radicales, esos a los que nunca se les ve en las
concentraciones de repulsa hacia ETA y a los que sin embargo se les intuye en la
«kale borroka» como siluetas fantasmales y encendidas por el odio.
Es posible que la densa atmósfera afectara también a la corrida de
Torrealta, seria y cuajada, excedida de kilos en su segunda mitad y con más
complicaciones de las percibidas por el público. Ese peligro sordo apenas se
trasladó a los tendidos; aquellas embestidas al paso, con la cara a media
altura y tendenciosas, trajeron por la calle de la amargura a los toreros,
especialmente a Eugenio de Mora y a Miguel Abellán, desafortunadísimo con los
aceros.
Dávila Miura, al menos, no perdió cartel con el lote más aceptable,
primero y cuarto. Su actuación se cimentó sobre el valor y la decisión, sobre
todo su faena de despedida. Una larga cambiada recibió al toro que abrió
plaza. En el capote de Juan Montiel y en un templado quite de Eugenio de Mora se
percibió ya el estilo bondadoso del astado, que en la muleta permitió estar
con desahogo al matador sevillano. Faltó chispa y algo más de ímpetu en las
arrancadas para perseguir la franela. Humilló más que ninguno de sus hermanos,
porque ya el siguiente fue, pese a su ausencia de maldad, un mulo. Dávila
arrancó las ovaciones a base de aguantar tarascadas y medios viajes.
Más genio que casta
Apechó Abellán con un tercero de aviesas ideas, de más genio que casta.
Pero el respetable tomó parte por el bruto, y más después del mitin con la
espada. Más alegría desprendió el tranco del sexto, la suficiente para que el
madrileño se luciera a la verónica rodilla en tierra y en un galleo por
chicuelinas. Desde ahí, el toro se vino abajo, entre algún que otro arreón,
hasta soportar el desmañado uso del descabello.
Mucho le tocó la muleta a Eugenio de Mora el segundo, que cabeceaba sin
cesar. No era fácil coger el temple, y sólo en alguna tanda lo consiguió.
Como estuvo breve con la espada, respondió a una ovación desde el tercio.
Leiro picó bien al quinto, y El Puchi brilló con los palos. El torrealta no
aguantó toda la lidia y se paró en el último tercio, dubitativo cuando menos.
Una vez más, la plaza se inclinó por el toro.
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