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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO
Tarde del jueves, 24 de agosto de 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de El
Pilar, de escaso trapío,
varios impresentables y sospechosos de pitones, muy flojos, aborregados; 4º
bien presentado y pastueño.
Diestros:
-
Finito de Córdoba,
estocada tendida caída
(silencio); dos pinchazos -aviso- y bajonazo trasero (aplausos y también
pitos cuando saluda
-
Morante de la Puebla, estocada
tendida atravesada y rueda de peones (ovación y salida al tercio); estocada
baja, rueda de peones -aviso-, coge el descabello pero no lo utiliza y se
echa el toro tras larga espera (silencio)
-
El
Juli,
pinchazo,
estocada corta ladeada, tres descabellos -aviso- y descabello (ovación y
salida al tercio); estocada saliendo empitonado (oreja).
Incidencias:
El Juli fue
atendido el la enfermería por contusión craneal, erosiones en la espalda y frente,
y ligera conmoción cerebral, pronóstico reservado.
Entrada: Lleno.
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El País
El País.
JOAQUÍ VIDAL. Cuestión
de pundonor
El Juli cortó una oreja y
sus compañeros de terna no. El Juli entusiasmó al público y sus compañeros
de terna no. Cuestión de pundonor. Porque El Juli intentó el toreo, a veces lo
hizo, se arrimó de firme, y sus compañeros no.
Esto de los toreros
pundonorosos no es cuestión baladí. En ocasiones tal virtud es objeto de
menosprecio por parte de los aficionados, pues en el toreo ponderan con
preferencia el arte. Y a lo mejor tienen razón al elegir. Sólo que la creación
del arte constituye una quimera para la actual baraja de matadores.
Finito de Córdoba y
Morante de la Puebla, con El Juli -que componían el cartel- son buen ejemplo
para estas sesudas reflexiones sobre el arte y el pundonor, que en otros pagos
llaman er peyisco y la voluntá.
Finito de Córdoba y
Morante de la Puebla, toreos de arte y pellizco, lo fingían componiendo
posturas pintureras y haciendo dengues y repulgos, mientras El Juli, cuya
voluntariosa entrega pocos niegan, realizaba valeroso y ceñido el toreo de
parar, templar y mandar, que es justo el que cumple las reglas del arte sentadas
por la tauromaquia eterna.
Lo que es la vida.
Claro que del toro se
tiene que hablar. Y el toro que saltó a la negra arena del coso bilbaíno, de
semejante condición únicamente traía el nombre pues compareció sin trapío,
anovillado y mocho, padecía invalidez y se comportó como borrego.
Así es el famoso toro de
Bilbao: un borrego.
Y si había borregos en
el redondel, calificar de pundonor o de arte lo que llegaran a hacerles los
toreros resulta excesivo. De manera que menos pundonor por parte de El Juli,
menos arte por parte de Finito y de Morante, y menos lobos en el redondel.
Las actuaciones de estos
dos últimos daban pena. Les aplaudieron mucho a ambos, porque en Bilbao se
aplaude todo, pero las precauciones que se tomaban y las maneras que emplearon
para torear producían vergüenza ajena.
Téngase en cuenta que
toreaban borregos. Y estos inocentes animalitos, quebradizos y trastabillones,
acudían sumisos a los engaños sin plantear ningún problema. De donde andarles
con precauciones para instrumentarles arteras suertes carece de sentido y tiene
difícil perdón.
Finito de Córdoba, nulo
con el capote, toreaba fuera cacho, con el pico y tumbándose para embarcar
distante y rematar lejos las embestidas. Morante de la Puebla, que instrumentó
algunas buenas verónicas a su primer toro (a su segundo, ninguna), parecía
incapaz de ligar los pases.
Morante de la Puebla daba
el pase, no sin demasiado temple y apretaba a correr. Terminada la carrera volvía
a citar. O bien cortaba la supuesta tanda y se ponía a mecer el cuerpo, la
franela a compás, con las trazas del que está tocado por los duendes y va a
iniciar otra de sublime composición. Venía luego la otra y de lo dicho, nada:
repetía los modos, las formas, las carreras, la falta de coraje, la ausencia de
torería.
El Juli fue el único de
los tres espadas que entró de verdad a quites, con resultados aleatorios; después
banderilleó sin gracia y muleteó con decisión. Sus dos faenas siguieron un
ritmo ascendente. Ambas las inició toreando con alivios y una espantosa
vulgaridad y, en cambio, a las pocas tandas, ya se estaba centrando, ya cargaba
la suerte, ya provocaba y sometía las renuentes embestidas de los respectivos
borregos con valor y mando.
Al tercero lo mató mal y
dejó perder el triunfo que había ganado; al sexto de un estoconazo volcándose,
del que salió empitonado, y ganó una oreja pedida por el público con auténtica
pasión.
Sí, no será El Juli
hijo de Joselito y Belmonte convertidos en pareja de hecho, pero los demás
tampoco. Y ni siquiera tuvieron pundonor para quedarse quietos y emplearse a
fondo en el exótico asunto ese de parar, templar y mandar.
El Mundo.
JAVIER VILLAN. Los
calentones de El Juli
En el último segundo del último minuto del último toro, al Juli pudo
haberlo partido la última embestida. Cierto. Ocurrió porque al Juli se le
marchaba la tarde entre la perplejidad de quienes lo aclaman. Era consciente El
Juli de que el calentón que les había metido a los tendidos -a toro parado y
sonámbulo- sólo sería válido si no marraba con la espada. Había que jugarse
el revolcón y se lo jugó. Eso se llama pundonor y orgullo, virtudes sin las
cuales nadie puede llegar a nada; mas virtudes insuficientes para convertir a
alguien en un astro de la torería, en un torero de época, en un emblema del
siglo XXI.
No nos engañemos: los calentones de El Juli con el toro absolutamente
postrado y sin tenerse en pie no son arrimones: un arrimón vale lo que vale el
toro que está enfrente o al costado. Así que saquen ustedes las consecuencias.
Uno empieza a repetirse y a hacer la misma crónica cuando torea El Juli; pero
ocurre que El Juli hace siempre la misma faena. Sobre todo, que no falte el
calentón final.
Celebro que todo quedara en un revolcón, indeseable aunque resultara
incruento. Y celebro que la presidencia no se dejara arrastrar por el estado
emocional de los tendidos y guardara bajo candado la segunda oreja. ¿Es que,
calentón y revolcón aparte, nos habíamos olvidado de todo lo demás? Mediada
la faena del tercero se oyó una voz más que humana: «¡Viva la madre que te
parió!». Bien. Ese grito macho, aunque salido de garganta de mujer, resume la
significación torera de El Juli. En España, cuando se mete por medio a la
madre, para bien o para mal, es que la cuestión rebasa el ámbito propio y
específico; a partir de ahí, nada resulta indiferente. En el sexto hubo una réplica
que fue, más bien, un refuerzo un poco menos racial: «¡Viva el padre que te
hizo!». Entre esos dos polos sentimentales y procreadores, bascula la pasión
que desata El Juli en casi todas las plazas, sobre todo en las de segunda y de
tercera. Puestos así, ¡vivan todos los padres y todas la madres! El Juli está
en todo y ayuda incluso a levantar un penco que se hace el muerto. Lo malo es
que ese constante protagonismo le obliga a seguir banderilleando. Porque la
cuestión no es que entre o no entre por el pitón izquierdo. Lo malo es que
banderillee. Porque lo hace muy mal. Con entusiasmo, pero muy mal. Con
facultades y regate, pero muy mal. Mientras los tendidos le aplaudan frenéticos
tras dejar tres banderillas en la arena, hace bien. Mientras se jalee una faena
plúmbea, opaca, profusa y difusa e insufrible, y tras dos pinchazos y cuatro
descabellos se le obligue a saludar, es que algo no funciona en la plaza de
Bilbao. Con estas premisas, lo raro es que en Bilbao no hayan pegado fuego al
palco por no darle ayer a El Juli la segunda oreja del sexto. Don Matías aguantó
el tirón, lo cual no borra el lunar de haber mantenido en el ruedo el primer
inválido de El Pilar.
En el primer toro no hubo caso, porque era un inválido; mas en el cuarto
Finito tenía un dilema: torear o no torear al espléndido y enrazado toro que
le tocó en suerte. Y eligió no torear. O torear muy poco.
El segundo toro se caía. Si con esa flojera Morante no fue capaz de quedarse
quieto y ligar dos muletazos seguidos, no sé que hubiera pasado si el toro
hubiera tenido lo que tienen que tener los toros de lidia. Es un desaire
componer la figura, sugerir el pase y que el toro se te caiga antes de consumar
el muletazo. Para algunos toreros, sospecho que iba a ser más grave lo
contrario,que iban a correr más. Y eso fue exactamente lo que le ocurrió a
Morante en el quinto que, sin ser un Barrabás, apretó en varas, le zurraron la
badana y no trastabilleó. Morante estuvo en plan de funcionario perezoso y
antiguo. Sólo le faltaban los manguitos o el guardapolvo.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. El Juli se
arrima por él y por sus compañeros
Si no es por El Juli, mejor hubiera sido acudir a la plaza con la revista «Semana»
o así. Seguro que el cotilleo del papel cuché nos divierte más que semejante
bodrio de tarde: la Obregón se ha ligado a otro; Elle MacPherson quiere cubrir
el cupo de dos o tres hijos (y uno sin enterarse); Liz Hurley, en brazos de otro
hombre también; Tita Cervera que saca al barón para la foto. Cualquier cosa
habría resultado más aparente que soportar a Finito de Córdoba y a Morante de
la Puebla en plan conformistas.
Los temores que planeaban durante la tradicional comida del Club Cocherito no se
confirmaron: la corrida de El Pilar no sólo no se cayó, sino que además se
movió con bondad, en un tono soso y desalado, sin picante alguno. La nota
destacada fue para el cuarto, un buen toro al que Finito molió a derechazos.
Al ya citado almuerzo asistió el todo Bilbao taurino. Allí se premiaba a
Victorino Martín por haber lidiado el toro más bravo de la pasada Semana
Grande. Tal reconocimiento, aparte de justo, sonaba a bofetada a la empresa
gestora de Vista Alegre por no «fichar» al fenomenal ganadero de Galapagar
para esta feria, craso error. Tal y como está el patio, los victorinos se hacen
cada día más necesarios. La Fiesta concebida como ayer, descafeinada y
liviana, no depara un futuro esperanzador. Si a este espectáculo se le roba la
emoción se queda en nada.
A ello contribuyen actuaciones como la del matador cordobés, por ejemplo. Si de
su primero había poco que sacar —no sé dónde escondía los 580 kilos de la
tablilla—, el segundo de su lote mereció mejor trato: hasta seis series de
derechazos contamos, cuatro de ellas antes de intentar el toreo natural. Y todas
sin apreturas, sin hondura ni pureza ni verdad. Finito fue «Piquito» de Córdoba,
como dice un amigo.
Después del duro camino que ha recorrido para volver al circuito de la grandes
ferias sería una pena que dilapidara tan rápido la recompensa a su esfuerzo.
Por cierto, que la intentona sobre la izquierda no pasó de ahí, de una
solitaria tanda.
De toda aquella manta de muletazos diestros, la tercera serie brilló sobre el
resto. Y desde ahí, para abajo. Para colmo, falló con la espada y se anotó un
aviso como premio.
DANZA EN LAS ZAPATILLAS
A Morante, durante la lidia del quinto, le gritaron: «¡Torero, que estás en
Bilbao!». Y Morante como quien oye llover, con cara de niño al que le disgusta
la comida y a punto está de romper a llorar. Ese gesto de asquito y nariz
arrugada traslada bien el sentimiento que debe habitar en el interior del torero
sevillano. A todo esto, con las cámaras de TVE presentes.
La danza que se trajo en las zapatillas no cesó hasta el fin de su actuación.
Apenas el saludo a la verónica y unos cuantos muletazos se salvaron ante el
blando y bondadoso segundo, cuando se intuyó una cierta pero falsa predisposición.
El Juli ya había quitado con despaciosidad por caleserinas cuando el diestro de
La Puebla del Río afrontó el último tercio. Demasiados problemas de colocación,
el toro que le sorprendía; ahora un par de naturales con gusto y muchos pasos
perdidos; luego otros derechazos con aroma y nuevas carreritas. Parecía como si
no mandara en el toro, como si sólo lo acompañara en los viajes, sin dominio
ni mando. Abrió faena en los terrenos de la sombra, cambió de idea y marchó
al área de sol, para regresar después a los lugares iniciales. Hay algo que no
funciona. Por lo menos, breve anduvo con la espada.
Muy paradito y descastado salió el quinto, y como Morante no pretende jugarse
un alamar ni aguantar una mala mirada ni un parón, pues a correr, en el más
estricto sentido de la palabra.
Igual que El Juli, vamos, que se empeñó en cortarle la oreja al ejemplar que
cerraba plaza. Se arrimó por él y por todos sus compañeros. Soportó viajes
indecisos y cortos, sin moverse, anclado en el suelo por el valor y algo más
importante: la responsabilidad de una figura del toreo. Avanzada la faena, vino
la quietud elevada al cubo, cuando del decadente toro había poco, muy poco más,
que exprimir. Se tiró a matar a ley y sufrió un aparatosa voltereta,
afortunada por indemne. En el suelo, bien cerca que le pasaron las astas del
cuello. Julián había conseguido su objetivo: enterrar la espada y obtener el
trofeo, que si el presidente no frena el entusiasmo habría sido doble.
Precisamente el estoque le cerró la puerta de una recompensa mayor con el
estrecho y tontorrón tercero. La faena no pasó de correcta y larga, por uno y
otro pitón, hasta que calentó más los tendidos por circulares. Una tarde más,
banderilleó con facultades en sus dos toros, por descontado que siempre por el
lado derecho.
Gustará más o menos El Juli, pero no se le pueden discutir su entrega
permanente y su constante disposición. El contraste con los apáticos Finito y
Morante agranda la diferencia.
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