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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO
Tarde del miércoles, 23 de agosto de 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Santiago
Domecq, discretos de presencia, varios sospechosos de pitones, borregos e
inválidos, tres devueltos por este motivo. Sobreros: 2º, del mismo hierro; 5º,
de Manuel San Román, chico, manso; 6º, de Loreto Charro, con trapío, flojucho
e inofensivo.
Diestros:
-
Manuel Caballero, estocada
tendida trasera y descabello (silencio); espadazo bajo enhebrado que asoma y
dos descabellos (silencio).
-
Juan
Bautista, pinchazo, estocada atravesada y descabello (ovación y salida al
tercio); metisaca trasero y estocada baja (vuelta).
-
El Juli, estocada
corta perdiendo la muleta (oreja); pinchazo, estocada caídasaliendo
trompicado y dos descabellos; se le perdonó un aviso (ovación y salida al
tercio).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El País
El País.
JOAQUÍ VIDAL.
Borregos al corral
La tarde fue de borregos y cabestros. La habían anunciado corrida de toros y la
gente pagó un precio por verla, pero se quedó con las ganas y hubo de
presenciar el correr de los borregos y sus batacazos; la salida de los cabestros
con la clamorosa manifestación de su incompetencia supina.
Ser cabestro y no saber ejercerlo; porca miseria.
Los aconteceres del redondel carecieron de relevancia y mejor sería que habláramos,
por ejemplo, del tiempo. Sea: lucía el sol en Bilbao con tanta fuerza que
recalentó el bocho y produjo en las buenas gentes sudaciones corporales por
fuera, inquietudes espirituales por dentro. O que habláramos de política. Y
sea también: acudió Juan José Ibarretxe, lehendakari.
Se hizo presente el lehendakari en el palco de autoridades y fue recibido con
los sones del himno de la patria vasca, el público puesto en pie. Luego hubo
aplausos. Estas formas son habituales en la feria bilbaína; cada año uno de
los días del Aste Nagusia en que se anuncian figuras, acude el lehendakari, se
le recibe con el himno, le dan palmas y nadie se vuelve a acordar de él durante
la corrida... Sin embargo hogaño llamó la atención que le acompañaran, además
del alcalde, todos los lehendakaris que le han precedido, empezando por
Garaicoetxea, que ocupaba el primer asiento de la izquierda de la delantera del
palco, hasta Ardanza, que tenía asignado el último de la derecha.
"Algo se cuece", comentó un vizcaíno del tendido, medio
tartamudeando. Y pareció que el cocido era él.
Salían los mal llamados toros (eran borregos), vacilaban por el redondel,
rendían las armas y se caían de boca metiendo en ella una buena porción de la
negra arena. El público de Bilbao no es que sea torista (eso era antes, cuando
Zumalacárregui) pero tonto tampoco y harto de que le tomaran el pelo iba a
armar un escándalo. Sin embargo no hubo lugar: en cuanto arreciaban las
protestas, el presidente ya estaba sacando el pañuelo verde, que indica la
devolución del borrego al corral.
Caso insólito: tres devolvió el presidente. Fueron decisiones acreditativas
de su autoridad y su condición de aficionado; justas pues restituían al público
el elemento básico del espectáculo por el que había pagado un precio. No
obstante algunos -el cocido entre ellos- maliciaban que de no encontrarse allí,
en el palco de al lado, los lehendakaris, el alcalde, el presidente del
Parlamento, la tira de jefes, de qué iba a devolver nada al corral.
Devueltos los borregos inválidos, comparecían los cabestros, grandullones,
capa blanca, cuerna amplia, cara burros e iban siempre en sentido contrario al
que debían, o se juntaban y se quedaban inmóviles mirando a Sopelana.
A la gente le entraba la risa y al toro seguramente también, si no es que le
daba por filosofar acerca de lo que ha decaído la raza. Ni siquiera los
cabestros son lo que eran en la fiesta de los toros.
Con estas, añadidas al inevitable pegapasismo de la grey coletuda, la función
duró cerca de tres horas, que si son difíciles de soportar en corridas de
toros, en las de borregos pueden provocar ataques de nervios.
Durante ese tiempo, Manuel Caballero ofreció la más torpe, espesa y
aburrida versión del toreo moderno. El Juli lanceó y muleteó con ligazón en
algunos pasajes de sus faenas y sin eludir el fundamento de los naturales, que
interpretó con templanza. Juan Bautista mostró maneras estilosas en la ejecución
de un buen repertorio. Sólo que se lo hicieron a unos borregos inválidos, y la
afición decía que a otro can con ese hueso (más o menos).
El Mundo.
JAVIER VILLAN. Elogio
de lo cabestros pasotas
Ayer los cabestros tuvieron en Vista Alegre una actuación estelar. Tres
salidas y a cada cual más gloriosa. Los toros acababan marchándose a corrales
con la total y absoluta indiferencia de los mansos que se negaban a colaborar en
las decisiones represoras del palco presidencial. Don Matías González tenía
razón, pero los cabestros no saben de esas cosas. Ayer alzaron la bandera de
los parias de la tierra; ayer los cabestros se revelaron a su manera, un gesto
de insumisión, una revolución sin gomados, arriba parias de la tierra, en pie
la famélica legión de los castrados por el sistema.
Tres veces salieron al ruedo oscuro de Vista Alegre. Y las tres veces,
arropando protectores a los tullidos de Santiago Domecq, se negaban a volver a
los corrales. ¡Olé! los güevos que los cabestros no tienen, pues por supuesto
están capados. ¡Olé los cabestros pasotas!: un ejemplo de ciudadanía. Estos
insumisos de Vista Alegre, que ni siquiera Florito sería capaz de meter en
cintura, tiene cada uno su personalidad. Hay uno, berrendo en colorao -más o
menos- botinero y playero, que acaudilla el pasotismo; otro, ensabanao y
calcetero, salinero de cara, que ejerce funciones de pacificación y
agrupamiento; otro, cornipaso, salpicao, calcetero y sonámbulo; y otro lucero,
creo que también botinero y con pintas muy regulares, que está a verlas venir.
A todos lo que ocurre en el ruedo y en los tendidos les trae al fresco.
Si yo hubiera visto la corrida de Vista Alegre con Ana, como las veía hace años,
o con Diana, no me hubiera fijado tanto en los cabestros, palabra. Cuando Diana
iba a los toros conmigo yo veía la corrida de otra forma y sólo me fijaba en
lo esencial. Diana era una niña encantadora, y no digo que no siga siéndolo,
aunque la adolescencia es dura y cruel: sobre todo para los y las adolescentes.
Diana veía derrumbarse un toro y decía este toro no furula: ayer furulaban
poco y algunos como segundo, quinto y sexto no furularon nada. Contemplaba Diana
las carreras frenéticas de algunos toreros y decía este torero sí furula pero
¿por qué corre tanto? Si le sugería que acaso ese torero pudiera tener miedo,
sentenciaba: «Pues si tiene miedo que no se apunte». Y así quedaba la cosa:
los toros, para furular, tenían que moverse y por el contrario los toreros,
para furular, tenían que estarse quietos. Sapientísima sentencia la de aquella
niña encantadora, y no estoy diciendo que haya dejado de serlo. Ayer lo hubiera
pasado en grande pues ningún toro furuló y si los toreros furularon fue a base
de no ponerse en su sitio y cambiar lamentablemente los terrenos. O sea que
tampoco furularon.
Rectifico en parte: ayer El Juli, con un novillejo manso y fugitivo fue capaz
de pararse, enganchar al animal que huía rebrincado a tablas, y hacer lo más
meritorio de la tarde. Y posiblemente lo más meritorio de muchas tardes de Julián
López. Sí señor. Ayer, con un manso fugitivo, Julián López furuló, o sea
que funcionó. Puede que, de no haberlo pinchado, una oreja hubiera sido justa.
Juan Bautista furuló a medias en dos tandas de naturales con el sobrero de
Loreto Charro y Caballero no furuló nada; a no ser que entendamos por tal un
certero bajonazo al cuarto. También Juan Bautista se apuntó a las puñaladas
traperas.
Lo cierto, anécdotas aparte, sin vuelta de hoja, y digan lo que digan los
retóricos del esplendor de la fiesta, es que esto no furula. Ayer, aparte de lo
reseñado de El Juli y Juan Bautista, y sin que sirva de precedente -aunque ojalá
sirva- lo más destacado fue la tan celebrada actuación estelar de los
cabestros.
Mas no quisiera yo que se me quedara en el tintero, por culpa de mi
entusiasmo con los cabestros, un lance que fue verdaderamente meritorio. Se cayó
Gonzalo González y El Juli estaba donde debía estar y le hizo el quite del ángel
de la guarda. Acepto que Carretero también estaba allí y que distrajo al toro,
pero el quite lo remató El Juli. Para la única vez que puedo decir que Julián
López estaba en su sitio, nadie me va a convencer de lo contrario.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. Juan
Bautista planta cara a El Juli en una jornada intensiva para los cabestros
A la entrada a la plaza de Vista Alegre, un grupo de animalistas con cara de
«kale borroka» protestaba por la Fiesta de los toros entre gritos inaudibles;
a la salida de la corrida —unas tres horas después—, comprendimos que parte
de razón les asiste, porque cuando el toro no conserva ni su integridad intacta
ni su poderío íntegro se les dan argumentos. Imágenes como las de ayer, láminas
blandas y débiles, caricaturas de la verdadera lidia, del auténtico espectáculo,
roban ánimos y defensas a quienes disfrutan y defienden el rito y la tradición,
o lo que fue rito y tradición.
Los pupilos de Santiago Domecq ofrecieron un numerito deplorable: además de
febles y desfondados de bravura, a muchos de ellos los pitones les florecían
como si la primavera rompiera hoy en un mar de amapolas. En cuanto las puntas
rozaban la madera, ¡zas!, se abrían como brochas, y ahí el tercero se ganó
la palma. Para más inri, los cabestros trabajaron en una jornada intensiva, si
por trabajar se entiende lo que hacen estos bueyes bilbaínos: salen a la arena
negra y observan los tendidos, por si hubiera algún conocido (y alguno hay).
Hasta tres veces dejaron en evidencia al pastor, que, a estas alturas, todavía
se hará cruces si no ha presentado la dimisión.
Entre tanto, durante esos ciento ochenta minutos, algo hubo. El Juli, a pesar
de contar con un apoyo incondicional desde el paseíllo, es un casta, que dicen
por Navarra. Da la cara, no se esconde y no para hasta acorralar al triunfo. Y
si por hache o por be se le escapa, se enrabieta y lamenta como si en ello le
fuera el resto de la temporada.
A mil revoluciones
La cabeza le funcionó a mil revoluciones con el manso y huidizo
sobrero de San Román, quinto bis. Sin calentar al respetable con los rehiletes
—al menos nos hubiera ahorrado ver a su cuadrilla—, trató siempre de
encelar al bruto a base de no quitarle nunca el trapo de la cara, y así sacó
series de mérito, por uno y otro pitón, al natural ayudado siempre por la
espada. Pinchó una vez, la estocada no causó su efecto y tuvo que descabellar,
mientras la oreja ganada con listeza y temple se evaporaba.
Ya había logrado un trofeo ante el manejable segundo, apenas castigado en el
caballo, y que en realidad debió ser quinto, pero se corrió turno para tapar
el hueco provocado por la primera devolución de la tarde (una lástima, porque
el toro lucía buen tranco y Julián había bordado la verónica). Celebró el
personal un quite de chicuelinas, tafalleras y una solitaria caleserina, y también
aplaudió la respuesta por caleserinas de Bautista: entorna uno los ojos, y
apenas se distinque al francés del torero español en el manejo variado del
capote. Banderilleó El Juli en un par al cuarteo, otro al sesgo y uno más de
poder a poder, el mejor. Por supuesto, todos por el pitón derecho. Luego anduvo
sereno y fácil con la muleta y contundente con la espada.
Jean Baptiste no se desmoralizó cuando la tarde se vencía como una losa y
de su mano zurda se desprendieron los mejores naturales de la misma, ante aquel
sustituto del inválido sexto (¡se echó de salida!), alto y manso, y largo
como un tren. Y si no afea todo con un metisaca habría obtenido premio. Porque
la firmeza sobre la diestra antecedió a la suavidad de la siniestra. A gorrazo
despachó al toro florero que hizo tercero: ni siquiera le metieron las cuerdas.
Animó el cotarro con algún que otro circular invertido, pero la espada...
Caballero se mostró denso con el lote más grandón y fuera de tipo (un diez
para quien contribuyó a ello). El primero, un mastodonte, se frenaba; el
cuarto, era un sieso, y para colmo lo hilvanó con una horrenda estocada. Otra
razón para los «verdes». No pasó desapercibido el oportuno capote que metió
El Juli cuando Gonzalo González perdió pie.
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