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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO
Tarde del lunes, 21 de agosto del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Puerto
de San Lorenzo, bien de presencia, discretitos de cabeza, inválidos en
general (2º, apuntillado en plena faena por este motivo), aborregados.
Diestros:
-
Enrique Ponce, media
estocada caída (silencio); estocada trasera -aviso- y cae el toro tras
larga agonía (ovación y salida al tercio).
-
Rivera Ordóñez,
apuntillado el 2º por inválido (bronca al torero, al ganadero y al palco);
siete pinchazos, media perpendicular trasera -aviso- y descabello (pitos).
-
Miguel
Abellán, pinchazo hondo trasero, ruedas de peones en distintos terrenos y
descabello (silencio); bajonazo, rueda de peones, cinco descabellos y se
echa el toro (silencio).
Entrada: casi lleno.
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El País
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Apuntilláronlo
El segundo toro se sentó y apuntilláronlo. Ésta es la noticia: un toro
apuntillado por sentarse. No es que sea para parar las máquinas, pues ya ha
ocurrido otras veces, pero la corrida no tuvo ninguna otra cosa digna de mención.
Venirse a estas alturas contando que los toros se caían ya no impresionaría
ni a las asociaciones pro integridad física y promoción social de los
animales. Porque en esas estamos: todos los toros de la vida se caen cada tarde
de Dios en los cosos hispanos, inexorablemente.
Este fenómeno de la caída inexorable de los toros nadie con autoridad lo
explica, otros sin autoridad no lo hacen de forma convincente, y a los públicos
ha acabado por traerles sin cuidado los toros, sus cuernos, sus caídas y la
madre que los parió.
Y así está la fiesta.
Lo grande de esta fiesta es que sus exégetas, a algunos de los toreros que
la habitan los proclaman maestros, ídolos, fenómenos de época, y no mencionan
la ruina de toro que torean. Al toro que le den morcilla.
Miles de toreros, a lo largo de la historia, no llegaron a figuras, muchos ni
siquiera podían vivir de la profesión, porque les frenaba el toro poderoso que
habían de lidiar en todas las plazas. Muchos sufrieron cornadas que les
obligaron a retirarse; otros rindieron en las buidas astas de aquellas fieras la
vida. Y resulta que según los exégetas del actual sucedáneo de fiesta,
aquellos héroes eran pobres de pedir al lado de estos cursis de ahora
proclamados gratuitamente fenómenos, que en realidad se irían de vareta si les
obligaran a torear el toro entero y verdadero.
En sentido contrario, es difícil imaginar qué habrían hecho aquellos
toreros acostumbrados a bregar con torazos fieros si de repente se encontraran
delante de los borregos inválidos que ahora se llevan, con el beneplácito del
público y unos exégetas encantados de lamerles lo que no se debe decir. A lo
mejor les habría dado una alferecía, de la impresión. O a lo mejor se
hubiesen puesto a pegar derechazos, como la terna especiosa del día de autos.
Quién sabe: quizá los toros inválidos y los derechazos tienen una unidad de
destino.
Enrique Ponce se abstuvo de torear al primer toro. Resultó que, aun siendo
inválido, embestía, y a Ponce no le inspiró ninguna confianza semejante
actitud. De manera que, crispado en sus frustrados intentos de torear al
natural, temeroso en los que ensayó al derechazo, se apresuró a matar. El
cuarto debió parecerle noble (y lo era) pues le aplicó la faena de siempre, la
de los derechazos desligados, la de los naturales fuera cacho, la de los
molinetes, la de los pases de pecho embarcando desde lejos con el pico para
volcarse sobre el costillar una vez salvado el embroque, la de nunca acabar... Y
le enviaron el consabido aviso.
Cuanto se ha dicho no es para presumir y, sin embargo, constituyó lo único
aproximadamente torero de la tarde ya que Miguel Abellán resultó incapaz de
ligar y templar los pases a sus aborregados toros, Rivera Ordóñez de reunir la
sarta de derechazos que le pegó al quinto. Al segundo ni eso pues en plena
faena el toro se sentó, le dieron espasmos y convulsiones, entró en estado
cataléptico. Y apuntilláronlo. Y el público protestó pero se le pasó rápido
el enfado. Y aquí paz, después gloria.
El Mundo.
JAVIER VILLAN.
Elogio del buey inválido
Estaba dudando si titular esta crónica como se ha titulado o hacerlo con uno
de estos dos rótulos; Elogio del toro cojo, más taurino y ceñido o Elogio de
la nada, más pretencioso y filosófico. Me decidí por el que me decidí para
no caer en pecado de soberbia. O, mejor, por cierto afán de síntesis. Jean
Paul Sartre escribió El ser y la nada, y Juan Cruz, más modestamente, Crónica
de la nada hecha pedazos, referidas ambas a otros asuntos no taurinos.
No es cosa, pues, que yo me ponga hoy a escribir sobre la nadidad de la nada,
tratándose de algo tan baladí como una corrida de toros. Baladí para los
baladíes eruditos a la violeta o ecologistas humanoides; que a mí, cosa seria
me sigue pareciendo, pese a todo, una corrida de toros. No descarto hacer un día
ese elogio de la nada, que oportunidades no han de faltarme y no faltará
tampoco quien me reproche ser plagiario del famoso Elogio de la locura del viejo
heterodoxo.
También podría haber titulado Elogio del buey, a secas. Mas eso pudiera
tener bucólicas resonancias que no vienen al caso, aunque uno sea de pueblo y a
mucha honra. Ser de pueblo tiene la ventaja de estar familiarizado con los
bueyes, lo cual no sirve de nada a la hora de hacer una crónica taurina. Además,
los bueyes tienen una tradición literaria que no viene al caso que nos ocupa.
Ni siquiera viene al caso el desdén miguelhernandiano, aquello de que «nunca
medraron los bueyes en los páramos de España». Y no sirve, porque viene luego
toda la literatura bucólica y arruina el argumento. Eso si no se alzan en armas
Enrique Ponce, Rivera Ordóñez o Miguel Abellán y te dicen oiga un respeto; si
estos toros de Puerto de San Lorenzo, que nos gustan tanto, son bueyes, baje
Dios y lo vea o baje usted y los toree. Y eso sí que no; por eso no paso. Y de
torear, nada. Así que, por buen título quede Elogio del buey inválido aunque,
para hacer verídico honor a la verdad, inválido, lo que se dice inválido de
toda invalidez, sólo hubo uno: el segundo. Hubo otros de perniciosa flojera y
algunos entre dos aguas.
Los dos únicos que se movieron sin síntomas demasiado alarmantes de
tetraplejia irreversible, fueron los que le tocaron a Enrique Ponce y ello no
contribuyó a su gloria, sino a su ruina. Al primero no lo quiso ni ver. Y al
segundo, si lo vio, lo vio mal. Tuvo la suerte de sufrir un desarme y el riesgo
excitó la sensibilidad del público que sufre, en esos trances, mucho más que
el torero.
A todo esto, se me está pasando el prometido elogio del toro inválido, cosa
que voy a hacer sin demora. El toro inválido es una decisiva aportación de la
modernidad a la historia de la tauromaquia. El toro inválido es la expresión
de un pensamiento, ignoro si único o si múltiple, que defiende la igualdad de
oportunidades para reses de toda raza y condición. ¿Por qué no puede salir al
ruedo un toro cojo o tullido? ¿Es que los cojos no son también hijos de Dios?
Aunque no lo crean algunos fundamentalistas de la casta y el poderío, el toro
lisiado tiene virtudes imprescindibles para la buena marcha de la fiesta: evita
a los matadores riesgos y sofocos. Y esa placidez, en un mundo crispado como en
el que vivimos, es de agradecer. A veces un inválido, por revancha o por
resentimiento, quiere coger: talmente el primero de ayer de Rivera Ordóñez.
Pero eso es lo de menos, es el recurso del pataleo que tienen los cojos, nunca
fiables. No está en contradicción cojear y patalear. Por otra parte, con el
toro inválido los toreros no tienen que cavilar sobre terrenos y colocaciones,
cavilaciones que, de paso, le evitan al aficionado. En consecuencia, los
cronistas tampoco tenemos que devanarnos la sesera sobre el genio o la casta,
sobre la bravura o la nobleza, la violencia o la aspereza.
El toro inválido hace superfluo hablar de los toreros. Por ejemplo el máximo
interés que suscitó ayer Rivera Ordóñez consistió en adivinar el número de
pinchazos: siete, media y un descabello. Por la forma en que hacía la suerte,
pudo ser peor. Compitió con él Miguel Abellán, pero con el descabello
ABC.
ZABALA DE LA SERNA.
Una cadena de mulos frustró la tarde
San Sebastián-Bilbao se hace en un suspiro, aunque llueva a conciencia.
Apenas da tiempo a repasar mentalmente la Semana Grande taurina por completo. En
la balanza pesan no pocos toros que se han ido con las orejas puestas, uno
excepcional de El Torero —sin olvidar una pareja de victorinos— y el
recuerdo más reciente de un Ruiz Miguel más templado que nunca, como ha
escrito Barquerito.
A portagayola, como quien dice, Julio Marcos Egaña nos recibe en el Hotel
Carlton, en la plaza Moyua, donde al atardecer el Foro de Ermua se concentró
una vez más. Egaña ya se jubila, pero va a dejar este clásico de la hostelería
bilbaína arriba —¡qué diferencia con el Costa Vasca donostiarra, pese a ser
de la misma cadena!—. Más Egañas hacían falta, profesionales de pies a
cabeza en el trato al cliente.
Sin fijeza
Sobre la marcha, Suárez-Guanes nos cede el testigo de las Corridas
Generales. En mala hora. Porque estas líneas a modo de prólogo, de
circunloquio superficial, sólo retrasan el inicio de la triste operación de
tener que analizar la corrida de ayer, cuando apenas existe nada que destripar.
Aquello fue una cadena de mulos, descastados y sin fijeza, tullidos la mayoría
y deslucidos hasta el bostezo y la frustración.
El primero ni siquiera guardaba las apariencias para una plaza como Bilbao.
Perdía las manos constantemente. Alcanzó la muleta con un recorrido
inexistente y orientado de quien la movía. Ponce optó por la brevedad. Obtuvo
luego más de lo que ofrecía el gigantón cuarto, un trozo de carne con ojos,
pero que, al menos, se dejaba algo más.
Saavedra aguantó arriba del caballo un valiente aunque trasero puyazo,
cuando el toro se precipitó sobre el peto al relance y elevó todo el tonelaje
del penco sobre el cuello. Sostuvo el buen picador el equilibrio, manejando las
bridas con conocimiento. Aunque sólo le tocaba guardar puerta, ejerció su
papel con estilo y se anotó una de las escasas ovaciones que se escucharon
durante las dos horas de festejo.
Mariano de la Viña se sumó con sus dos pares de banderillas a la corta nómina
de destacados. Su matador, o sea Enrique Ponce, se esforzó honradamente por
alcanzar un lucimiento que únicamente logró en una serie de redondos, mediada
la faena, y algún que otro derechazo más. Desde el tercio correspondió al
reconocimiento del público, tras librarse de un traidor arreón de la bestia.
A Rivera Ordóñez le apuntillaron su primer enemigo, que se echó a esperar
la muerte. La bronca para la presidencia, por mantener al bicho en la arena, no
desmereció de la magnitud del despropósito. Por buscar el lado positivo: nos
ahorramos ver a Rivera pinchar tantas veces como en el quinto. En su cuadrilla,
sigue brillando Curro Molina.
Miguel Abellán pasó por el mismo trance que sus compañeros. Resolvió con
dignidad y corrientes modos la papeleta. Dejó para la galería una larga
cambiada de rodillas al sexto y un quite por navarras en otra de sus
intervenciones.
Hoy mejorará la cosa. Porque imaginamos que peor es imposible que resulte.
Aunque en este mundo, la cruda realidad supera a la imaginación.
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