GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE
TOROS DE
ESPAÑA

 

TOROS EN BILBAO
Temporada 1999

Temporada 2000   Temporada 1998
Plaza de toros de Bilbao
Corridas Generales de Agosto

Sábado, 14 de agosto. Toros de Benítez Cubero (mansos en general, excepto el 5º, que fue bueno para el caballo); para los rejoneadores María Sara (petición y vuelta; pitos), Pablo Hermoso de Mendoza (petición de oreja y vuelta; oreja y petición de otra), y Paco Ojeda (silencio en los dos). Tres cuartos de entrada. Crónica de El País.

Domingo, 15 de agosto. Toros de Juan Luis Fraile (con trapío; gran casta que se tradujo en peligro; varios, mansos en varas, y otros, bravos; emocionantes todos), para José Luis Bote (pinchazo saliendo volteado -aviso-y estocada perpendicular trasera -ovación y salida al tercio-; pinchazo y estocada ladeada -silencio- ; pinchazo y estocada baja -silencio-),   El Califa (media atravesada descaradamente baja -silencio- ; cogido al muletear al 5º), y José Luis Moreno (dos pinchazos, media ladeada, rueda de peones -aviso con retraso-y descabello -vuelta- ; media atravesada baja -silencio-). Enfermería: asistidos El Califa de conmoción cerebral, de pronóstico reservado, y Bote de contusiones. Dos tercios de entrada. Crónica de El País

Lunes, 16 de agosto. Toros de Jandilla (bien presentados; 1º, 4º y 6º inválidos absolutos; 2º --que derribó- y 5º, pastueños; 3º de encastada nobleza), para El Cordobés: (dos pinchazos y estocada perdiendo la muleta -silencio-). Vicente Barrera: (pinchazo, otro hondo caído -aviso-y descabello -silencio- y salida al tercio).  Morante de la Puebla: (estocada recibiendo y rueda de peones oreja -aviso - y descabello -silencio-). Crónica de ABC. Crónica de El   País.

Martes, 17 de agosto. Toros de El Pilar (tres y tres: 1º, 5º y 6º bien presentados, resto no; sospechosos de pitones, inválidos en diversa medida, aborregados).   Espartaco: (dos pinchazos, otro bajo y descabello -aplausos- y saludos; bajonazo -silencio-). Rivera Ordóñez: (estocada caída, minoritaria petición y vuelta; estocada caída y rueda de peones -ovación- y salida al tercio). El Juli: (pinchazo hondo trasero y descabello -vuelta con protestas-; bajonazo descarado perdiendo la muleta -oreja-). Crónica de El País.

Miércoles, 18 de agosto. Toros de Puerto de San Lorenzo (bien presentados, inválidos, aborregados y la mayoría adormilados también).  Manuel Caballero: (-aviso- con retraso antes de matar, media estocada caída y descabello -ovación- y salida al tercio; pinchazo hondo, rueda de peones -aviso- y seis descabellos -silencio-).  El Cordobés: (seis pinchazos -aviso con mucho retraso-, dos pinchazos y siete descabellos -silencio-).  Eugenio de Mora: (cogido al muletear al 3º, sufre cornada en tercio inferior muslo izquierdo con trayectorias de 15 y 10 centímetros, que diseca el vasto interno y desgarra el músculo sartorio; hemorragia profusa. Pronóstico grave. Cronica de El País.

Jueves, 19 de agosto. Toros de Victorino Martín (de discreta presencia, flojos; tres y tres: 2º, 3º y 4º, con casta y genio; resto medio inválidos, de escaso temperamento y hasta aborregados; 5º, con trapío, pastueño excepcional), para:  Juan Mora: (pinchazo perdiendo la muleta, pinchazo, estocada baja y rueda de peones -silencio y salida al tercio-). Enrique Ponce: (pinchazo, media ladeada, rueda de peones y dos descabellos -aplausos y saludos-; tres pinchazos y estocada caída; rebasó en 3 minutos el tiempo reglamentario sin que le enviaran aviso -vuelta-).  Miguel Abellán: (media, ruedas de peones, descabello -aviso con mucho retraso- y cuatro descabellos -vuelta por su cuenta-; aviso antes de matar, estocada, rueda de peones y dos descabellos -ovación-). Crónica de El País.

Viernes, 20 de agosto. Toros de  Torrealta (-3º, sobrero, en sustitución de un inválido-, justos de presencia tirando a regordíos, sospechosos de pitones, flojos, a 5º y 6º se les simuló la suerte de varas; pastueños en general). Litri: (pinchazo, estocada y rueda de peones -silencio-). Enrique Ponce: (pinchazo, estocada trasera desprendida, rueda de peones -aviso con retraso-y tres decabellos -ovación y salida al tercio-; media atravesada trasera caída y rueda de peones; el presidente le perdonó un aviso -oreja-). El Juli: (estocada -silencio-). Crónica de El País. Crónica de El Mundo.

Sábado, 21 de agosto. Toros de Cebada Gago (Con trapío y bien armados, varios de gran presencia; muy castigados en varas; flojos los dos últimos; 3º bravo, 4º manso; en general dificultosos).  Manuel Caballero: (estocada caída -algunos pitos-; estocada corta atravesada baja-protestas-). El Tato: (media estocada desprendida y rueda de peones -silencio-; estocada perpendicular perdiendo la muleta -palmas y saluda-).   Pepín Liria: (estocada corta tendida y dobla el toro tras larga agonía; se le perdonó un aviso -ovación y salida al tercio-; bajonazo -oreja-). Crónica de El País El País Crónica de El Mundo.

Domingo, 22 de agosto. Toros de Dolores Aguirre (bien presentados, flojos -alguno hasta inválido-, mansos descastados, en general manejables para la muleta), para Tomás Campuzano (pinchazo y estocada perdiendo la muleta ambas veces -silencio- ; pinchazo, estocada delantera caída - aviso - y descabello -vuelta-), Óscar Higares (pinchazo y estocada -minoritaria petición y vuelta- ; estocada caída a toro arrancado y rueda de peones -oreja- y José Ignacio Ramos (estocada baja y rueda de peones -minoritaria petición y vuelta- ; pinchazo, bajonazo descarado y rueda de peones -ovación y saludos-). Tres cuartos de entrada. Crónica de ABC   Crónica de El País Crónica de El Mundo


CRÓNICAS DE LA PRENSA

ABC. ZABALA DE LA SERNA . Edición del 23 de agosto´99. Óscar Higares, por sus fueros de valentía

Un homenaje a Ignacio Aguirre por su bilbainismo de pro prologó la última corrida de la Semana Grande. Preludio de altura para un festejo de expectación: lidiaba la ganadera de la tierra, Dolores Aguirre, nada que ver con Ignacio, cónsul de España en Londres. Y sin parentesco, concluida la tarde, el diplomático defendía los toros. Pese a sus desigualdades, su mansedumbre y su carencia de clase, quizá no le faltaba razón: al menos no pegaron bocados como la corrida de Madrid por San Isidro, y en cierta manera se dejaron torear.

Pero por encima de todo destacó Óscar Higares, que volvió por sus fueros de valentía y decisión con una actuación importante. A sus dos enemigos recibió a portagayola, e incluso se postró de rodillas otra vez con el segundo de ellos en otra larga. Una larga cambiada la da cualquiera, como quien dice, torear a la verónica con la firmeza y las buenas maneras con que toreó al que abría su lote, no. Ambos oponentes mansearon, y ambos desplegaron mejor juego por el pitón izquierdo, más largo y asequible. Higares asentó las zapatillas con el quinto, y por naturales corrió la mano en tres tandas señoriales. Al finalizar la primera, en el remate pectoral por el pitón derecho, sufrió una aparatosa voltereta. Y es que el bruto tenía su guasa por ese lado. El matador madrileño exprimió al máximo sus posibilidades. Mal lo pasó para matar: el doloresaguirre miraba allí, allá o más lejos, a cualquier parte menos a la muleta. Se tiró el torero con rectitud, y cortó una merecida oreja, que compensaba también la fenomenal estocada del toro anterior, cuando paseó el anillo.

Digna, muy digna, fue la despedida de Tomás Campuzano de Bilbao. Nada consiguió del manso y huidizo primero, pero toreó con mérito y en redondo al cuarto. Alargó demasiado su labor, y por ello escuchó un aviso, que precedió a la emotiva vuelta al ruedo con que dijo adiós.

Banderillero espectacular y atlético es José Ignacio Ramos. Sacó poderosos derechazos del cambiante tercero, antes de terminar de manera efectista: molinetes, pases de rodilla y así. Se atracó de toro al entrar a matar, y la mano se le fue a los bajos. Igual haría con el infumable sexto. Debería explicarle alguien que la suerte suprema tiene sus tiempos, que no consiste en entrar como un elefante en una cacharrería, porque luego las espadas caen donde Dios da a entender. O sea, bastante mal. 


El País. JOAQUÍN VIDAL, Bilbao. Edición del 23 de agosto´99. La estocada de la feria

Óscar Higares cobró la estocada de la feria a volapié neto. Uno no sabría decir si fue mejor el volapié en esa estocada o en el pinchazo que la antecedió. Óscar Higares estaba en as de espadas; una condición que ya no se lleva. El pinchazo que le señaló al segundo de la tarde fue de los que merecen ovación cerrada y no restan sino que suman méritos para el premio de la oreja. Y de ambas cosas hubo. Ahora bien, los públicos que hoy van a los toros aplauden todos los pinchazos y los sartenazos del mundo, así sean dando el salto de la rana. Se decía en tiempos que una buena estocada valía por sí sola una oreja, y este pudo ser el motivo de que parte del público la pidiera para Óscar Higares. Sin embargo no está muy claro pues al toro siguiente José Luis Ramos le pegó un bajonazo y se la pidieron con igual insistencia. De donde un servidor sospecha que para los públicos actuales el mérito consiste en matar pronto al toro aunque sea mechándolo.

Venía Óscar Higares de as de espadas y de torero valiente, lo que estuvo demostrando desde el momento mismo en que se abría el portón del toril. A sus dos toros los recibió de rodillas mediante sendas largas cambiadas y luego los lanceó a la verónica cargando la suerte y ganando terreno con un capote corto recogido lo justo para mecer el lance y ceñir luego la media verónica clásica. De donde quizá no sea ni exagerado ni ocioso añadir que Óscar Higares cuajó las mejores verónicas de la feria.

La vida siempre está deparando sorpresas y Óscar Higares trajo a Bilbao las suyas recordando lo que es torear. Las verónicas que se dan ahora son componiendo mucho la figura en tanto se larga tela, apretar a correr después para iniciar lejos la siguiente, y a guisa de remate tirar la revolera echándole cuento. Por eso las verónicas de Óscar Higares tenían distinta categoría, majeza evidente, sabor a toreo caro.

Similares formas empleó en sus faenas de muleta, abierto el compás, corriendo la mano e imprimiendo temple a las suertes. No siempre, por supuesto, pues la descastada condición de sus toros complicaba los trasteos. El toro segundo, un manso berreón, más topaba que embestía y se caía con frecuencia. El quinto, que desarrolló nobleza por el pitón izquierdo, por el derecho punteaba, y en un pase de pecho le pegó un serio volteretón a Higares. Pese a que se incorporó maltrecho el pundonoroso diestro volvió a ejecutar los naturales, incluso con mayor torería que antes, reunido, con irreprochable ligazón. Y siguió la faena...

Lo malo fue que, siguiéndola, no la veía el fin. Se trata de una moda que han impuesto las figuras actuales: las faenas largas. Y no deja de constituir una falacia porque de esta manera suplen arteramente la calidad por la cantidad. Los que no son figuras les imitan creyendo que eso es lo que vale. Y se equivocan pues si toreron hondo, cuando pretenden matar se encuentran con que el toro está pasado de faena y no cuadra. Y eso sucedió.

Distinto concepto del toreo mostró José Luis Ramos que no se concedió reposo, instrumentaba las suertes con rapidez, el gusto interpretativo parecía serle ajeno, bulló mucho, derrochó voluntad, banderilleó haciendo gala de impresionantes facultades físicas, muleteó fiel a la técnica de los pegapases; que consiste, efectivamente, en pegar pases, sin orden, ni concierto, ni sentido lidiador.

Tomás Campuzano sí tenía sentido lidiador y lo explayó con el mansazo que abrió plaza --seguramente el toro más complicado de la floja y descastada corrida de Dolores Aguirre--, al que intentó desengañar de sus frecuentes escapatorias a la querencia de tablas. El cuarto, en cambio, embistió pastueño y le instrumentó bonitas series de redondos desde la templanza y la torería. Era aquella su última faena en Bilbao y dejó un excelente recuerdo. Él también se lo llevará por el cariño con que le despidió el público y por el aurresku que le bailó un dantzari al empezar la función. Esto del aurresku está tomando carta de naturaleza . Uno propondría que se institucionalizara para homenajear al artífice de la estocada de la feria. Pero no lo propone porque acabarían bailando el aurresku a los que perpetran sartenazos dando el salto de la rana.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Bilbao. Edición del 23 de agosto´99. Digno broche de Dolores Aguirre

Las Corridas Generales de Bilbao han concluido y han concluido bien. Quiero decir, con estimables y nobles toros de Dolores Aguirre muy bien presentados, aunque algunos blandearan y casi todos, por no decir todos, mansearan. Hubo una oreja, razonablemente concedida a tenor de la petición; y otras peticiones menos numerosas, razonablemente denegadas. O sea, que se salvó el honor del palco; aunque el estruendo peticionario fuera atronador, salvo en la oreja a Higares, no había caso. Ni pañuelos.

Se despedía Tomás Campuzano, que ha obtenido en esta plaza honrados y clamorosos triunfos. Y no sólo le bailaron el preceptivo y delicado aurresku, sino que le tocaron las palmas con cariño.

Han concluido, pues, las Corridas Generales y, con ellas, la campaña del norte sin bajas apreciables en las distintas fuerzas contendientes. Ni siquiera, y por fortuna, se materializaron los gañafones que soportó Ramos ni la amenaza de cornada tremebunda que sufrió Oscar Higares. Las únicas fuerzas que son siempre aniquiladas, son los toros.

Otros años se producían algunas escaramuzas entre las distintas tendencias críticas: banderías apasionadas que, en lo verdaderamente apreciable, han ido perdiendo virulencia. Lo cual no quita para que vuelvan a rebrotar, aunque de momento parece que se impone la cordura: cada uno en su casa y el toro en la de todos.

Toros han salido en estas Corridas Generales; toros buenos y toros malos, como en todas partes; mas toros con dignidad de toros de lidia en una medida apreciable. Naturalmente, se han mantenido las discrepancias de rigor con el palco presidencial. Parece que este año han cedido a las presiones ambientales con más facilidad que el año pasado. Con lo cual el equilibrio se ha mantenido; quienes elogiaron y premiaron el año pasado su labor, este año le han elogiado menos y no le han premiado nada. Y viceversa. En la vida siempre aparece una sorprendente ley de la compensación. Pase lo que pase, el presidente de una corrida siempre será piedra de escándalo: para la alabanza o para el vilipendio. La plaza de Bilbao no es muy diferente a otras plazas. Y la polémica no es aquí si el público es aficionado o meramente espectador y pagano; o si con su ignorancia o sus conocimientos, facilita o dificulta la tarea de don Matías. La cuestión está, como en todos sitios, en la firmeza del criterio presidencial. Un presidente se define en la administración de la música, en esa sutil frontera de la mayoría de pañuelos para dar o quitar la oreja. Un presidente se define en la potestad sobre la segunda oreja, el reloj de los avisos y en mantener o rechazar en el ruedo ciertos toros.

Este delicado sistema de equilibrios creo yo que es lo que se ha roto este año en Vista Alegre. Y coincidiendo siempre, por supuesto, con la pasión y la presión que suscitan las figuras y los toreros de moda. Ayer no había caso. Los toros de Dolores Aguirre, muy serios y bien presentados. Y los toreros jugándosela casi en todos los muletazos, unos más y otros menos. Campuzano se despidió con gloria y con honor, aunque perdiera dos muletas tras un metisaca y una estocada contraria en su primero. Tanto en éste como en su segundo, muletazos muy largos y, con frecuencia, despegados. Una tanda corta, por la derecha, muy buena. Y en circular.

A sus dos toros los recibió Oscar Higares a portagayola. Sorteó el mejor lote el madrileño y dejó clara su buena disposición toda la tarde.

La clara embestida del quinto halló un hueco por donde tirar la cornada. Y la tiró. Volteó a Higares y afortunadamente no acertó con ninguno de sus derrotes. A Higares le dieron la oreja por dos tandas de naturales en los que corrió la mano. Y por la estocada, a la segunda. Aspero y de media embestida uno y manso violento otro: ése fue el lote de un aguerrido José Ignacio Sánchez que no volvió la cara en ningún momento, que puso algún par de banderillas emocionantes. Quizá por todo ello, y por su honradez de torero recio, se le ovacionó con fuerza.

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El País, JOAQUÍN VIDAL, Bilbao Edición del 22 de agosto '99. Esa acorazada sangrienta

Apenas saltó a la arena el primer toro ya se había cometido el disparate: lo recibió el picador dejando que pasara hacia dentro y allí, echándole el caballo encima y acorralándolo contra las tablas, primero le metió un puyazo salvaje que le abrió un boquete en la tripa, luego le pegó duro aupándose sobre la silla para cargar su peso sobre la vara y hacer más daño. Y, mientras, a la derecha del caballo, donde no puede haber nadie, permanecía un peón dispuesto a intervenir con el capote. Debía ser el peón de guardia.

Eso le hicieron al primer toro. Y a todos. Los picadores, constituidos en acorazada con un concepto salvaje de su función y un deliberado propósito carnicero, destruyeron la fortaleza física de los toros dejándolos bañados en sangre y algunos prácticamente para el arrastre.

Lo cierto es que esta forma de picar se viene aplicando sin excepción. Se ve que hay un acuerdo entre picadores para aunarse en la brutalidad; o no se explica. Lo que pasa es que a veces ni se les tiene en cuenta. Salen normalmente tan tundidos los toros de los chiqueros que se les simula el puyazo, y al percatarse el público de que los picadores se abstienen de meter hierro, se creen que es por bondad de corazón y hasta les aplauden.

Se suele decir -con razón- que los picadores son los únicos asalariados a quienes aplauden por no trabajar. Claro que para eso se necesita que el público tenga una ignorancia supina acerca de la materia varilarguera. Como siempre, lo que priman son los tópicos. Y el tópico manda que sólo le den la charla al picador cuando pisa la raya delimitadora de su campo de actuación.

Los picadores van de cine, con eso, pues la raya la impusieron ellos ya en tiempos de Maricastaña. Los públicos -y los matadores también- venían quejándose de que los picadores aguardaban pegados a tablas al objeto de paliar los derribos estrepitosos que ocasionaban las poderosas embestidas de aquellos toros íntegros y fieros. Y pues acabaron imponiéndoles que realizaran la suerte en los medios, negociaron -y consi-guieron- que se marcara en el ruedo una raya indicativa de un espacio que no estaban obligados a rebasar.

Esa es la única finalidad del círculo grande que, si se atraviesa, a lo mejor supone mayor mérito del picador; pero en cuanto lo intenta, el público se lo toma a ofensa personal. Y, en cambio, cuando los picadores se rebozan con el toro haciéndole la carioca y las mil barbaridades mientras rajan los lomos traseros rompiendo espinazos, nadie dice nada e incluso les pueden dedicar una ovación.

El desalmado que picó al cuarto llegó a más, le empujó con el caballo hasta pegarlo a la barrera y una vez lo tuvo allí acorralado a su merced, le dio para ir pasando con tal furia que si no llega a ser porque el toro consiguió zafarse finalmente y salir huyendo, le atraviesa las entrañas. Después repitió la operación...

Lo que llamamos operación, que lo era en devastadora y despiadada misión de castigo, la estuvo repitiendo la acorazada de picar en todas sus intervenciones. Se trataba de convertir en picadillo la corrida de Cebada Gago, ya se puede suponer el motivo: traía trapío, iba armada con una cornamenta buida, desarrollaba casta y, si la hubiesen dado lidia adecuada, poder.

Si además sacó nobleza, ya importaba menos. El toro noble se prefiere siempre al pregonao -qué duda cabe; sería de locos suponer lo contrario-, pero lo que de verdad molesta e inquieta a los toreros es la casta. El toro de casta, aun noble, puede dar un disgusto en cualquier momento. Con el moribundo, en cambio, los toreros se arreglan...

Bajo la sombra preocupante de la casta transcurrió la corrida. Hubo quien no se fió de ella, caso de Manuel Caballero, que muleteó sin temple al descuartizado primero, y al manso cuarto lo aliñó expeditivo. Hubo quien reaccionó con pundonor; así El Tato, que aguantó los muchos derrotes del segundo y montó una faena larga y descentrada al quinto. Uno de ellos se quedaba corto y otro se caía, sin duda por exceso de castigo. Y hubo quien derrochó vergüenza torera y ese fue Pepín Liria, que se arrimó de verdad, ligó los pases cuanto pudo, si le venían gañafones no le arredraban y acabó cortando una merecida oreja.

Dicen que esa oreja salvó la tarde. Pero no se salvó pues las tropelías de la acorazada de picar quedaron impunes. Y, sin embargo, debió ser llevada al juzgado de guardia, todos sus miembros con el castoreño calado hasta los ojos.


El Mundo, JAVIER VILLAN, Bilbao Edición del 22 de agosto '99 Los cebada, más fachada que bravura

Vale ya, tíos, de dar la barrila; tomo nota, que decía el torerísimo Paco Rabal, haciendo de Juncal, torero viejo y solitario. Tomo nota de que, ciertamente, el sobrero de anteayer no era de Loreto Charro, sino de Torrealta. Vale: seis cenizos en lugar de cinco y Loreto Charro libre de toda culpa. Lo cual no es motivo suficiente para que le despierten a uno a las siete de la mañana, espabila que no te enteras de los sobreros. Hay gente pa to, que decía el Gallo.

También el otro día dije Alejandro Sawa donde tenía que decir Max Estrella, aunque de esto no se han enterado los listos madrugadores; y a un amigo, mejor cocinero que musolari, llamado Andoni, lo rebauticé como Patxi y no me ha mandado los padrinos a las siete de la mañana. Tampoco Valle-Inclán, cosa que les agradezco a ambos. Y no es que no me guste rectificar; lo que me jode es que me despierten a las siete de la mañana, sobre todo si acabo de dormirme. Hoy, como no ha habido sobreros, seguro que podré dormir tranquilo. La corrida de Cebada Gago, con sobrero o sin sobrero, muy por debajo de las expectativas.

No sé si por apagado de nacimiento o porque lo apagó el piquero, el primer cebada se vino abajo en la muleta. En líneas generales, los astifinos y bien armados cebadagagos cobraron lo suyo, y lo de los demás, en varas. Estas dudas razonables sobre la condición del toro persistieron en el precioso castaño cuarto. Se empleaba fuerte contra el peto, mas cuando le libraban de la puya huía buscando una puerta de escape. Bajó bien las manos Caballero en las verónicas.

El colorao se pasó el tiempo berreando y huyendo. No se apreció como merecía la sólida lidia de Caballero, la función práctica e instrumental de su muleta.

Podría decirse incluso que la bronca fue injusta, desproporcionada y carente de lógica. Se está perdiendo el sentido de la lidia sobre los pies, la capacidad para doblarse con un toro, cuadrarlo y tumbarlo de un espadazo cuando no admite otra cosa. Eso hizo Caballero y le pitaron.

No logró El Tato ahormar la descompuesta cabeza de su primero. Una tormenta de hachas, rayos y centellas homicidas llevaba el toro en sus cuernos: aspas locas de molino en todas las direcciones, menos en la dirección de la muleta. Disparaba el bicho su ballestería iconoclasta y heterodoxa y allí estaba El Tato esquivando los derrotes con regates y braceos igualmente heterodoxos.

Lo del picador, en el quinto, fue de rodeo americano. Daba brincos el caballo como en un ejercicio de doma, mientras el toro lo perseguía a cornadas; la costalada que el cebada se pegó al principio de la faena de muleta no está claro que fuese por la desmedida afición de El Tato al látigo y a la tralla, sino accidente natural. Incómodo el burel y de turbias intenciones, no dio reposo ni paz a El Tato.

Apretó el tercero y Pepín tuvo que tomar el olivo arrojando en la carrera armas y bagajes. Fue una falsa alarma, pues Liria descendió pronto a tierra y, de rodillas, abrió faena con todas las de la ley y todos los pronunciamientos favorables. Un lujo de pitón, el derecho. Había que taparlo sin vacilaciones; cuando algo fallaba venía el rebañón o la cabezada intempestiva.

El pitón izquierdo era menos claro, o Pepín Liria estuvo más inoperante; el burraco le pegó una carrera de susto que Pepín resolvió airosamente con un recorte defensivo. Tras la estocada corta dobló el toro, lo levantó el cachetero, la agonía se hizo interminable, Liria no quería descabellar y el público tomó partido por la resistida muerte del burel, quizá el mejor armado y de mejor juego de la corrida. Aunque yo creo que lo mejor fue la brevedad.

Allá alas 19.50 horas, Liria se perfilaba para matar; los cebada sacaron muy malos modos y una pésima educación. Y a Pepín le tocó el lote más enrazado y más toreable. El sexto casi acabó rompiendo y descolgándose por el pitón derecho. Pepín, como es habitual en él, peleó y se fajó. Y lo tumbó de un bajonazo. La plaza y el palco, ni bien ni mal. Perfectamente coherentes con dádivas de otros días, le dieron la oreja


El Mundo, JAVIER VILLAN, Bilbao Edición del 21 de agosto '99 Ponce pinchó; y toreó. Abellán, también

Se preguntaban algunos, madrileños mayormente como yo (de adopción), a la salida de la plaza qué maravillas no habría hecho José Tomás con el sexto toro; lo único cierto y verdadero es que José Tomás no estaba allí. Y no estuvo porque no quiso. Por poco que le guste la televisión a José Tomás debiera haber estado. No tiene sentido darle vueltas a la cosa. Enrique Ponce estaba, como era su obligación, y José Tomás no. Allá cada cual con sus miedos y sus guerras.

El caso es que Abellán toreó muy bien y que perdió la oreja por pinchar; que Ponce toreó superior y también pinchó; y que Juan Mora hizo lo que pudo, que no fue poco. Al final, todos tan contentos con la machada. Y casi todos olvidados de José Tomás. Los victorinos, a partes iguales, blandos y duros; complicados y suavones también mitad y mitad.

Al final, casi todo el mundo valoró el esfuerzo de los toreros y la no poca torería que derramaron sobre el ruedo. Los toreros, cuando quieren tener algún cetro en la mano -de maestro o de figura- tienen que apechar con muchos inconvenientes. Porque luego pasa lo que pasa; viene Enrique Ponce y la arma, echa el órdago y se queda con el santo y la limosna, mientras otros se quedan en el hotel viendo la televisión, aunque no les guste.

Si ayer Ponce mata a la primera al victorino quinto, borra de la faz de la Tierra, aunque estuvieran lejos y ausentes, al fenómeno consolidado que es José Tomás y al fenómeno emergente que, según algunos, puede ser el muchacho que torea hoy en Bilbao. A ver qué pasa.

El triunfo de Enrique Ponce de ayer con los victorinos en Bilbao fue relativo e inconcluso. Toreó extraordinariamente bien con la izquierda y mató extraordinariamente mal, pinchazo tras pinchazo; casi tan mal como acostumbra a hacerlo Miguel Abellán, que también toreó muy bien. Yo quiero ver de una vez por todas y sin malas intenciones en un cartel con victorinos como los de ayer a Ponce, a El Juli y a José Tomás.

No creo que sea una barbaridad; es una aspiración de aficionado. Después de todo, los dos o quizá los tres primeros victorinos eran de merengue y chocolate: por flojos de remos unos y por dóciles otros. Si bien es verdad que, aun los más blandos tenían sus perenguendengues. Hasta el último momento no se sabía si iban a pegar la cornada o pegarse el batacazo. Tenían un sentido innato de la supervivencia, casta agresiva, y antes de desplomarse alargaban la gaita y tiraban el tornillazo. Torero hubo que se salvó de la cornada porque, justo cuando ésta llegaba a destino, el toro se derrumbaba. Eso es lo que se llama caerse pronto y bien. Y a tiempo. Nunca sabes cuándo un victorino como Dios manda te va a tirar el viaje: incluso en el último segundo. El síndrome Veneros que se dice en Bilbao desde que el subalterno del mismo nombre recibió una cornada al ejercer de cachetero y que se apropiaron Patxi y Jon Luis Blanco para designar una partida de mus ganada en el ultimísimo órdago.

Mora lo pasó fatal con el cuarto, enterizo y listo, que le buscaba los muslos y las femorales con intenciones absolutamente lascivas y procaces. Lidia sobre los pies, sin florituras. Ponce puso ayer el listón muy alto. Y hasta rodó por los suelos. Y tragó. Y toreó sin frivolidades.

Sobrio con el capote y espléndido en los naturales del quinto. Fueron tres tandas, me parece, de menos a más. Sin perder pasos casi nunca, y quieto. La estética de Ponce puede ser, muchísimas veces, estética vacía: ayer la llenó de contenido. Con los naturales, los redondos y los circulares invertidos y los pases de pecho no fueron hechos aislados, sino componentes de una faena a la que sólo le faltó el acierto de la espada.

El mismo acierto que le faltó a Abellán. De lo mejor de la feria va a ser, seguramente dos tandas con la derecha en el mismísimo platillo coronadas con un pase de pecho: marca de calidad y alta escuela. Y aún se superó en el sexto, una tarde en definitiva, que pudo haber sido triunfal. Pero está visto que le cuesta una enormidad redondear una faena sin sobresaltos y con efectividad.


El País, JOAQUÍN VIDAL, Bilbao Edición del 21 de agosto '99 Orejas peludas

Hubo dos orejas. En realidad tampoco es como para lanzar cohetes -en otras partes cortan doce y un rabo- pero al menos el público se había divertido viéndolas. Uno, que lleva años en esto de las orejas y los rabos, no acierta a comprender el gusto que le encuentra el público a ver orejas, con lo peludas que son. A lo mejor es por eso. Una oreja peluda puede representar el valor de la raza, mientras si no fuesen peludas parecería cosa menor y feble; una mariconada o algo así, dicho sea con perdón y mejorando lo presente.

La verdad es que al público bilbaíno no le caracteriza el fervor especial por las orejas peludas -es tan orejista como todos; no más- sino por la música. La música constituye su capricho, su pasión, su exigencia. El público bilbaíno es incapaz de ver una corrida de toros sin música y se pasa la tarde pidiéndola. Le impacienta tanto, hasta tal punto teme quedarse sin ella, que ni siquiera espera a que los toreros empiecen a torear. Dos de tanteo han dado los toreros apenas y ya están pidiendo ¡Música!, primero según queda dicho, luego marcando bien las sílabas -¡Mú-si-ca!- con acompañamiento de palmas a ritmo sincopado.

Si luego el toreo de los toreros se acomoda o no a la ¡mú-si-ca! y el ¡plas-plas! de las palmas, ese ya será problema de los toreros. Frecuentemente no se acomoda. En la corrida de marras se acomodaba poco, si bien carecía de relevancia pues para al final tener motivo de pedir (y el presidente otorgar) las orejas peludas bastaba el ambiente creado por la ¡mú-si-ca, plas-plas!

El torero musicado con mayor insistencia fue Enrique Ponce, beneficiario de una oreja. El que menos El Juli, beneficiario de otra, para quien los vizcaínos la pidieron con menor insistencia. Cuál pudo ser la causa de esta diferencia es pregunta que únicamente podrían responder la sociología, la psicología y la musicología.

Litri, que encabezaba la terna, quedó excluído de cualquier referencia musicológica pues ya la había tenido en exclusiva con el aurresku. Se lo marcó al comenzar la función un dantzari acompañado de txistu y tamboril, al parecer como homenaje al diestro, que se despedía de la afición bilbaína. La escena del dantzari dando el paso lateral, giros, patadas a la luna delante de Litri, atónito y con el capote de paseo liado, quedó muy propia.

Los dos toros que le correspondieron a Litri eran pastueños, y como si se tratara de monstruos surgidos de las calderas de Pedro Botero, les pegó unos mantazos con el percal, unos trapazos con la franela y unas cuchilladas con el acero. Y se retiró a sus cuarteles de invierno.

Ponce, en cambio, tenía para sí y al completo las músicas, las ovaciones y las orejas peludas. Para eso se lo trabaja. Es evidente que no regatea esfuerzo y en la presente ocasión todo lo hacía corriendo: las verónicas, los ayudados, los derechazos, los naturales, los pases de pecho, los molinetes. Tiraba con fina composición cualquiera de las mencionadas piezas y apenas concluirlas apretaba a correr. Trotapases se llama esa figura.

Las calidades del día anterior, cuando derramó el toreo al natural en pureza, se le debieron agotar a Ponce y ahora ha de reponer el género. Cuestión de tiempo. De manera que recurrió al sucedáneo y, pues su segunda faena transcurría monótona y reiterativa, recurrió a los molinetes y a los rodillazos, con indudable acierto, ya que provocaron en las masas el delirio. Y obtuvo una oreja peluda, para general satisfacción.

Faltaba la oreja de El Juli y se la dieron en el sexto toro por los méritos contraídos en el manejo del variado instrumental toricida. Y, sin embargo, el toreo excelente se lo había hecho al tercero. Sólo un rato, dado que el toro se lastimó una mano. Ya de principios El Juli instrumentó una emocionante tanda de redondos, seguida de otra con buen corte torero, y de ella salió el toro cojo, encogiendo la patita. Naturalmente concluyó la faena y entró a matar.

Al sexto le hizo El Juli un quite por faroles, lo banderilleó rápido, lo muleteó valiente y empeñoso, instrumentó naturales sin trampa ni cartón, remató una de las tandas enlazando toreramente el molinete, el afarolado y el pase de pecho, hizo la faena justa, se entregó en el volapié y la oreja fue suya con pleno derecho.

El público abandonó la plaza complacido. Dos orejas peludas, aparte la satisfacción de verlas, constituyen prueba fehaciente de que la corrida resultó buena (o, por lo menos, pasable), y ya se puede contar a la familia y a los amigos que uno estuvo en los toros sin que le llamen tonto, según suele suceder cuando no hay oreja alguna. Cierto que, en cambio, no se vieron ni toros íntegros, ni lidia completa, ni toreo verdadero, pero ¿a quien puede importar semejantes menudencias?.


El País, JOAQUÍN VIDAL, Bilbao Edición del 20 de agosto '99 Enrique Ponce por naturales

Enrique Ponce toreó al quinto victorino por naturales. ¿Quién ha dicho que no sabe? Lo que pasa es que no practica. Suele dar el natural a manera de addenda, quizá para que no digan y, además, empleando la técnica propia de los trotapases, en la que tiene tratamiento de excelencia. Pero cuando dice allá voy, va y torea al natural. Como con el quinto victorino, que era santo.

Los naturales fueron de aquellos a los que no se puede poner ni un pero: trayéndose al toro de delante, templadísimos, vaciando donde debe ser y ligándolos según mandan los cánones. ¡Y olé! Sí señor: cuando un torero torea según mandan los cánones recreándose en la suerte y esa suerte es al natural, merece el óle y la gloria bendita.

Dos tandas de naturales recreó Enrique Ponce tal cual queda dicho y añadió otra de bella factura si bien ya no había en ella tanta ligazón. Y ahí, en esas series de gran calidad, estuvo representado el mejor toreo que se haya visto este año por el Norte y quizá también por otras regiones de más cálida climatología.

Ya se puede imaginar que, con esa versión del toreo fundamental, la faena de Enrique Ponce iba de éxito seguro. Mas no fue lo que más encandiló al público bilbaíno sino el par de circulares citando de espaldas que dio después y que provocaron el delirio en los tendidos. Llega a matar a la primera y corta hasta el rabo. En cambio no mató a la primera y además mereció dos avisos sin que le enviara ninguno el presidente, que aplica el reglamento sin criterio alguno y con arbitrariedad manifiesta.

El asunto de los circulares citando de espaldas podría suponer motivo de debate entre aficionados. Porque serían lo que encendió el entusiasmo, pero cuando se torea tan puro, esos tremendismos están fuera de lugar. Es como si después de haber compuesto la Quinta Sinfonía, va Beethoven y añade lo de Mi carro me lo han robado para que le aplaudan los del gallinero.

El victorino tuvo mucho que ver en los naturales excelsos pues embestía de maravilla. Primero lo hizo codicioso y trajo a Enrique Ponce de cabeza, mas se atemperó en seguida y entonces ya fueron dos los atemperados. La verdad es que Enrique Ponce pasó lo suyo antes de encontrar ese estado de gracia que le llevó a los naturales y los circulares. Su primer toro sacó una casta seria traducida en incansable codicia y le hizo no ya correr y casi perder los papeles sino hasta caer de culo. El oficio de trotapases y la buena forma física libraron a Ponce de sufrir un percance o acabar en el más espantoso de los ridículos.

Los otros espadas del cartel hubieron de pasar por similares vicisitudes. En realidad los tres tuvieron toros de muy distinto signo: uno fiero, otro aborregado. Mitad y mitad salió la corrida de Victorino Martín en lo que se refiere a la casta y el temperamento, mientras los seis se igualaron en invalidez. Se caían: parece mentira en tan acreditada divisa. Mucho o poco perdían las manos o bien se desplomaban ofreciendo un lastimoso espectáculo.

Los hubo que no pararon de caerse, como los aborregados de Juan Mora y Miguel Abellán. Es muy significativo, sin embargo, que ambos diestros estuvieran mejor en los toros difíciles que en los fáciles. Mora con el primero y Abellán con el sexto ofrecieron una versión reiterativa y plúmbea de sus peores formas toreras: muchos pases de poca sustancia todos ellos.

Abellán, al mustio sexto, le hizo una faena interminable, aseada en los momentos de embarcar, corretona y vulgar en los de vaciar. En cambio, al encastado tercero lo toreó con mucha valentía, aguantando los arreones del victorino cuando se revolvía codicioso, lo que le costó una tremenda voltereta y algún pitonazo de propina. Mora, que sacó sus conocidas pinturerías con el inválido primero, dio la cara ante la fiereza del cuarto y se jugó el tipo en insistentes tandas de naturales, consintiendo al máximo los gañafones que se le venían encima.

Lo naturales excelsos no podían ser con ese toro avisado y duro de pezuña, tan distinto al siguiente, cuya excepcional nobleza permitía elaborar sofisticadas florituras. Así cualquiera, se dirá. Pero los buenos toros también permiten descubrir a los toreros buenos.


El País, JOAQUÍN VIDAL, Bilbao Edición del 19 de agosto '99 Eugenio de Mora, herido grave

El tercer toro le pegó una cornada grave a Eugenio de Mora. Ocurrió nada más empezar la faena de muleta y fue visto y no visto. Al segundo ayudado le tiró certero un derrote al muslo y le caló. Tras la voltereta se incorporó rápido Eugenio de Mora, pero evidentemente no podía seguir y se lo llevaron a la enfermería. Todo el mundo lo lamentó. "Venía con ganas", decían en el tendido, y seguro que era verdad.

Manuel Caballero, que se hizo cargo del toro, también venía con ganas. Y se puso a pegar pases con encomiable denuedo. Que los pases no resultaran ni gustosos ni hondos, ya no resultaba tan encomiable, mas no se va a pedir todo en esta vida. Tras enjaretar tres tandas de derechazos se echó la muleta a la izquierda y hubo en la plaza un estremecimiento generalizado: precisamente el pitón izquierdo había herido a Eugenio de Mora, ¡horror!

Se pudo apreciar, sin embargo, que las intenciones del toro no parecían aviesas. Únicamente le pasaba lo que vino acusando la corrida entera: una borreguez y un aturdimiento temperamental que a veces le impedía comportarse con la docilidad propia de la especie borreguil; y topaba o se paraba husmeando por allí quizá con el propósito de comprobar si andaba solo con sus pesadillas o alguien le estaba toreando.

Estos parones inciertos, que siempre son comprometidos y traen peligro, los aguantó valiente Manuel Caballero e insistió en los naturales, de los que dio tres tandas y luego volvió a los derechazos e incluyó un circular y vinieron los ayudados a dos manos. Vinos asimismo un aviso pues con semejante caudal de pases el tiempo se le acabó echando encima.

El empeño pegapasista de Manuel Caballero requería avisos pues, si no, aún estaríamos allí, en el coso de Vista Alegre, bajo el cielo encapotado; soportando el húmedo bochorno de la tarde oscura, la función espesa y a ratos sórdida que se estaba perpetrando sobre la negra arena del redondel. Menos mal que al público le daba por aplaudir y pedir música, lo cual anima mucho.

La faena de Manuel Caballero avisada antes de concluir tuvo pasajes de bien templados derechazos, otros no tanto, circulares de espaldas, que se han puesto de moda; como las manoletinas. Y el presidente no permitió que sonara la música. Ya explicará el motivo. Pues en el toro siguiente El Cordobés se puso a pegar trapazos, y sacó rápido el pañuelo que ordena tocar a la banda. A lo mejor el presidente es cordobesista y se lo tenía callado.

Cuando suceden estas actitudes discriminatorias los presidentes deberían dar explicaciones. Preferentemente por escrito. La afición tiene derecho a saber. Y el torero discriminado con mayor motivo. Manuel Caballero, víctima injustificada de la afrenta, tuvo en el quinto toro una reacción digna. Acababa de empezar la faena de muleta cuando atacó la banda una de las escogidas piezas de variado repertorio. Y la mandó callar. "Las músicas para el gato". Y, sin necesidad de música ni nada, cortó la una oreja.

Se la cortó a un borrego mustio aquejado de una debilidad que le afectaba de cabeza a rabo. La faena transcurrió interminable, ya puede imaginarse. La inició con una tanda de redondos de excelente factura: mandones, suaves, ligados; todos esos atributos, en fin, que dotan las suertes de inmarcesible belleza. Y la continuó mediante un profuso y difuso muleteo a destajo en el que no faltaron los derechazos, los izquierdazos, los circulares, de nuevo los pases de espaldas... Y cayó la oreja.

De pasó derrotó al musicado El Cordobés en todos los frentes. Aunque, en realidad, El Cordobés venía ya con la derrota asumida. El peor toreo -desganado, destemplado y tosco- y unas tabernarias formas estoqueadoras empleó con los tres ejemplares que le correspondieron, muestra repulsiva todos ellos de la ruina animal.

Que esa es otra: los toros; inválidos y borregos. Y, encima, mandaron un torero a la enfermería.


El País, JOAQUÍN VIDAL, Bilbao Edición del 18 de agosto '99. ¿La afición es melómana?

Llega uno a estas plazas de feria, como Bilbao, y lo que más llama la atención es las ganas que tiene el público de oír música. La corrida entera se la pasa pidiendo música.

Se diría que el público de Bilbao y de la mayoría de las plazas feriantes no tiene tanta afición a los toros como a la música. He aquí el dato: toros no los exige para nada; en cambio, música se pasa pidiéndola la tarde entera.

Apenas esboza el torero los prolegómenos de la faena de muleta, ya empiezan a oírse gritos de ¡Música!, y luego es la plaza entera coreando "¡Mú-si-ca, mú-si-ca!", a ritmo sincopado con estruendoso acompañamiento de palmas. Y, en cuanto consigue que la banda rompa a tocar, prorrumpe en una cerrada ovación. Luego todo es Jauja.

Los toreros, por ejemplo, hacen sus faenas al desastrado estilo y se las ovacionan sin parar. Se dio el caso en los tres de ayer. La emprendían a derechazos, despegados y bailones, metían después el pase de pecho y atronaban las ovaciones.

Precisar cual de los tres toreó peor sería difícil si nos referimos a las cinco primeras faenas. Porque la sexta tuvo distintas formas, venía inspirada en otro concepto del arte de torear. La cuajó El Juli: por naturales. Recrea esa faena el artífice paradigmático del toreo al natural que manda hoy en la fiesta y diríamos que es punto y aparte. Bueno, pues El Juli acaso sea punto y coma, pero sus naturales no le iban a la zaga.

Dio El Juli la primera tanda entre azaroso y achuchado, mas en las siguientes -que fueron cuatro- se traía al toro toreado, marcaba con mando su recorrido, ceñía las suertes, las ligaba, y tras cambiar de mano -que podía ser mediante afarolado previo-, se lo echaba por delante en el pase de pecho. Finalmente desgració la obra bien hecha al matar de un bajonazo infamante, aunque semejante detalle no le iba a privar de la oreja. Los bajonazos, en estas plazas de feria, antes dan que quitan y se aplauden con el mismo entusiasmo que las estocadas cobradas por el hoyo de las agujas.

Claro que depende de quién sea el autor. Las plazas de feria suelen ser muy discriminatorias. Torean ahí diestros de modesto cartel y arrancar una palma les cuesta horrores. En cambio vienen los que tienen fama y les están jaleando las gracias desde que ponen un pie en la arena hasta que se marchan por el portón de cuadrillas con la satisfacción del deber cumplido.

Con mayor motivo si la fama que traen se debe a razones marginales al toreo. Así, Rivera Ordóñez. Rivera Ordóñez, en la tarde de autos, muleteaba empleando el alivio del pico, pegaba distanciado unos derechazos de fea factura rematándolos hacia afuera y suscitaba frenéticas peticiones de ¡mú-si-ca!, olés clamorosos. Barrunta uno que si este diestro en vez de llamarse Ordóñez se llamara Fernández, no torearía tanto.

No es que le falte voluntad: la tiene. E intervino en quites, lo que ya es mérito tal cual corren los tiempos. Uno por gaoneras no estuvo mal. Aunque en cuestión de quites era El Juli quien protagonizaba las mejores intervenciones interpretando modalidades de sofisticada concepción. Le aplaudieron mucho las chicuelinas al tercero de la tarde, porque las daba de salón. Y ciertamente se ajustaba a la realidad de la vida pues no había toro (estaba inválido) y cuanto toreo se le hiciera había de ser de salón. Así el de muleta, que intentó afanoso El Juli, si bien en aquellas circunstancias carecía de interés.

Voluntarioso se empleó asimismo Espartaco, tanto en el cuarto, imposible de torear a causa de su absoluta invalidez, como en el primero, al que dio muchos derechazos y algunos naturales con cierta ratonería y muchas tablas, mientras el público no paraba de aplaudir y pedir ¡mú-si-ca! Y sin embargo -se ignora la razón- no hubo concierto. Lo del toro, que era un borrego despitorrado, podía pasar. Pero dejar a la afición sin música constituía una imperdonable afrenta. Y la armó. Vaya si la armó.


ABC.   ZABALA DE LA SERNA. Edición del 17 de agosto´99. Luz de Morante sobre la grisalla 

Arena negra en el ruedo bilbaíno y negros presagios a la muerte del segundo jandilla sobre el destino de la tarde. Nada bueno hacía presagiar el desarrollo denso del primer tercio de la corrida. Pero vino el luminoso toreo de Morante de la Puebla a sacarnos de la oscuridad. ¿Por qué será que siempre se identifica con luz, alegría, arabescos y filigranas, con Sevilla? A pesar de que la primera parte de la faena transcurrió sin el idóneo acoplamiento, el matador de La Puebla del Río le tomó el aire y el pulso a su montado y veleto enemigo. Poco a poco encontró el sitio y una mayor ligazón. Las series, siempre diestras, estallaban en pinceladas de torería, muy pepeluis: un kikirikí, un cambio de mano, una trincherilla, un ayudado. Una sola tanda hubo al natural, ya muy avanzada la obra. Arregló Morante las desigualdades iniciales con una fenomenal estocada en la suerte de recibir, epílogo perfecto para la obtención de un merecido trofeo.

El capote del sevillano también destelló, tanto en un quite por chicuelinas al quinto como en algunas verónicas de saludo. No pudo, sin embargo, rematar con bien la tarde: el sexto se dañó la mano izquierda durante la lidia, y se desinfló como un globo. Se demoró la espada y se anotó un aviso.

Al final, los augurios pesimistas se cumplieron, y el festejo nunca cogió vuelo. Vicente Barrera dio la imagen de andar con la cabeza en otras cosas. Dos datos anotamos para la curiosidad: tras la muerte del segundo, Barrera tomó el camino contrario a la presidencia, y se quedó de conversación en el callejón mientras se ejecutaba la suerte de varas al sexto. A pesar de todo, tuvo momentos acertados, como el esperanzador arranque de ambas faenas. La primera se deshizo contra las mansas condiciones del tardo jandilla, que por cierto había derribado con estrépito en el caballo y convirtió la lidia en un sindiós durante el tercio de banderillas. La segunda no pasó de correcta y superficial, y eso que esta vez sí había buen material. La apertura amanoletada y sin enmendarse, sensacional, dio paso a series diestras y templadas. Quizá hubiera cortado una oreja, después de despedirse por manoletinas; pero falló con la espada.

Manuel Díaz «El Cordobés» siguió la tónica de la tarde. Espeso y pesado con el grandón y flojo primero; al menos más breve con el inválido y chico cuarto. Ni lote ni toreo. Por hache o por be, pobre actuación la suya.

Entre los brillos de la grisalla de corrida que fue aquello, José María Tejero con los rehiletes y, en menor grado, Vicente Yestera y El Pere. Taparon otras carencias y baches de la torería de plata y azabache. 


El País, JOAQUÍN VIDAL, Bilbao Edición del 17 de agosto '99   Una estocada en la suerte de recibir

Hubo una estocada recibiendo, que es -saben quienes hayan leído el Cossío- paradigma de la pureza en la ejecución de la suerte suprema. Recibiendo se mataban siempre los toros desde los orígenes de la fiesta, hasta que los toreros cayeron en la cuenta de que era menos arriesgado matarlos al volapié; un recurso alternativo inventado para estoquear a los toros aplomados.

Matar recibiendo es tan raro que cuando lo intenta un diestro causa general sorpresa. Pero más sorprendente resulta si lo ejecuta uno cuyas trazas estoqueadoras están más próximas a las características de los pinchauvas que a las de los ases de espadas.

Los tres del cartel -El Cordobés, Vicente Barrera y Morante de la Puebla- se encontraban en parecido caso, pero nadie habría podido imaginar que, de los tres, iba a ser Morante de la Puebla, precisamente, quien iba a tener el arranque genial de matar un toro en la suerte de recibir. Y lo mató. Se da fe de la proeza. Montó los instrumentos toricidas, adelantó el engaño a las pezuñas del condenado a morir, tiró de él, se lo trajo humillado y le hundió el acero -algo atravesadillo quizá- por el hoyo de las agujas.

Y se ganó la oreja. No sólo la oreja sino una ovación de clamor por parte del público puesto en pie. La mayoría de los espectadores no habían visto nunca nada igual; los aficionados se restregaban los ojos por si en un momento dado aquello lo habían soñado. Muchos empezaron a creer en Dios...

La actuación de Morante de la Puebla, si bien se mira, fue un auténtico contrasentido, surrealismo puro. Torero de sabor y aromas que es, poseedor de un variado repertorio, se puso a pegar derechazos y no paraba; como si le hubieran dado cuerda. No sólo los pegaba sino que los trotaba. Al modo de las figuras trotapases que tienen secuestrado (y quizá aniquilado) el arte de torear, daba un derechazo con cuidada composición de la figura y apretaba a correr. Llevaba cerca de siete minutos zascandileando con los derechazos dichosos cuando, quizá por compromiso y para que no dijeran, dio unos naturales de mediocre factura. Y vino entonces lo inesperado: despacioso, tranquilo, un pase por bajo aquí, otro de tirón allá, se llevó el toro a los medios, montó los instrumentos toricidas, adelantó el engaño... En fin: la vida; que es -ya lo dijo el poeta- un arcano.

Toros de excepcional nobleza hubo otros en la tarde y le correspondieron a Vicente Barrera. Pastueños ambos, el diestro les hizo unas faenas aseaditas, empeñado en mantener la verticalidad que define su conocido estilo, y estaría bien si no fuese porque de tal guisa, citando fuera cacho con la muleta retrasada y a un lado, no hay manera de imprimir hondura ni provocar emoción. Ni siquiera estética. Toros tan buenos merecían un toreo de mayores recursos, variado y vibrante; no aquellas sesiones frías y repetitivas, que acabaron con las inevitables manoletinas.

Toros inválidos, de una invalidez penosa y absoluta, le correspondieron a El Cordobés y se puso a pegar pases sin sentido. Ambos toros -especialmente el cuarto- imposibilitados de andar con normalidad, acudían al engaño dando saltitos. Parecían perdices. Tras aburrir un rato al personal, El Cordobés procedió a matar, bastante mal, por cierto.

Otro inválido hizo sexto y a ese también le pegó pases Morante de la Puebla con una tenacidad digna de mejor causa. Uno sospecha que a este torero de arte se le están pegando los adocenados manes de las figuras. Entre otros, emprenderla a derechazos a despecho de las protestas, por si alguien pica, pide la oreja y el presidente termina regalándosela. Ahora bien, si ese era su propósito le salió al revés: en vez de oreja tuvo un aviso; en lugar de clamorosa ovación, silencio. A Morante ni se le ocurrió ejecutar de nuevo la suerte recibir; antes al contrario empleó para matar las formas propias de los pinchauvas. Y listo.


El País. JOAQUÍN VIDAL, Bilbao Edición del 16 de agosto´99. ¡La guerra!

Los toros de Juan Luis Fraile salieron pidiendo pelea. No es que dieran guerra: ellos mismos eran la guerra. Mas no se habrían de ir de rositas. Tres diestros valientes, tres toreros a carta cabal, pecharon con ellos sin trampa ni cartón, sin concesión alguna a la galería. Claro que los tres se llevaron lo suyo. Particularmente El Califa, que sufrió un cogidón impresionante. Salió por los aires y al caer el porrazo le dejó yerto. Lo levantaron a puñados las cuadrillas, se lo llevaron corriendo a la enfermería y en los tendidos quedó la impresión de que el toro le había partido en dos. Afortunadamente no fue para tanto: recuperó el conocimiento y, acabada la corrida, pudo abandonar la enfermería por su pie.

Sus compañeros, José Luis Bote y José Luis Moreno, también salieron por su pie de la plaza pero no sin magulladuras. Sus percances fueron asimismo espeluznantes. El Bote se llevó dos en su primera faena: uno, al rematar un derechazo: un derrote del toro le tiró al suelo; otro, al matar: del volapié salió encampanado, la taleguilla rota, el cuerpo maltrecho. José Luis Moreno, con un arrojo y una voluntad de triunfo verdaderamente sobrecogedores, empezó su faena al tercero por derechazos cargando la suerte, sin ningún tanteo previo. Al dar el segundo, el toro pasó como un rayo llevándose la muleta en las astas y menos mal que sólo fue la muleta pues con la pala del cuerno pegó un tremendo palotazo que de poco le parte la pierna al torero.

Y así toda la corrida: toros encastados y fieros, toreros pundonorosos y valientes, emoción a raudales. La afición bilbaina casi ni se lo podía creer. Estas no son las corridas que se llevan. Son las corridas a la antigua usanza, las que ponían a cada torero en su sitio; y los que podían con ellas alcanzaban la categoría de héroes. Atrás queda el bochorno ese de Illumbe; la fiesta embustera que montan los taurinos para llevárselo crudo a costa de la ingenuidad de la gente. Las corridas de Illumbe -y las de tantas plazas--, lo toros llamados comerciales que allí se lidian, no tienen nada que ver con esta corrida de Juan Luis Fraile lidiada en Bilbao. Como si aquello fuera el béisbol o algo así.

Los toreros tampoco tenían nada que ver. Los de Bilbao son toreros verdaderos; no su caricatura. Había que ver a ese José Luis Bote toreando por redondos a su primer toro con quietud y templanza. Estampa de torero caro; de los que tienen asumido este misterio y llevan el arte en el alma. Quizá demasiados redondos dio y cuando se echó la muleta a la izquierda el toro ya había agotado su embestida. Al cuarto le pegaron tanto en varas -cuatro puyazos-que acabó aplomado, y Bote le hubo de porfiar los pases sin que ninguno saliera completo.

El Califa se peleó bravamente con el segundo, que tenía una codicia inagotable y fiera. Apenas salía de un pase ya entraba al siguiente sin dar reposo al torero, que intentaba ligar las suertes con un pundonor admirable. Al quinto le cambió por la espalda en el platillo, lo toreó por derechazos y ya estaba en los naturales cuando sufrió el volteretón que lo mandó a la enfermería.

El tercero, un cuajado ejemplar, salió haciendo todas las cosas que sabe hacer un manso: recelar de los capotes, huir de ellos y hasta saltar la barrera. El brinco fue súbito y montaraz. Al caer en el callejón arrolló al ayuda del mozo de espadas de Bote sin que sucediese nada irreparable.

Al volver al ruedo -las cosas del reino animal- el toro parecía otro. Como si estuviera arrepentido de la fechoría que acababa de cometer, se comportó con nobleza y tomó humillado los buenos derechazos y naturales que le instrumentó José Luis Moreno. La faena fue vibrante, concluida con unos extraordinarios pases por bajo. En cambio mató mal y perdió el trofeo que tenía ganado. El sexto, manso reservón, medía las embestidas y sólo procedía aliñar y matar que es lo que José Luis Moreno acabó haciendo con muy buen criterio.

La guerra la ganaron los toreros y abandonaron la plaza rodeados de la admiración del público. La divisa -en esta corrida, negra, como homenaje al ganadero, fallecido hace pocos meses-- también mantuvo alto su pabellón. Esos son toros: los de verdad; los únicos que dan el título de torero auténtico.


El País. JOSÉ LUIS MERINO. Edición del 15 de agosto´99. Resurgir de Hermoso

No hizo falta que se recuperara Cagancho de su cogida en la plaza donostiarra, hace ocho días, para que resurgiera el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza. Toda la tarde estuvo en torero el navarro de Estella, en especial en su segundo toro. Signifiquemos sólo un par de pasadas en falso, en banderillas a dos manos y en el rejón de muerte; pero después de esas dos pasadas, terminó por culminar lo empezado, con un par enorme y con un rejón en todo lo alto, respectivamente.

Todo lo que se propuso lo realizó de frente. Su labor en ese toro tuvo momentos de excelencia. Como mató pronto y bien, el público pidió las dos orejas para el torero, que el presidente sólo concedió una.

María Sara, rubia y francesa -tal el verso de Blas de Otero cuando añadía el nombre imaginario de Isabel-, toreó a sus dos toros bastante despegada. Sus caballos no conseguían reunirse con el toro dentro de la medida adecuada. Hay que anotar que acertó espléndidamente a colocar un rejón de muerte fulminante a su primer toro. Ésa fue la cara. La cruz, lamentablemente, le llegó en su segundo. A la hora de matar ese toro, tras dos rejones de muerte desviados, echó pie a tierra creyendo que al toro le quedaba poca vida. Se equivocó al tomar la muleta y el descabello, porque en ese momento el toro fue a por ella. Desistió de su labor, y cedió los trastos a uno de sus banderilleros. El hombre de plata tomó la espada y en ese momento dibujó un mitin. El toro, al fin, dobló las manos después de haber recibido cuatro pinchazos y tres descabellos, con el añadido de dos rejones en el primer tercio, tres banderillas en el otro tercio, una rosa roja con un pincho enorme, más dos rejones de muerte. Total una boucherie.

Por lo visto Paco Ojeda estaba en otra historia, como por ejemplo, en el día de hoy que va a torear de luces, dando la alternativa a un toricantano. Toreó en muchos momentos a dos kilómetros de los toros. En su primer toro, en la suerte de banderillas, iba con un caballo al que parecía que estaba sin domar. Lo decimos por los saltos y estrincones que daba. Tuvo, además, demasiadas pasadas en falso. A destacar de manera favorable cuando utilizó las banderillas cortas porque ahí sí se arrimó. En un torero como él no parece de recibo que permita que sus banderilleros den un sinfín de capotazos antes de que ese toro vaya a reunirse con el caballo. Como también es inconcebible que a la hora de descabellar pie a tierra, un matador de toros como es él no sepa que el toro tiene que humillar para recibir el verduguillo en condiciones.

 

 

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