La de Sepúlveda de Yeltes fue, no hace tantos años, una ganadería
que gozaba de las preferencias de las figuras del toreo y del público.
Sin embargo, entró en un bache del que, por lo visto en la tarde de ayer
en la Monumental de Barcelona, todavía no ha conseguido salir. A la arena
saltaron cinco mulos. Mejor dicho, cuatro y medio, porque el primero,
también mansurrón, se dejó en la muleta, metiendo bien la cabeza. El
segundo, tercero, cuarto y sexto toros fueron mulos integrales, no tenían
un pase. En definitiva, carne para el matadero. La excepción, que de
alguna manera salvó el honor del hierro salmantino, fue el encastado
quinto, que se movió, se venía de lejos y sirvió, sobre todo, por el
pitón derecho.
El animador del plúmbeo festejo fue el diestro Antonio Ferrera, merced
a su actuación en el citado quinto de la tarde. Antes, a su primero,
gazapón y que se paró pronto, lo banderilleó con lucimiento, junto a
Encabo, y con la muleta, molestado por el aire, lo intentó todo, pero no
pudo conseguir nada. En su segundo protagonizó un gran tercio de
banderillas, haciéndolo todo él y destacando en los pares primero y
tercero, éste muy arriesgado, por los adentros.
Con el público caldeado, Antonio Ferrera empezó con la muleta sentado
en el estribo, siguiendo un bello toreo por bajo. Luego ejerció de
animador del aburrido público, pero estuvo un poco acelerado y no acabó
de acoplarse con la embestida del burel, aunque estuviese muy animoso e
hiciese vibrar al respetable, que después de un buen pinchazo y una
estocada, pidió y consiguió para él la única oreja de la tarde, trofeo
que no se conseguía en la Monumental de Barcelona desde el pasado 22 de
julio. Como curiosidad cabe citar que después de su gran tercio de
banderillas, el diestro optó por darse un paseíto por el ruedo, aunque
se ha de decir que parte del público se lo pidió.
El primero fue un toro desconcertante, porque se pasó los primeros
tercios manseando y correteando por el ruedo, pero en la muleta, denotando
su origen Atanasio, no es que se convirtiese en bravo por arte de
birlibirloque, pero metió bien la cabeza y se dejó hacer. Encabo lo
entendió muy bien y le practicó un limpio muleteo, adaptándose con
inteligencia y oficio a la velocidad de la embestida, que no era mucha y
dejando el toro un poco a su aire, por lo que durante la faena recorrió
casi todos los terrenos de la plaza. Lo bien hecho hasta entonces perdió
enteros en la valoración final, porque después de un pinchazo, se le fue
la mano en un feo bajonazo. Al mansurrón, soso y deslucido cuarto lo
saludó con unas buenas verónicas, lo banderilleó sin grandes
posibilidades de lucimiento y con la muleta trasteó con mérito y riesgo,
aunque sin gran brillo, para estar finalmente muy desafortunado con los
aceros (siete pinchazos y ocho descabellos).
Diego Urdiales tuvo enfrente un lote infame: de embestida corta, sin
humillar, punteando, descastado y finalmente parado el tercero; manso,
suelto, gazapón y huyendo de los engaños el que cerró plaza. Con ellos
poco cabía hacer y Urdiales, siempre serio y compuesto, sólo pudo
mostrar voluntad en sus infructuosos y no parcos intentos de justificarse.
El sexto de la tarde se puso imposible a la hora de matar, barbeando
las tablas, y estuvo a punto de irse vivo a los corrales. Menos mal que,
después de cinco pinchazos ejecutados con dificultades, Urdiales acertó,
in extremis, en el primer golpe de cruceta.