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Festejo
PLAZA DE TOROS DE ALMERÍA
Tarde del jueves, 23 de agosto de 2001
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de El
Pilar, manejables y
flojos.
Diestros:
Entrada: tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa:
El
Mundo, El País
El Mundo.
CARLOS CRIVELL. La
terna corta seis orejas a seis nulos
Fue meritorio que la terna cortara seis orejas a semejante corrida.
Los mulos no tienen lidia, y los El Pilar fueron mulos con cuernos. Tal
vez los toros sabían lo que ayer dijo en EL MUNDO el profesor Badiola,
que quiere corridas sin la suerte suprema. Parece mentira que eso lo
haya dicho una persona tan prestigiosa. Todos tenemos un minuto tonto en
el día. Badiola, que me dijo una vez que no entiende nada de toros,
quiere que los veterinarios tengan trabajo con el tratamiento de las
heridas de la lidia. Todos indultados y los facultativos a trabajar.
Seis orejas por narices. Así se puede resumir el festejo. No es que
se hiciera el toreo de cante grande, ni tampoco hubo pureza en el toreo
de capa, ni mucho menos faenas rematadas de principio a fin; pero sí
resplandeció la entrega, la voluntad, el agradecimiento a los que
estaban en el tendido, el afán de triunfo por encima de reses flojas,
con embestidas por las nubes, sin capacidad para llegar al final de los
muletazos y sin fuerzas.
Ruiz Manuel fue el diestro más favorecido de la tarde. El quinto fue
el único que no rodó por el suelo. El torero de Almería anduvo muy
firme con este astado. Le plantó cara por ambos pitones en una faena
ligada, especialmente en los remates de pecho. Las tandas al natural, ya
al final de su trasteo, fueron lo más logrado de su labor. La plaza
estaba con su torero y se tiró a matar por derecho. Enterró la espada
y salió con la taleguilla rota en las dos piernas. Fue la guinda que le
puso en las manos las dos orejas. La del segundo tuvo un tinte localista.
Ruiz Manuel fue un hombre con constancia. A base de persistir en las
tandas sobre ambos lados logró algunos pases de cierto mérito, pero
todo muy deslabazado. Se tiró a matar por derecho y los dos descabellos
no fueron problemas para que este desconocido presidente le diera una
oreja sin petición suficiente.
En la salida a hombros le acompañó Morante de la Puebla. ¿Qué
puede hacer un artista con dos mulos? Complicada situación. Al menos,
el torero de La Puebla estuvo con fe en el triunfo y fue desperdigando
por la plaza notas cumbres de su tauromaquia. Algunos lances de recibo
llenaron de perfume la plaza. También hubo pases sueltos con la
izquierda y unos adornos sublimes. Era la más pura sevillanía en
escena. La oreja, a pesar de lo dicho, pareció excesiva. El sexto, tan
mulo como sus hermanos, le permitió seguir derramando gotas de toreo
bueno. Fueron gotas salpicadas, ya que una lluvia no era posible. Pero
el conjunto de su tarde nos mostró a un torero más ilusionado en sus
posibilidades y con mayor seguridad en el uso de la espada. En fin, que
tras una faena de entrega y detalles se ganó otra oreja.
Rivera Ordóñez también debió salir con sus compañeros por la
Puerta Grande. El que abrió plaza no se tenía en pie de flojo e inválido
que era el animalito. El espada logró algunos pases con la izquierda
insospechados. El sobrero fue una mole de 620 kilos. Rivera, que había
regalado a la plaza con dos largas cambiadas al titular, volvió a lo
mismo con el nuevo astado. Los lances de rodillas fueron elegantes. Y la
faena fue una labor entregada, tratando de lucirse siempre con un toro
sin raza y que iba a su aire en cada viaje. Se justificó y mató
pronto. La oreja vino a recompensar tanta profesionalidad.
El
País. JUAN ORTEGA.
Triunfos lejanos
Triunfos lejanos no en el tiempo, sino porque se produjeron muy lejos
de los toros. Los dos primeros toros salieron para fastidiar el
pasodoble: la apariencia del primero era goyesca y, tras una vara, va y
se cae. Peor fue lo del segundo, fuera de tipo, escurrido y mal
afeitado, patiabierto de atrás y cojo de delante.
Rivera respondió en valiente, en jugársela con nada en la media
arrancada y atropellar la razón en el sentido de exponer demasiado
donde no había nada que sacar. No se miró la taleguilla después de
verse prendido.
Ruiz Manuel, en cambio, encontró un resquicio: como una consumada
figura, realizó una faena de enfermería que mantuvo al toro en pie,
salvo en tres o cuatro ocasiones. Le ganó la partida, puesto que el
animal, mal picado, podía haber terminado mandando.
Tampoco era un dije el primero de Morante: fuera de tipo, escurridísimo,
cuesta arriba y flojo. No hay duda de que vimos a un Morante cambiado,
seguro de sí mismo, que ha encontrado su sitio frente al toro, lo que
le permite sonreír constantemente. Lo malo del sitio es que está muy
lejos del toro.
Con el capote estuvo pendiente de la compostura más que de la
templanza, y con la muleta sólo embarcaba con el pico el pitón
interior del pase. También la emprendió a molinetes a toro muerto. En
el último, entre caídas, picos, carreras, posturas y lejanías hubo
demasiado barullo.
Rivera aguantó de largo las embestidas del cuarto, unas veces mejor
y otras peor, pero el toro llevaba en sí mismo la emoción.
Ruiz Manuel, por su parte, triunfó en figura, fuera de cacho y
perdiendo terreno. Además, cuando le tocó matar, mató abajo, aunque
se la jugó al entrar.
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