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Festejo
PLAZA DE TOROS DE ALMERÍA
Tarde del sábado, 26 de agosto de 2000
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Montalvo, flojos, el
2º, inválido.
Diestros:
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Finito de Córdoba, cuatro pinchazos -aviso- y
descabello (silencio); medio bajonazo trasero (pitos).
-
Rivera Ordóñez, dos pinchazos y estocada corta
perpendicular caída (silencio); pinchazo y estocada caída (ovación
y saludos con algunos pitos).
-
Uceda Leal, estocada trasera contraria (oreja); dos
pinchazos y estocada desprendida (ovación y saludos).
Entrada: Menos de tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa:
El País
El
País. JUAN ORTEGA.
Los Matices del silencio
Los dos primeros entremeses de la corrida fueron aptos para considerar los
diversos matices del silencio: el primero fue el del silencio aburrido, que
desencaja mandíbulas a base de bostezos. La cosa es que Finito se enfrentó con
capote y muleta al toro que le correspondió. Lo que es inaudito es que el
hombre y el toro crucen sus destinos más de 50 veces y que se aburran las
ovejas. Finito prodigó series por ambos lados; igual podría haber seguido
hasta ahora, en un inconsecuente monumento a lo insustancial.
A Rivera, muy atento en quites toda la tarde, le tocó un inválido.
Finalizado el tercio de banderillas, los tres peones se tuvieron que agarrar al
rabo a ver si el astado recuperaba una precaria verticalidad. Esta vez, el
silencio tapaba la indignación. ¿Qué pinta el presidente?
Menos mal que los chiqueros guardaban un tercer toro algo más potable: Uceda
se encontró en país de ciegos y se sumó al festejo de la quiebra del
silencio. Puso voluntad en una larga y empezó a torear de forma un tanto
despreocupada, lo que le proporcionó un susto. Se dio cuenta de que el toro era
pronto y echaba la cabeza arriba y lo toreó por la derecha en series que fueron
ganando a medida que dominaba por bajo. Por la izquierda no hubo cuestión, se
adornó toreramente y, si bien no consiguió reposar ni redondear la faena, la
tarde se enmendó algo, sin llegar a la algarabía.
El cuarto tenía malas pulgas y se le aplicó el monopuyazo criminal; la
cuadrilla sembró el suelo de palitroques y el matador se parapetó en la
desconfianza. No pudo disfrutar del silencio.
Rivera recibió al quinto con dos largas cambiadas y una serie de verónicas
a pies juntos. El toro quedó algo crudo en el caballo y fueron buenos los
doblones de castigo. La embestida era rápida y brusca, tenía bastante que
torear. Rivera no trató de dominarlo, pero sí aceptó la pelea y presentó una
lidia antigua, sobre los pies, buscando el sitio adecuado para ejecutar la
suerte con brevedad, siempre por el pitón derecho. Nunca se arrugó.
Uceda empezó valiente, de rodillas, siguió por derechazos y, cuando cogió
la muleta con la izquierda, se acabó el carbón. Y el toro.
El silencio apenas suena, pero el aburrimiento empieza a hacer ruido.
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