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Festejo
PLAZA DE TOROS DE ALMERÍA
Tarde del jueves, 24 de agosto
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Puerto
de San Lorenzo, el 4º, sobrero; 1º y 6º, mansos.
Diestros:
Entrada: Cerca de tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa:
El
Mundo, El País
El Mundo.
CARLOS CRIVELL. El Califa lo puso todo
No tenía más remedio que pasar algo así. Es tanta la falta de raza de los
toros, que se ha llegado al buey con todos sus aditamentos. Sólo les faltan las
carretas rocieras. Dentro del desastre ganadero actual, la de Puerto de San
Lorenzo es la preferida de algunas figuras, entre ellas Enrique Ponce.
Así las cosas, el argumento de la corrida lo puso El Califa en su faena al
quinto. Dejó la muleta colocada y brilló su temple para componer una faena de
calidad e intensidad creciente. Cuando el ritmo del astado decayó, apareció el
torero técnico y valiente. No mató bien, pero su buena obra se premió con las
dos orejas. El mismo Califa toreó bien al segundo, pero falló con la espada y
perdió algún trofeo.
La corrida ya no tuvo más momentos de toreo bueno. A Enrique Ponce le
obsequiaron con una oreja más que generosa en el cuarto. Fue una faena sobre la
derecha muy esforzada y con toques violentos. El mismo Ponce se enfrentó a un
toro con peligro en primer lugar y pasó inadvertido.
Abellán las pasó canutas toda la tarde. Al tercero le quiso dar pases sin
colocarse en el sitio donde el toro podía embestir mejor, pero el calvario del
madrileño llegó en el sexto. Miguel Abellán se encontró con una res violenta
a la que había que saber lidiar. Lo mató mal y la gente se enfadó.
El
País. JUAN ORTEGA.
El Califa y la merienda
La primera parte de la corrida fue el prólogo de la merienda, acto central
de la tarde que deja en mantillas a otras plazas muy nombradas en tal
tradicional menester.
El primer toro fue manso, con genio, pero manso; trajo de cabeza a Enrique
Ponce, que estuvo en plenitud de facultades: daba un pase aquí y otro allá,
haciendo volar las zapatillas.
El Califa, en el segundo, se nos reveló como un honrado torero de pueblo.
Para él, además, no existen terrenos ni demás memeces. Tiró de pico y toreó
a veces de largo, pero siempre hacia afuera. Rubricaron su actuación cuatro
pinchazos y estocada.
Lo de Abellán fue un petardo compartido con su cuadrilla; un recital de pico
al que puso fin de un bajonazo.
Los vapores choriceros señalaron el comienzo del festín, acabado entre
espirituosos y tabacos de América. El cuarto bis pareció algo
cojitranco y de natural brusco; un par de series de redondos, al comienzo de
faena, tuvieron reciedumbre. Por la izquierda, la gallina cantó un solo y, a la
hora de matar, se fue abajo.
En el quinto, un manso toreable, El Califa se destapó por naturales
reposados, lentos y ligados que constituyeron el fundamento de la faena que, una
vez arrancó, mejoró por la derecha. Se tiró a la piscina y cobró media
desprendida que necesitó de un descabello.
El último fue un manso con el que bregó bien El Jaro. Como manso que
era, tuvo el peligro de la incertidumbre y de lo imprevisto de las arrancadas,
problemas que superaron los conocimientos y las ganas de Abellán, que acabó de
pinchazo y bajonazo chalequero.
La merienda se salvó por sí sola.
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