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PLAZA DE TOROS ALICANTE
Tarde del jueves, 21 de junio del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Victoriano
del Río, de justa presentación, algunos sospechosos de afeitado; 4º
y 5º con cierta casta; inválidos los tres primeros.
Diestros:
-
Manuel Caballero,
estocada tendida (ovación y saludos); estocada corta (silencio).
-
Rivera Ordóñez, media
estocada caída (oreja); seis pinchazos -aviso- y descabello
(silencio).
-
Morante
de la Puebla, pinchazo, media estocada caída y dos descabellos
(palmas); tres pinchazos y descabello (silencio).
Entrada: dos tercios de entrada.
Crónicas de la prensa:
El País, ABC
El
País. M MARQUEZ.
Una oreja y un cuerno roto
Pues una oreja que se llevó Rivera Ordóñez y la bronca que le
montaron al presidente porque un toro se rompió un cuerno por la cepa,
fueron las dos notas más destacadas de la corrida de ayer quinta del
abono de Fogueres de San Joan. Y poco más pasó. Bueno, sin exagerar,
pasaron los toros de Victoriano del Río, ¡puro Domecq oiga! dando más
pena que gloria.
Esa pequeña parcela, que entraría perfectamente en la crónica rosa,
se la llevó un sorprendentemente dispuesto Rivera Ordóñez con el
segundo de la tarde, Gamberro por nombre, al que el madrileño toreó
pulcramente con el capote destacando un par de verónicas de bella ejecución
en el quite. Luego con la pañosa metió, también aseado, mucho pico,
pero como el público daba olés la faena, al noblote debilucho, le valió
el único trofeo de una tarde que también tuvo su cruz para el
presidente. Y es que cuando el respetable la toma con el palco, a ver
quien discute su soberanía.
A pesar de ello se equivocaron ayer los que mentaban a la respetabilísima
madre del usía. Un toro, el más íntegro y encastado que salió, remató
en un burladero con fuerza. Tanta que se partió el cuerno por la cepa.
Tras recibir tremendo castigo en varas, siendo el que más se empleó,
salió con la defensa izquierda colgando. El público montó una
escandalera pidiendo una devolución que el reglamento, al lastimarse
durante la lidia, no contempla. Aplicó el presidente todo el rigor y
Manuel Caballero tomó el acero y despachó al inválido.
El manchego si pensó sacarse la espinita del que abrió plaza se quedó
con ella clavadita, pues clavadito en el suelo es a donde iba a parar el
inválido primero tras cada tanda. Al natural pasó sin más y tan sólo
un circular por detrás levantó los ánimos de sus seguidores que eran
legión. No lo mató mal pero aquel especímen, ante torero antaño
triunfador con corridas menos comerciales, no se premió más que con una
ovación.
Tampoco el sevillano Morante de la Puebla recordará su paso por el
coso alicantino en su biografía. Y eso que con el capote hizo el mejor
toreo de la tarde. Pechó con el más grande de la corrida pero también
el más cómodo de cara. Como todos sus hermanos fue a puyazo por cabeza.
Y llegó asfixiado al tercio de banderillas. Metió bien la testuz, en la
muleta, llevándolo a media altura pues en cuanto bajaba la mano, ¡barrigazo!
y así, como dijo el clásico, 'No se pue atoreá', total que lo
hizo pasar por la izquierda un poquito y como tardeara se deshizo del
animalito a base de tizona.
Y ya en el que cerró plaza, con la gente deseando irse a ver el
colorista pasacalle de la ofrenda de flores, Morante quedó inédito con
el capote. Los rehileteros, que el andamio está duro, clavaron incluso en
la barriga del negro toro y dejaron hecho una madre al noble burel. Luego
el de la tierra de María Santísima le obligó a tomar los trapos. y
hasta dió un par de naturales más que nada por justificar y ver si la
gente que se iba se quedaba un poco más.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. ¿Qué
querían para triunfar?
Comienza a ser complicado de entender qué es lo quieren los toreros
para triunfar. O qué toro necesitan. O qué condiciones atmosféricas y
ambientales (público) han de coincidir para que el espíritu se motive.
Aquí, en esta tierra donde o todo es cielo o mar, la alegría se desborda
en cuanto alguien hace así. Pero hay que hacerlo. No deberían tener
mucha queja los tres matadores de ayer de los toros de Victoriano del Río.
Aunque de todo hubo, como en botica, predominó la bondad en un conjunto
entre el que destacó un toro de bandera, que hizo segundo.
Rivera Ordóñez se entonó con tan jugoso material. Tiró una larga
cambiada de rodillas y remató el saludo con un trío de medias verónicas
unido a una revolera. Templó mucho en el quite y Curro Molina se
envalentonó con los palos en la segunda reunión. Su matador construyó
una faena básicamente diestra. Ya en la primera tanda se apreció la
calidad del animal, que fue siempre a más. Otra serie normalita antecedió
al breve y no muy ajustado paso por el toreo al natural. Subió de grados
la cosa en unos redondos engarzados sin solución de continuidad. Y siguió
con un circular invertido y un pase del desprecio mirando al tendido y
otros adornos sin mayor relieve. Media estocada desprendida y solitaria
oreja al canto.
Hizo un esfuerzo Rivera con el quinto, que sacó su geniecito. Pero a
la hora de matar se eternizó en una secuencia de pinchazos, con el toro a
veces en los mismos medios.
Si aquello fue un ejemplo de cómo no hacer la suerte, Morante de la
Puebla lo superó con creces. Morante iniciaba el volapié, pero a mitad
de camino se lo pensaba y se piraba con descaro, incapaz de dejar al menos
media estocada o algo decoroso. Hay distintas formas de pinchar en hueso,
y ésta no se justifica.
El sevillano evidenció la luz de su toreo en unas verónicas de
salutación al tercero, que alcanzó apagadito el último tercio. No surgió
la chispa. Tampoco con el mansote que cerraba plaza, demasiado castigado
por el piquero y por un inoportuno volatín. Y aun así siguió la muleta
por el pitón izquierdo como un perrito faldero. En ambas faenas faltó
conexión y sobraron paseos.
Caballero no aprovechó como debiera la nobleza del que inauguró la
corrida, justito de fuerza. No quiso obligarle y elaboró una obra sin
unidad de terrenos y ligera. Al cuarto lo estrellaron contra el burladero
por asomar un capote, una vez más. Se partió un asta por la cepa. No
quedó otra que matarlo. El Reglamento amparaba al presidente en
mantenerlo; la sensibilidad y el sentido común, no.
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