GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

PLAZA DE TOROS ALICANTE
Tarde del miércoles, 20 de junio del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Nazario Ibáñez, desiguales de presentación y discretos de presencia, excepto 5º y 6º, cómodos de cabeza. En general inválidos. 

Diestros:

Entrada: tres cuartos de entrada.

Crónicas de la prensa: El País, ABC


El País. M MARQUEZ.  Estaban moribundos!

Los supuestos bravos casta Núñez, de Nazario Ibáñez, estaban moribundos. ¡Que se morian al llegar al tercer tercio! ¡Que se iban a las tablas buscando una muerte indigna para un supuesto toro bravo! Que Jesulín no sabía qué hacer para matar aquel animalillo aculado en tablas que dio dos medias vueltas al ruedo, el matador detrás, en medio de descomunal bronca. ¡Que terminó echando al desnortado público, ustedes me perdonarán, contra el presidente, y le coreó cosas irreproducibles!

La mansada infumable llegó de tierras yeclanas con las que los veterinarios, de esta siempre complaciente plaza de Alicante, ya tuvieron sus más y sus menos. ¡No les faltaba razón! Era inmisericorde ver a aquellos acobardados animales a los que los picadores, cierto es que barrenaron en las monopuyas que les metieron, no les dieron castigo para dar tumbos y sobre todo para, una vez iniciada la faena de muleta, irse, en la mayoría de los casos, hacia tablas a tragarse su agonía. Así que ante semejante ganado qué decir del indecoroso papel, a la fuerza, de sus matadores.

Jesulín hizo cura de urgencia al que abrió plaza. Si toreara un bravo con el temple que le dejó el de Ibáñez, el de Ubrique rompe el cuadro. Como quisiera echarse antes de que montara la tizona abrevió y a pesar de la estocada y de que el público estaba fresco para dar hasta propina, no hubo ni siquiera petición, y sí pitos en el arrastre. Luego vino el papelón. Abanto de salida como todos sus hermanos de camada, el cuarto se rajó porque el animalillo no podía con su piel. Moribundo, en medio de insultos y descomunal bronca, potreó al rey del couché lo que quisó y terminó pagando el pato el presidente, que debió alucinar en colores.

Toda la tarde era surrealista porque El Cordobés se llevó una oreja por pegar más mantazos que Ramonet, el mejor charlatán de mercado que se conozca, pero el que más frazadas vendía. Calentó el torero un poco más a los del sol con ranitas y otras fruslerías y arrancó una oreja. Vergüenza es lo que faltó. Y como dos no riñen, ni torean, ni se dejan, si no quieren, eso le pasó a El Califa, quien se esforzó en agradar en su reaparición tras la cornada de Córdoba. Aquí se la dieron en el ánimo.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Surrealista corrida de muertos

Hacer un análisis medianamente serio de lo acontecido ayer en Alicante sería añadirle unos gramos más de surrealismo a un espectáculo de por sí surrealista. Los toros ¿? se morían durante la lidia, enfermos, podridos de mansedumbre, abandonados a su destino. Hacerle faenas a los muertos suena hasta feo además de ser un imposible. Moribundeaban por el ruedo y el cadáver de la Fiesta se presentía. Hay alguien que lo esconde en un armario o en un rincón, y en cualquier momento, cuando ya la pestilencia se torne insoportable, lo sacará para sorpresa de los trovadores de hazañas y gestas, para los voceras que pregonan lo bien que va todo y las ingentes cantidades de público que acuden a la llamada de las ferias. Antes o después ocurrirá.

Sólo la alegría del público alicantino, el buen humor y la coña marinera evitaron un escándalo mayúsculo. Buscaba el cuarto la muerte por las tablas, tras una solitaria serie de derechazos. Y Jesulín se demoraba en la tarea de darle matarile, porque no se cuadraba. Envió el presidente un aviso, y el personal la emprendió contra el palco. «Baja tú y mátalo, baja tú y mátalo», le gritaban. Puestos en pie, los tendidos de sol le mentaban la madre y animaban al torero. Al toro le dieron tembleques y cosas, hasta que palmó, hastiado de su condición de engendro. Al diestro de Ubrique le ovacionaron y le agasajaron con fuertes palmas en el tercio. Surrealista, ya digo.

Más tiempo había tardado en despedirse del mundo de los vivos el ejemplar de Nazario Ibáñez que abrió plaza. Entre tanto, Jesús Janeiro aprovechó su agonía al paso y su bondad para torear muy despacio, casi a cámara lenta, con cierto gusto. Claro que era como ensayar con un amigo o inventarse una faena de salón. A punto de echarse, una fulminante estocada le evitó mayores sufrimientos.

Sin picar —ni falta que hacía— se dejó El Cordobés al más astifino quinto para poder practicar el arte del mantazo y tentetieso. A ojo de buen cubero, contaríamos una media docena de pases limpios entre medio centenar de banderazos. Para rematar, saltó la rana, cautivadora de públicos y masas, y le otorgaron una oreja después de usar la espada no con menos defectos que la muleta.

FUERA DE CACHO

Al que hizo segundo, una mona, Díaz le abrió faena de rodillas y se desplomó, el toro, obviamente. Y luego lo molió sobre ambas manos, fuera de cacho y así. Rodilla en tierra, se aplicó con denuedo, hasta hacer un desplante y casi pegar al pobre y tonto animal con la chaquetilla en los pitones. Si no pincha, no se hubiera escapado la puerta grande.

Reaparecía El Califa tras su grave cornada de Córdoba. No fue su lote el más idóneo para recuperar el sitio. No se confió con su primero, que sacó genio y mal estilo, y nada logró del rajado sexto, que barbeaba las tablas. Como para comprarle un marco a la tarde y colgarla junto a un cuadro de Dalí, con perdón.

 

 
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