La novillada de Nazario Ibáñez, desigual de presentación, tuvo sobre
todo una evidente falta de raza. Con muy poco fondo, anduvo también
escasa de fuerzas. El quinto, que se pegó una fuerte voltereta de salida,
quedó inútil para la lidia aunque el presidente lo mantuvo en el ruedo a
pesar de la fuerte protesta. Tanta bronca se armó que hubo de regalar el
sobrero. Material, pues, poco apto para el lucimiento.
Fran Moreno sorteó con oficio la tarde, sin grandes alardes pero bajo
una seguridad muy evidente. La faena al primero de la tarde fue más un
proyecto que realidad, muy empeñado siempre en componer la figura. A ese
novillo le dio con el capote dos verónicas y una media muy caras. El
cuarto, descompuesto y sin definición, dejó a Moreno repetir signos de
oficio, aunque en esta ocasión se enganchó demasiado con la muleta. Con
las banderillas, sobrado.
El segundo de la tarde tuvo un punto de violencia al tomar la muleta.
Jorge Ibáñez, en labor más opaca que de brillo, lo templó. Pero la
faena no rompió nunca la vulgaridad. Al inutilizado quinto, que brindó
absurdamente al público, lo despachó con brevedad. Con el sobrero, que
tuvo mejor son, anduvo fácil.
Las dos faenas de Palazón se recrearon a golpes de torería. Muy
centrado con el feo y basto tercero, sacó muletazos de mucho porte. El
sexto le sirvió a Palazón para ligar con mucha personalidad en un palmo
de terreno una faena en donde el color y el sabor eran cosa del torero.