El primero de la tarde murió, fulminado como del rayo, a mitad de
faena de Ponce. No se sabe el porqué, pero el escurrido toro de Alcurrucén,
que aparentaba más de lo que era por su bien armada y astifina cabeza, se
derrumbó ante la muleta de Ponce. Antes de ese imprevisto óbito, el
toro, justito de fuerzas, había tomado la muleta con cierto aire. Ponce
lo cuidaba en muletazos a media altura, sin obligarle, sin molestarle. El
de Alcurrucén, que no humillaba y remataba los muletazos distraído,
sufrió de pronto una contracción y rodó como una pelota a los pies del
que debía ser su matador. Ponce, perplejo, y el bondadoso público
alicantino sorprendido por desenlace tan inesperado. Apenas hubo
protestas, como si lo ocurrido fuera de lo más normal. Hay toros, los
menos, que mueren de grandes estocadas, otros de bajonazos infames, y a éste
primero de ayer en Alicante se le debió parar el corazón, aunque no se
sabe la razón.
Ponce, pues, sólo mató un toro, el cuarto, el más hecho y mejor
presentado de los seis. Como toda la corrida, hizo una pelea discreta en
el caballo, pero presentó ciertas complicaciones en banderillas: esperó
y sembró la desconfianza entre los banderilleros de Ponce. No era toro
claro en principio y tras el fiasco con el primero, tenía Ponce una
papeleta ante sí. El inicio de faena quiso tener efectos de dominio: se
dobló por ambos pitones, para rematar tan torero inicio fuera del tercio.
A partir de ahí, toro y torero se midieron. La entrega la ponía Ponce y
el recelo era del de Alcurrucén. Pero la partida se decantaría muy
pronto por el lado del torero. Una vez le consintió, le dejó llegar
mucho a la muleta y le obligó en cada pase con la mano muy baja. El
momento culminante de esa inteligente labor de Ponce fueron dos series con
la mano izquierda en la que el toro, desengañado, se le rindió y acabó
entregado. Faena reposada, con poso, y con mucho fondo. Luego, la espada
emborronó la lección.
El lote de la tarde fue para Manuel Caballero. Y Caballero lo aprovechó.
El tercero carecía de remate y tenía aspecto anovillado, pero tuvo
recorrido y entrega sobre todo por el lado izquierdo. Por ese pitón se
comprometió Caballero y por ahí logró los mejores momentos de una faena
que empezó ligera y acabó teniendo más reposo. Al final de esa labor,
el de Alcurrucén también estaba entregado por el pitón derecho.
El sexto fue el único toro que manceó con evidencia en el caballo, al
salirse suelto de la única vara que tomó. Pero fue un manso de alegría
contagiosa en la muleta. Caballero lo vio y se dejó de tanteos previos.
Fue directo y se echó la mano a la izquierda sin titubeos. Por ese lado
también fue el compromiso mayor del torero. Pronto el toro, Caballero lo
recogió y vació siempre con la mano muy baja, recreándose en algunos
naturales. La faena tuvo en el público un cómplice imparable, que llevó
al torero de Albacete toda la tarde en volandas.
Julio Aparicio apareció en Alicante animoso, incluso insistente en su
primero. Pero al contrario que a Caballero, el público no le permitió
descuido alguno. A su buen primero no le terminó de coger el ritmo, se
incomodó con él y acabó sin excesivas confianzas. Con todo se puso
porfión e insistente durante la faena, aunque nunca lo vio claro.
El quinto, feote y basto, fue castigado con dureza en la única vara
que tomó. Acusó ese largo puyazo en la muleta y le costó acudir a ella.
Aparicio, sin creérselo mucho pareció intentarlo de primeras, pero se
encontró con una exigencia nada habitual en esta plaza. A penas le
esperaron, el torero se aburrió y acabaron abroncándole.