El oficio lo puso Garijo; la bulla, Galán, y el toreo, el buen toreo
fue cosa de Palazón. Una sorpresa, y muy agradable, la de este novillero
de Petrel. Tuvo enfrente dos novillos de diferente condición, con matices
complicados para tan bisoño espada. Así, su primero no tuvo ninguna
fijeza, se distraía con una mosca y resultaba muy difícil mantenerlo en
la muleta. Ya con la capa, Palazón presentó su innata torería: temple y
gusto, por encima de todo. La faena de muleta fue una continua declaración
de intenciones más que de hechos. Era difícil sujetar al de Sorando y más
dificultad implicaba poder completar los muletazos por su mansedumbre y
distracción. No se descompuso Palazón, ni le vinieron las prisas.
Pausado, clarividente de ideas, esbozaba cada muletazo con torería
exquisita.
El colorado ojo de perdiz que hizo quinto flojeó de salida, fue muy
protestado y le faltó nada para regresar por donde había salido. Con la
capa, Palazón volvió a imprimir gusto y torería, ganando terreno en
cada lance y apoyándose siempre en la pierna contraria para descargar con
autenticidad la suerte. Y con la muleta, una sinfonía. La faena tuvo
varias virtudes, pero técnicamente hay que quedarse con una: sin agobiar
al novillo, dándole distancia y muleteando a media altura, el de Sorando
recuperó definitivamente las fuerzas. Y otra vez la personalidad, el
temple, la torería, en fin, todo dentro de una labor subrayada de gran
sutileza. Un hallazgo este Palazón.
De los seis novillos de Román Sorando, cinco tuvieron las fuerzas
justas, o más que eso, y uno, el sexto, fue una verdadera máquina de
embestir. Ese novillo, largo y con ofensivas y astifinas defensas, tuvo
fijeza y transmisión extraordinarias. Con este sexto David Galán llegó
en línea directa a la gente. Bullidor, entusiasta, se pasó cuantas veces
quiso, por uno y otro pitón, a tan bravo novillo. Faena con pegada en el
tendido, que le respondió alborozado. No fue labor de calidades, pero Galán
se mantuvo firme y centrado en todo momento. Respondió con firmeza a la
bravura y transmisión del novillo. Ése fue el gran acierto de la faena.
Con el tercero hubo más efectismo que otra cosa en el joven Galán. No
tuvo quietud ni con la capa ni con la muleta, toreó con ventajas al
manejable novillo de Sorando y siempre con la habilidad necesaria para
meterse al público en el bolsillo. Pero faena, en fin, de medios pases y
poco reposo. Se volcó con fe a la hora de matar y salió colgado del pitón
derecho del novillo; afortunadamente no pasó nada.
Roque Garijo anduvo fácil con el que abrió plaza, pero sólo eso. El
flojo novillo, sin clase, se defendió más que embistió. Al tercer
muletazo, una vez iniciada la faena, el novillo se acostó y pareció que
todo podía acabar por los suelos. Pero Garijo tuvo el acierto de poder
engancharse nuevamente con la faena, y a pesar de la flojedad del de
Sorando, lo mantuvo en pie hasta el final. La faena fue larga y no terminó
de conectar con la gente.
El cuarto de la tarde fue el novillo de menos fuerzas del lote
ganadero: un inválido total. Se protestó, pero el presidente lo mantuvo
en el ruedo. A ese novillo le costaba un mundo tomar la muleta y repetía
caídas cada dos por tres. La faena acabó siendo una pérdida de tiempo
entre palmas de tango, pues el novillo apenas pasaba.
A excepción del bravo sexto, que tomó una vara con estilo, el resto
del lote de Sorando apenas pasó con discreción el primer tercio.